The Project Gutenberg EBook of La Edad de Oro: publicacin mensual de
recreo e instruccin dedicada a los nios de Amrica., by Jos Mart

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Title: La Edad de Oro: publicacin mensual de recreo e instruccin dedicada a los nios de Amrica.

Author: Jos Mart

Release Date: November 23, 2006 [EBook #19898]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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La Edad de Oro:
publicacin mensual de recreo e instruccin dedicada a los nios de Amrica.

por

Jos Mart

1889

       *       *       *       *       *

A los nios que lean La Edad de Oro.
Tres hroes
Dos milagros
Meique
Cada uno a su oficio
La Ilada, de Homero
Un juego nuevo y otros viejos
Beb y el seor don Pomposo
La ltima pgina
La historia del hombre, contada por sus casas
Los dos prncipes.
Nen traviesa.
La perla de la mora
Las ruinas indias.
Msicos, poetas y pintores.
La ltima pgina
La exposicin de Pars.
El camarn encantado
El Padre las Casas.
Los zapaticos de rosa
La ltima pgina
Un paseo por la tierra de los anamitas
Historia de la cuchara y el tenedor
La mueca negra
Cuentos de elefantes
Los dos ruiseores
La galera de las mquinas
La ltima pgina

       *       *       *       *       *




A los nios que lean La Edad de Oro.


Para los nios es este peridico, y para las nias, por supuesto. Sin
las nias no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. El
nio ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser
hermoso: el nio puede hacerse hermoso aunque sea feo; un nio bueno,
inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un nio ms bello
que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su
amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la
ofenda: el nio crece entonces, y parece un gigante: el nio nace para
caballero, y la nia nace para madre. Este peridico se publica para
conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de
maana, y con las madres de maana; para contarles a las nias cuentos
lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muecas; y para
decirles a los nios lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo
lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien,
con palabras claras y con lminas finas. Les vamos a decir cmo est
hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres
hasta ahora.

Para eso se publica _La Edad de Oro_: para que los nios americanos
sepan cmo se viva antes, y se vive hoy, en Amrica, y en las dems
tierras; y cmo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las
mquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz elctrica; para que
cuando el nio vea una piedra de color sepa por qu tiene colores la
piedra, y qu quiere decir cada color; para que el nio conozca los
libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los
pueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres,
donde suceden cosas ms raras e interesantes que en los cuentos de
magia, y son magia de verdad, ms linda que la otra: y les diremos lo
que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra: y les
contaremos cuentos de risa y novelas de nios, para cuando hayan
estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar. Para los nios
trabajamos, porque los nios son los que saben querer, porque los nios
son la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean como
cosa de su corazn.

Cuando un nio quiera saber algo que no est en _La Edad de Oro_,
escrbanos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros le
contestaremos. No importa que la carta venga con faltas de ortografa.
Lo que importa es que el nio quiera saber. Y si la carta est bien
escrita, la publicaremos en nuestro correo con la firma al pie, para que
se sepa que es nio que vale. Los nios saben ms de lo que parece, y si
les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que
escribiran. Por eso _La Edad de Oro_ va a tener cada seis meses una
competencia, y el nio que le mande el trabajo mejor, que se conozca de
veras que es suyo, recibir un buen premio de libros, y diez ejemplares
del nmero de _La Edad de Oro_ en que se publique su composicin, que
ser sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien, porque
para escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho. As queremos
que los nios de Amrica sean: hombres que digan lo que piensan, y lo
digan bien: hombres elocuentes y sinceros.

Las nias deben saber lo mismo que los nios, para poder hablar con
ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena que el
hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar, porque las
mujeres de la casa no sepan contarle ms que de diversiones y de modas.
Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las nias entienden mejor, y
para ellas las escribiremos de modo que les gusten; porque _La Edad de
Oro_ tiene su mago en la casa, que le cuenta que en las almas de las
nias sucede algo parecido a lo que ven los colibres cuando andan
curioseando por entre las flores. Les diremos cosas as, como para que
las leyesen los colibres, si supiesen leer. Y les diremos cmo se hace
una hebra de hilo, cmo nace una violeta, cmo se fabrica una aguja,
cmo tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las nias tambin
pueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos cuanto quieran saber, y
mandarnos sus composiciones para la competencia de cada seis meses. De
seguro que van a ganar las nias!

Lo que queremos es que los nios sean felices, como los hermanitos de
nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un nio de Amrica
por el mundo nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y diga
donde todo el mundo lo oiga: Este hombre de _La Edad de Oro_ fue mi
amigo!




Tres hroes


Cuentan que un viajero lleg un da a Caracas al anochecer, y sin
sacudirse el polvo del camino, no pregunt dnde se coma ni se dorma,
sino cmo se iba adonde estaba la estatua de Bolvar. Y cuentan que el
viajero, solo con los rboles altos y olorosos de la plaza, lloraba
frente a la estatua, que pareca que se mova, como un padre cuando se
le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanos
deben querer a Bolvar como a un padre. A Bolvar, y a todos los que
pelearon como l porque la Amrica fuese del hombre americano. A todos:
al hroe famoso, y al ltimo soldado, que es un hroe desconocido. Hasta
hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su
patria.

Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y
a hablar sin hipocresa. En Amrica no se poda ser honrado, ni pensar,
ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo
que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal
gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre
honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y
permite que pisen el pas en que naci los hombres que se lo maltratan,
no es un hombre honrado. El nio, desde que puede pensar, debe pensar en
todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con
honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y
debe ser un hombre honrado. El nio que no piensa en lo que sucede a su
alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es
como un hombre que vive del trabajo de un bribn, y est en camino de
ser bribn. Hay hombres que son peores que las bestias, porque las
bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere
tener hijos cuando vive preso: la llama del Per se echa en la tierra y
se muere, cuando el indio le habla con rudeza o le pone ms carga de la
que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como
el elefante y como la llama. En Amrica se viva antes de la libertad
como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la
carga, o morir.

Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que
padecen como en agona cuando ven que los hombres viven sin decoro a su
alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de
haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay
siempre otros que tienen en s el decoro de muchos hombres. Esos son los
que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los
pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos
hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad
humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados:
Bolvar, de Venezuela; San Martn, del Ro de la Plata; Hidalgo, de
Mxico. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron
fue ms que sus faltas. Los hombres no pueden ser ms perfectos que el
sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene
manchas. Los desagradecidos no hablan ms que de las manchas. Los
agradecidos hablan de la luz.

Bolvar era pequeo de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las
palabras se le salan de los labios. Pareca como si estuviera esperando
siempre la hora de montar a caballo. Era su pas, su pas oprimido, que
le pesaba en el corazn, y, no le dejaba vivir en paz. La Amrica entera
estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca ms que un pueblo
entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y
que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que
consultar a nadie ms que a s mismos, y los pueblos tienen muchos
hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mrito de
Bolvar, que no se cans de pelear por la libertad de Venezuela, cuando
pareca que Venezuela se cansaba. Lo haban derrotado los espaoles: lo
haban echado del pas. El se fue a una isla, a ver su tierra de cerca,
a pensar en su tierra.

Un negro generoso lo ayud cuando ya no lo quera ayudar nadie. Volvi
un da a pelear, con trescientos hroes, con los trescientos
libertadores. Libert a Venezuela. Libert a la Nueva Granada. Libert
al Ecuador. Libert al Per. Fund una nacin nueva, la nacin de
Bolivia. Gan batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos.
Todo se estremeca y se llenaba de luz a su alrededor. Los generales
peleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un ejrcito de jvenes.
Jams se pele tanto, ni se pele mejor, en el mundo por la libertad.
Bolvar no defendi con tanto fuego el derecho de los hombres a
gobernarse por s mismos, como el derecho de Amrica a ser libre. Los
envidiosos exageraron sus defectos. Bolvar muri de pesar del corazn,
ms que de mal del cuerpo, en la casa de un espaol en Santa Marta.
Muri pobre, y dej una familia de pueblos.

Mxico tena mujeres y hombres valerosos que no eran muchos, pero valan
por muchos: media docena de hombres y una mujer preparaban el modo de
hacer libre a su pas. Eran unos cuantos jvenes valientes, el esposo de
una mujer liberal, y un cura de pueblo que quera mucho a los indios, un
cura de sesenta aos. Desde nio fue el cura Hidalgo de la raza buena,
de los que quieren saber. Los que no quieren saber son de la raza mala.
Hidalgo saba francs, que entonces era cosa de mrito, porque lo saban
pocos. Ley los libros de los filsofos del siglo dieciocho, que
explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar
sin hipocresa. Vio a los negros esclavos, y se llen de horror. Vio
maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sent entre
ellos como un hermano viejo, a ensearles las artes finas que el indio
aprende bien: la msica, que consuela; la cra del gusano, que da la
seda; la cra de la abeja, que da miel. Tena fuego en s, y le gustaba
fabricar: cre hornos para cocer los ladrillos. Le vean lucir mucho de
cuando en cuando los ojos verdes. Todos decan que hablaba muy bien, que
saba mucho nuevo, que daba muchas limosnas el seor cura del pueblo de
Dolores. Decan que iba a la ciudad de Quertaro una que otra vez, a
hablar con unos cuantos valientes y con el marido de una buena seora.
Un traidor le dijo a un comandante espaol que los amigos de Quertaro
trataban de hacer a Mxico libre. El cura mont a caballo, con todo su
pueblo, que lo quera como a su corazn; se le fueron juntando los
caporales y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballera; los
indios iban a pie, con palos y flechas, o con hondas y lanzas. Se le
uni un regimiento y tom un convoy de plvora que iba para los
espaoles. Entr triunfante en Celaya, con msicas y vivas. Al otro da
junt el Ayuntamiento, lo hicieron general, y empez un pueblo a nacer.
El fabric lanzas y granadas de mano. El dijo discursos que dan calor y
echan chispas, como deca un caporal de las haciendas. El declar libres
a los negros. El les devolvi sus tierras a los indios. El public un
peridico que llam El _Despertador Americano_. Gan y perdi batallas.
Un da se le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro da lo
dejaban solo. La mala gente quera ir con l para robar en los pueblos y
para vengarse de los espaoles. El les avisaba a los jefes espaoles que
si los venca en la batalla que iba a darles los recibira en su casa
como amigos. Eso es ser grande! Se atrevi a ser magnnimo, sin miedo a
que lo abandonase la soldadesca, que quera que fuese cruel. Su
compaero Allende tuvo celos de l, y l le cedi el mando a Allende.
Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando los espaoles les
cayeron encima. A Hidalgo le quitaron uno a uno, como para ofenderlo,
los vestidos de sacerdote. Lo sacaron detrs de una tapia, y le
dispararon los tiros de muerte a la cabeza. Cay vivo, revuelto en la
sangre, y en el suelo lo acabaron de matar. Le cortaron la cabeza y la
colgaron en una jaula, en la Alhndiga misma de Granaditas, donde tuvo
su gobierno. Enterraron los cadveres descabezados. Pero Mxico es
libre.

San Martn fue el libertador del Sur, el padre de la Repblica
Argentina, el padre de Chile. Sus padres eran espaoles, y a l lo
mandaron a Espaa para que fuese militar del rey. Cuando Napolen entr
en Espaa con su ejrcito, para quitarles a los espaoles la libertad,
los espaoles todos pelearon contra Napolen: pelearon los viejos, las
mujeres, los nios; un nio valiente, un catalancito, hizo huir una
noche a una compaa, disparndole tiros y ms tiros desde un rincn del
monte: al nio lo encontraron muerto, muerto de hambre y de fro; pero
tena en la cara como una luz, y sonrea, como si estuviese contento.
San Martn pele muy bien en la batalla de Bailn, y lo hicieron
teniente coronel. Hablaba poco: pareca de acero: miraba como un guila:
nadie lo desobedeca su caballo iba y vena por el campo de pelea, como
el rayo por el aire. En cuanto supo que Amrica peleaba para hacerse
libre, vino a Amrica: qu le importaba perder su carrera, si iba a
cumplir con su deber?: lleg a Buenos Aires: no dijo discursos: levant
un escuadrn de caballera: en San Lorenzo fue su primera batalla: sable
en mano se fue San Martn detrs de los espaoles, que venan muy
seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor, sin caones y sin
bandera. En los otros pueblos de Amrica los espaoles iban venciendo: a
Bolvar lo haba echado Morillo el cruel de Venezuela: Hidalgo estaba
muerto: O'Higgins sali huyendo de Chile: pero donde estaba San Martn
sigui siendo libre la Amrica. Hay hombres as, que no pueden ver
esclavitud. San Martn no poda; y se fue a libertar a Chile y al Per.
En dieciocho das cruz con su ejrcito los Andes altsimos y fros:
iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos: abajo, muy
abajo, los rboles parecan yerba, los torrentes rugan como leones. San
Martn se encuentra al ejrcito espaol y lo deshace en la batalla de
Maip, lo derrota para siempre en la batalla de Chacabuco. Liberta a
Chile. Se embarca con su tropa, y va a libertar al Per. Pero en el Per
estaba Bolvar, y San Martn le cede la gloria. Se fue a Europa triste,
y muri en brazos de su hija Mercedes. Escribi su testamento en una
cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla. Le haban
regalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajo hace cuatro
siglos, y l le regal el estandarte en el testamento al Per. Un
escultor es admirable, porque saca una figura de la piedra bruta: pero
esos hombres que hacen pueblos son como ms que hombres. Quisieron
algunas veces lo que no deban querer; pero qu no le perdonar un hijo
a su padre? El corazn se llena de ternura al pensar en esos gigantescos
fundadores. Esos son hroes; los que pelean para hacer a los pueblos
libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran
verdad. Los que pelean por la ambicin, por hacer esclavos a otros
pueblos, por tener ms mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no
son hroes, sino criminales.




Dos milagros

/P
Iba un nio travieso
  Cazando mariposas;
Las cazaba el bribn, les daba un beso,
  Y despus las soltaba entre las rosas.

Por tierra, en un estero,
  Estaba un sicomoro;
Le da un rayo de sol, y del madero
  Muerto, sale volando un ave de oro.
P/




Meique

(Del francs, de Laboulaye)

_Cuento de magia, donde se relata la historia del sabichoso Meique, y
se ve que el saber vale ms que la fuerza._


--I--

En un pas muy extrao vivi hace mucho tiempo un campesino que tena
tres hijos: Pedro, Pablo y Juancito. Pedro era gordo y grande, de cara
colorada, y de pocas entendederas; Pablo era canijo y paliducho, lleno
de envidias y de celos; Juancito era lindo como una mujer, y ms ligero
que un resorte, pero tan chiquitn que se poda esconder en una bota de
su padre. Nadie le deca Juan, sino Meique.

El campesino era tan pobre que haba fiesta en la casa cuando traa
alguno un centavo. El pan costaba mucho, aunque era pan negro; y no
tenan cmo ganarse la vida. En cuanto los tres hijos fueron bastante
crecidos, el padre les rog por su bien que salieran de su choza
infeliz, a buscar fortuna por el mundo. Les doli el corazn de dejar
solo a su padre viejo, y decir adis para siempre a los rboles que
haban sembrado, a la casita en que haban nacido, al arroyo donde
beban el agua en la palma de la mano. Como a una legua de all tena el
rey del pas un palacio magnfico, todo de madera, con veinte balcones
de roble tallado, y seis ventanitas. Y sucedi que de repente, en una
noche de mucho calor, sali de la tierra, delante de las seis ventanas,
un roble enorme con ramas tan gruesas y tanto follaje que dej a oscuras
el palacio del rey. Era un rbol encantado, y no haba hacha que pudiera
echarlo a tierra, porque se le mellaba el filo en lo duro del tronco, y
por cada rama que le cortaban salan dos. El rey ofreci dar tres sacos
llenos de pesos a quien le quitara de encima al palacio aquel arboln;
pero all se estaba el roble, echando ramas y races, y el rey tuvo que
conformarse con encender luces de da.

Y eso no era todo. Por aquel pas, hasta de las piedras del camino
salan los manantiales; pero en el palacio no haba agua. La gente del
palacio se lavaba las manos con cerveza y se afeitaba con miel. El rey
haba prometido hacer marqus y dar muchas tierras y dinero al que ha
abriese en el patio del castillo un pozo donde se pudiera guardar agua
para todo el ao. Pero nadie se llev el premio, porque el palacio
estaba en una roca, y en cuanto se escarbaba la tierra de arriba, sala
debajo la capa de granito. Como una pulgada nada ms haba de tierra
floja.

Los reyes son caprichosos, y este reyecito quera salirse con su gusto.
Mand pregoneros que fueran clavando por todos los pueblos y caminos de
su reino el cartel sellado con las armas reales, donde ofreca casar a
su hija con el que cortara el rbol y abriese el pozo, y darle adems la
mitad de sus tierras. Las tierras eran de lo mejor para sembrar, y la
princesa tena fama de inteligente y hermosa; as es que empez a venir
de todas partes un ejrcito de hombres forzudos, con el hacha al hombro
y el pico al brazo. Pero todas las hachas se mellaban contra el roble, y
todos los picos se rompan contra la roca.


--II--

Los tres hijos del campesino oyeron el pregn, y tomaron el camino del
palacio, sin creer que iban a casarse con la princesa, sino que
encontraran entre tanta gente algn trabajo. Los tres iban anda que
anda, Pedro siempre contento, Pablo hablndose solo, y Meique saltando
de ac para all, metindose por todas las veredas y escondrijos,
vindolo todo con sus ojos brillantes de ardilla. A cada paso tena algo
nuevo que preguntar a sus hermanos: que por qu las abejas metan la
cabecita en las flores, que por qu las golondrinas volaban tan cerca
del agua, que por qu no volaban derecho las mariposas. Pedro se echaba
a rer, y Pablo se encoga de hombros y lo mandaba callar.

Caminando, caminando, llegaron a un pinar muy espeso que cubra todo un
monte, y oyeron un ruido grande, como de un hacha, y de rboles que
caan all en lo ms alto.

--Yo quisiera saber por qu andan all arriba cortando lea--dijo
Meique.

--Todo lo quiere saber el que no sabe nada--dijo Pablo, medio gruendo.

--Parece que este mueco no ha odo nunca cortar lea--dijo Pedro,
torcindole el cachete a Meique de un buen pellizco.

--Yo voy a ver lo que hacen all arriba--dijo Meique.

--Anda, ridculo, que ya bajars bien cansado, por no creer lo que te
dicen tus hermanos mayores.

Y de ramas en piedras, gateando y saltando, subi Meique por donde
vena el sonido. Y qu encontr Meique en lo alto del monte? Pues un
hacha encantada, que cortaba sola, y estaba echando abajo un pino muy
recio.

--Buenos das, seora hacha--dijo Meique;--no est cansada de cortar
tan solita ese rbol tan viejo?

--Hace muchos aos, hijo mo, que estoy esperando por ti--respondi el
hacha.

--Pues aqu me tiene--dijo Meique.

Y sin ponerse a temblar, ni preguntar ms, meti el hacha en su gran
saco de cuero, y baj el monte, brincando y cantando.

--Qu vio all arriba el que todo lo quiere saber?--pregunt Pablo,
sacando el labio de abajo, y mirando a Meique como una torre a un
alfiler.

--Pues el hacha que oamos--le contest Meique.

--Ya ve el chiquitn la tontera de meterse por nada en esos sudores--le
dijo Pedro el gordo.

A poco andar ya era de piedra todo el camino, y se oy un ruido que
vena de lejos, como de un hierro que golpease en una roca.

--Yo quisiera saber quin anda all lejos picando piedras--dijo Meique.

--Aqu est un pichn que acaba de salir del huevo, y no ha odo nunca
al pjaro carpintero picoteando en un tronco--dijo Pablo.

--Qudate con nosotros, hijo, que eso no es ms que el pjaro carpintero
que picotea en un tronco--dijo Pedro.

--Yo voy a ver lo que pasa all lejos.

Y aqu de rodillas, y all medio a rastras, subi la roca Meique,
oyendo como se rean a carcajadas Pedro y Pablo. Y qu encontr Meique
all en la roca? Pues un pico encantado, que picaba solo, y estaba
abriendo la roca como si fuese mantequilla.

--Buenos das, seor pico--dijo Meique:--no est cansado de picar tan
solito en esa roca vieja?

--Hace muchos aos, hijo mo, que estoy esperando por ti--respondi el
pico.

--Pues aqu me tiene--dijo Meique.

Y sin pizca de miedo le ech mano al pico, lo sac del mango, los meti
aparte en su gran saco de cuero, y baj por aquellas piedras, retozando
y cantando.

--Y qu milagro vio por all su seora?--pregunt Pablo, con los
bigotes de punta.

--Era un pico lo que omos--respondi Meique, y sigui andando sin
decir ms palabra.

Ms adelante encontraron un arroyo, y se detuvieron a beber, porque era
mucho el calor.

--Yo quisiera saber--dijo Meique--de dnde sale tanta agua en un valle
tan llano como ste.

--Grandsimo pretencioso--dijo Pablo;--que en todo quiere meter la
nariz! No sabes que los manantiales salen de la tierra?

--Yo voy a ver de dnde sale esta agua.

Y los hermanos se quedaron diciendo picardas; pero Meique ech a andar
por la orilla del arroyo, que se iba estrechando, estrechando, hasta que
no era ms que un hilo. Y qu encontr Meique cuando lleg al fin?
Pues una cscara de nuez encantada, de donde sala a borbotones el agua
clara chispeando al sol.

--Buenos das, seor arroyo--dijo Meique;--no est cansado de vivir
tan solito en su rincn, manando agua?

--Hace muchos aos, hijo mo, que estoy esperando por ti--respondi el
arroyo.

--Pues aqu me tiene--dijo Meique.

Y sin el menor susto tom la cscara de nuez, la envolvi bien en musgo
fresco para que no se saliera el agua, la puso en su gran saco de cuero,
y se volvi por donde vino, saltando y cantando.

--Ya sabes de dnde viene el agua?--le grit Pedro.

--S, hermano; viene de un agujerito.

--Oh, a este amigo se lo come el talento! Por eso no crece!--dijo
Pablo, el paliducho.

--Yo he visto lo que quera ver, y s lo que quera saber--se dijo
Meique a s mismo. Y sigui su camino, frotndose las manos.


--III--

Por fin llegaron al palacio del rey. El roble creca ms que nunca, el
pozo no lo haban podido abrir, y en la puerta estaba el cartel sellado
con las armas reales, donde prometa el rey casar a su hija y dar la
mitad de su reino a quienquiera que cortase el roble y abriese el pozo,
fuera seor de la corte, o vasallo acomodado, o pobre campesino. Pero el
rey, cansado de tanta prueba intil, haba hecho clavar debajo del
carteln otro cartel ms pequeo, que deca con letras coloradas:

Sepan los hombres por este cartel, que el rey y seor, como buen rey
que es, se ha dignado mandar que le corten las orejas debajo del mismo
roble al que venga a cortar el rbol o abrir el pozo, y no corte, ni
abra; para ensearle a conocerse a s mismo y a ser modesto, que es la
primera leccin de la sabidura.

Y alrededor de este cartel haba clavadas treinta orejas sanguinolentas,
cortadas por la raz de la piel a quince hombres que se creyeron ms
fuertes de lo que eran.

Al leer este aviso, Pedro se ech a rer, se retorci los bigotes, se
mir los brazos, con aquellos msculos que parecan cuerdas, le dio al
hacha dos vuelos por encima de su cabeza, y de un golpe ech abajo una
de las ramas ms gruesas del rbol maldito. Pero enseguida salieron dos
ramas poderosas en el punto mismo del hachazo, y los soldados del rey le
cortaron las orejas sin ms ceremonia.

--Inutiln!--dijo Pablo, y se fue al tronco, hacha en mano, y le cort
de un golpe una gran raz. Pero salieron dos races enormes en vez de
una.

Y el rey furioso mand que le cortaran las orejas a aquel que no quiso
aprender en la cabeza de su hermano.

Pero a Meique no se le achic el corazn, y se le ech al roble encima.

--Qutenme a ese enano de ah!--dijo el rey--y si no se quiere quitar,
crtenle las orejas!

--Seor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley,
seor rey. Yo tengo derecho por tu cartel a probar mi fortuna. Ya
tendrs tiempo de cortarme las orejas, si no corto el rbol.

--Y la nariz te la rebanarn tambin, si no lo cortas.

Meique sac con mucha faena el hacha encantada de su gran saco de
cuero. El hacha era ms grande que Meique. Y Meique le dijo: Corta,
hacha, corta!

Y el hacha cort, tajo, astill, derrib las ramas, cercen el tronco,
arranc las races, limpi la tierra en redondo, a derecha y a
izquierda, y tanta lea apil del rbol en trizas, que el palacio se
calent con el roble todo aquel invierno.

Cuando ya no quedaba del rbol una sola hoja, Meique fue donde estaba
el rey sentado junto a la princesa, y los salud con mucha cortesa.

--Dgame el rey ahora dnde quiere que le abra el pozo su criado? Y
toda la corte fue al patio del palacio con el rey, a ver abrir el pozo.
El rey subi a un estrado ms alto que los asientos de los dems; la
princesa tena su silla en un escaln ms bajo, y miraba con susto a
aquel hominicaco que le iban a dar para marido.

Meique, sereno como una rosa, abri su gran saco de cuero, meti el
mango en el pico, lo puso en el lugar que marc el rey, y le dijo:
Cava, pico, cava!

Y el pico empez a cavar, y el granito a saltar en pedazos, y en menos
de un cuarto de hora qued abierto un pozo de cien pies.

--Le parece a mi rey que este pozo es bastante hondo?

--Es hondo; pero no tiene agua.

--Agua tendr--dijo Meique. Meti el brazo en el gran saco de cuero, le
quit el musgo a la cscara de nuez, y puso la cscara en una fuente que
haban llenado de flores. Y cuando ya estaba bien dentro de la tierra,
dijo: Brota, agua, brota!

Y el agua empez a brotar por entre las flores con un suave murmullo
refresc el aire del patio, y cay en cascadas tan abundantes que al
cuarto de hora ya el pozo estaba lleno, y fue preciso abrir un canal que
llevase afuera el agua sobrante.

--Y ahora--dijo Meique, poniendo en tierra una rodilla,--cree mi rey
que he hecho todo lo que me peda?

--S, marqus Meique--respondi el rey,--y te dar la mitad de mi
reino; o mejor, te comprar en lo que vale tu mitad, con la contribucin
que les voy a imponer a mis vasallos, que se alegrarn mucho de pagar
porque su rey y seor tenga agua buena; pero con mi hija no te puedo
casar, porque sa es cosa en que yo solo no soy dueo.

--Y qu ms quiere que haga, rey?--dijo Meique, parndose en las
puntas de los pies, con la manecita en la cadera, y mirando a la
princesa cara a cara.

--Maana se te dir, marqus Meique--le dijo el rey;--vete ahora a
dormir a la mejor cama de mi palacio.

Pero Meique, en cuanto se fue el rey, sali a buscar a sus hermanos,
que parecan dos perros ratoneros, con las orejas cortadas.

--Dganme, hermanos, si no hice bien en querer saberlo todo, y ver de
dnde vena el agua.

--Fortuna no ms, fortuna--dijo Pablo.--La fortuna es ciega, y favorece
a los necios.

--Hermanito--dijo Pedro,--con orejas o desorejado creo que est muy bien
lo que has hecho, y quisiera que llegara aqu pap para que te viese.

Y Meique se llev a dormir a camas buenas a sus dos hermanos, a Pedro y
a Pablo.


--IV--

El rey no pudo dormir aquella noche. No era el agradecimiento lo que le
tena despierto, sino el disgusto de casar a su hija con aquel picoln
que caba en una bota de su padre. Como buen rey que era, ya no quera
cumplir lo que prometi; y le estaban zumbando en los odos las palabras
del marqus Meique: Seor rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un
hombre es ley, rey.

Mand el rey a buscar a Pedro y a Pablo, porque ellos no ms le podan
decir quines eran los padres de Meique, y si era Meique persona de
buen carcter y de modales finos, como quieren los suegros que sean sus
yernos, porque la vida sin cortesa es ms amarga que la cuasia y que la
retama. Pedro dijo de Meique muchas cosas buenas, que pusieron al rey
de mal humor; pero Pablo dej al rey muy contento, porque le dijo que el
marqus era un pedante aventurero, un trasto con bigotes, una ua
venenosa, un garbanzo lleno de ambicin, indigno de casarse con seora
tan principal como la hija del gran rey que le haba hecho la honra de
cortarle las orejas: Es tan vano ese macacuelo--dijo Pablo--que se cree
capaz de pelear con un gigante. Por aqu cerca hay uno que tiene muerta
de miedo a la gente del campo, porque se les lleva para sus festines
todas sus ovejas y sus vacas. Y Meique no se cansa de decir que l
puede echarse al gigante de criado.

--Eso es lo que vamos a ver--dijo el rey satisfecho. Y durmi muy
tranquilo lo que faltaba de la noche. Y dicen que sonrea en sueos,
como si estuviera pensando en algo agradable.

En cuanto sali el sol, el rey hizo llamar a Meique delante de toda su
corte. Y vino Meique fresco como la maana, risueo como el cielo,
galn como una flor.

--Yerno querido--dijo el rey,--un hombre de tu honradez no puede casarse
con mujer tan rica como la princesa, sin ponerle casa grande, con
criados que la sirvan como se debe servir en el palacio real. En este
bosque hay un gigante de veinte pies de alto, que se almuerza un buey
entero, y cuando tiene sed al medioda se bebe un melonar. Figrate qu
hermoso criado no har ese gigante con un sombrero de tres picos, una
casaca galoneada, con charreteras de oro, y una alabarda de quince pies.
Ese es el regalo que te pide mi hija antes de decidirse a casarse
contigo.

--No es cosa fcil--respondi Meique,--pero tratar de regalarle el
gigante, para que le sirva de criado, con su alabarda de quince pies, y
su sombrero de tres picos, y su casaca galoneada, con charreteras de
oro.

Se fue a la cocina; meti en el gran saco de cuero el hacha encantada,
un pan fresco, un pedazo de queso y un cuchillo; se ech el saco a la
espalda, y sali andando por el bosque, mientras Pedro lloraba, y Pablo
rea, pensando en que no volvera nunca su hermano del bosque del
gigante.

En el bosque era tan alta la yerba que Meique no alcanzaba a ver, y se
puso a gritar a voz en cuello: Eh, gigante, gigante! dnde anda el
gigante? Aqu est Meique, que viene a llevarse al gigante muerto o
vivo.

--Y aqu estoy yo--dijo el gigante, con un vocerrn que hizo encogerse a
los rboles de miedo,--aqu estoy yo, que vengo a tragarte de un bocado.

--No ests tan de prisa, amigo--dijo Meique, con una vocecita de
flautn,--no ests tan de prisa, que yo tengo una hora para hablar
contigo.

Y el gigante volva a todos lados la cabeza, sin saber quin le hablaba,
hasta que le ocurri bajar los ojos, y all abajo, pequeito como un
pitirre, vio a Meique sentado en un tronco, con el gran saco de cuero
entre las rodillas.

--Eres t, grandsimo pcaro, el que me has quitado el sueo?--dijo
el gigante, comindoselo con los ojos que parecan llamas.

--Yo soy, amigo, yo soy, que vengo a que seas criado mo.

--Con la punta del dedo te voy a echar all arriba en el nido del
cuervo, para que te saque los ojos, en castigo de haber entrado sin
licencia en mi bosque.

--No ests tan de prisa, amigo, que este bosque es tan mo como tuyo; y
si dices una palabra ms, te lo echo abajo en un cuarto de hora.

--Eso quisiera ver--dijo el gigantn.

Meique sac su hacha, y le dijo: Corta, hacha, corta! Y el hacha
cort, taj, astill, derrib ramas, cercen troncos, arranc races,
limpi la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y los rboles
caan sobre el gigante como cae el granizo sobre los vidrios en el
temporal.

--Para, para--dijo asustado el gigante,--quin eres t, que puedes
echarme abajo mi bosque?

--Soy el gran hechicero Meique, y con una palabra que le diga a mi
hacha te corta la cabeza. T no sabes con quin ests hablando. Quieto
donde ests!

Y el gigante se qued quieto, con las manos a los lados, mientras
Meique abra su gran saco de cuero, y se puso a comer su queso y su
pan.

--Qu es eso blanco que comes?--pregunt el gigante, que nunca haba
visto queso.

--Piedras como no ms, y por eso soy ms fuerte que t, que comes la
carne que engorda. Soy ms fuerte que t. Ensame tu casa.

Y el gigante, manso como un perro, ech a andar por delante, hasta que
lleg a una casa enorme, con una puerta donde caba un barco de tres
palos, y un balcn como un teatro vaco.

--Oye--le dijo Meique al gigante:--uno de los dos tiene que ser amo del
otro. Vamos a hacer un trato. Si yo no puedo hacer lo que t hagas, yo
ser criado tuyo; si t no puedes hacer lo que haga yo, t sers mi
criado.

--Trato hecho--dijo el gigante;--me gustara tener de criado un hombre
como t, porque me cansa pensar, y t tienes cabeza para dos. Vaya,
pues; ah estn mis dos cubos: ve a traerme el agua para la comida.

Meique levant la cabeza y vio los dos cubos, que eran como dos
tanques, de diez pies de alto, y seis pies de un borde a otro. Ms fcil
le era a Meique ahogarse en aquellos cubos que cargarlos.

--Hola!--dijo el gigante, abriendo la boca terrible;--a la primera ya
ests vencido. Haz lo que yo hago, amigo, y crgame el agua.

--Y para qu la he de cargar?--dijo Meique.--Carga t, que eres bestia
de carga. Yo ir donde est el arroyo, y lo traer en brazos, y te
llenar los cubos, y tendrs tu agua.

--No, no--dijo el gigante,--que ya me dejaste el bosque sin rboles, y
ahora me vas a dejar sin agua que beber. Enciende el fuego, que yo
traer el agua.

Meique encendi el fuego, y en el caldero que colgaba del techo fue
echando el gigante un buey entero, cortado en pedazos, y una carga de
nabos, y cuatro cestos de zanahorias, y cincuenta coles. Y de tiempo en
tiempo espumaba el guiso con una sartn, y lo probaba, y le echaba sal y
tomillo, hasta que lo encontr bueno.

--A la mesa, que ya est la comida--dijo el gigante;--y a ver si haces
lo que hago yo, que me voy a comer todo este buey, y te voy a comer a ti
de postres.

--Est bien, amigo--dijo Meique. Pero antes de sentarse se meti debajo
de la chaqueta la boca de su gran saco de cuero, que le llegaba del
pescuezo a los pies.

Y el gigante coma y coma, y Meique no se quedaba atrs, slo que no
echaba en la boca las coles, y las zanahorias, y los nabos, y los
pedazos del buey, sino en el gran saco de cuero.

--Uf! ya no puedo comer ms!--dijo el gigante;--tengo que sacarme un
botn del chaleco.

--Pues mrame a m, gigante infeliz--dijo Meique, y se ech una col
entera en el saco.

--Uha!--dijo el gigante;--tengo que sacarme otro botn. Qu estmago
de avestruz tiene este hombrecito! Bien se ve que ests hecho a comer
piedras.

--Anda, perezoso--dijo Meique,--come como yo--y se ech en el saco un
gran trozo de buey.

--Paff!--dijo el gigante,--se me salt el tercer botn: ya no me cabe
un chcharo: cmo te va a ti, hechicero?

--A m?--dijo Meique;--no hay cosa ms fcil que hacer un poco de
lugar.

Y se abri con el cuchillo de arriba abajo la chaqueta y el gran saco de
cuero.

--Ahora te toca a ti--dijo al gigante;--haz lo que yo hago.

--Muchas gracias--dijo el gigante.--Prefiero ser tu criado. Yo no puedo
digerir las piedras.

Bes el gigante la mano de Meique en seal de respeto, se lo sent en
el hombro derecho, se ech al izquierdo un saco lleno de monedas de oro,
y sali andando por el camino del palacio.


--V--

En el palacio estaban de gran fiesta, sin acordarse de Meique, ni de
que le deban el agua y la luz; cuando de repente oyeron un gran ruido,
que hizo bailar las paredes, como si una mano portentosa sacudiese el
mundo. Era el gigante, que no caba por el portn, y lo haba echado
abajo de un puntapi. Todos salieron a las ventanas a averiguar la causa
de aquel ruido, y vieron a Meique sentado con mucha tranquilidad en el
hombro del gigante, que tocaba con la cabeza el balcn donde estaba el
mismo rey. Salt al balcn Meique, hinc una rodilla delante de la
princesa y le habl as: Princesa y duea ma, t deseabas un criado y
aqu estn dos a tus pies.

Este galante discurso, que fue publicado al otro da en el diario de la
corte, dej pasmado al rey, que no hall excusa que dar para que no se
casara Meique con su hija.

--Hija--le dijo en voz baja,--sacrifcate por la palabra de tu padre el
rey.

--Hija de rey o hija de campesino--respondi ella,--la mujer debe
casarse con quien sea de su gusto. Djame, padre, defenderme en esto que
me interesa. Meique--sigui diciendo en alta voz la princesa,--eres
valiente y afortunado, pero eso no basta para agradar a las mujeres.

--Ya lo s, princesa y duea ma; es necesario hacerles su voluntad, y
obedecer sus caprichos.

--Veo que eres hombre de talento--dijo la princesa.--Puesto que sabes
adivinar tan bien, voy a ponerte una ltima prueba, antes de casarme
contigo. Vamos a ver quin es ms inteligente, si t o yo. Si pierdes,
quedo libre para ser de otro marido.

Meique la salud con gran reverencia. La corte entera fue a ver la
prueba a la sala del trono, donde encontraron al gigante sentado en el
suelo con la alabarda por delante y el sombrero en las rodillas, porque
no caba en la sala de lo alto que era. Meique le hizo una sea, y l
ech a andar acurrucado, tocando el techo con la espalda y con la
alabarda a rastras, hasta que lleg adonde estaba Meique, y se ech a
sus pies, orgulloso de que vieran que tena a hombre de tanto ingenio
por amo.

--Empezaremos con una bufonada--dijo la princesa.--Cuentan que las
mujeres dicen muchas mentiras. Vamos a ver quien de los dos dice una
mentira ms grande. El primero que diga: Eso es demasiado! pierde.

--Por servirte, princesa y duea ma, mentir de juego y dir la verdad
con toda el alma.

--Estoy segura--dijo la princesa--de que tu padre no tiene tantas
tierras como el mo. Cuando dos pastores tocan el cuerno en las tierras
de mi padre al anochecer, ninguno de los dos oye el cuerno del otro
pastor.

--Eso es una bicoca--dijo Meique.--Mi padre tiene tantas tierras que
una ternerita de dos meses que entra por una punta es ya vaca lechera
cuando sale por la otra.

--Eso no me asombra--dijo la princesa.--En tu corral no hay un toro tan
grande como el de mi corral. Dos hombres sentados en los cuernos no
pueden tocarse con un aguijn de veinte pies cada uno.

--Eso es una bicoca--dijo Meique.--La cabeza del toro de mi casa es tan
grande que un hombre montado en un cuerno no puede ver al que est
montado en el otro.

--Eso no me asombra--dijo la princesa.--En tu casa no dan las vacas
tanta leche como en mi casa, porque nosotros llenamos cada maana veinte
toneles, y sacamos de cada ordeo una pila de queso tan alta como la
pirmide de Egipto.

--Eso es una bicoca--dijo Meique.--En la lechera de mi casa hacen unos
quesos tan grandes que un da la yegua se cay en la artesa, y no la
encontramos sino despus de una semana. El pobre animal tena el
espinazo roto, y yo le puse un pino de la nuca a la cola, que le sirvi
de espinazo nuevo. Pero una maanita le sali un ramo al espinazo por
encima de la piel, y el ramo creci tanto que yo me sub en l y toqu
el cielo. Y en el cielo vi a una seora vestida de blanco, trenzando un
cordn con la espuma del mar. Y yo me as del hilo, y el hilo se me
revent, y ca dentro de una cueva de ratones. Y en la cueva de ratones
estaban tu padre y mi madre, hilando cada uno en su rueca, como dos
viejecitos. Y tu padre hilaba tan mal que mi madre le tir de las orejas
hasta que se le caan a tu padre los bigotes.

--Eso es demasiado!--dijo la princesa.--A mi padre el rey nadie le ha
tirado nunca de las orejas!

--Amo, amo!--dijo el gigante.--Ha dicho Eso es demasiado! La
princesa es nuestra.


--VI--

--Todava no--dijo la princesa, ponindose colorada.--Tengo que ponerte
tres enigmas, a que me los adivines, y si adivinas bien, enseguida nos
casamos. Dime primero: qu es lo que siempre est cayendo y nunca se
rompe?

--Oh!--dijo Meique;--mi madre me arrullaba con ese cuento: es la
cascada!

--Dime ahora--pregunt la princesa, ya con mucho miedo:--quin es el
que anda todos los das el mismo camino y nunca se vuelve atrs?

--Oh!--dijo Meique;--mi madre me arrullaba con ese cuento: es el sol!

--El sol es dijo la princesa, blanca de rabia.--Ya no queda ms que un
enigma. En qu piensas t y no pienso yo? qu es lo que yo pienso, y
t no piensas? qu es lo que no pensamos ni t ni yo?

Meique baj la cabeza como el que duda, y se le vea en la cara el
miedo de perder.

--Amo--dijo el gigante;--si no adivinas el enigma, no te calientes las
entendederas. Hazme una sea, y cargo con la princesa.

--Cllate, criado dijo Meique;--bien sabes t que la fuerza no sirve
para todo. Djame pensar.

--Princesa y duea ma--dijo Meique, despus de unos instantes en que
se oa correr la luz.--Apenas me atrevo a descifrar tu enigma, aunque
veo en l mi felicidad. Yo pienso en que entiendo lo que me quieres
decir, y t piensas en que yo no lo entiendo. T piensas, como noble
princesa que eres, en que este criado tuyo no es indigno de ser tu
marido, y yo no pienso que haya logrado merecerte. Y en lo que ni yo ni
t pensamos es en que el rey tu padre y este gigante infeliz tienen tan
pobres...

--Cllate--dijo la princesa;--aqu est mi mano de esposa, marqus
Meique.

--Qu es eso que piensas de m, que lo quiero saber?--pregunt el rey.

--Padre y seor--dijo la princesa, echndose en sus brazos;--que eres el
ms sabio de los reyes, y el mejor de los hombres.

--Ya lo s, ya lo s--dijo el rey;--y ahora, djenme hacer algo por el
bien de mi pueblo. Meique, te hago duque!

--Viva mi amo y seor, el duque Meique!--grit el gigante, con una voz
que puso azules de miedo a los cortesanos, quebr el estuco del techo, e
hizo saltar los vidrios de las seis ventanas.


--VII--

En el casamiento de la princesa con Meique no hubo mucho de particular,
porque de los casamientos no se puede decir al principio, sino luego,
cuando empiezan las penas de la vida, y se ve si los casados se ayudan y
quieren bien, o si son egostas y cobardes. Pero el que cuenta el cuento
tiene que decir que el gigante estaba tan alegre con el matrimonio de su
amo que les iba poniendo su sombrero de tres picos a todos los rboles
que encontraba, y cuando sali el carruaje de los novios, que era de
ncar puro, con cuatro caballos mansos como palomas, se ech el carruaje
a la cabeza, con caballos y todo, y sali corriendo y dando vivas, hasta
que los dej a la puerta del palacio, como deja una madre a su nio en
la cuna. Esto se debe decir, porque no es cosa que se ve todos los das.

Por la noche hubo discursos, y poetas que les dijeron versos de bodas a
los novios, y lucecitas de color en el jardn, y fuegos artificiales
para los criados del rey, y muchas guirnaldas y ramos de flores. Todos
cantaban y hablaban, coman dulces, beban refrescos olorosos, bailaban
con mucha elegancia y honestidad al comps de una msica de violines,
con los violinistas vestidos de seda azul, y su ramito de violeta en el
ojal de la casaca. Pero en un rincn haba uno que no hablaba ni
cantaba, y era Pablo, el envidioso, el paliducho, el desorejado, que no
poda ver a su hermano feliz, y se fue al bosque para no or ni ver, y
en el bosque muri, porque los osos se lo comieron en la noche oscura.

Meique era tan chiquitn que los cortesanos no supieron al principio si
deban tratarlo con respeto o verlo como cosa de risa; pero con su
bondad y cortesa se gan el cario de su mujer y de la corte entera, y
cuando muri el rey, entr a mandar, y estuvo de rey cincuenta y dos
aos. Y dicen que mand tan bien que sus vasallos nunca quisieron ms
rey que Meique, que no tena gusto sino cuando vea a su pueblo
contento, y no les quitaba a los pobres el dinero de su trabajo para
drselo, como otros reyes, a sus amigos holgazanes, o a los matachines
que lo defienden de los reyes vecinos. Cuentan de veras que no hubo rey
tan bueno como Meique.

Pero no hay que decir que Meique era bueno. Bueno tena que ser un
hombre de ingenio tan grande; porque el que es estpido no es bueno, y
el que es bueno no es estpido. Tener talento es tener buen corazn; el
que tiene buen corazn, se es el que tiene talento. Todos los pcaros
son tontos. Los buenos son los que ganan a la larga. Y el que saque de
este cuento otra leccin mejor, vaya a contarlo en Roma.




Cada uno a su oficio

Fbula nueva del filsofo norteamericano Emerson

/P
    La montaa y la ardilla
    Tuvieron su querella:
    --Vyase usted all, presumidilla!
    Dijo con furia aqulla;
    A lo que respondi la astuta ardilla:
    --S que es muy grande usted, muy grande y bella;
    Mas de todas las cosas y estaciones
    Hay que poner en junto las porciones,
    Para formar, seora vocinglera,
    Un ao y una esfera.
    Yo no s que me ponga nadie tilde
    Por ocupar un puesto tan humilde.
    Si no soy yo tamaa
    Como usted, mi seora la montaa,
    Usted no es tan pequea
    Como yo, ni a gimnstica me ensea.
    Yo negar no imagino
    Que es para las ardillas buen camino
    Su magnfica falda:
    Difieren los talentos a las veces:
    Ni yo llevo los bosques a la espalda,
    Ni usted puede, seora, cascar nueces.
P/




La Ilada, de Homero


Hace dos mil quinientos aos era ya famoso en Grecia el poema de la
Ilada. Unos dicen que lo compuso Homero, el poeta ciego de la barba de
rizos, que andaba de pueblo en pueblo cantando sus versos al comps de
la lira, como hacan los aedas de entonces. Otros dicen que no hubo
Homero, sino que el poema lo fueron componiendo diferentes cantores.
Pero no parece que pueda haber trabajo de muchos en un poema donde no
cambia el modo de hablar, ni el de pensar, ni el de hacer los versos, y
donde desde el principio hasta el fin se ve tan claro el carcter de
cada persona que puede decirse quin es por lo que dice o hace, sin
necesidad de verle el nombre. Ni es fcil que un mismo pueblo tenga
muchos poetas que compongan los versos con tanto sentido y msica como
los de la _Ilada_, sin palabras que falten o sobren; ni que todos los
diferentes cantores tuvieran el juicio y grandeza de los cantos de
Homero, donde parece que es un padre el que habla.

En la _Ilada_ no se cuenta toda la guerra de treinta aos de Grecia
contra Ilin, que era como le decan entonces a Troya; sino lo que pas
en la guerra cuando los griegos estaban todava en la llanura asaltando
a la ciudad amurallada, y se pelearon por celos los dos griegos famosos,
Agamenn y Aquiles. A Agamenn le llamaban el Rey de los Hombres, y era
como un rey mayor, que tena ms mando y poder que todos los dems que
vinieron de Grecia a pelear contra Troya, cuando el hijo del rey
troyano, del viejo Pramo, le rob la mujer a Menelao, que estaba de rey
en uno de los pueblos de Grecia, y era hermano de Agamenn. Aquiles era
el ms valiente de todos los reyes griegos, y hombre amable y culto, que
cantaba en la lira las historias de los hroes, y se haca querer de las
mismas esclavas que le tocaban de botn cuando se repartan los
prisioneros despus de sus victorias. Por una prisionera fue la disputa
de los reyes, porque Agamenn se resista a devolver al sacerdote
troyano Crises su hija Criseis, como deca el sacerdote griego Calcas
que se deba devolver, para que se calmase en el Olimpo, que era el
cielo de entonces, la furia de Apolo, el dios del Sol, que estaba
enojado con los griegos porque Agamenn tena cautiva a la hija de un
sacerdote: y Aquiles, que no le tena miedo a Agamenn, se levant entre
todos los dems, y dijo que se deba hacer lo que Calcas quera, para
que se acabase la peste de calor que estaba matando en montones a los
griegos, y era tanta que no se vea el cielo nunca claro, por el humo de
las piras en que quemaban los cadveres. Agamenn dijo que devolvera a
Criseis, si Aquiles le daba a Briseis, la cautiva que l tena en su
tienda. Y Aquiles le dijo a Agamenn borracho de ojos de perro y
corazn de venado, y sac la espada de puo de plata para matarlo
delante de los reyes; pero la diosa Minerva, que estaba invisible a su
lado, le sujet la mano, cuando tena la espada a medio sacar. Y Aquiles
ech al suelo su cetro de oro, y se sent, y dijo que no peleara ms a
favor de los griegos con sus bravos mirmidones, y que se iba a su
tienda.

As empez la clera de Aquiles, que es lo que cuenta la _Ilada_, desde
que se enoj en esa disputa, hasta que el corazn se le enfureci cuando
los troyanos le mataron a su amigo Patroc  quemndoles los barcos a los griegos y los
tena casi vencidos. No ms que con dar Aquiles una voz desde el muro,
se echaba atrs el ejrcito de Troya, como la ola cuando la empuja una
corriente contraria de viento, y les temblaban las rodillas a los
caballos troyanos. El poema entero est escrito para contar lo que
sucedi a los griegos desde que Aquiles se dio por ofendido:--la disputa
de los reyes,--el consejo de los dioses del Olimpo, en que deciden los
dioses que los troyanos venzan a los griegos, en castigo de la ofensa de
Agamenn a Aquiles,--el combate de Paris, hijo de Pramo, con Menelao,
el esposo de Helena,--la tregua que hubo entre los dos ejrcitos, y el
modo con que el arquero troyano Pandaro la rompi con su flechazo a
Menelao,--la batalla del primer da, en que el valentsimo Diomedes tuvo
casi muerto a Eneas de una pedrada,--la visita de Hctor, el hroe de
Troya a su esposa Andrmaca, que lo vea pelear desde el muro,--la
batalla del segundo da, en que Diomedes huye en su carro de pelear,
perseguido por Hctor vencedor,--la embajada que le mandan los griegos a
Aquiles, para que vuelva a ayudarlos en los combates, porque desde que
l no pelea estn ganando los troyanos,--la batalla de los barcos, en
que ni el mismo Ajax puede defender las naves griegas del asalto, hasta
que Aquiles consiente en que Patroclo pelee con su armadura,--la muerte
de Patroclo,--la vuelta de Aquiles al combate, con la armadura nueva que
le hizo el dios Vulcano,--el desafo de Aquiles y Hctor,--la muerte de
Hctor,--y las splicas con que su padre Pramo logra que Aquiles le
devuelva el cadver, para quemarlo en Troya en la pira de honor, y
guardar los huesos blancos en una caja de oro. As se enoj Aquiles, y
sos fueron los sucesos de la guerra, hasta que se le acab el enojo.

A Aquiles no lo pinta el poema como hijo de hombre, sino de la diosa del
mar, de la diosa Tetis. Y eso no es muy extrao, porque todava hoy
dicen los reyes que el derecho de mandar en los pueblos les viene de
Dios, que es lo que llaman el derecho divino de los reyes, y no es ms
que una idea vieja de aquellos tiempos de pelea, en que los pueblos
eran nuevos y no saban vivir en paz, como viven en el cielo las
estrellas, que todas tienen luz aunque son muchas, y cada una brilla
aunque tenga al lado otra. Los griegos crean, como los hebreos, y como
otros muchos pueblos, que ellos eran la nacin favorecida por el creador
del mundo, y los nicos hijos del cielo en la tierra. Y como los hombres
son soberbios, y no quieren confesar que otro hombre sea ms fuerte o
ms inteligente que ellos, cuando haba un hombre fuerte o inteligente
que se haca rey por su poder, decan que era hijo de los dioses. Y los
reyes se alegraban de que los pueblos creyesen esto; y los sacerdotes
decan que era verdad, para que los reyes les estuvieran agradecidos y
los ayudaran. Y as mandaban juntos los sacerdotes y los reyes.

Cada rey tena en el Olimpo sus parientes, y era hijo, o sobrino, o
nieto de un dios, que bajaba del cielo a protegerlo o a castigarlo,
segn le llevara a los sacerdotes de su templo muchos regalos o pocos; y
el sacerdote deca que el dios estaba enojado cuando el regalo era
pobre, o que estaba contento, cuando le haban regalado mucha miel y
muchas ovejas. As se ve en la _Ilada_, que hay como dos historias en
el poema, una en la tierra, y en el cielo otra; y que los dioses del
cielo son como una familia, slo que no hablan como personas bien
criadas, sino que se pelean y se dicen injurias, lo mismo que los
hombres en el mundo. Siempre estaba Jpiter, el rey de los dioses, sin
saber qu hacer; porque su hijo Apolo quera proteger a los troyanos, y
su mujer Juno a los griegos, lo mismo que su otra hija Minerva; y haba
en las comidas del cielo grandsimas peleas, y Jpiter le deca a Juno
que lo iba a pasar mal si no se callaba enseguida, y Vulcano, el cojo,
el sabio del Olimpo, se rea de los chistes y maldades de Apolo, el de
pelo colorado, que era el dios travieso. Y los dioses suban y bajaban,
a llevar y traer a Jpiter los recados de los troyanos y los griegos; o
peleaban sin que se les viera en los carros de sus hroes favorecidos; o
se llevaban en brazos por las nubes a su hroe para que no lo acabase de
matar el vencedor, con la ayuda del dios contrario. Minerva toma la
figura del viejo Nstor, que hablaba dulce como la miel, y aconseja a
Agamenn que ataque a Troya. Venus desata el casco de Paris cuando el
enemigo Menelao lo va arrastrando del casco por la tierra: y se lleva a
Paris por el aire. Venus tambin se lleva a Eneas, vencido por Diomedes,
en sus brazos blancos. En una escaramuza va Minerva guiando el carro de
pelear del griego, y Apolo viene contra ella, guiando el carro troyano.
Otra vez, cuando por engao de Minerva dispara Pandaro su arco contra
Menelao, la flecha terrible le entr poco a Menelao en la carne, porque
Minerva la apart al caer, como cuando una madre le espanta a su hijo de
la cara una mosca. En la _Ilada_ estn juntos siempre los dioses y los
hombres, como padres e hijos. Y en el cielo suceden las cosas lo mismo
que en la tierra; como que son los hombres los que inventan los dioses a
su semejanza, y cada pueblo imagina un cielo diferente, con divinidades
que viven y piensan lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adora
en los templos: porque el hombre se ve pequeo ante la naturaleza que lo
crea y lo mata, y siente la necesidad de creer en algo poderoso, y de
rogarle, para que lo trate bien en el mundo, y para que no le quite la
vida. El cielo de los griegos era tan parecido a Grecia, que Jpiter
mismo es como un rey de reyes, y una especie de Agamenn, que puede ms
que los otros, pero no hace todo lo que quiere, sino ha de orlos y
contentarlos, como tuvo que hacer Agamenn con Aquiles. En la _Ilada_,
aunque no lo parece, hay mucha filosofa, y mucha ciencia, y mucha
poltica, y se ensea a los hombres, como sin querer, que los dioses no
son en realidad ms que poesas de la imaginacin, y que los pases no
se pueden gobernar por el capricho de un tirano, sino por el acuerdo y
respeto de los hombres principales que el pueblo escoge para explicar el
modo con que quiere que lo gobiernen.

Pero lo hermoso de la _Ilada_ es aquella manera con que pinta el mundo,
como si lo viera el hombre por primera vez, y corriese de un lado para
otro llorando de amor, con los brazos levantados, preguntndole al cielo
quin puede tanto, y dnde est el creador, y cmo compuso y mantuvo
tantas maravillas. Y otra hermosura de la Ilada es el modo de decir las
cosas, sin esas palabras fanfarronas que los poetas usan porque les
suenan bien; sino con palabras muy pocas y fuertes, como cuando Jpiter
consinti en que los griegos perdieran algunas batallas, hasta que se
arrepintiesen de la ofensa que le haban hecho a Aquiles, y cuando dijo
que s, tembl el Olimpo. No busca Homero las comparaciones en las
cosas que no se ven, sino en las que se ven: de modo que lo que l
cuenta no se olvida, porque es como si se lo hubiera tenido delante de
los ojos. Aquellos eran tiempos de pelear, en que cada hombre iba de
soldado a defender a su pas, o sala por ambicin o por celos a atacar
a los vecinos; y como no haba libros entonces, ni teatros, la diversin
era or al aeda que cantaba en la lira las peleas de los dioses y las
batallas de los hombres; y el aeda tena que hacer rer con las maldades
de Apolo y Vulcano, para que no se le cansase la gente del canto serio;
y les hablaba de lo que la gente oa con inters, que eran las historias
de los hroes y las relaciones de las batallas, en que el aeda deca
cosas de mdico y de poltico, para que el pueblo hallase gusto y
provecho en orlo, y diera buena paga y fama al cantor que le enseaba
en sus versos el modo de gobernarse y de curarse. Otra cosa que entre
los griegos gustaba mucho era la oratoria, y se tena como hijo de un
dios al que hablaba bien, o haca llorar o entender a los hombres. Por
eso hay en la _Ilada_ tantas descripciones de combates, y tantas curas
de heridas, y tantas arengas.

Todo lo que se sabe de los primeros tiempos de los griegos, est en la
_Ilada_. Llamaban rapsodas en Grecia a los cantores que iban de pueblo
en pueblo, cantando la _Ilada_ y la _Odisea_, que es otro poema donde
Homero cuenta la vuelta de Ulises. Y ms poemas parece que compuso
Homero, pero otros dicen que sos no son suyos, aunque el griego
Herodoto, que recogi todas las historias de su tiempo, trae noticias de
ellos, y muchos versos sueltos, en la vida de Homero que escribi, que
es la mejor de las ocho que hay escritas, sin que se sepa de cierto si
Herodoto la escribi de veras, o si no la cont muy de prisa y sin
pensar, como sola l escribir.

Se siente uno como gigante, o como si estuviera en la cumbre de un
monte, con el mar sin fin a los pies, cuando lee aquellos versos de la
_Ilada_, que parecen de letras de piedra. En ingls hay muy buenas
traducciones, y el que sepa ingls debe leer la _Ilada_ de Chapman, o
la de Dodsley, o la de Landor, que tienen ms de Homero que la de Pope,
que es la ms elegante. El que sepa alemn, lea la de Wolff, que es como
leer el griego mismo. El que no sepa francs, aprndalo enseguida, para
que goce de toda la hermosura de aquellos tiempos en la traduccin de
Leconte de Lisle, que hace los versos a la antigua, como si fueran de
mrmol. En castellano, mejor es no leer la traduccin que hay, que es de
Hermosilla; porque las palabras de la _Ilada_ estn all, pero no el
fuego, el movimiento, la majestad, la divinidad a veces, del poema en
que parece que se ve amanecer el mundo,--en que los hombres caen como
los robles o como los pinos,--en que el guerrero Ajax defiende a
lanzazos su barco de los troyanos ms valientes,--en que Hctor de una
pedrada echa abajo la puerta de una fortaleza, en que los dos caballos
inmortales, Xantos y Balios, lloran de dolor cuando ven muerto a su amo
Patroclo,--y las diosas amigas, Juno y Minerva, vienen del cielo en un
carro que de cada vuelta de rueda atraviesa tanto espacio como el que un
hombre sentado en un monte ve, desde su silla de roca, hasta donde el
ciclo se junta con el mar.

Cada cuadro de la _Ilada_ es una escena como sas. Cuando los reyes
miedosos dejan solo a Aquiles en su disputa con Agamenn, Aquiles va a
llorar a la orilla del mar, donde estn desde hace diez aos los barcos
de los cien mil griegos que atacan a Troya: y la diosa Tetis sale a
orlo, como una bruma que se va levantando de las olas. Tetis sube al
cielo, y Jpiter le promete, aunque se enoje Juno, que los troyanos
vencern a los griegos hasta que los reyes se arrepientan de la ofensa a
Aquiles. Grandes guerreros hay entre los griegos: Ulises, que era tan
alto que andaba entre los dems hombres como un macho entre el rebao de
carneros; Ajax, con el escudo de ocho capas, siete de cuero y una de
bronce; Diomedes, que entra en la pelea resplandeciente, devastando como
un len hambriento en un rebao:--pero mientras Aquiles est ofendido,
los vencedores sern los guerreros de Troya: Hctor, el hijo de Pramo;
Eneas, el hijo de la diosa Venus; Sarpedn, el ms valiente de los reyes
que vino a ayudar a Troya, el que subi al cielo en brazos del Sueo y
de la Muerte, a que lo besase en la frente su padre Jpiter, cuando lo
mat Patroclo de un lanzazo. Los dos ejrcitos se acercan a pelear: los
griegos, callados, escudo contra escudo; los troyanos dando voces, como
ovejas que vienen balando por sus cabritos. Paris desafa a Menelao, y
luego se vuelve atrs; pero la misma hermossima Helena le llama
cobarde, y Paris, el prncipe bello que enamora a las mujeres, consiente
en pelear, carro a carro, contra Menelao, con lanza, espada y escudo:
vienen los heraldos, y echan suertes con dos piedras en un casco, para
ver quin disparar primero su lanza. Paris tira el primero, pero
Menelao se lo lleva arrastrando, cuando Venus le desata el casco de la
barba, y desaparece con Paris en las nubes. Luego es la tregua; hasta
que Minerva, vestida como el hijo del troyano Antenor, le aconseja con
alevosa a Pandaro que dispare la flecha contra Menelao, la flecha del
arco enorme de dos cuernos y la juntura de oro, para que los troyanos
queden ante el mundo por traidores, y sea ms fcil la victoria de los
griegos, los protegidos de Minerva. Dispara Pandaro la flecha: Agamenn
va de tienda en tienda levantando a los reyes: entonces es la gran pelea
en que Diomedes hiere al mismo dios Marte, que sube al cielo con gritos
terribles en una nube de trueno, como cuando sopla el viento del sur;
entonces es la hermosa entrevista de Hctor y Andrmaca, cuando el nio
no quiere abrazar a Hctor porque le tiene miedo al casco de plumas, y
luego juega con el casco, mientras Hctor le dice a Andrmaca que cuide
de las cosas de la casa, cuando l vuelva a pelear. Al otro da Hctor y
Ajax pelean como jabales salvajes hasta que el cielo se oscurece:
pelean con piedras cuando ya no tienen lanza ni espada: los heraldos los
vienen a separar, y Hctor le regala su espada de puo fino a Ajax, y
Ajax le regala a Hctor un cinturn de prpura.

Esa noche hay banquete entre los griegos, con vinos de miel y bueyes
asados; y Diomedes y Ulises entran solos en el campo enemigo a espiar lo
que prepara Troya, y vuelven, manchados de sangre, con los caballos y el
carro del rey tracio. Al amanecer, la batalla es en el muralln que han
levantado los griegos en la playa frente a sus buques. Los troyanos han
vencido a los griegos en el llano. Ha habido cien batallas sobre los
cuerpos de los hroes muertos. Ulises defiende el cuerpo de Diomedes con
su escudo, y los troyanos le caen encima como los perros al jabal.
Desde los muros disparan sus lanzas los reyes griegos contra Hctor
victorioso, que ataca por todas partes. Caen los bravos, los de Troya y
los de Grecia, como los pinos a los hachazos del leador. Hctor va de
una puerta a otra, como len que tiene hambre. Levanta una piedra de
punta que dos hombres no podan levantar, echa abajo la puerta mayor, y
corre por sobre los muertos a asaltar los barcos. Cada troyano lleva una
antorcha, para incendiar las naves griegas: Ajax, cansado de matar, ya
no puede resistir el ataque en la proa de su barco, y dispara de atrs,
de la borda: ya el cielo se enrojece con el resplandor de las llamas. Y
Aquiles no ayuda todava a los griegos: no atiende a lo que le dicen los
embajadores de Agamenn: no embraza el escudo de oro, no se cuelga del
hombro la espada, no salta con los pies ligeros en el carro, no empua
la lanza que ningn hombre poda levantar, la lanza Pelea. Pero le ruega
su amigo Patroclo, y consiente en vestirlo con su armadura, y dejarlo ir
a pelear. A la vista de las armas de Aquilea, a la vista de los
mirmidones, que entran en la batalla apretados como las piedras de un
muro, se echan atrs los troyanos miedosos. Patroclo se mete entre
ellos, y les mata nueve hroes de cada vuelta del carro. El gran
Sarpedn le sale al camino, y con la lanza le atraviesa Patroclo las
sienes. Pero olvid Patroclo el encargo de Aquiles, de que no se llegase
muy cerca de los muros. Apolo invencible lo espera al pie de los muros,
se le sube al carro, lo aturde de un golpe en la cabeza, echa al suelo
el casco de Aquiles, que no haba tocado el suelo jams, le rompe la
lanza a Patroclo, y le abre el coselete, para que lo hiera Hctor. Cay
Patroclo, y los caballos divinos lloraron. Cuando Aquiles vio muerto a
su amigo, se ech por la tierra, se llen de arena la cabeza y el
rostro, se mesaba a grandes gritos la melena amarilla. Y cuando le
trajeron a Patroclo en un atad, llor Aquiles. Subi al cielo su madre,
para que Vulcano le hiciera un escudo nuevo, con el dibujo de la tierra
y el cielo, y el mar y el sol, y la luna y todos los astros, y una
ciudad en paz y otra en guerra, y un viedo cuando estn recogiendo la
uva madura, y un nio cantando en una arpa, y una boyada que va a arar,
y danzas y msicas de pastores, y alrededor, como un ro, el mar: y le
hizo un coselete que luca como el fuego, y un casco con la visera de
oro. Cuando sali al muro a dar las tres voces, los troyanos se echaron
en tres oleadas contra la ciudad, los caballos rompan con las ancas el
carro espantados, y moran hombres y brutos en la confusin, no ms que
de ver sobre el muro a Aquiles, con una llama sobre la cabeza que
resplandeca como el sol de otoo. Ya Agamenn se ha arrepentido, ya el
consejo de reyes le han devuelto a Briseis, que llora al ver muerto a
Patroclo, porque fue amable y bueno.

Al otro da, al salir el sol, la gente de Troya, como langostas que
escapan del incendio, entra aterrada en el ro, huyendo de Aquiles, que
mata lo mismo que siega la hoz, y de una vuelta del carro se lleva a
doce cautivos. Tropieza con Hctor; pero no pueden pelear, porque los
dioses les echan de lado las lanzas. En el ro era Aquiles como un gran
delfn, y los troyanos se despedazaban al huirle, como los peces. De los
muros le ruega a Hctor su padre viejo que no pelee con Aquiles: se lo
ruega su madre. Aquiles llega: Hctor huye: tres veces le dan vuelta a
Troya en los carros. Todo Troya est en los muros, el padre mesndose
con las dos manos la barba; la madre con los brazos tendidos, llorando y
suplicando. Se para Hctor, y le habla a Aquiles antes de pelear, para
que no se lleve su cuerpo muerto si lo vence. Aquiles quiere el cuerpo
de Hctor, para quemarlo en los funerales de su amigo Patroclo. Pelean.
Minerva est con Aquiles: le dirige los golpes: le trae la lanza, sin
que nadie la vea: Hctor, sin lanza ya, arremete contra Aquiles como
guila que baja del cielo, con las garras tendidas, sobre un cadver:
Aquiles le va encima, con la cabeza baja, y la lanza Pelea brillndole
en la mano como la estrella de la tarde. Por el cuello le mete la lanza
a Hctor, que cae muerto, pidiendo a Aquiles que d su cadver a Troya.
Desde los muros han visto la pelea el padre y la madre. Los griegos
vienen sobre el muerto, y lo lancean, y lo vuelven con los pies de un
lado a otro, y se burlan. Aquiles manda que le agujereen los tobillos, y
metan por los agujeros dos tiras de cuero: y se lo lleva en el carro,
arrastrando.

Y entonces levantaron con leos una gran pira para quemar el cuerpo de
Patroclo. A Patroclo lo llevaron a la pira en procesin, y cada guerrero
se cort un guedejo de sus cabellos, y lo puso sobre el cadver; y
mataron en sacrificio cuatro caballos de guerra y dos perros; y Aquiles
mat con su mano los doce prisioneros y los ech a la pira: y el cadver
de Hctor lo dejaron a un lado, como un perro muerto: y quemaron a
Patroclo, enfriaron con vino las cenizas, y las pusieron en una urna de
oro. Sobre la urna echaron tierra, hasta que fue como un monte. Y
Aquiles amarraba cada maana por los pies a su carro a Hctor, y le daba
vuelta al monte tres veces. Pero a Hctor no se le lastimaba el cuerpo,
ni se le acababa la hermosura, porque desde el Olimpo cuidaban de l
Venus y Apolo.

Y entonces fue la fiesta de los funerales, que dur doce das: primero
una carrera con los carros de pelear, que gan Diomedes; luego una pelea
a puetazos entre dos, hasta que qued uno como muerto; despus una
lucha a cuerpo desnudo, de Ulises con Ajax; y la corrida de a pie, que
gan Ulises; y un combate con escudo y lanza; y otro de flechas, para
ver quin era el mejor flechero; y otro de lanceadores, para ver quin
tiraba ms lejos la lanza.

Y una noche, de repente, Aquiles oy ruido en su tienda, y vio que era
Pramo, el padre de Hctor, que haba venido sin que lo vieran, con el
dios Mercurio,--Pramo, el de la cabeza blanca y la barba
blanca,--Pramo, que se le arrodill a los pies, y le bes las manos
muchas veces, y le peda llorando el cadver de Hctor. Y Aquiles se
levant, y con sus brazos alz del suelo a Pramo; y mand que baaran
de ungentos olorosos el cadver de Hctor, y que lo vistiesen con una
de las tnicas del gran tesoro que le traa de regalo Pramo; y por la
noche comi carne y bebi vino con Pramo, que se fue a acostar por
primera vez, porque tena los ojos pesados. Pero Mercurio le dijo que no
deba dormir entre los enemigos, y se lo llev otra vez a Troya sin que
los vieran los griegos.

Y hubo paz doce das, para que los troyanos le hicieran el funeral a
Hctor. Iba el pueblo detrs, cuando lleg Pramo con l; y Pramo los
injuriaba por cobardes, que haban dejado matar a su hijo; y las mujeres
lloraban, y los poetas iban cantando, hasta que entraron en la casa. Y
lo pusieron en su cama de dormir. Y vino Andrmaca su mujer, y le habl
al cadver. Luego vino su madre Hcuba, y lo llam hermoso y bueno.
Despus Helena le habl, y lo llam corts y amable. Y todo el pueblo
lloraba cuando Pramo se acerc a su hijo, con las manos al cielo,
temblndole la barba, y mand que trajeran leos para la pira. Y nueve
das estuvieron trayendo leos, hasta que la pira era ms alta que los
muros de Troya. Y la quemaron, y apagaron el fuego con vino, y guardaron
las cenizas de Hctor en una caja de oro, y cubrieron la caja con un
manto de prpura, y lo pusieron todo en un atad, y encima le echaron
mucha tierra, hasta que pareci un monte. Y luego hubo gran fiesta en el
palacio del rey Pramo. As acaba la _Ilada_, y el cuento de la clera
de Aquiles.




Un juego nuevo y otros viejos


Ahora hay en los Estados Unidos un juego muy curioso, que llaman el
juego del _burro_. En verano, cuando se oyen muchas carcajadas en una
casa, es que estn jugando al _burro_. No lo juegan los nios slo, sino
las personas mayores. Y es lo ms fcil de hacer. En una hoja de papel
grande o en un pedazo de tela blanca se pinta un burro, como del tamao
de un perro. Con carbn vegetal se le puede pintar, porque el carbn de
piedra no pinta, sino el otro, el que se hace quemando debajo de una
pila de tierra la madera de los rboles. O con un pincel mojado en tinta
se puede dibujar tambin el burro, porque no hay que pintar de negro la
figura toda, sino las lneas de afuera, el contorno no ms. Se pinta
todo el burro, menos la cola. La cola se pinta aparte, en un pedazo de
papel o de tela, y luego se recorta, para que parezca una cola de
verdad. Y ah est el juego, en poner la cola al burro donde debe estar.
Lo que no es tan fcil como parece; porque al que juega le vendan los
ojos, y le dan tres vueltas antes de dejarlo andar. Y l anda, anda; y
la gente sujeta la risa. Y unos le clavan al burro la cola en la pezua,
o en las costillas, o en la frente. Y otros la clavan en la hoja de la
puerta, creyendo que es el burro.

Dicen en los Estados Unidos que este juego es nuevo, y nunca lo ha
habido antes; pero no es muy nuevo, sino otro modo de jugar a la gallina
ciega. Es muy curioso; los nios de ahora juegan lo mismo que los nios
de antes; la gente de los pueblos que no se han visto nunca, juegan a
las mismas cosas. Se habla mucho de los griegos y de los romanos, que
vivieron hace dos mil aos; pero los nios romanos jugaban a las bolas,
lo mismo que nosotros, y las nias griegas tenan muecas con pelo de
verdad, como las nias de ahora. En la lmina estn unas nias griegas,
poniendo sus muecas delante de la estatua de Diana, que era como una
santa de entonces; porque los griegos crean tambin que en cielo haba
santos, y a esta Diana le rezaban las nias, para que las dejase vivir y
las tuviese siempre lindas. No eran las muecas slo lo que le llevaban
los nios, porque ese caballero de la lmina que mira a la diosa con
cara de emperador, le trae su cochecito de madera, para que Diana se
monte en el coche cuando salga a cazar, como dicen que sala todas las
maanas. Nunca hubo Diana ninguna, por supuesto. Ni hubo ninguno de los
otros dioses a que les rezaban los griegos, en versos muy hermosos, y
con procesiones y cantos. Los griegos fueron como todos los pueblos
nuevos, que creen que ellos son los amos del mundo, lo mismo que creen
los nios; y como ven que del cielo vienen el sol y la lluvia, y que la
tierra da el trigo y el maz, y que en los montes hay pjaros y animales
buenos para comer, les rezan a la tierra y a la lluvia, y al monte y al
sol, y les ponen nombres de hombres y mujeres, y los pintan con figura
humana, porque creen que piensan y quieren lo mismo que ellos, y que
deben tener su misma figura. Diana era la diosa del monte. En el museo
del Louvre de Pars hay una estatua de Diana muy hermosa, donde va Diana
cazando con su perro, y est tan bien que parece que anda. Las piernas
no ms son como de hombre, para que se vea que es diosa que camina
mucho. Y las nias griegas queran a su mueca tanto, que cuando se
moran las enterraban con las muecas.

Todos los juegos no son tan viejos como las bolas, ni como las muecas,
ni como el cricket, ni como la pelota, ni como el columpio, ni como los
saltos. La gallina ciega no es tan vieja, aunque hace como mil aos que
se juega en Francia. Y los nios no saben, cuando les vendan los ojos,
que este juego se juega por un caballero muy valiente que hubo en
Francia, que se qued ciego un da de pelea y no solt la espada ni
quiso que lo curasen, sino sigui peleando hasta morir: se fue el
caballero Colin-Maillard. Luego el rey mand que en las peleas de
juego, que se llamaban torneos, saliera siempre a pelear un caballero
con los ojos vendados, para que la gente de Francia no se olvidara de
aquel gran valor. Y ah vino el juego.

Lo que no parece por cierto cosa de hombres es esa diversin en que
estn entretenidos los amigos de Enrique III, que tambin fue rey de
Francia, pero no un rey bravo y generoso como Enrique IV de Navarra, que
vino despus, sino un hombrecito ridculo, como esos que no piensan ms
que en peinarse y empolvarse como las mujeres, y en recortarse en pico
la barba. En eso pasaban la vida los amigos del rey: en jugar y en
pelearse por celos con los bufones de palacio, que les tenan odio por
holgazanes, y se lo decan cara a cara. La pobre Francia estaba en la
miseria, y el pueblo trabajador pagaba una gran contribucin, para que
el rey y sus amigos tuvieran espadas de puo de oro y vestidos de seda.
Entonces no haba peridicos que dijeran la verdad. Los bufones eran
entonces algo como los peridicos, y los reyes no los tenan slo en sus
palacios para que los hicieran rer, sino para que averiguasen lo que
suceda, y les dijesen a los caballeros las verdades, que los bufones
decan como en chiste, a los caballeros y a los mismos reyes. Los
bufones eran casi siempre hombres muy feos, o flacos, o gordos, o
jorobados. Uno de los cuadros ms tristes del mundo es el cuadro de los
bufones que pint el espaol Zamacois. Todos aquellos hombres infelices
estn esperando a que el rey los llame para hacerle rer, con sus
vestidos de picos y de campanillas, de color de mono o de cotorra.

Desnudos como estn son ms felices que ellos esos negros que bailan en
la otra lmina la danza del palo. Los pueblos, lo mismo que los nios,
necesitan de tiempo en tiempo algo as como correr mucho, rerse mucho y
dar gritos y saltos. Es que en la vida no se puede hacer todo lo que se
quiere, y lo que se va quedando sin hacer sale as de tiempo en tiempo,
como una locura. Los moros tienen una fiesta de caballos que llaman la
fantasa. Otro pintor espaol ha pintado muy bien la fiesta: el pobre
Fortuny. Se ve en el cuadro los moros que entran a escape en la ciudad,
con los caballos tan locos como ellos, y ellos disparando al aire sus
espingardas, tendidos sobre el cuello de sus animales, besndolos,
mordindolos, echndose al suelo sin parar la carrera, y volvindose a
montar. Gritan como si se les abriese el pecho. El aire se ve oscuro de
la plvora. Los hombres de todos los pases, blancos o negros, japoneses
o indios, necesitan hacer algo hermoso y atrevido, algo de peligro y
movimiento, como esa danza del palo de los negros de Nueva Zelandia. En
Nueva Zelandia hay mucho calor, y los negros de all son hombres de
cuerpo arrogante, como los que andan mucho a pie, y gente brava, que
pelea por su tierra tan bien como danza en el palo. Ellos suben y bajan
por las cuerdas, y se van enroscando hasta que la cuerda est a la
mitad, y luego se dejan caer. Echan la cuerda a volar, lo mismo que un
columpio, y se sujetan de una mano, de los dientes, de un pie, de la
rodilla. Rebotan contra el palo, como si fueran pelotas. Se gritan unos
a otros y se abrazan.

Los indios de Mxico tenan, cuando vinieron los espaoles, esa misma
danza del palo. Tenan juegos muy lindos los indios de Mxico. Eran
hombres muy finos y trabajadores, y no conocan la plvora y las balas
como los soldados del espaol Corts, pero su ciudad era como de plata,
y la plata misma la labraban como un encaje, con tanta delicadeza como
en la mejor joyera. En sus juegos eran tan ligeros y originales como en
sus trabajos. Esa danza del palo fue entre los indios una diversin de
mucha agilidad y atrevimiento; porque se echaban desde lo alto del palo,
que tena unas veinte varas, y venan por el aire dando volteos y
haciendo pruebas de gimnasio sin sujetarse ms que con la soga, que
ellos tejan muy fina y fuerte, y llamaban metate. Dicen que estremeca
ver aquel atrevimiento; y un libro viejo cuenta que era horrible y
espantoso, que llena de congojas y asusta el mirarlo.

Los ingleses creen que el juego del palo es cosa suya, y que ellos no
ms saben lucir su habilidad en las ferias con el garrote que empuan
por una punta y por el medio; o con la porra, que juegan muy bien. Los
isleos de las Canarias, que son gente de mucha fuerza, creen que el
palo no es invencin del ingls, sino de las islas; y s que es cosa de
verse un isleo jugando al palo, y haciendo el molinete. Lo mismo que el
luchar, que en las Canarias les ensean a los nios en las escuelas. Y
la danza del palo encintado; que es un baile muy difcil en que cada
hombre tiene una cinta de un color, y la va trenzando y destrenzando
alrededor del palo, haciendo lazos y figuras graciosas, sin equivocarse
nunca. Pero los indios de Mxico jugaban al palo tan bien como el ingls
ms rubio, o el canario de ms espaldas; y no era slo el defenderse con
l lo que saban, sino jugar con el palo a equilibrios, como los que
hacen ahora los japoneses y los moros kabilas. Y ya van cinco pueblos
que han hecho lo mismo que los indios: los de Nueva Zelandia, los
ingleses, los canarios, los japoneses y los moros. Sin contar la pelota,
que todas los pueblos la juegan, y entre los indios era una pasin, como
que creyeron que el buen jugador era hombre venido del ciclo, y que los
dioses mexicanos, que eran diferentes de los dioses griegos, bajaban a
decirle cmo deba tirar la pelota y recogerla. Lo de la pelota, que es
muy curioso, ser para otro da.

Ahora contamos lo del palo, y lo de los equilibrios que los indios
hacan con l, que eran de grandsima dificultad. Los indios se
acostaban en la tierra, como los japoneses de los circos cuando van a
jugar a las bolas o al barril; y en el palo, atravesado sobre las
plantas de los pies, sostenan hasta cuatro hombres, que es ms que lo
de los moros, porque a los moros los sostiene el ms fuerte de ellos
sobre los hombros, pero no sobre la planta de los pies. _Tza_ le decan
a este juego: dos indios se suban primero en las puntas del palo, dos
ms se encaramaban sobre estos dos, y los cuatro hacan sin caerse
muchas suertes y vueltas. Y los indios tenan su ajedrez, y sus
jugadores de manos, que se coman la lana encendida y la echaban por la
nariz: pero eso, como la pelota, ser para otro da. Porque con los
cuentos se ha de hacer lo que deca Chich, la nia bonita de Guatemala:

--Chich, por qu te comes esa aceituna tan despacio?

--Porque me gusta mucho.




Beb y el seor don Pomposo


Beb es un nio magnfico, de cinco aos. Tiene el pelo muy rubio, que
le cae en rizos por la espalda, como en la lmina de los _Hijos del Rey
Eduardo_, que el pcaro Gloucester hizo matar en la Torre de Londres,
para hacerse l rey. A Beb lo visten como al duquecito Fauntleroy, el
que no tena vergenza de que lo vieran conversando en la calle con los
nios pobres. Le ponen pantaloncitos cortos ceidos a la rodilla, y
blusa con cuello de marinero, de dril blanco como los pantalones, y
medias de seda colorada, y zapatos bajos. Como lo quieren a l mucho, l
quiere mucho a los dems. No es un santo, oh, no!: le tuerce los ojos a
su criada francesa cuando no le quiere dar ms dulces, y se sent una
vez en visita con las pierna cruzadas, y rompi un da un jarrn muy
hermoso, corriendo detrs de un gato. Pero en cuanto ve un nio descalzo
le quiere dar todo lo que tiene: a su caballo le lleva azcar todas las
maanas, y lo llama caballito de mi alma; con los criados viejos se
est horas y horas, oyndoles los cuentos de su tierra de frica, de
cuando ellos eran prncipes y reyes. Y tenan muchas vacas y muchos
elefantes: y cada vez que ve Beb a su mam, le echa el bracito por la
cintura, o se le sienta al lado en la banqueta, a que le cuente cmo
crecen las flores, y de dnde le viene la luz al sol y, de qu est
hecha la aguja con que cose, y si es verdad que la seda de su vestido la
hacen unos gusanos, y si los gusanos van fabricando la tierra, como dijo
ayer en la sala aquel seor de espejuelos. Y la madre te dice que s,
que hay unos gusanos que se fabrican unas casitas de seda, largas y
redondas, que se llaman capullos; y que es hora de irse a dormir, como
los gusanitos, que se meten en el capullo, hasta que salen hechos
mariposas.

Y entonces s que est lindo Beb, a la hora de acostarse con sus
mediecitas cadas, y su color de rosa, como los nios que se baan
mucho, y su camisola de dormir: lo mismo que los angelitos de las
pinturas, un angelito sin alas. Abraza mucho a su madre, la abraza muy
fuerte, con la cabecita baja, como si quisiera quedarse en su corazn. Y
da brincos y vueltas de carnero, y salta en el colchn con los brazos
levantados, para ver si alcanza a la mariposa azul que est pintada en
el techo. Y se pone a nadar como en el bao; o a hacer como que cepilla
la baranda de la cama, porque va a ser carpintero; o rueda por la cama
hecho un carretel, con los rizos rubios revueltos con las medias
coloradas. Pero esta noche Beb est muy serio, y no da volteretas como
todas las noches, ni se le cuelga del cuello a su mam para que no se
vaya, ni le dice a Luisa, a la francesita, que le cuente el cuento del
gran comeln que se muri solo y se comi un meln. Beb cierra los
ojos; pero no est dormido. Beb est pensando.

       *       *       *       *       *

La verdad es que Beb tiene mucho en qu pensar, porque va de viaje a
Pars, como todos los aos, para que los mdicos buenos le digan a su
mam las medicinas que le van a quitar la tos, esa tos mala que a Beb
no le gusta or: se le aguan los ojos a Beb en cuanto oye toser a su
mam: y la abraza muy fuerte, muy fuerte, como si quisiera sujetarla.
Esta vez Beb no va solo a Pars, porque l no quiere hacer nada solo,
como el hombre del meln, sino con un primito suyo que no tiene madre.
Su primito Ral va con l a Pars, a ver con l al hombre que llama a
los pjaros, y la tienda del Louvre, donde les regalan globos a los
nios, y el teatro Guiol, donde hablan los muecos, y el polica se
lleva preso al ladrn, y el hombre bueno le da un coscorrn al hombre
malo. Ral va con Beb a Pars. Los dos juntos se van el sbado en el
vapor grande, con tres chimeneas. All en el cuarto est Ral con Beb,
el pobre Ral, que no tiene el pelo rubio, ni va vestido de duquecito,
ni lleva medas de seda colorada.

Beb y Ral han hecho hoy muchas visitas: han ido con su mam a ver a
los ciegos, que leen con los dedos, en unos libros con las letras muy
altas: han ido a la calle de los peridicos, a ver como los nios pobres
que no tienen casa donde dormir, compran diarios para venderlos despus,
y pagar su casa: han ido a un hotel elegante, con criados de casaca azul
y pantaln amarillo, a ver a un seor muy flaco y muy estirado, el to
de mam, el seor Don Pomposo. Beb est pensando en la visita del seor
Don Pomposo. Beb est pensando.

Con los ojos cerrados, l piensa: l se acuerda de todo. Qu largo, qu
largo el to de mam, como los palos del telgrafo! Qu leontina tan
grande y tan suelta, como la cuerda de saltar! Qu pedrote tan feo,
como un pedazo de vidrio, el pedrote de la corbata! Y a mam no la
dejaba mover, y le pona un cojn detrs de la espalda, y le puso una
banqueta en los pies. Y le hablaba como dicen que les hablan a las
reinas! Beb se acuerda de lo que dice el criado viejito, que la gente
le habla as a mam, porque mam es muy rica, y que a mam no le gusta
eso, porque mam es buena.

Y Beb vuelve a pensar en lo sucedi en la visita. En cuanto entr en el
cuarto el seor Don Pomposo le dio la mano, como se la dan los hombres a
los paps; le puso el sombrerito en la cama, como si fuera una cosa
santa, y le dio muchos besos, unos besos feos, que se le pegaban a la
cara, como si fueran manchas. Y a Ral, al pobre Ral, ni lo salud, ni
le quit el sombrero, ni le dio un beso. Ral estaba metido en un
silln, con el sombrero en la mano, y con los ojos muy grandes. Y
entonces se levant Don Pomposo del sof colorado: Mira, mira, Beb, lo
que te tengo guardado: esto cuesta mucho dinero, Beb: esto es para que
quieras mucho a tu to. Y se sac del bolsillo un llavero como con
treinta llaves, y abri una gaveta que ola a lo que huele el tocador de
Luisa, y le trajo a Beb un sable dorado--oh, que sable! oh, qu gran
sable!--y le abroch por la cintura el cinturn de charol--oh, qu
cinturn tan lujoso!--y le dijo: Anda, Beb: mrate al espejo; se es
un sable muy rico: eso no es ms que para Beb, para el nio. Y Beb,
muy contento, volvi la cabeza adonde estaba Ral, que lo miraba, miraba
al sable, con los ojos ms grandes que nunca, y con la cara muy triste,
como si se fuera a morir:--oh, que sable tan feo, tan feo! oh, qu to
tan malo! En todo eso estaba pensando Beb. Beb estaba pensando.

El sable est all, encima del tocador. Beb levanta la cabeza poquito a
poco, para que Luisa no lo oiga, y ve el puo brillante como si fuera de
sol, porque la luz de la lmpara da toda en el puo. As eran los sables
de los generales el da de la procesin, lo mismo que el de l. El
tambin, cuando sea grande, va a ser general, con un vestido de dril
blanco, y un sombrero con plumas, y muchos soldados detrs, y l en un
caballo morado, como el vestido que tena el obispo. El no ha visto
nunca caballos morados, pero se lo mandarn a hacer. Y a Ral quin le
manda hacer caballos? Nadie, nadie: Ral no tiene mam que le compre
vestidos de duquecito: Ral no tiene tos largos que le compren sables.
Beb levanta la cabecita poco a poco: Ral est dormido: Luisa se ha ido
a su cuarto a ponerse olores. Beb se escurre de la cama, va al tocador
en la punta de los pies, levanta el sable despacio, para que no haga
ruido... Y qu hace, qu hace Beb? va rindose, va rindose el
pcaro! hasta que llega a la almohada de Ral, y le pone el sable dorado
en la almohada.




La ltima pgina


_La Edad de Oro_ se despide hoy con pena de sus amigos. Se puso a
escribir largo el hombre de _La Edad de Oro_, como quien escribe una
carta de cario para persona a quien quiere mucho, y sucedi que
escribi ms de lo que caba en las treinta y dos pginas. Treinta y dos
pginas es de veras poco para conversar con los nios queridos, con los
que han de ser maana hbiles como Meique, y valientes como Bolvar:
poetas como Homero ya no podrn ser, porque estos tiempos no son como
los de antes, y los aedas de ahora no han de cantar guerras brbaras de
pueblo con pueblo para ver cul puede ms, ni peleas de hombre con
hombre para ver quin es ms fuerte: lo que ha de hacer el poeta de
ahora es aconsejar a los hombres que se quieran bien, y pintar todo lo
hermoso del mundo de manera que se vea en los versos como si estuviera
pintado con colores, y castigar con la poesa, como con un ltigo, a los
que quieran quitar a los hombres su libertad, o roben con leyes pcaras
el dinero de los pueblos, o quieran que los hombres de su pas les
obedezcan como ovejas y les laman la mano como perros. Los versos no se
han de hacer para decir que se est contento o se est triste, sino para
ser til al mundo, ensendole que la naturaleza es hermosa, que la vida
es un deber, que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste ni
acobardarse mientras haya libros en las libreras, y luz en el ciclo, y
amigos, y madres. El que tenga penas, lea las _Vidas Paralelas_ de
Plutarco, que dan deseos de ser como aquellos hombres de antes, y mejor,
porque ahora la tierra ha vivido ms, y se puede ser hombre de ms amor
y delicadeza. Antes todo se haca con los puos: ahora, la fuerza est
en el saber, ms que en los puetazos; aunque es bueno aprender a
defenderse, porque siempre hay gente bestial en el mundo, y porque la
fuerza da salud, y porque se ha de estar pronto a pelear, para cuando un
pueblo ladrn quiera venir a robarnos nuestro pueblo. Para eso es bueno
ser fuerte de cuerpo; pero para lo dems de la vida, la fuerza est en
saber mucho, como dice Meique. En los mismos tiempos de Homero, el que
gan por fin el sitio, y entr en Troya, no fue Ajax el del escudo, ni
Aquiles el de la lanza, ni Diomedes el del carro, sino Ulises, que era
el hombre de ingenio, y pona en paz a los envidiosos, y pensaba
pronto, lo que no les ocurra a los dems.

Con esta ltima pgina est sucediendo lo que con el primer nmero de
_La Edad de Oro_; que no va a caber lo que el amigo de los nios les
quera decir, y es que en el nmero de agosto se publicar una
_Historia_ _del Hombre, contada por sus casas_, que no cupo esta vez,
historia muy curiosa, donde se cuenta cmo ha vivido el hombre, desde su
primera habitacin en la tierra, que fue una cueva en la montaa, hasta
los palacios en que vive ahora. Ni cupo tampoco una explicacin muy
entretenida del modo de fabricar _Un cubierto de mesa_. Porque es
necesario que los nios no vean, no toquen, no piensen en nada que no
sepan explicar. Para eso se publica _La Edad de Oro_. Y para todo lo que
quieran preguntar, aqu est el amigo.

Estas ltimas pginas sern como el cuarto de confianza de _La Edad de
Oro_, donde conversaremos como si estuvisemos en familia. Aqu
publicaremos las cartas de nuestras amiguitas: aqu responderemos a las
preguntas de los nios: aqu tendremos la _Bolsa de Sellos_, donde el
que tenga sellos que mandar, o los quiera comprar, o quiera hacer
coleccin, o preguntar sobre sellos algo que le interese, no tiene ms
que escribir para lograr lo que desea. Y de cuando en cuando nos har
aqu una visita El _Abuelo Andrs_, que tiene una caja maravillosa con
muchas cosas raras, y nos va a ensear todo lo que tiene en La Caja de
las Maravillas.

_La Edad de Oro_.




La historia del hombre, contada por sus casas


Ahora la gente vive en casas grandes, con puertas y ventanas, y patios
enlosados, y portales de columnas: pero hace muchos miles de aos los
hombres no vivan as, ni haba pases de sesenta millones de
habitantes, como hay hoy. En aquellos tiempos no haba libros que
contasen las cosas: las piedras, los huesos, las conchas, los
instrumentos de trabajar son los que ensean cmo vivan los hombres de
antes. Eso es lo que se llama edad de piedra, cuando los hombres
vivan casi desnudos, o vestidos de pieles, peleando con las fieras del
bosque, escondidos en las cuevas de la montaa, sin saber que en el
mundo haba cobre ni hierro all en los tiempos que llaman
paleolticos:--palabra larga esta de paleolticos! Ni la piedra
saban entonces los hombres cortar: luego empezaron a darle figura, con
unas hachas de pedernal afilado, y sa fue la edad nueva de piedra, que
llaman neoltica: _neo_, nueva, _ltica_, de piedra: _paleo_, por
supuesto, quiere decir viejo, antiguo. Entonces los hombres vivan en
las cuevas de la montaa, donde las fieras no podan subir, o se abran
un agujero en la tierra, y le tapaban la entrada con una puerta de ramas
de rbol; o hacan con ramas un techo donde la roca estaba como abierta
en dos; o clavaban en el suelo tres palos en pico, y los forraban con
las pieles de los animales que cazaban: grandes eran entonces los
animales, grandes como montes. En Amrica no parece que vivan as los
hombres de aquel tiempo, sino que andaban juntos en pueblos, y no en
familias sueltas: todava se ven las ruinas de los que llaman los
terrapleneros, porque fabricaban con tierra unos paredones en figura
de crculo, o de tringulo, o de cuadrado, o de cuatro crculos unos
dentro de otros: otros indios vivan en casas de piedra que eran como
pueblos, y las llamaban las casas-pueblos, porque all hubo hasta mil
familias a la vez, que no entraban a la casa por puertas, como nosotros,
sino por el techo, como hacen ahora los indios zuis: en otros lugares
hay casas de cantos en los agujeros de las rocas, adonde suban
agarrndose de unas cortaduras abiertas a pico en la piedra, como una
escalera. En todas partes se fueron juntando las familias para
defenderse, y haciendo ciudades en las rocas, o en medio de los lagos,
que es lo que llaman ciudades lacustres, porque estn sobre el agua las
casas de troncos de rbol, puestas sobre pilares clavados en lo hondo, o
sujetos con piedras al pie, para que el peso tuviese a flote las casas:
y a veces juntaban con vigas unas casas con otras, y les ponan
alrededor una palizada para defenderse de los vecinos que venan a
pelear, o de los animales del monte: la cama era de yerba seca, las
tazas eran de madera, las mesas y los asientos eran troncos de rboles.
Otros ponan de punta en medio de un bosque tres piedras grandes, y una
chata encima, como techo, con una cerca de piedras, pero estos dlmenes
no eran para vivir, sino para enterrar sus muertos, o para ir a or a
los viejos y los sabios cuando cambiaba la estacin, o haba guerra, o
tenan que elegir rey: y para recordar cada cosa de stas clavaban en el
suelo una piedra grande, como una columna, que llamaban menhir en
Europa, y que los indios mayas llamaban katn; porque los mayas de
Yucatn no saban que del otro lado del mar viviera el pueblo galo, en
donde est Francia ahora, pero hacan lo mismo que los galos, y que los
germanos, que vivan donde est ahora Alemania. Estudiando se aprende
eso: que el hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de la
misma manera, y hace y piensa las mismas cosas, sin ms diferencia que
la de la tierra en que vive, porque el hombre que nace en tierra de
rboles y de flores piensa ms en la hermosura y el adorno, y tiene ms
cosas que decir, que el que nace en una tierra fra, donde ve el cielo
oscuro y su cueva en la roca. Y otra cosa se aprende, y es que donde
nace el hombre salvaje, sin saber que hay ya pueblos en el mundo,
empieza a vivir lo mismo que vivieron los hombres de hace miles de aos.
Junto a la ciudad de Zaragoza, en Espaa, hay familias que viven en
agujeros abiertos en la tierra del monte: en Dakota, en los Estados
Unidos, los que van a abrir el pas viven en covachas, con techos de
ramas, como en la edad neoltica: en las orillas del Orinoco, en la
Amrica del Sur, los indios viven en ciudades lacustres, lo mismo que
las que haba hace cientos de siglos en los lagos de Suiza: el indio
norteamericano le pone a rastras a su caballo los tres palos de su tipi,
que es una tienda de pieles, como la que los hombres neolticos
levantaban en los desiertos: el negro de frica hace hoy su casa con las
paredes de tierra y el techo de ramas, lo mismo que el germano de antes,
y deja alto el quicio como el germano lo dejaba, para que no entrasen
las serpientes. No es que hubo una edad de piedra, en que todos los
pueblos vivan a la vez del mismo modo; y luego otra de bronce, cuando
los hombres empezaron a trabajar el metal, y luego otra edad de hierro.
Hay pueblos que viven, como Francia ahora, en lo ms hermoso de la edad
de hierro, con su torre de Eiffel que se entra por las nubes: y otros
pueblos que viven en la edad de piedra, como el indio que fabrica su
casa en las ramas de los rboles, y con su lanza de pedernal sale a
matar los pjaros del bosque y a ensartar en el aire los peces voladores
del ro. Pero los pueblos de ahora crecen ms de prisa, porque se juntan
con los pueblos ms viejos, y aprenden con ellos lo que no saben; no
como antes, que tenan que ir poco a poco descubrindolo todo ellos
mismos. La edad de piedra fue al empezar a vivir, que los hombres
andaban errantes huyendo de los animales, y vivan hoy ac y maana
all, y no saban que eran buenos de comer los frutos de la tierra.
Luego los hombres encontraron el cobre, que era ms blando que el
pedernal, y el estao, que era ms blando que el cobre, y vieron que con
el fuego se le sacaba el metal a la roca, y que con el estao y cobre
juntos se haca un metal nuevo, muy bueno para hachas y lanzas y
cuchillos, y para cortar la piedra. Cuando los pueblos empiezan a saber
cmo se trabaja el metal, y a juntar el cobre con el estao, entonces
estn en su edad de bronce. Hay pueblos que han llegado a la edad de
hierro sin pasar por la de bronce, porque el hierro es el metal de su
tierra, y con l empezaron a trabajar, sin saber que en el mundo haba
cobre ni estao. Cuando los hombres de Europa vivan en la edad de
bronce, ya hicieron casas mejores, aunque no tan labradas y perfectas
como las de los peruanos y mexicanos de Amrica, en quienes estuvieron
siempre juntas las dos edades, porque siguieron trabajando con pedernal
cuando ya tenan sus minas de oro, y sus templos con soles de oro como
el cielo, y sus huacas, que eran los cementerios del Per, donde ponan
a los muertos con las prendas y jarros que usaban en vida. La casa del
indio peruano era de mampostera, y de dos pisos, con las ventanas muy
en alto, y las puertas ms anchas por debajo que por la cornisa, que
sola ser de piedra tallada, de trabajo fino. El mexicano no haca su
casa tan fuerte, sino ms ornada, como en pas donde hay muchos rboles
y pjaros. En el techo haba como escalones, donde ponan las figuras de
sus santos, como ahora ponen mucho en los altares figuras de nios, y
piernas y brazos de plata: adornaban las paredes con piedras labradas, y
con fajas como de cuentas o de hilos trenzados, imitando las grecas y
fimbrias que les bordaban sus mujeres en las tnicas: en las salas de
adentro labraban las cabezas de las vigas, figurando sus dioses, sus
animales o sus hroes, y por fuera ponan en las esquinas unas canales
de curva graciosa, como imitando plumas. De lejos brillaban las casas
con el sol, como si fueran de plata.

En los pueblos de Europa es donde se ven ms claras las tres edades, y
mejor mientras ms al Norte, porque all los hombres vivieron solos,
cada uno en su pueblo, por siglos de siglos, y como empezaron a vivir
por el mismo tiempo, se nota que aunque no se conocan unos a otros,
iban adelantando del mismo modo. La tierra va echando capas conforme van
pasando siglos: la tierra es como un pastel de hojaldres, que tiene
muchas capas una sobre otra, capas de piedra dura, y a veces viene de
adentro, de lo hondo del mundo, una masa de roca que rompe las capas
acostadas, y sale al aire libre, y se queda por encima de la tierra,
como un gigante regan, o como una fiera enojada, echando por el crter
humo y fuego: as se hacen los montes y los volcanes. Por esas capas de
la tierra es por donde se sabe cmo ha vivido el hombre, porque en cada
una hay enterrados huesos de l, y restos de los animales y rboles de
aquella edad, y vasos y hachas; y comparando las capas de un lugar con
las de otro se ve que los hombres viven en todas partes casi del mismo
modo en cada edad de la tierra: slo que la tierra tarda mucho en pasar
de una edad a otra, y en echarse una capa nueva, y as sucede lo de los
romanos y los bretones de Inglaterra en tiempo de Julio Csar, que
cuando los romanos tenan palacios de mrmol con estatuas de oro, y
usaban trajes de lana muy fina, la gente de Bretaa viva en cuevas, y
se vesta con las pieles salvajes, y peleaba con mazas hechas de los
troncos duros.

En esos pueblos viejos s se puede ver cmo fue adelantando el hombre,
porque despus de las capas de la edad de piedra, donde todo lo que se
encuentra es de pedernal, vienen las otras capas de la edad de bronce,
con muchas cosas hechas de la mezcla del cobre y estao, y luego vienen
las capas de arriba, las de los ltimos tiempos, que llaman la edad de
hierro, cuando el hombre aprendi que el hierro se ablandaba al fuego
fuerte, y que con el hierro blando poda hacer martillos para romper la
roca, y lanzas para pelear, y picos y cuchillas para trabajar la tierra:
entonces es cuando ya se ven casas de piedra y de madera, con patios y
cuartos, imitando siempre los casucos de rocas puestas unas sobre otras
sin mezcla ninguna, o las tiendas de pieles de sus desiertos y llanos:
lo que s se ve es que desde que vino al mundo le gust al hombre copiar
en dibujo las cosas que vea, porque hasta las cavernas ms oscuras
donde habitaron las familias salvajes estn llenas de figuras talladas o
pintadas en la roca, y por los montes y las orillas de los ros se ven
manos, y signos raros, y pinturas de animales, que ya estaban all desde
haca muchos siglos cuando vinieron a vivir en el pas los pueblos de
ahora. Y se ve tambin que todos los pueblos han cuidado mucho de
enterrar a los muertos con gran respeto y han fabricado monumentos
altos, como para estar ms cerca del cielo, como nosotros hacemos ahora
con las torres. Los terrapleneros hacan montaas de tierra, donde
sepultaban los cadveres: los mexicanos ponan sus templos en la cumbre
de unas pirmides muy altas: los peruanos tenan su chulpa de piedra
que era una torre ancha por arriba, como un puo de bastn: en la isla
de Cerdea hay unos torreones que llaman nuragh, que nadie sabe de qu
pueblo eran; y los egipcios levantaron con piedras enormes sus
pirmides, y con el prfido ms duro hicieron sus obeliscos famosos,
donde escriban su historia con los signos que llaman jeroglficos.

Ya los tiempos de los egipcios empiezan a llamarse tiempos histricos
porque se puede escribir su historia con lo que se sabe de ellos: esos
otros pueblos de las primeras edades se llaman pueblos prehistricos,
de antes de la historia, o pueblos primitivos. Pero la verdad es que en
esos mismos pueblos histricos hay todava mucho prehistrico, porque se
tiene que ir adivinando para ver dnde y cmo vivieron. Quin sabe
cundo fabricaron los quechuas sus acueductos y sus caminos y sus
calzadas en el Per; ni cundo los chibchas de Colombia empezaron a
hacer sus dijes y sus jarros de oro; ni qu pueblo vivi en Yucatn
antes que los mayas que encontraron all los espaoles; ni de dnde vino
la raza desconocida que levant los terraplenes y las casas-pueblos en
la Amrica del Norte? Casi lo mismo sucede con los pueblos de Europa;
aunque all se ve que los hombres aparecieron a la vez, como nacidos de
la tierra, en muchos lugares diferentes; pero que donde haba menos fro
y era mas alto el pas fue donde vivi primero el hombre: y como que
all empez a vivir, all fue donde lleg ms pronto a saber, y a
descubrir los metales, y a fabricar, y de all, con las guerras, y las
inundaciones, y el deseo de ver el mundo, fueron bajando los hombres por
la tierra y el mar. En lo ms elevado y frtil del continente es donde
se civiliz el hombre trasatlntico primero. En nuestra Amrica sucede
lo mismo: en las altiplanicies de Mxico y del Per, en los valles altos
y de buena tierra, fue donde tuvo sus mejores pueblos el indio
americano. En el continente trasatlntico parece que Egipto fue el
pueblo ms viejo, y de all fueron entrando los hombres por lo que se
llama ahora Persia y Asia Menor, y vinieron a Grecia, buscando la
libertad y la novedad, y en Grecia levantaron los edificios ms
perfectos del mundo, y escribieron los libros ms bien compuestos y
hermosos. Haba pueblos nacidos en todos estos pases, pero los que
venan de los pueblos viejos saban ms, y los derrotaban en la guerra,
o les enseaban lo que saban, y se juntaban con ellos. Del norte de
Europa venan otros hombres ms fuertes, hechos a pelear con las fieras
y a vivir en el fro: y de lo que se llama ahora Indostn sali huyendo,
despus de una gran guerra, la gente de la montaa, y se junt con los
europeos de las tierras fras, que bajaron luego del Norte a pelear con
los romanos, porque los romanos haban ido a quitarles su libertad, y
porque era gente pobre y feroz, que le tena envidia a Roma, porque era
sabia y rica, y como hija de Grecia. As han ido viajando los pueblos en
el mundo, como las corrientes van por la mar, y por el aire los vientos.

Egipto es como el pueblo padre del continente trasatlntico: el pueblo
ms antiguo de todos aquellos pases clsicos. Y la casa del egipcio
es como su pueblo fue, graciosa y elegante. Era riqusimo el Egipto,
como que el gran ro Nilo creca todos los aos, y con el barro que
dejaba al secarse nacan muy bien las siembras: as que las casas
estaban como en alto, por miedo a las inundaciones. Como all hay muchas
palmeras, las columnas de las casas eran finas y altas, como las palmas;
y encima del segundo piso tenan otro sin paredes, con un techo chato,
donde pasaban la tarde al aire fresco, viendo el Nilo lleno de barcos
que iban y venan con sus viajeros y sus cargas, y el cielo de la tarde,
que es de color de oro y azafrn. Las paredes y los techos estn llenos
de pinturas de su historia y religin; y les gustaba el color tanto, que
hasta la estera con que cubran el piso era de hebras decolores
diferentes.

Los hebreos vivieron como esclavos en el Egipto mucho tiempo, y eran los
que mejor saban hacer ladrillos. Luego, cuando su libertad, hicieron
sus casas con ladrillos crudos, como nuestros adobes, y el techo era de
vigas de sicomoro, que es su rbol querido. El techo tena un borde como
las azoteas, porque con el calor suba la gente all a dormir, y la ley
mandaba que fabricasen los techos con muro, para que no cayese la gente
a tierra. Solan hacer sus casas como el templo que fabric su gran rey
Salomn, que era cuadrado, con las puertas anchas de abajo y estrechas
por la comisa, y dos columnas al lado de la puerta.

Por aquellas tierras vivan los asirios, que fueron pueblo guerreador,
que les pona a sus casas torres, como para ver ms de lejos al enemigo,
y las torres eran de almenas, como para disparar el arco desde seguro.
No tenan ventanas, sino que les vena la luz del techo. Sobre las
puertas ponan a veces piedras talladas con alguna figura misteriosa,
como un toro con cabeza de hombre, o una cabeza con alas.

Los fenicios fabricaron sus casas y monumentos con piedras sin labrar,
que ponan unas sobre otras como los etruscos; pero como eran gente
navegante, que viva del comercio, empezaron pronto a imitar las casas
de los pueblos que vean ms, que eran los hebreos y los egipcios, y
luego las de los persas, que conquistaron en guerra el pas de Fenicia.
Y as fueron sus casas, con la entrada hebrea, y la parte alta como las
casas de Egipto, o como las de Persia.

Los persas fueron pueblo de mucho poder, como que hubo tiempo en que
todos esos pueblos de los alrededores vivan como esclavos suyos. Persia
es tierra de joyas: los vestidos de los hombres, las mantas de los
caballos, los puos de los sables, todo est all lleno de joyas. Usan
mucho del verde, del rojo y del amarillo. Todo les gusta de mucho color,
y muy brillante y esmaltado. Les gustan las fuentes, los jardines, los
velos de hilo de plata, la pedrera fina. Todava hoy son as los
persas; y ya en aquellos tiempos eran sus casas de ladrillos de colores,
pero no de techo chato como las de los egipcios y hebreos, sino con una
cpula redonda, como imitando la bveda del cielo. En un patio estaba el
bao, en que echaban olores muy finos; y en las casas ricas haba patios
cuadrados, con muchas columnas alrededor, y en medio una fuente, entre
jarrones de flores. Las columnas eran de muchos trozos y dibujos,
pintados de colores, con fajas y canales, y el capitel hecho con cuerpos
de animales, de pecho verde y collar de oro.

Junto a Persia est el Indostn, que es de los pueblos ms viejos del
mundo, y tiene templos de oro, trabajados como trabajan en las plateras
la filigrana, y otros templos cavados en la roca, y figuras de su dios
Buda cortadas a pico en la montaa. Sus templos, sus sepulcros, sus
palacios, sus casas, son como su poesa, que parece escrita con colores
sobre marfil, y dice las cosas como entre hojas y flores. Hay templo en
el Indostn que tiene catorce pisos, como la pagoda de Tanjore, y est
todo labrado, desde los cimientos hasta la cpula. Y la casa de los
hinds de antes era como las pagodas de Lahore o las de Cachemira, con
los techos y balcones muy adornados y con muchas vueltas, y a la entrada
la escalinata sin baranda. Otras casas tenan torreones en la esquina, y
el terrado como los egipcios, corrido y sin las torres. Pero lo hermoso
de las casas hinds era la fantasa de los adornos, que son como un
trenzado que nunca se acaba, de flores y de plumas.

En Grecia no era as, sino todo blanco y sencillo, sin lujos de
colorines. En la casa de los griegos no haba ventanas, porque para el
griego fue siempre la casa un lugar sagrado, donde no deba mirar el
extranjero. Eran las casas pequeas, como sus monumentos, pero muy
lindas y alegres, con su rosal y su estatua a la puerta, y dentro el
corredor de columnas, donde pasaba los das la familia, que slo en la
noche iba a los cuartos, reducidos y oscuros. El comedor y el corredor
era lo que amueblaban, y eso con pocos muebles: en las paredes ponan en
nichos sus jarros preciosos: las sillas tenan filetes tallados, como
los que solan ponerles a las puertas, que eran anchas de abajo y con la
cornisa adornada de dibujos de palmas y madreselvas. Dicen que en el
mundo no hay edificio ms bello que el Partenn, como que all no estn
los adornos por el gusto de adornar, que es lo que hace la gente
ignorante con sus casas y vestidos, sino que la hermosura viene de una
especie de msica que se siente y no se oye, porque el tamao est
calculado de manera que venga bien con el color, y no hay cosa que no
sea precisa, ni adorno sino donde no pueda estorbar. Parece que tienen
alma las piedras de Grecia. Son modestas, y como amigas del que las ve.
Se entran como amigas por el corazn. Parece que hablan.

Los etruscos vivieron al norte de Italia, en sus doce ciudades famosas,
y fueron un pueblo original, que tuvo su gobierno y su religin, y un
arte parecido al de los griegos, aunque les gustaba ms la burla y la
extravagancia, y usaban mucho color. Todo lo pintaban, como los persas;
y en las paredes de sus sepulturas hay caballos con la cabeza amarilla y
la cola azul. Mientras fueron repblica libre, los etruscos vivan
dichosos, con maestros muy buenos de medicina y astronoma, y hombres
que hablaban bien de los deberes de la vida y de la composicin del
mundo. Era clebre Etruria por sus sabios, y por sus jarros de barro
negro, con figuras de relieve, y por sus estatuas y sarcfagos de tierra
cocida, y por sus pinturas en los muros, y sus trabajos en metal. Pero
con la esclavitud se hicieron viciosos y ricos, como sus dueos los
romanos. Vivan en palacios, y no en sus casas de antes; y su gusto
mayor era comer horas enteras acostados. La casa etrusca de antes era de
un piso, con un terrado de baranda, y el techo de aleros cados.
Pintaban en las paredes sus fiestas y sus ceremonias, con retratos y
caricaturas, y saban dibujar sus figuras como si se las viera en
movimiento.

La casa de los romanos fue primero como la de los etruscos, poro luego
conocieron a Grecia, y la imitaron en sus casas, como en todo. El atrio
al principio fue la casa entera, y despus no era ms que el portal, de
donde se iba por un pasadizo al patio interior, rodeado de columnas,
adonde daban los cuartos ricos del seor, que para cada cosa tena un
cuarto diferente: el cuarto de comer daba al corredor, lo mismo que la
sala y el cuarto de la familia, que por el otro lado abra sobre un
jardn. Adornaban las paredes con dibujos y figuras de colores
brillantes, y en los recodos haba muchos nichos con jarras y estatuas.
Si la casa estaba en calle de mucha gente, hacan cuartos con puerta a
la calle, y los alquilaban para tiendas. Cuando la puerta estaba abierta
se poda ver hasta el fondo del jardn. El jardn, el patio y el atrio
tenan alrededor en muchas casas una arquera. Luego Roma fue duea de
todos los pases que tena alrededor, hasta que tuvo tantos pueblos que
no los pudo gobernar, y cada pueblo se fue haciendo libre y nombrando su
rey, que era el guerrero ms poderoso de todos los del pas, y viva en
su castillo de piedra, con torres y portalones, como todos los que
llamaban seores en aquel tiempo de pelear; y la gente de trabajo
viva alrededor de los castillos, en casuchos infelices. Pero el poder
de Roma haba sido muy grande, y en todas partes haba puentes y arcos y
acueductos y templos como los de los romanos; slo que por el lado de
Francia, donde haba muchos castillos, iban haciendo las fbricas
nuevas, y las iglesias sobre todo, como si fueran a la vez fortalezas y
templos, que es lo que llaman arquitectura romnica y del lado de los
persas y de los rabes, por donde est ahora Turqua, les ponan a los
monumentos tanta riqueza y color que parecan las iglesias cuevas de
oro, por lo grande y lo resplandeciente: de modo que cuando los pueblos
nuevos del lado de Francia empezaron a tener ciudades, las casas fueron
de portales oscuros y de muchos techos de pico, como las iglesias
romnicas; y del lado de Turqua eran las casas como palacios, con las
columnas de piedras ricas, y el suelo de muchas piedrecitas de color, y
las pinturas de la pared con el fondo de oro, y los cristales dorados:
haba barandas en las casas bizantinas hechas con una mezcla de todos
los metales, que luca como fuego: era feo y pesado tanto adorno en las
casas, que parecen sepulturas de hombre vanidoso, ahora que estn
vacas.

En Espaa haban mandado tambin los romanos; pero los moros vinieron
luego a conquistar, y fabricaron aquellos templos suyos que llaman
mezquitas, y aquellos palacios que parecen cosa de sueo, como si ya no
se viviese en el mundo, sino en otro mundo de encaje y de flores: las
puertas eran pequeas, pero con tantos arcos que parecan grandes: las
columnas delgadas sostenan los arcos de herradura, que acababan en
pico, como abrindose para ir al cielo: el techo era de madera fina,
pero todo tallado, con sus letras moras y sus cabezas de caballos: las
paredes estaban cubiertas de dibujos, lo mismo que una alfombra: en los
patios de mrmol haba laureles y fuentes: parecan como el tejido de un
velo aquellos balcones.

Con las guerras y las amistades se fueron juntando aquellos pueblos
diferentes, y cuando ya el rey pudo ms que los seores de los
castillos, y todos los hombres crean en el cielo nuevo de los
cristianos, empezaron a hacer las iglesias gticas con sus arcos de
pico, y sus torres como agujas que llegaban a las nubes, y sus prticos
bordados, y sus ventanas de colores. Y las torres cada vez ms altas;
porque cada iglesia quera tener su torre ms alta que las otras; y las
casas las hacan as tambin, y, los muebles. Pero los adornos llegaron
a ser muchos, y los cristianos empezaron a no creer en el cielo tanto
como antes. Hablaban mucho de lo grande que fue Roma: celebraban el arte
griego por sencillo: decan que ya eran muchas las iglesias: buscaban
modos nuevos de hacer los palacios: y de todo eso vino una manera de
fabricar parecida a la griega, que es lo que llaman arquitectura del
Renacimiento: pero como en el arte gtico de la ojiva haba mucha
beldad, ya no volvieron a ser las casas de tanta sencillez, sino que las
adornaron con las esquinas graciosas, las ventanas altas, y los balcones
elegantes de la arquitectura gtica. Eran tiempos de arte y riqueza, y
de grandes conquistas, as que haba muchos seores y comerciantes con
palacio. Nunca haban vivido los hombres, ni han vuelto a vivir, en
casas tan hermosas. Los pueblos de otras razas, donde se sabe poco de
los europeos, peleaban por su cuenta o se hacan amigos, y se aprendan
su arte especial unos de otros, de modo que se ve algo de pagoda hind
en todo lo de Asia, y hay picos como los de los palacios de Lahore en
las casas japonesas, que parecen cosa de aire y de encanto, o casitas de
jugar, con sus corredores de barandas finas y sus paredes de mimbre o de
estera. Hasta en la casa del eslavo y del ruso se ven las curvas
revueltas y los techos de punta de los pueblos hinds. En nuestra
Amrica las casas tienen algo de romano y de moro, porque moro y romano
era el pueblo espaol que mand en Amrica, y ech abajo las casas de
los indios. Las ech abajo de raz: ech abajo sus templos, sus
observatorios, sus torres de seales, sus casas de vivir, todo lo indio
lo quemaron los conquistadores espaoles y lo echaron abajo, menos las
calzadas, porque no saban llevar las piedras que supieron traer los
indios, y los acueductos, porque les traan el agua de beber.

Ahora todos los pueblos del mundo se conocen mejor y se visitan: y en
cada pueblo hay su modo de fabricar, segn haya fro o calor, o sean de
una raza o de otra; pero lo que parece nuevo en las ciudades no es su
manera de hacer casas, sino que en cada ciudad hay casas moras, y
griegas, y gticas, y bizantinas, y japonesas, como si empezara el
tiempo feliz en que los hombres se tratan como amigos, y se van
juntando.




Los dos prncipes.

_Idea de la poetisa norteamericana Helen Hunt Jackson_


/P

    El palacio est de luto
    Y en el trono llora el rey,
    Y la reina est llorando
    Donde no la pueden ver:
    En pauelos de holn fino
    Lloran la reina y el rey:
    Los seores del palacio
    Estn llorando tambin.
    Los caballos llevan negro
    El penacho y el arns:
    Los caballos no han comido,
    Porque no quieren comer:
    El laurel del patio grande
    Qued sin hoja esta vez:
    Todo el mundo fue al entierro
    Con coronas de laurel:
    --El hijo del rey se ha muerto!
    Se le ha muerto el hijo al rey!
    En los lamos del monte
    Tiene su casa el pastor:
    La pastora est diciendo
    Por qu tiene luz el sol?
    Las ovejas, cabizbajas,
    Vienen todas al portn:
    Una caja larga y honda
    Est forrando el pastor!
    Entra y sale un perro triste:
    Canta all adentro una voz
    Pajarito, yo estoy loca,
    Llvame donde l vol!:
    El pastor coge llorando
    La pala y el azadn:
    Abre en la tierra una fosa:
    Echa en la fosa una flor:
    --Se qued el pastor sin hijo!
    Muri el hijo del pastor!
P/




Nen traviesa.


Quin sabe si hay una nia que se parezca a Nen! Un viejito que sabe
mucho dice que todas las nias son como Nen. A Nen le gusta ms jugar
a mam, o a tiendas, o a hacer dulces con sus muecas, que dar la
leccin de treses y de cuatros con la maestra que le viene a ensear.
Porque Nen no tiene mam: su mam se ha muerto: y por eso tiene Nen
maestra. A hacer dulces es a lo que le gusta ms a Nen jugar: y por
qu ser?: quin sabe! Ser porque para jugar a hacer dulces le dan
azcar de veras: por cierto que los dulces nunca le salen bien de la
primera vez: son unos dulces ms difciles!: siempre tiene que pedir
azcar dos veces. Y se conoce que Nen no les quiere dar trabajo a sus
amigas; porque cuando juega a paseo, o a comprar, o a visitar, siempre
llama a sus amiguitas; pero cuando va a hacer dulces, nunca. Y una vez
le sucedi a Nen una cosa muy rara: le pidi a su pap dos centavos
para comprar un lpiz nuevo, y se le olvid en el camino, se le olvid
como si no hubiera pensado nunca en comprar el lpiz: lo que compr fue
un merengue de fresa. Eso se supo, por supuesto; y desde entonces sus
amiguitas no le dicen Nen, sino Merengue de Fresa.

El padre de Nen la quera mucho. Dicen que no trabajaba bien cuando no
haba visto por la maana a la hijita. El no le deca Nen, sino la
hijita. Cuando su pap vena del trabajo, siempre sala ella a
recibirlo con los brazos abiertos, como un pajarito que abre las alas
para volar; y su pap la alzaba del suelo, como quien coge de un rosal
una rosa. Ella lo miraba con mucho cario, como si le preguntase cosas:
y l la miraba con los ojos tristes, como si quisiese echarse a llorar.
Pero enseguida se pona contento, se montaba a Nen en el hombro, y
entraban juntos en la casa, cantando el himno nacional. Siempre traa el
pap de Nen algn libro nuevo, y se lo dejaba ver cuando tena figuras;
y a ella le gustaban mucho unos libros que l traa, donde estaban
pintadas las estrellas, que tiene cada una su nombre y su color: y all
deca el nombre de la estrella colorada, y el de la amarilla, y el de la
azul, y que la luz tiene siete colores, y que las estrellas pasean por
el cielo, lo mismo que las nias por un jardn. Pero no: lo mismo no:
porque las nias andan en los jardines de aqu para all, como una hoja
de flor que va empujando el viento, mientras que las estrellas van
siempre en el cielo por un mismo camino, y no por donde quieren: quin
sabe?: puede ser que haya por all arriba quien cuide a las estrellas,
como los paps cuidan ac en la tierra a las nias. Slo que las
estrellas no son nias, por supuesto, ni flores de luz, como parece de
aqu abajo, sino grandes como este mundo: y dicen que en las estrellas
hay rboles, y agua, y gente como ac: y su pap dice que en un libro
hablan de que uno se va a vivir a una estrella cuando se muere. Y dime,
pap, le pregunt Nen: por qu ponen las casas de los muertos tan
tristes? Si yo me muero, yo no quiero ver a nadie llorar, sino que me
toquen la msica, porque me voy a ir a vivir en la estrella azul.
Pero, sola, t sola, sin tu pobre pap? Y Nen le dijo a su
pap:--Malo, que crees eso! Esa noche no se quiso ir a dormir
temprano, sino que se durmi en los brazos de su pap. Los paps se
quedan muy tristes, cuando se muere en la casa la madre! Las niitas
deben querer mucho, mucho a los paps cuando se les muere la madre.

Esa noche que hablaron de las estrellas trajo el pap de Nen un libro
muy grande: oh, cmo pesaba el libro!: Nen lo quiso cargar, y se cay
con el libro encima: no se le vea ms que la cabecita rubia de un lado,
y los zapaticos negros de otro. Su pap vino corriendo, y la sac de
debajo del libro, y se ri mucho de Nen, que no tena seis aos todava
y quera cargar un libro de cien aos. Cien aos tena el libro, y no
le haban salido barbas!: Nen haba visto un viejito de cien aos, pero
el viejito tena una barba muy larga, que le daba por la cintura. Y lo
que dice la muestra de escribir, que los libros buenos son como los
viejos: Un libro bueno es lo mismo que un amigo, viejo: eso dice la
muestra de escribir. Nen se acost muy callada, pensando en el libro.
Qu libro era aqul, que su pap no quiso que ella lo tocase? Cuando se
despert, en eso no ms pensaba Nen. Ella quiere saber qu libro es
aqul. Ella quiere saber cmo est hecho por dentro un libro de cien
aos que no tiene barbas.

Su pap est lejos, lejos de la casa, trabajando para ella, para que la
nia tenga casa linda y coma dulces finos los domingos, para comprarle a
la nia vestiditos blancos y cintas azules, para guardar un poco de
dinero, no vaya a ser que se muera el pap, y se quede sin nada en el
mundo la hijita. Lejos de la casa est el pobre pap, trabajando para
la hijita. La criada est all adentro, preparando el bao. Nadie oye
a Nen: no la est viendo nadie. Su pap deja siempre abierto el cuarto
de los libros. All est la sillita de Nen, que se sienta de noche en
la mesa de escribir, a ver trabajar a su pap. Cinco pasitos, seis,
siete... ya est Nen en la puerta: ya la empuj; ya entr. Las cosas
que suceden! Como si la estuviera esperando estaba abierto en su silla
el libro viejo, abierto de medio a medio. Pasito a pasito se le acerc
Nen, muy seria, y como cuando uno piensa mucho, que camina con las
manos a la espalda. Por nada en el mundo hubiera tocado Nen el libro:
verlo no ms, no ms que verlo. Su pap le dijo que no lo tocase.

El libro no tiene barbas: le salen muchas cintas y marcas por entre las
hojas, pero sas no son barbas: el que s es barbudo es el gigante que
est pintado en el libro!: y es de colores la pintura, unos colores de
esmalte que lucen, como el brazalete que le regal su pap. Ahora no
pintan los libros as! El gigante est sentado en el pico de un monte,
con una cosa revuelta, como las nubes, del cielo, encima de la cabeza:
no tiene ms que un ojo, encima de la nariz: est vestido con un blusn,
como los pastores, un blusn verde, lo mismo que el campo, con estrellas
pintadas, de plata y de oro y la barba es muy larga, muy larga, que
llega al pie del monte: y por cada mechn de la barba va subiendo un
hombre, como sube la cuerda para ir al trapecio el hombre del circo.
Oh, eso no se puede ver de lejos! Nen tiene que bajar el libro de la
silla. Cmo pesa este pcaro libro! Ahora s que se puede ver bien
todo. Ya est el libro en el suelo.

Son cinco los hombres que suben: uno es un blanco, con casaca y con
botas, y de barba tambin: le gustan mucho a este pintor las barbas!:
otro es como indio, s, como indio, con una corona de plumas, y la
flecha a la espalda: el otro es chino, lo mismo que el cocinero, pero va
con un traje como de seora, todo lleno de flores: el otro se parece al
chino, y lleva un sombrero de pico, as como una pera: el otro es negro,
un negro muy bonito, pero est sin vestir: eso no est bien, sin
vestir! por eso no quera su pap que ella tocase el libro! No: esa
hoja no se ve ms, para que no se enoje su pap. Muy bonito que es este
libro viejo! Y Nen est ya casi acostada sobre el libro, y como si
quisiera hablarle con los ojos.

Por poco se rompe la hoja! Pero no, no se rompi. Hasta la mitad no ms
se rompi. El pap de Nen no ve bien. Eso no lo va a ver nadie. Ahora
s que est bueno el libro este! Es mejor, mucho mejor que el arca de
No. Aqu estn pintados todos los animales del mundo. Y con colores,
como el gigante! S, sta es, sta es la jirafa, comindose la luna:
ste es el elefante, el elefante, con ese silln lleno de niitos. Oh,
los perros, cmo corre, cmo corre este perro! ven ac, perro! te voy
a pegar, perro, porque no quieres venir! Y Nen, por supuesto, arranca
la hoja. Y qu ve mi seora Nen? Un mundo de monos es la otra pintura.
Las dos hojas del libro estn llenas de monos: un mono colorado juega
con un monito verde: un monazo de barba le muerde la cola a un mono
tremendo, que anda como un hombre, con un palo en la mano: un mono negro
est jugando en la yerba con otro amarillo: aqullos, aquellos de los
rboles son los monos nios! qu graciosos! cmo juegan! se mecen por
la cola, como el columpio! qu bien, qu bien saltan! uno, dos, tres,
cinco, ocho, diecisis, cuarenta y nueve monos agarrados por la cola!
se van a tirar al ro! se van a tirar al ro! visst! all van todos!
Y Nen, entusiasmada, arranca al libro las dos hojas. Quin llama a
Nen, quin la llama? Su pap, su pap, que est mirndola desde la
puerta.

Nen no ve. Nen no oye. Le parece que su pap crece, que crece mucho,
que llega hasta el techo, que es ms grande que el gigante del monte,
que su pap es un monte que se le viene encima. Est callada, callada,
con la cabeza baja, con los ojos cerrados, con las hojas rotas en las
manos cadas. Y su pap le est hablando:--Nen, no te dije que no
tocaras ese libro? Nen, t no sabes que ese libro no es mo, y que
vale mucho dinero, mucho? Nen, t no sabes que para pagar ese libro
voy a tener que trabajar un ao?--Nen, blanca como el papel, se alz
del suelo, con la cabecita cada, y se abraz a las rodillas de su
pap:--Mi pap, dijo Nen mi pap de mi corazn! Enoj a mi pap
bueno! Soy mala nia! Ya no voy a poder ir cuando me muera a la
estrella azul!




La perla de la mora


/P

    Una mora de Trpoli tena
    Una perla rosada, una gran perla:
    Y la ech con desdn al mar un da:
    --Siempre la misma! ya me cansa verla!
    Pocos aos despus, junto a la roca
    De Trpoli... la gente llora al verla!
    As le dice al mar la mora loca:
    --Oh mar! oh mar! devulveme mi perla!
P/




Las ruinas indias.


No habra poema ms triste y hermoso que el que se puede sacar de la
historia americana. No se puede leer sin ternura, y sin ver como flores
y plumas por el aire, uno de esos buenos libros viejos forrados de
pergamino, que hablan de la Amrica de los indios, de sus ciudades y de
sus fiestas, del mrito de sus artes y de la gracia de sus costumbres.
Unos vivan aislados y sencillos, sin vestidos y sin necesidades, como
pueblos acabados de nacer; y empezaban a pintar sus figuras extraas en
las rocas de la orilla de los ros, donde es ms solo el bosque, y el
hombre piensa ms en las maravillas del mundo. Otros eran pueblos de ms
edad, y vivan en tribus, en aldeas de caas o de adobes, comiendo lo
que cazaban y pescaban, y peleando con sus vecinos. Otros eran ya
pueblos hechos, con ciudades de ciento cuarenta mil casas, y palacios
adornados de pinturas de oro. Y gran comercio en las calles y en las
plazas, y templos de mrmol con estatuas gigantescas de sus dioses. Sus
obras no se parecen a las de los dems pueblos, sino como se parece un
hombre a otro. Ellos fueron inocentes, supersticiosos y terribles. Ellos
imaginaron su gobierno, su religin, su arte, su guerra, su
arquitectura, su industria, su poesa. Todo lo suyo es interesante,
atrevido, nuevo. Fue una raza artstica, inteligente y limpia. Se leen
como una novela las historias de los nahuatles y mayas de Mxico, de los
chibchas de Colombia, de los cumanagotos de Venezuela, de los quechuas
del Per, de los aimaraes de Bolivia, de los charras del Uruguay, de
los araucanos de Chile.

El quetzal es el pjaro hermoso de Guatemala, el pjaro de verde
brillante con la larga pluma, que se muere de dolor cuando cae cautivo,
o cuando se le rompe o lastima la pluma de la cola. Es un pjaro que
brilla a la luz, como las cabezas de los colibres, que parecen piedras
preciosas, o joyas de tornasol, que de un lado fueran topacio, y de otro
palo, y de otro amatista. Y cuando se lee en los viajes de Le Plongeon
los cuentos de los amores de la princesa maya Ara, que no quiso querer
al prncipe Aak porque por el amor de Ara mat a su hermano Chaak;
cuando en la historia del indio Ixtlilxochitl se ve vivir, elegantes y
ricas, a las ciudades reales de Mxico, a Tenochtitln y a Texcoco;
cuando en la Recordacin Florida del capitn Fuentes, o en las
Crnicas de Juarros, o en la Historia del conquistador Bernal Daz del
Castillo, o en los Viajes del ingls Toms Gage, andan como si los
tuvisemos delante, en sus vestidos blancos y con sus hijos de la mano,
recitando versos y levantando edificios, aquellos gentos de las
ciudades de entonces, aquellos sabios de Chichn, aquellos potentados de
Uxmal, aquellos comerciantes de Tuln, aquellos artfices de
Tenochtitln, aquellos sacerdotes de Cholula, aquellos maestros amorosos
y nios mansos de Utatln, aquella raza fina que viva al sol y no
cerraba sus casas de piedra, no parece que se lee un libro de hojas
amarillas, donde las eses son como efes y se usan con mucha ceremonia
las palabras, sino que se ve morir a un quetzal, que lanza el ltimo
grito al ver su cola rota. Con la imaginacin se ven cosas que no se
pueden ver con los ojos.

Se hace uno de amigos leyendo aquellos libros viejos. All hay hroes, y
santos, y enamorados, y poetas, y apstoles. All se describen pirmides
mas grandes que las de Egipto; y hazaas de aquellos gigantes que
vencieron a las fieras; y batallas de gigantes y hombres; y dioses que
pasan por el viento echando semillas de pueblos sobre el mundo; y robos
de princesas que pusieron a los pueblos a pelear hasta morir; y peleas
de pecho a pecho, con bravura que no parece de hombres; y la defensa de
las ciudades viciosas contra los hombres fuertes que venan de las
tierras del Norte; y la vida variada, simptica y trabajadora de sus
circos y templos, de sus canales y talleres, de sus tribunales y
mercados. Hay reyes como el chichimeca Netzahualpilli, que matan a sus
hijos porque faltaron a la ley, lo mismo que dej matar al suyo el
romano Bruto; hay oradores que se levantan llorando, como el tlascalteca
Xicotencatl, a rogar a su pueblo que no dejen entrar al espaol, como se
levant Demstenes a rogar a los griegos que no dejasen entrar a Filipo;
hay monarcas justos como Netzahualcoyotl, el gran poeta rey de los
chichimecas, que sabe, como el hebreo Salomn, levantar templos
magnficos al Creador del mundo, y hacer con alma de padre justicia
entre los hombres. Hay sacrificios de jvenes hermosas a los dises
invisibles del cielo, lo mismo que los hubo en Grecia, donde eran tantos
a veces los sacrificios que no fue necesario hacer altar para la nueva
ceremonia, porque el montn de cenizas de la ltima quema era tan alto
que podan tender all a las vctimas los sacrificadores; hubo
sacrificios de hombres, como el del hebreo Abraham, que at sobre los
leos a Isaac su hijo, para matarlo con sus mismas manos, porque crey
or voces del cielo que le mandaban clavar el cuchillo al hijo, cosa de
tener satisfecho con esta sangre a su Dios; hubo sacrificios en masa,
como los haba en la Plaza Mayor, delante de los obispos y del rey,
cuando la Inquisicin de Espaa quemaba a los hombres vivos, con mucho
lujo de lea y de procesin, y vean la quema las seoras madrileas
desde los balcones. La supersticin y la ignorancia hacen brbaros a los
hombres en todos los pueblos. Y de los indios han dicho ms de lo justo
en estas cosas los espaoles vencedores, que exageraban o inventaban los
defectos de la raza vencida, para que la crueldad con que la trataron
pareciese justa y conveniente al mundo. Hay que leer a la vez lo que
dice de los sacrificios de los indios el soldado espaol Bernal Daz, y
lo que dice el sacerdote Bartolom de las Casas. Ese es un nombre que se
ha de llevar en el corazn, como el de un hermano. Bartolom de las
Casas era feo y flaco, de hablar confuso y precipitado, y de mucha
nariz; pero se le vea en el fuego limpio de los ojos el alma sublime.

De Mxico trataremos hoy, porque las lminas son de Mxico. A Mxico lo
poblaron primero los toltecas bravos, que seguan, con los escudos de
caas en alto, al capitn que llevaba el escudo con rondelas de oro.
Luego los toltecas se dieron al lujo; y vinieron del Norte con fuerza
terrible, vestidos de pieles, los chichimecas brbaros, que se quedaron
en el pas, y tuvieron reyes de gran sabidura. Los pueblos libres de
los alrededores se juntaron despus, con los aztecas astutos a la
cabeza, y les ganaron el gobierno a los chichimecas, que vivan ya
descuidados y viciosos. Los aztecas gobernaron como comerciantes,
juntando riquezas y oprimiendo al pas; y cuando lleg Corts con sus
espaoles, venci a los aztecas con la ayuda de los cien mil guerreros
indios que se le fueron uniendo, a su paso por entre los pueblos
oprimidos.

Las armas de fuego y las armaduras de hierro de los espaoles no
amedrentaron a los hroes indios; pero ya no quera obedecer a sus
hroes el pueblo fantico, que crey que aqullos eran los soldados del
dios, Quetzalcoatl que los sacerdotes les anunciaban que volvera del
cielo a libertarlos de la tirana. Corts conoci las rivalidades de los
indios, puso en mal a los que se tenan celos, fue separando de sus
pueblos acobardados a los jefes, se gan con regalos o aterr con
amenazas a los dbiles, encarcel o asesin a los juiciosos y a los
bravos; y los sacerdotes que vinieron de Espaa despus de los soldados
echaron abajo el templo del dios indio, y pusieron encima el templo de
su dios.

Y qu hermosa era Tenochtitln, la ciudad capital de los aztecas,
cuando lleg a Mxico Corts! Era como una maana todo el da, y la
ciudad pareca siempre como en feria. Las calles eran de agua unas, y de
tierra otras; y las plazas espaciosas y muchas; y los alrededores
sembrados de una gran arboleda. Por los canales andaban las canoas, tan
veloces y diestras como si tuviesen entendimiento; y haba tantas a
veces que se poda andar sobre ellas como sobre la tierra firme. En
unas venan frutas, y en otras flores, y en otras jarros y tazas, y
dems cosas de la alfarera. En los mercados herva la gente,
saludndose con amor, yendo de puesto en puesto, celebrando al rey o
diciendo mal de l, curioseando y vendiendo. Las casas eran de adobe,
que es el ladrillo sin cocer, o de calicanto, si el dueo era rico. Y en
su pirmide de cinco terrazas se levantaba por sobre toda la ciudad, con
sus cuarenta templos menores a los pies, el templo magno de
Huitzilopochtli, de bano y jaspes, con mrmol como nubes y con cedros
de olor, sin apagar jams, all en el tope, las llamas sagradas de sus
seiscientos braseros. En las calles, abajo, la gente iba y vena, en sus
tnicas cortas y sin mangas, blancas o de colores, o blancas y bordadas,
y unos zapatos flojos, que eran como sandalias de botn. Por una esquina
sala un grupo de nios disparando con la cerbatana semillas de fruta, o
tocando a comps en sus pitos de barro, de camino para la escuela, donde
aprendan oficios de mano, baile y canto, con sus lecciones de lanza y
flecha, y sus horas para la siembra y el cultivo: porque todo hombre ha
de aprender a trabajar en el campo, a hacer las cosas con sus propias
manos, y a defenderse. Pasaba un seorn con un manto largo adornado de
plumas, y su secretario al lado, que le iba desdoblando el libro acabado
de pintar, con todas las figuras y signos del lado de adentro, para que
al cerrarse no quedara lo escrito de la parte de los dobleces. Detrs
del seorn venan tres guerreros con cascos de madera, uno con forma de
cabeza de serpiente, y otro de lobo, y otro de tigre, y por afuera la
piel, pero con el casco de modo que se les viese encima de la oreja las
tres rayas que eran entonces la seal del valor. Un criado llevaba en un
jauln de carrizos un pjaro de amarillo de oro, para la pajarera del
rey, que tena muchas aves, y muchos peces de plata y carmn en peceras
de mrmol, escondidos en los laberintos de sus jardines. Otro vena
calle arriba dando voces, para que abrieran paso a los embajadores que
salan con el escudo atado al brazo izquierdo, y la flecha de punta a la
tierra a pedir cautivos a los pueblos tributarios. En el quicio de su
casa cantaba un carpintero, remendando con mucha habilidad una silla en
figura de guila, que tena cada la guarnicin de oro y seda de la piel
de venado del asiento. Iban otros cargados de pieles pintadas, parndose
a cada puerta, por si les queran comprar la colorada o la azul, que
ponan entonces como los cuadros de ahora, de adorno en las salas. Vena
la viuda de vuelta del mercado con el sirviente detrs, sin manos para
sujetar toda la compra de jarros de Cholula y de Guatemala; de un
cuchillo de obsidiana verde, fino como una hoja de papel; de un espejo
de piedra bruida, donde se vea la cara con ms suavidad que en el
cristal; de una tela de grano muy junto, que no perda nunca el color;
de un pez de escamas de plata y de oro que estaban como sueltas; de una
cotorra de cobre esmaltado, a la que se le iban moviendo el pico y las
alas. O se paraban en la calle las gentes, a ver pasar a los dos recin
casados, con la tnica del novio cosida a la de la novia, como para
pregonar que estaban juntos en el mundo hasta la muerte; y detrs les
corra un chiquitn, arrastrando su carro de juguete. Otros hacan
grupos para or al viajero que contaba lo que vena de ver en la tierra
brava de los zapotecas, donde haba otro rey que mandaba en los templos
y en el mismo palacio real, y no sala nunca a pie, sino en hombros de
los sacerdotes, oyendo las splicas del pueblo, que peda por su medio
los favores al que manda al mundo desde el cielo, y a los reyes en el
palacio, y a los otros reyes que andan en hombros de los sacerdotes.
Otros, en el grupo de al lado, decan que era bueno el discurso en que
cont el sacerdote la historia del guerrero que se enterr ayer, y que
fue rico el funeral, con la bandera que deca las batallas que gan, y
los criados que llevaban en bandejas de ocho metales diferentes las
cosas de comer que eran del gusto del guerrero muerto. Se oa entre las
conversaciones de la calle el rumor de los rboles de los patios y el
ruido de las limas y el martillo. De toda aquella grandeza apenas
quedan en el museo unos cuantos vasos de oro, unas piedras como yugo, de
obsidiana pulida, y uno que otro anillo labrado! Tenochtitln no existe.
No existe Tuln, la ciudad de la gran feria. No existe Texcoco, el
pueblo de los palacios. Los indios de ahora, al pasar por delante de las
ruinas, bajan la cabeza, mueven los labios como si dijesen algo, y
mientras las ruinas no les quedan atrs, no se ponen el sombrero. De ese
lado de Mxico, donde vivieron todos esos pueblos de una misma lengua y
familia que se fueron ganando el poder por todo el centro de la costa
del Pacfico en que estaban los nahuatles, no qued despus de la
conquista una ciudad entera, ni un templo entero.

De Cholula, de aquella Cholula de los templos, que dej asombrado a
Corts, no quedan ms que los restos de la pirmide de cuatro terrazas
dos veces ms grande que la famosa pirmide de Cheope. En Xochicaleo
slo est en pie, en la cumbre de su eminencia llena de tneles y arcos,
el templo de granito cincelado, con las piezas enormes tan juntas que no
se ve la unin, y la piedra tan dura que no se sabe ni con qu
instrumento la pudieron cortar, ni con qu mquina la subieron tan
arriba. En Centla, revueltas por la tierra, se ven las antiguas
fortificaciones. El francs Charnay acaba de desenterrar en Tula una
casa de veinticuatro cuartos, con quince escaleras tan bellas y
caprichosas, que dice que son obra de arrebatador inters. En la
Quemada cubren el Cerro de los Edificios las ruinas de los bastimentos y
cortinas de la fortaleza, los pedazos de las colosales columnas de
prfido. Mitla era la ciudad de los zapotecas: en Mitla estn an en
toda su beldad les paredes del palacio donde el prncipe que iba siempre
en hombros vena a decir al rey loque mandaba hacer desde el cielo el
dios que se cre a s mismo, el Pitao-Cozaana. Sostenan el techo las
columnas de vigas talladas, sin base ni capitel, que no se han cado
todava, y que parecen en aquella soledad ms imponentes que las
montaas que rodean el valle frondoso en que se levanta Mitla. De entre
la maleza alta como los rboles, salen aquellas paredes tan hermosas,
todas cubiertas de las ms finas grecas y dibujos, sin curva ninguna,
sino con rectas y ngulos compuestos con mucha gracia y majestad.

Pero las ruinas ms bellas de Mxico no estn por all, sino por donde
vivieron los mayas, que eran gente guerrera y de mucho poder, y reciban
de los pueblos del mar visitas y embajadores. De los mayas de Oaxaca es
la ciudad clebre de Palenque, con su palacio de muros fuertes cubiertos
de piedras talladas, que figuran hombres de cabeza de pico con la boca
muy hacia afuera, vestidos de trajes de gran ornamento, y la cabeza con
penachos de plumas. Es grandiosa la entrada del palacio, con las catorce
puertas, y aquellos gigantes de piedra que hay entre una puerta y otra.
Por dentro y fuera est el estuco que cubre la pared lleno de pinturas
rojas, azules, negras y blancas. En el interior est el patio, rodeado
de columnas. Y hay un templo de la Cruz, que se llama as, porque en una
de las piedras estn dos que parecen sacerdotes a los lados de una como
cruz, tan alta como ellos; slo que no es cruz cristiana, sino como la
de los que creen en la religin de Buda, que tambin tiene su cruz. Pero
ni el Palenque se puede comparar a las ruinas de los mayas yucatecos,
que son mas extraas y hermosas.

Por Yucatn estuvo el imperio de aquellos prncipes mayas, que eran de
pmulos anchos, y frente como la del hombre blanco de ahora. En Yucatn
estn las ruinas de Sayil, con su Casa Grande, de tres pisos, y con su
escalera de diez varas de ancho. Est Labn, con aquel edificio curioso
que tiene por cerca del techo una hilera de crneos de piedra, y aquella
otra ruina donde cargan dos hombres una gran esfera, de pie uno, y el
otro arrodillado. En Yucatn est Izamal, donde se encontr aquella Cara
Gigantesca, una cara de piedra de dos varas y ms. Y Kabah est all
tambin, la Kabah que conserva un arco, roto por arriba, que no se puede
ver sin sentirse como lleno de gracia y nobleza. Pero las ciudades que
celebran los libros del americano Stephens, de Brasseur de Bourbourg y
de Charnay, de Le Plongeon y su atrevida mujer, del francs Nadaillac,
son Uxmal y Chichn-Itz, las ciudades de los palacios pintados, de las
casas trabajadas lo mismo que el encaje, de los pozos profundos y los
magnficos conventos. Uxmal est como a dos leguas de Mrida, que es la
ciudad de ahora, celebrada por su lindo campo de henequn, y porque su
gente es tan buena que recibe a los extranjeros como hermanos. En Uxmal
son muchas las ruinas notables, y todas, como por todo Mxico, estn en
las cumbre de las pirmides, como si fueran los edificios de ms valor,
que quedaron en pie cuando cayeron por tierra las habitaciones de
fbrica ms ligera. La casa ms notable es la que llaman en los libros
del Gobernador que es toda de piedra ruda, con ms de cien varas de
frente y trece de ancho, y con las puertas ceidas de un marco de madera
trabajada con muy rica labor. A otra casa le dicen de las Tortugas, y es
muy curiosa por cierto, porque la piedra imita una como empalizada, con
una tortuga en relieve de trecho en trecho. La Casa de las Monjas s es
bella de veras: no es una casa sola, sino cuatro, que estn en lo alto
de la pirmide. A una de las casas le dicen de la Culebra, porque por
fuera tiene cortada en la piedra viva una serpiente enorme, que le da
vuelta sobre vuelta a la casa entera: otra tiene cerca del tope de la
pared una corona hecha de cabezas de dolos, pero todas diferentes y de
mucha expresin, y arregladas en grupos que son de arte verdadero, por
lo mismo que parecen como puestas all por la casualidad; y otro de los
edificios tiene todava cuatro de las diecisiete torres que en otro
tiempo tuvo, y de las que se ven los arranques junto al techo, como la
cscara de una muela cariada. Y todava tiene Uxmal la Casa del Adivino,
pintada de colores diferentes, y la Casa del Enano, tan pequea y bien
tallada que es como una caja de China, de esas que tienen labradas en la
madera centenares de figuras y tan graciosa que un viajero la llama
obra maestra de arte y elegancia, y otro dice que la Casa del Enano
es bonita como una joya.

La ciudad de Chichn-Itz es toda como la Casa del Enano. Es como un
libro de piedra. Un libro roto, con las hojas por el suelo, hundidas en
la maraa del monte, manchadas de fango, despedazadas. Estn por tierra
las quinientas columnas; las estatuas sin cabeza, al pie de las paredes
a medio caer; las calles de la yerba que ha ido creciendo en tantos
siglos, estn tapiadas. Pero de lo que queda en pie, de cuanto se ve o
se toca, nada hay que no tenga una pintura finsima de curvas bellas, o
una escultura noble, de nariz recta y barba larga. En las pinturas de
los muros est el cuento famoso de la guerra de los dos hermanos locos,
que se pelearon por ver quin se quedaba, con la princesa Ara: hay
procesiones de sacerdotes, de guerreros, de animales que parece que
miran y conocen, de barcos con dos proas, de hombres de barba negra, de
negros de pelo rizado; y todo con el perfil firme, y el color tan fresco
y brillante como si an corriera sangre por las venas de los artistas
que dejaron escritas en jeroglficos y en pinturas la historia del
pueblo que ech sus barcos por las costas y ros de todo Centroamrica,
y supo de Asia por el Pacfico y de frica por el Atlntico. Hay piedra
en que un hombre en pie enva un rayo desde sus labios entreabiertos a
otro hombre sentado. Hay grupos y smbolos que parecen contar, en una
lengua que no se puede leer con el alfabeto indio incompleto del obispo
Landa, los secretos del pueblo que construy el Circo, el Castillo, el
Palacio de las Monjas, el Caracol, el pozo de los sacrificios, lleno en
lo hondo de una como piedra blanca, que acaso es la ceniza endurecida de
los cuerpos de las vrgenes hermosas, que moran en ofrenda a su dios,
sonriendo y cantando, como moran por el dios hebreo en el circo de Roma
las vrgenes cristianas, como mora por el dios egipcio, coronada de
flores y seguida del pueblo, la virgen ms bella, sacrificada al agua
del ro Nilo. Quin trabaj como el encaje las estatuas de
Chichn-Itz? Adnde ha ido, adnde, el pueblo fuerte y gracioso que
ide la casa redonda del Caracol; la casita tallada del Enano, la
culebra grandiosa de la Casa de las Monjas en Uxmal? Qu novela tan
linda la historia de Amrica!




Msicos, poetas y pintores.


El mundo tiene ms jvenes que viejos. La mayora de la humanidad es de
jvenes y nios. La juventud es la edad del crecimiento y del
desarrollo, de la actividad y la viveza, de la imaginacin y el mpetu.
Cuando no se ha cuidado del corazn y la mente en los aos jvenes, bien
se puede temer que la ancianidad sea desolada y triste. Bien dijo el
poeta Southey, que los primeros veinte aos de la vida son los que
tienen ms poder en el carcter del hombre. Cada ser humano lleva en s
un hombre ideal, lo mismo que cada trozo de mrmol contiene en bruto una
estatua tan bella como la que el griego Praxiteles hizo del dios Apolo.
La educacin empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte. El
cuerpo es siempre el mismo, y decae con la edad; la mente cambia sin
cesar, y se enriquece y perfecciona con los aos. Pero las cualidades
esenciales del carcter, lo original y enrgico de cada hombre, se deja
ver desde la infancia en un acto, en una idea, en una mirada.

En el mismo hombre suelen ir unidos un corazn pequeo y un talento
grande. Pero todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia, por
respeto a s propio y al mundo. Lo general es que el hombre no logre en
la vida un bienestar permanente sino despus de muchos aos de esperar
con paciencia y de ser bueno, sin cansarse nunca. El ser bueno da gusto,
y lo hace a uno fuerte y feliz. La verdad es--dice el norteamericano
Emerson--que la verdadera novela del mundo est en la vida del hombre, y
no hay fbula ni romance que recree ms la imaginacin que la historia
de un hombre bravo que ha cumplido con su deber.

Es notable la diferencia de edades en que llegan los hombres a la fuerza
del talento. Hay algunos--dice el ingls Bacon--que maduran mucho antes
de la edad y se van como vienen, que es lo mismo que dice en su latn
elegante el retrico Quintiliano. Eso se ve en muchos nios precoces,
que parecen prodigios de sabidura en sus primeros aos, y quedan
oscurecidos en cuanto entran en los aos mayores.

Heinecken, el nio de la antigua ciudad de Lubeck, aprendi de memoria
casi toda la Biblia cuando tena dos aos; a los tres aos, hablaba
latn y francs; a los cuatro ya lo tenan estudiando la historia de la
iglesia cristiana, y muri a los cinco. De esa pobre criatura puede
decirse lo de Bacon: El carro de Faetn no anduvo msque un da.

Hay nios que logran salvar la inteligencia de estas exaltaciones de la
precocidad, y aumentan en la edad mayor las glorias de su infancia. En
los msicos se ve esto con frecuencia, porque la agitacin del arte es
natural y sana, y el alma que la siente padece ms de contenerla que de
darle salida. Haendel a los diez aos haba compuesto un libro de
sonatas. Su padre lo quera hacer abogado, y le prohibi tocar un
instrumento; pero el nio se procur a escondidas un clavicordio mudo, y
pasaba las noches tocando a oscuras en las teclas sin sonido. El duque
de Sajonia Weissenfels logr, a fuerza de ruegos, que el padre
permitiera aprender la msica a aquel genio perseverante, y a los
diecisis Haendel haba puesto en msica el _Almira_. En veintitrs das
compuso su gran obra _El Mesas_, a los cincuenta y siete aos, y cuando
muri, a los sesenta y siete, todava estaba escribiendo peras y
oratorios.

Haydn fue casi tan precoz como Haendel, y a los trece aos ya haba
compuesto una misa; pero lo mejor de l, que es la _Creacin_, lo
escribi cuando tena sesenta y cinco. A Sebastin Bach le fue casi tan
difcil como a Haendel aprender la primera msica, porque su hermano
mayor, el organista Cristbal, tena celos de l, y le escondi el libro
donde estaban las mejores piezas de los maestros del clavicordio. Pero
Sebastin encontr el libro en una alacena, se lo llev a su cuarto, y
empez a copiarlo a deshoras de la noche, a la luz del cielo, que en
verano es muy claro, o a la luz de la luna. Su hermano lo descubri, y
tuvo la crueldad de llevarse el libro y la copia, lo que de nada le
vali, porque a los dieciocho aos ya estaba Sebastin de msico en la
corte famosa de Weimar, y no tena como organista ms rival que Haendel.

Pero de todos los nios prodigiosos en el arte de la msica, el ms
clebre es Mozart. No pareca que necesitaba de maestros para aprender.
A los cuatro aos cuando an no saba escribir, ya compona tonadas; a
los seis arregl un concierto para piano, y a los doce ya no tena igual
como pianista, y compuso la _Finta Semplice_, que fue su primera pera.
Aquellos maestros serios no saban cmo entender a un nio que
improvisaba fugas dificilsimas sobre un tema desconocido, y se pona
enseguida a jugar a caballito con el bastn de su padre. El padre anduvo
ensendolo por las principales ciudades de Europa, vestido como un
prncipe, con su casaquita color de pulga, sus polainas de terciopelo,
sus zapatos de hebilla, y el pelo largo y rizado, atado por detrs como
las pelucas. El padre no se cuidaba de la salud del pianista pigmeo, que
no era buena, sino de sacar de l cuanto dinero poda. Pero a Mozart lo
salvaba su carcter alegre; porque era un maestro en msica, pero un
nio en todo lo dems. A los catorce aos compuso su pera de
_Mitrdates_, que se represent veinte noches seguidas; a los treinta y
seis, en su cama de moribundo, consumido por la agitacin de su vida y
el trabajo desordenado, compuso el _Requiem_, que es una de sus obras
ms perfectas.

El padre de Beethoven quera hacer de l una maravilla, y le ense a
fuerza de porrazos y penitencias tanta msica, que a los trece aos el
nio tocaba en pblico y haba compuesto tres sonatas. Pero hasta los
veintiuno no empez a producir sus obras sublimes. Weber, que era un
muchacho muy travieso, public a los doce sus seis primeras fugas, y a
los catorce compuso su pera _Las Ninfas del Bosque_: la famossima del
_Cazador_ la compuso a los treinta y seis. Mendelessohn aprendi a tocar
antes que a hablar, y a los doce aos ya haba escrito tres cuartetos
para piano, violines y contrabajo: diecisis aos cumpla cuando acab
su primera pera _Las Bodas de Camacho_; a los dieciocho escribi su
sonata en si bemol; antes de los veinte compuso su _Sueo de una Noche
de Verano_; a los veintids su _Sinfona de Reforma_, y no ces de
escribir obras profundas y dificilsimas hasta los treinta y ocho, que
muri. Meyerbeer era a los nueve pianista excelente, y a los dieciocho
puso en el teatro de Munich su primera pieza _La Hija de Jepht_; pero
hasta los treinta y siete no gan fama con su _Roberto el Diablo_.

El ingls Carlyle habla en su _Vida del Poeta Schiller_ de un Daniel
Schubart, que era poeta, msico y predicador, y a derechas no era nada.
Todo lo haca por espasmos y se cansaba de todo, de sus estudios, de su
pereza y de sus desrdenes. Era hombre de mucha capacidad, notable como
msico; como predicador, muy elocuente; y hbil periodista. A los
cincuenta y dos aos muri, y su mujer e hijo quedaron en la miseria.

Pero Franz Schubert, el nio maravilloso de Viena, vivi de otro modo,
aunque no fue mucho ms feliz. Tocaba el violn cuando no era ms alto
que l, lo mismo que el piano y el rgano. Con leer una vez una cancin,
tena bastante para ponerla en msica exquisita, que parece de sueo y
de capricho, y como si fuera un aire de colores. Escribi ms de
quinientas melodas, a ms de peras, misas, sonatas, sinfonas y
cuartetos. Muri pobre a los treinta y un aos.

Entre los msicos de Italia se ha visto la misma precocidad. Cimarosa,
hijo de un zapatero remendn, era autor a los diecinueve de _La Baronesa
de Stramba_. A los ocho tocaba Paganini en el violn una sonata suya. El
padre de Rossini tocaba el trombn en una compaa de cmicos
ambulantes, en que la madre iba de cantatriz. A los diez aos Rossini
iba con su padre de segundo; luego cant en los coros hasta que se qued
sin voz; y a los veintin aos era el autor famoso de la pera
_Tancredo_.

Entre los pintores y escultores han sido muchos los que se han revelado
en la niez. El ms glorioso de todos es Miguel ngel. Cuando naci lo
mandaron al campo a criarse con la mujer de un picapedrero, por lo que
deca l despus que haba bebido el amor de la escultura con la leche
de la madre. En cuanto pudo manejar un lpiz le llen las paredes al
picapedrero de dibujos, y cuando volvi a Florencia, cubra de gigantes
y leones el suelo de la casa de su padre. En la escuela no adelantaba
mucho con los libros, ni dejaba el lpiz de la mano; y haba que ir a
sacarlo por fuerza de casa de los pintores. La pintura y la escultura
eran entonces, oficios bajos, y el padre, que vena de familia noble,
gast en vano razones y golpes para convencer a su hijo de que no deba
ser un miserable cortapiedras. Pero cortapiedras quera ser el hijo, y
nada ms. Cedi el padre al fin, y lo puso de alumno en el taller del
pintor Ghirlandaio, quien hall tan adelantado al aprendiz que convino
en pagarle un tanto por mes. Al poco tiempo el aprendiz pintaba mejor
que el maestro; pero vio las estatuas de los jardines clebres de
Lorenzo de Mdicis, y cambi entusiasmado los colores por el cincel.
Adelant con tanta rapidez en la escultura que a los dieciocho aos
admiraba Florencia su bajorrelieve de la _Batalla de los Centauros_; a
los veinte hizo el _Amor Dormido_, y poco despus su colosal estatua de
_David_. Pint luego, uno tras otro, sus cuadros terribles y magnficos.
Benvenuto Cellini, aquel genio creador en el arte de ornamentar, dice
que ningn cuadro de Miguel ngel vale tanto como el que pint a los
veintinueve aos, en que unos soldados de Pisa, sorprendidos en el bao
por sus enemigos, salen del agua a arremeter contra ellos.

La precocidad de Rafael fue tambin asombrosa, aunque su padre no se le
opona, sino le celebraba su pasin por el arte. A los diecisiete aos
ya era pintor eminente. Cuentan que se llen de admiracin al ver las
obras grandiosas de Miguel ngel en la Capilla Sixtina, y que dio en voz
alta gracias a Dios por haber nacido en el mismo siglo de aquel genio
extraordinario. Rafael pint su _Escuela de Atenas_ a los veinticinco
aos y su _Transfiguracin_ a los treinta y siete. Estaba acabndola
cuando muri, y el pueblo romano llev la pintura al Panten, el da de
los funerales. Hay quien piensa que _La_ _Transfiguracin_ de Rafael,
incompleta como est, es el cuadro ms bello del mundo.

Leonardo de Vinci sobresali desde la niez en las matemticas, la
msica y el dibujo. En un cuadro de su maestro Verrocchio pint un ngel
de tanta hermosura que el maestro, desconsolado de verse inferior al
discpulo, dej para siempre su arte. Cuando Leonardo lleg a los aos
mayores era la admiracin del mundo, por su poder como arquitecto e
ingeniero, y como msico y pintor. Guercino a los diez aos adorn con
una virgen de fino dibujo la fachada de su casa. Tintoretto era un
discpulo tan aventajado que su maestro Tiziano se encel de l y lo
despidi de su servicio. El desaire le dio nimo en vez de acobardarlo,
y sigui pintando tan de prisa que le decan el furioso. Canova, el
escultor, hizo a los cuatro aos un len de un pan de mantequilla. El
dinamarqus Thorwaldsen tallaba, a los trece, mascarones para los barcos
en el taller de su padre, que era escultor en madera; y a los quince
gan la medalla en Copenhague por su bajorrelieve del _Amor_ en
_Reposo_.

Los poetas tambin suelen dar pronto muestras de su vocacin, sobre todo
los de alma inquieta, sensible y apasionada. Dante a los nueve aos
escriba versos a la nia de ocho aos de que habla en su _Vida Nueva_. A
los diez aos lament Tasso en verso su separacin de su madre y
hermana, y se compar al triste Ascanio cuando hua de Troya con su
padre Eneas a cuestas; a los treinta y un aos puso las ltimas octavas
a su poema de la _Jerusaln_, que empez a los veinticinco.

De diez aos andaba Metastasio improvisando por las calles de Roma; y
Goldoni, que era muy revoltoso, compuso a los ocho su primera comedia.
Muchas veces se escap Goldoni de la escuela para irse detrs de los
cmicos ambulantes. Su familia logr que estudiase leyes, y en pocos
aos gan fama de excelente abogado, pero la vocacin natural pudo ms
en l, y dej la curia para hacerse el poeta famoso de los comediantes.

Alfieri demostr cualidades extraordinarias desde la juventud. De nio
era muy endeble, como muchos poetas precoces, y en extremo meditabundo y
sensible. A los ocho aos se quiso envenenar, en un arrebato de
tristeza, con unas yerbas que le parecan de cicuta; pero las yerbas
slo le sirvieron de purgante. Lo encerraron en su cuarto y lo hicieron
ir a la iglesia en penitencia, con su gorro de dormir. Cuando vio el mar
por primera vez, tuvo deseos misteriosos, y conoci que era poeta. Sus
padres ricos no se haban cuidado de educarlo bien, y no pudo poner en
palabras las ideas que le hervan en la mente. Estudi, viaj, vivi sin
orden, se enamor con frenes. Su amada no lo quiso y l resolvi morir,
pero un criado le salv la vida. Se cur, se volvi a enamorar, volvi
la novia a desdearlo, se encerr en su cuarto, se cort el pelo de raz
y en su soledad forzosa empez a escribir versos. Tena veintisis aos
cuando se represent su tragedia _Cleopatra_: en siete aos compuso
catorce tragedias.

Cervantes empez a escribir en verso, y no tena todo el bigote cuando
ya haba escrito sus pastorales y canciones a la moda italiana. Wieland,
el poeta alemn, lea de corrido a los tres aos, a los siete traduca
del latn a Cornelio Nepote, y a los diecisis escribi su primer poema
didctico de _El Mundo Perfecto_. Klopstock, que desde nio fue
impetuoso y apasionado, comenz a escribir su poema de la _Mesada_ a
los veinte aos.

Schiller naci con la pasin por la poesa. Cuentan que un da de
tempestad lo encontraron encaramado en un rbol adonde se haba subido
para ver de dnde venia el rayo, porque era tan hermoso! Schiller
ley la _Mesada a_ los catorce aos, y se puso a componer un poema
sacro sobre Moiss. De Goethe se dice que antes de cumplir los ocho aos
escriba en alemn, en francs, en italiano, en latn y en griego, y
pensaba tanto en las cosas de la religin que imagin un gran Dios de
la naturaleza, y le encenda hogares en seal de adoracin. Con el
mismo afn estudiaba la msica y el dibujo, y toda especie de ciencias.
El bravo poeta Koerner muri a los veinte aos como quera l morir,
defendiendo a su patria. Era enfermizo de nio, pero nada contuvo su
amor por las ideas nobles que se celebran en los versos. Dos horas antes
de morir escribi El _Canto_ de _la Espada_.

Toms Moore, el poeta de las _Melodas Irlandesas_, dice que casi todas
las comedias buenas y muchas de las tragedias famosas han sido obras de
la juventud. Lope de Vega y Caldern, que son los que ms han escrito
para el teatro, empezaron muy temprano, uno a los doce aos y otro a los
trece. Lope cambiaba sus versos con sus condiscpulos por juguetes y
lminas, y a los doce aos ya haba compuesto dramas y comedias. A los
dieciocho public su poema de la _Arcadia_, con pastores por hroes. A
los veintisis iba en un barco de la armada espaola, cuando el asalto a
Inglaterra, y en el viaje escribi varios poemas. Pero los centenares de
comedias que lo han hecho clebre los escribi despus de su vuelta a
Espaa, siendo ya sacerdote. Caldern no escribi menos de cuatrocientos
dramas. A los trece aos compuso su primera obra _El Carro del Cielo_. A
los cincuenta se hizo sacerdote, como Lope, y ya no escribi ms que
piezas sagradas.

Estos poetas espaoles escribieron sus obras principales antes de llegar
a los aos de la madurez. Entre los poetas de las tierras del Norte la
inteligencia anda mucho ms despacio. Molire tuvo que educarse por s
mismo; pero a los treinta y un aos ya haba escrito El _Atolondrado_.
Voltaire a los doce escriba stiras contra los padres jesuitas del
colegio en que se estaba educando: su padre quera que estudiase leyes,
y se desesper cuando supo que el hijo andaba recitando versos entre la
gente alegre de Pars: a los veinte aos estaba Voltaire preso en la
Bastilla por sus versos burlescos contra el rey vicioso que gobernaba en
Francia: en la prisin corrigi su tragedia de _Edipo_, y comenz su
poema la _Henriada_.

El alemn Kotzebue fue otro genio dramtico precoz. A los siete aos
escribi una comedia en verso, de una pgina. Entraba como poda en el
teatro de Weimar, y cuando no tena con qu pagar se esconda detrs del
bombo hasta que empezaba la representacin. Su mayor gusto era andar con
teatros de juguete y mover a los muecos en la escena. A los dieciocho
aos se represent su primera tragedia en un teatro de amigos.

Vctor Hugo no tena ms que quince aos cuando escribi su tragedia
_Irtamene_. Gan tres premios seguidos en los juegos florales; a los
veinte escribi _Bug Jargal_, y un ao despus su novela _Han de
Islandia_, y sus primeras _Odas y Baladas_. Casi todos los poetas
franceses de su tiempo eran muy jvenes. En Francia, deca en burla el
crtico Moreau, ya no hay quien respete a un escritor si tiene ms de
dieciocho aos.

El ingls Congreve escribi a los diecinueve su novela _Incgnita_, y
todas sus comedias antes de los veinticinco. A Sheridan lo llamaba su
maestro burro incorregible; pero a los veintisis aos haba escrito
su _Escuela del Escndalo_. Entre los poetas ingleses de la antigedad
hubo muy pocos precoces. Se sabe poco de Chaucer, Shakespeare y Spencer.
El mismo Shakespeare llama primognito de su invencinal poema _Venus
y Adonis_, que compuso a los veintiocho aos. Milton tendra veintisis
aos cuando escribi su _Comus_. Pero Cowley escriba versos mitolgicos
a los doce aos. Pope empez a hablar en versos: su salud era msera y
su cuerpo deforme, pero por ms que le doliera la cabeza, los versos le
salan muchos y buenos. El que haba de idear _La Borricada_ volvi un
da a su casa echado de la escuela por una stira que escribi contra el
maestro. Samuel Johnson dice que Pope escribi su oda a _La Soledad_ a
los doce aos, y sus _Pastorales_ a los diecisis: de los veinticinco a
los treinta, tradujo la _Ilada_. El infeliz Chatterton logr engaar
con una maravillosa falsificacin literaria a los eruditos ms famosos
de su tiempo: rebosan genio la oda de Chatterton a la _Libertad_ y su
_Canto del Bardo_. Pero era fiero y arrogante, de carcter descompuesto y
defectuoso, y rebelde contra las leyes de la vida. Muri antes de haber
comenzado a vivir.

Robert Burns, el poeta escocs, escriba ya a los diecisis aos sus
encantadoras canciones montaesas. El irlands Moore compona a los
trece, versos buenos a su Celia famosa. Y a los catorce haba empezado a
traducir del griego a Anacreonte. En su casa no saban qu significaban
aquellas ninfas, aquellos placeres alados, y aquellas canciones al vino.
Moore se libr pronto de estos modelos peligrosos, y alcanz fama mejor
con los versos ricos de su _Lalla Rookh_ y la prosa ejemplar de su _Vida
de Byron_.

Keats, el ms grande de los poetas jvenes de Inglaterra, muri a los
veinticuatro aos, ya clebre. Pero nadie hubiera podido decir en su
niez que haba de ser ilustre por su genio potico aquel estudiantuelo
feroz que andaba siempre de peleas y puetazos. Es verdad que lea sin
cesar; aunque no pareci revelrsele la vocacin hasta que ley a los
diecisis aos la _Reina Encantada_ de Spencer: desde entonces slo
vivi para los versos.

Shelley s fue precocsimo. Cuando estudiaba en Eton, a los quince aos,
public una novela y dio un banquete a sus amigos con la ganancia de la
venta. Era tan original y rebelde que todos le decan el ateo Shelley,
o el loco Shelley. A los dieciocho public su poema de la _Reina Mab_,
a los diecinueve lo echaron del colegio por el atrevimiento con que
defendi sus doctrinas religiosas; a los treinta aos muri ahogado, con
un tomo de versos de Keats en el bolsillo. Maravillosa es la poesa de
Shelley por la msica del verso, la elegancia de la construccin y la
profundidad de las ideas. Era un manojo de nervios siempre vibrantes, y
tena tales ilusiones y rarezas que sus condiscpulos lo tenan por
destornillado; pero su inteligencia fue vivsima y sutil, su cuerpo
frgil se estremeca con las ms delicadas emociones, y sus versos son
de incomparable hermosura.

Byron fue otro genio extraordinario y errante de la misma poca de
Shelley y de Keats. Desde la escuela se le conoci el carcter
turbulento y arrebatado. De los libros se cuidaba poco; pero antes de
los ocho aos ya sufra de penas de hombre. Tena una pierna ms corta
que la otra, aunque eso no le quitaba los bros, y se hizo el dueo de
la escuela a fuerza de puos, como Keats: l mismo cuenta que de siete
batallas perda una. Cuando estaba en Cambridge de estudiante, tena en
su casa un oso y varios perros de presa, y cada da contaban de l una
historia escandalosa: aqul era sin embargo el nio sensible que a los
doce aos haba celebrado en versos sentidos a una prima suya. Lea con
afn todos los libros de literatura, y a los dieciocho aos public para
sus amigos su primer libro de versos: _Horas de Ocio_. La _Revista de
Edimburgo_ habl del libro con desdn, y Byron contest con su clebre
stira sobre los _Poetas Ingleses y los Crticos de Escocia_. Cumpla
los veinticuatro cuando sali al pblico el primer canto de su poema
_Childe Harold_. A los veinticinco aos, dice Macaulay, se vio Byron
en la cima de la gloria literaria, con todos los ingleses famosos de la
poca a sus pies. Byron era ya ms clebre que Scott, Wordsworth, y
Southey. Apenas hay ejemplo de un ascenso tan rpido a tan vertiginosa
eminencia. Muri a los treinta y siete aos, edad fatal para tantos
hombres de genio.

Coleridge, escribi a los veinticinco su himno del _Amanecer_, donde se
ven en unin completa la sublimidad y la energa. Bulwer Lytton tena
hecho a los quince su Ismael. A los diecisiete haba publicado su
primer tomo la poetisa Barrett Browning, que desde los diez escriba en
verso y prosa. Robert Browning, su marido, public el _Paracelso_ a los
veintitrs. A los veinte haba escrito Tennyson algunas de las poesas
melodiosas que han hecho ilustre su nombre. Se ve, pues, que en el fuego
tumultuoso de la juventud han nacido muchas de las obras ms nobles de
la msica, la pintura y la poesa. Suele el genio potico decaer con los
aos, aunque Goethe dice que con la edad se va haciendo mejor el poeta.
Es seguro que si no hubieran muerto tan temprano los poetas precoces,
habran imaginado despus obras ms perfectas que las de su juventud. La
fuerza del genio no se acaba con la juventud.

Pero las dotes especiales que hacen ms tarde ilustres a los hombres se
revelan casi siempre entre los diecisiete y veintitrs aos. Puede irse
desarrollando poco a poco el talento potico; pero el que es poeta de
veras, siempre lo mostrar de algn modo. Crabbe y Wordsworth, que
descubrieron el genio tarde, escriban versos desde la niez. Crabbe
llen de versos toda una gaveta, cuando estaba de aprendiz de cirujano;
y Wordsworth, que era agrio y melanclico de nio, empez a hacer
cuartetas heroicas a los catorce. Shelley dice de Wordsworth que no
tena ms imaginacin que un cacharro, lo que no quita que sea
Wordsworth un poeta inmortal. No fue precoz como Shelley; pero creci
despacio y con firmeza, como un roble, hasta que lleg a su majestuosa
altura.

Walter Scott tampoco fue precoz de nio. Su maestro dijo que no tena
cabeza para el griego, y l mismo cuenta que fue de muchacho muy
travieso y holgazn; pero gozaba de mucha salud, y era gran amigo de los
juegos de su edad. En lo primero en que se le vio el genio fue en su
gusto por las baladas antiguas, y en su facilidad extraordinaria para
inventar historias. Cuando su padre supo que haba estado vagando por el
pas con su camarada Clark, metindose por todas partes, y posando en
las casas de los campesinos, le dijo:--Dudo mucho, seor, de que sirva
Ud. ms que para cola de caballo! De su facilidad para los cuentos, el
mismo Scott dice que en las horas de ocio de los inviernos, cuando no
tenan modo de estar al aire libre, mantena muchas horas maravillados
con sus narraciones a sus compaeros de escuela, que se peleaban por
sentarse cerca del que les deca aquellas historias lindas que no
acababan nunca.

Dice Carlyle que en una clase de la escuela de gramtica de Edimburgo
haba dos muchachos: John, siempre, hecho un brinquillo, correcto y
ducal; Walter, siempre desarreglado, borrico y tartamudo. Con el correr
de los aos, John lleg a ser el Regidor John, de un barrio infeliz, y
Walter fue Sir Walter Scott, de todo el universo. Dice Carlyle, con
mucho seso, que la legumbre ms precoz y completa es la col. A los
treinta aos no se poda decir de seguro que Scott tuviera genio para la
literatura. A los treinta y uno public su primer tomo del _Cancionero
de Escocia_, y no imprimi su novela _Waverley_ hasta los cuarenta y
tres, aunque la tena escrita nueve aos antes.




La ltima pgina


Hay un cuento muy lindo de una nia que estaba enamorada de la luna, y
no la podan sacar al jardn cuando haba luna en el cielo, porque le
tenda los bracitos como si la quisiera coger, y se desmayaba de la
desesperacin porque la luna no vena; hasta que un da, de tanto
llorar, la nia se muri, en una noche de luna llena.

_La Edad de Oro_ no se quiere morir, porque nadie debe morirse mientras
pueda servir para algo, y la vida es como todas las cosas, que no debe
deshacerlas sino el que puede volverlas a hacer. Es como robar, deshacer
lo que no se puede volver a hacer. El que se mata, es un ladrn. Pero
_La Edad de Oro_ se parece a la niita del cuento, porque siempre quiere
escribir para sus amigos los nios ms de lo que cabe en el papel, que
es como querer coger la luna. No les ofreci la _Historia de la
Cuchara, el Tenedor y el Cuchillo_ para este nmero? Pues no cupo. Ni
otras muchas cosas ms que les tena escritas. As es la vida, que no
cabe en ella todo el bien que pudiera uno hacer. Los nios deban
juntarse una vez por lo menos a la semana, para ver a quien podan
hacerle algn bien, todos juntos.

Y ahora nos juntaremos, el hombre de _La Edad de Oro_ y sus amiguitos, y
todos en coro, cogidos de la mano, les daremos gracias con el corazn,
gracias como de hermano, a las hermosas seoras y nobles caballeros que
han tenido el cario de decir que _La Edad de Oro_ es buena.




La exposicin de Pars.


Los pueblos todos del mundo se han juntado este verano de 1889 en Pars.
Hasta hace cien aos, los hombres vivan como esclavos de los reyes, que
no los dejaban pensar, y les quitaban mucho de lo que ganaban en sus
oficios, para pagar tropas con que pelear con otros reyes, y vivir en
palacios de mrmol y de oro, con criados vestidos de seda, y seoras y
caballeros de pluma blanca, mientras los caballeros de veras, los que
trabajaban en el campo y en la ciudad, no podan vestirse ms que de
pana, ni ponerle pluma al sombrero: y si decan que no era justo que los
holgazanes viviesen de lo que ganaban los trabajadores, si decan que un
pas entero no deba quedarse sin pan para que un hombre solo y sus
amigos tuvieran coches, y ropas de tis y encaje, y cenas con quince
vinos, el rey los mandaba apalear, o los encerraba vivos en la prisin
de la Bastilla, hasta que se moran, locos y mudos: y a uno le puso una
mascara de hierro, y lo tuvo preso toda la vida, sin levantarle nunca la
mscara. En todos los pueblos vivan los hombres as, con el rey y los
nobles como los amos, y la gente de trabajo como animales de carga, sin
poder hablar, ni pensar, ni creer, ni tener nada suyo, porque a sus
hijos se los quitaba el rey para soldados, y su dinero se lo quitaba el
rey en contribuciones, y las tierras, se las daba todas a los nobles el
rey. Francia fue el pueblo bravo, el pueblo que se levant en defensa de
los hombres, el pueblo que le quit al rey el poder.

Eso era hace cien aos, en 1789. Fue como si se acabase un mundo, y
empezara otro. Los reyes todos se juntaron contra Francia. Los nobles de
Francia ayudaban a los reyes de afuera. La gente de trabajo, sola contra
todos, pele contra todos, y contra los nobles, y los mat en la guerra
y con la cuchilla de la guillotina. Sangr Francia entonces, como cuando
abren un animal vivo y le arrancan las entraas. Los hombres de trabajo
se enfurecieron, se acusaron unos a otros, y se gobernaron mal, porque
no estaban acostumbrados a gobernar. Vino a Pars un hombre atrevido y
ambicioso, vio que los franceses vivan sin unin, y cuando lleg de
ganarles todas las batallas a los enemigos, mand que lo llamasen
emperador, y gobern a Francia como un tirano. Pero los nobles ya no
volvieron a sus tierras. Aquel rey del oro y la seda, ya no volvi
nunca. La gente de trabajo se reparti las tierras de los nobles y las
del rey. Ni en Francia, ni en ningn otro pas han vuelto los hombres a
ser tan esclavos como antes. Eso es lo que Francia quiso celebrar
despus de cien aos con la Exposicin de Pars. Para eso llam Francia
a Pars, en verano, cuando brilla ms el sol, a todos los pueblos del
mundo.

Y eso vamos a ver ahora, como si lo tuvisemos delante de los ojos.
Vamos a la Exposicin, a esta visita que se estn haciendo las razas
humanas. Vamos a ver en un mismo jardn los rboles de todos los pueblos
de la tierra. A la orilla del ro Sena, vamos a ver la historia de las
casas, desde la cueva del hombre troglodita, en una grieta de la roca,
hasta el palacio de granito y nix. Vamos a subir, con los noruegos de
barba colorada, con los negros senegaleses de cabello lanudo, con los
anamitas de moo y turbante, con los rabes de babuchas y albornoz, con
el ingls callado, con el yanqui celoso, con el italiano fino, con el
francs elegante, con el espaol alegre, vamos a subir por encima de las
catedrales ms altas, a la cpula de la torre de hierro. Vamos a ver en
sus palacios extraos y magnficos a nuestros pueblos queridos de
Amrica. Veremos, entre lagos y jardines, en monumentos de hierro y
porcelana, la vida del hombre entera, y cuanto ha descubierto y hecho
desde que andaba por los bosques desnudo hasta que navega por lo alto
del aire y lo hondo de la mar. En un templo de hierro, tan ancho y
hermoso que se parece a un cielo dorado, veremos trabajando a la vez
todas las mquinas y ruedas del mundo. De debajo de la tierra, como de
un volcn de joyas, vamos a ver salir, en lluvias que parecen de piedras
finas, trescientas fuentes de colores, que caen chispeando en un lago
encendido. Vamos a ver vivir, como viven en sus pases de luz, al
javans en su casa de caas, al egipcio cantando detrs de su burro, al
argelino que borda la lana a la sombra del palmar, al siams que trabaja
la madera con los pies y las manos, al negro del Sudn, que sale
ojeando, con la lanza de punta, de su conuco de tierra, al rabe que
corre a caballo, disparando la espingarda, por la calle de dtiles, con
el albornoz blanco al viento. Bailan en un caf moro. Pasan las
bailarinas de Java, con su casco de plumas. Salen de su teatro, vestidos
de tigres, los cmicos cochinchinos. Hombres de todos los pueblos andan
asombrados por las calles morunas, por las aldeas negras, por el casero
de bamb javans, por los puentes de junco de los malayos pescadores,
por el jardn criollo de pltanos y naranjos, por el rincn donde, de su
techo labrado como un mueble rico, levanta su torre ceida de serpientes
la pagoda. Y para nosotros, los nios, hay un palacio de juguetes, y un
teatro donde estn como vivos el pcaro Barba Azul y la linda Caperucita
Roja. Se le ve al pcaro la barba como el fuego, y los ojos de len. Se
le ve a la Caperucita el gorro colorado, y el delantal de lana. Cien mil
visitantes entran cada da en la Exposicin. En lo alto de la torre
flota al viento la bandera de tres colores de la Repblica Francesa.

Por veintids puertas se puede entrar a la Exposicin. La entrada
hermosa es por el palacio del Trocadero, de forma de herradura, que
qued de una Exposicin de antes, y est ahora lleno de aquellos
trabajos exquisitos que hacan con plata para las iglesias y las mesas
de los prncipes los joyeros del tiempo de capa y espadn, cuando los
platos de comer eran de oro, y las copas de beber eran como los clices.
Y del palacio se sale al jardn, que es la primera maravilla. De rosas
nada ms, hay cuatro mil quinientas diferentes: hay una rosa casi azul.
En una tienda de listas blancas y rojas venden unas mujeres jvenes las
podaderas afiladas, los rastrillos de acero pulido, las regaderas como
de juguete con que se trabaja en los jardines. La tierra est en
canteros, rodeados de acequias, por donde corre el agua clara, haciendo
a los canteros como islotes. Uno est lleno de pensamientos negros; y
otro de fresas como corales, escondidas entre las hojas verdes; y otro
de chcharos, y de esprragos, que dan la hoja muy linda. Hay un cantero
rojo y amarillo, que es de tulipanes. Un rincn es de enredaderas, y el
de al lado de helechos gigantescos, con hojas como plumas. En un
laberinto flotan sobre el agua la ninfea, y el nelumbio rosado del
Indostn, y el loto del ro Nilo, que parece una lira. Un bosque es de
rboles de copa de pico: pino, abeto. Otro es de rboles desfigurados,
que dan la fruta pobre, porque les quitan a las ramas su libertad
natural. Dentro de un cercado de caas estn los lirios y los cerezos
del Japn, en sus tibores de porcelana blanca y azul. Al pie de un
palmar, con las paredes de cuanto tronco hay, est el pabelln de Aguas
y Bosques, donde se ve cmo se ha de cuidar a los rboles, que dan
hermosura y felicidad a la tierra. A la sombra de un arce del Japn,
estn, en tazas rsticas, la wellingtonia del Norte, que es el pino ms
alto, y la araucaria, el pino de Chile.

Por sobre un puente se pasa el ro de Pars, el Sena famoso, y ya se ven
por todas partes los grupos de gente asombrada, que vienen de los
edificios de orillas del ro, donde est la Galera del Trabajo, en que
cuecen los bizcochos en un horno enorme, y destilan licor del alambique
de bronce rojo, y en la mquina de cilindro estn moliendo chocolate con
el cacao y el azcar, y en las bandejas calientes estn los dulceros de
gorro blanco haciendo caramelos y yemas: todo lo de comer se ve en la
Galera, una montaa de azcar, un rbol de ciruelas pasas, una columna
de jamones: y en la sala de vinos, un tonel donde cabran quince
convidados a la mesa, y un mapa de relieve, que todos quieren ver a un
tiempo, donde est todo el arte del vino,--la cepa con los racimos, los
hombres cogiendo en cestos la uva en el mes de la vendimia, la artesa
donde fermenta la vid machucada, la cueva fra donde ponen el mosto a
reposar, y luego el vino puro, como topacio deshecho, y la botella de
donde salta con su espuma olorosa el champaa. Cerca est la historia
entera del cultivo del campo, en modelos de realce, y en cuadros y
libros; y un pabelln de arados de acero relucientes; y una colmena de
abejas de miel, junto al moral de hoja velluda en que se cra el gusano
de seda; y los semilleros de peces, que nacen de los huevos presos en
cajones de agua, y luego salen a crecer a miles por la mar y los ros
Los ms admirados son los que vienen de ver las cuarenta y tres
Habitaciones del Hombre. La vida del hombre est all desde que apareci
por primera vez en la tierra, peleando con el oso y el rengfero, para
abrigarse de la helada terrible con la piel, acurrucado en su cueva. As
nacen los pueblos hoy mismo. El salvaje imita las grutas de los bosques
o los agujeros de la roca: luego ve el mundo hermoso, y siente con el
cario deseo de regalar, y se mira el cuerpo en el agua del ro, y va
imitando en la madera y la piedra de sus casas todo lo que le parece
hermosura, su cuerpo de hombre, los pjaros, una flor, el tronco y la
copa de los rboles. Y cada pueblo crece imitando lo que ve a su
alrededor, haciendo sus casas como las hacen sus vecinos, ensendose en
sus casas como es, si de clima fro o de tierra caliente, si pacfico o
amigo de pelear, si artstico y natural, o vano y ostentoso. All estn
las chozas de piedra bruta, y luego pulida, de los primeros hombres: la
ciudad lacustre del tiempo en que levantaban las casas en el lago sobre
pilares, para que no las atacasen las fieras; las casas altas, cuadradas
y ligeras, de mirador corrido, de los pueblos de sol que eran antes las
grandes naciones, el Egipto sabio, la Fenicia comerciante, la Asiria
guerreadora. La casa del Indostn es alta como ellas. La de Persia es ya
un castillo, de rica loza azul, porque all saltan del suelo las piedras
preciosas, y las flores y las aves son de mucho color. Parece una
familia de casas la de los hebreos, los griegos y los romanos, todas de
piedra, y bajas, con tejado o azotea; y se ve, por lo semejantes, que
eran del pas la casa etrusca y la bizantina. Por el norte de Europa
vivan entonces los hunos brbaros como all se ve, en su tienda de
andar; y el germano y el galo en sus primeras casas de madera, con el
techo de paja. Y cuando con las guerras se juntaron los pueblos, tuvo
Rusia esa casa de adornos y colorines, como la casa hind, y los
brbaros pusieron en sus caserones la piedra labrada y graciosa de los
italianos y los griegos. Luego, al fin de la edad que medi entre
aquella pelea y el descubrimiento de Amrica, volvieron los gustos de
antes, de Grecia y de Roma, en las casas graciosas y ricas del
Renacimiento. En Amrica vivan los indios en palacios de piedra con
adornos de oro, como ese de los aztecas de Mxico, y ese de los incas
del Per. Al moro de frica se le ve, por su casa de piedra bordada, que
conoci a los hebreos, y vivi en bosques de palmeras, defendindose de
sus enemigos desde la torre, viendo en el jardn a la gacela entre las
rosas, y en la arena de la orilla los caprichos de espuma de la mar. El
negro del Sudn, con su casa blanca de techo rodeado de campanillas,
parece moro. El chino ligero, que vive de pescado y arroz, hace su casa
de tabla y de bamb. El japons vive tallando el marfil, en sus casas de
estera y tabloncillo. All se ve donde habitan ahora los pueblos
salvajes, el esquimal en su casa redonda de hielo, en su tienda de
pieles pintadas el indio norteamericano: pintadas de animales raros y
hombres de cara redonda, como los que pintan los nios.

Pero adonde va el gento con un silencio como de respeto es a la torre
Eiffel, el ms alto y atrevido de los monumentos humanos. Es como el
portal de la Exposicin. Arrancan de la tierra, rodeados de palacios,
sus cuatro pies de hierro: se juntan en arco, y van ya casi unidos hasta
el segundo estrado de la torre, alto como la pirmide de Cheops: de all
fina como un encaje, valiente como un hroe, delgada como una flecha,
sube ms arriba que el monumento de Washington, que era la altura mayor
entre las obras humanas, y se hunde, donde no alcanzan los ojos, en lo
azul, con la campanilla, como la cabeza de los montes, coronado de
nubes.--Y todo, de la raz al tope, es un tejido de hierro. Sin apoyo
apenas se levant por el aire. Los cuatro pies muerden, como races
enormes, en el suelo de arena. Hacia el ro, por donde caen dos de los
pies, el suelo era movedizo, le hundieron dos cajones, les sacaron de
adentro la arena floja, y los llenaron de cimiento seguro. De las cuatro
esquinas arrancaron, como para juntarse en lo alto, los cuatro pies
recios: con un andamio fueron sosteniendo las piezas ms altas, que se
caan por la mucha inclinacin: sobre cuatro pilares de tablones haban
levantado el primer estrado, que como una corona lleva alrededor los
nombres de los grandes ingenieros franceses: all en el aire, una maana
hermosa, encajaron los cuatro pies en el estrado, como una espada en una
vaina, y se sostuvo sin parales la torre: de all, como lanzas que
apuntaban al cielo, salieron las vergas delicadas: de cada una colgaba
una gra: all arriba suban, danzando por el aire, los pedazos nuevos:
los obreros, agarrados a la verga con las piernas como el marinero al
cordaje del barco, clavaban el ribete, como quien pone el pabelln de la
patria en el asta enemiga: as, acostados de espalda, puestos de cara el
vaco, sujetos a la verga que el viento sacuda como una rama, los
obreros, con blusa y gorro de pieles, ajustaban en invierno, en el
remolino del vendabal y de la nieve, las piezas de esquina, los
cruceros, los sostenes, y se elevaba por sobre el universo, como si
fuera a colgarse del cielo, aquella blonda calada: en su navecilla de
cuerdas se balanceaban, con la brocha del rojo en las manos, los
pintores. El mundo entero va ahora como movindose en la mar, con todos
los pueblos humanos a bordo, y del barco del mundo, la torre en el
mstil! Los vientos se echan sobre la torre, como para derribar a la que
los desafa, y huyen por el espacio azul, vencidos y despedazados.--All
abajo la gente entra, como las abejas en el colmenar: por los pies de la
torre suben y bajan, por la escalera de caracol, por los ascensores
inclinados, dos mil visitantes a la vez; los hombres, como gusanos,
hormiguean entre las mallas de hierro; el cielo se ve por entre el
tejido como en grandes tringulos azules de cabeza cortada, de picos
agudos. Del Primer estrado abierto, con sus cuatro hoteles curiosos, se
sube, por la escalinata de hlice, al descanso segundo, donde se escribe
y se imprime un diario, a la altura de la cpula de San Pedro. El
cilindro de la prensa da vueltas: los diarios salen hmedos: al
visitante le dan una medalla de plata. Al estrado tercero suben los
valientes, a trescientos metros sobre la tierra y el mar, donde no se
oye el ruido de la vida, y el aire, all en la altura, parece que limpia
y besa: abajo la ciudad se tiende, muda y desierta, como un mapa de
relieve: veinte leguas de ros que chispean, de valles iluminados, de
montes de verde negruzco, se ven con el anteojo; sobre el estrado se
levanta la campanilla, donde dos hombres, en su casa de cristal,
estudian los animales del aire, la carrera de las estrellas, y el camino
de los vientos. De una de las races de la torre sube culebreando por el
alambre vibrante la electricidad, que enciende en el cielo negro el faro
que derrama sobre Pars sus ros de luz blanca, roja y azul, como la
bandera de la patria. En lo alto de la cpula, ha hecho su nido una
golondrina.

Por debajo de la torre se va, sin poder hablar del asombro, a lo
jardines llenos de fuentes, y rodeados de palacios, y el ms grande de
todos al fondo, donde caben las muestras de cuanto se trabaja en la
humanidad, con la puerta de hierro bordado y lleno de guirnaldas, como
se labraba antes el oro de los ricos; y sobre el portn, imitando la
bveda del cielo, la cpula de porcelanas relucientes; y en la corona,
abriendo las alas como para volar, una mujer que lleva en la mano una
rama de oliva: a la entrada del prtico est, con una mano en la cabeza
de un len, la Libertad, en bronce. Y delante de la gran fuente, donde
van por el agua los hombres y mujeres que los poetas de antes dicen que
hubo en la mar, las nereidas y los tritones, llevando en hombros, como
si fueran en triunfo, la barca donde, en figuras de hroes y heronas,
el progreso, la ciencia, y el arte dan vivas a la repblica, sentada ms
alta que todos, que levanta la antorcha encendida sobre sus alas. A cada
lado del jardn desde el palacio grande hasta la torre, hay otro palacio
de oros y esmaltes, uno para las estatuas y los cuadros, donde estn los
paisajes ingleses de montes y animales, las pinturas graciosas de los
italianos, con campesinos y con nios, los cuadros espaoles de muertes
y de guerra, con sus figuras que parecen vivas, y la historia elegante
del mundo en los cuadros de Francia. De las Bellas Artes le llaman a
se, y al del otro lado, el palacio de las Artes Liberales, que son las
de los trabajos de utilidad, y todas las que no sirven para mero adorno.
La historia de todo se ve all: del grabado, la pintura, la escultura,
las escuelas, la imprenta. Parece que se anda, por lo perfecto y fino de
todo, entre agujas y ruedas de reloj. All se ve, en miniatura de cera,
a los chinos observando en su torre los astros del cielo; all est el
qumico Lavoisier, de medias de seda y chupa azul, soplando en su
retorta, para ver como est hecho el pedrusco que cay a la tierra de
una estrella rota y fra; all, entre las figuras de las diferentes
razas del hombre, estn sentados por tierra, trabajando el pedernal,
como los que desenterraron en Dinamarca hace poco, cabezudos y fuertes,
los hombres de la edad de bronce.

Y ya estamos al pie de la torre: un bosque tiene a un lado, y otro
bosque al otro. Uno tiene ms verde, y es como una selva de recreo, con
su casa sueca de pino, llenas de flores las ventanas, a la orilla de un
lago; y la isba de puerta bordada y techo de picos en que vive el
labrador ruso; y la casa linda de madera, con ventanas de tringulo, en
que pasa los meses de nevada el finlands, enseando a sus hijos a
pintar y a pensar, a amar a los poetas de Finlandia, y a componer el
arpn de la pesca y el trineo de la cacera, mientras talla el abuelo el
granito como palo, o saca botes y figuras de una rama seca, y las
mujeres de gorro alto y delantal tejen su encaje fino, junto a la
chimenea de madera labrada. Hay teatro all, y lecheras, y una casa de
anchos comedores, y criados de chaqueta negra, que pasan con las
botellas de vino en cestos a la hora de comer, cuando los pjaros cantan
en los rboles. Pero al otro lado es donde se nos va el corazn, porque
all estn, al pie de la torre, como los retoos del pltano alrededor
del tronco, los pabellones famosos de nuestras tierras de Amrica,
elegantes y ligeros como un guerrero indio: el de Bolivia como el casco,
el de Mxico como el cinturn, el de la Argentina como el penacho de
colores: parece que la miran como los hijos al gigante! Es bueno tener
sangre nueva, sangre de pueblos que trabajan! El de Brasil est all
tambin, como una iglesia de domingo en un palmar, con todo lo que se da
en sus selvas tupidas, y vasos y urnas raras de los indios marajos del
Amazonas, y en una fuente una victoria regia en que puede navegar un
nio, y orqudeas de extraa flor, y sacos de caf, y montes de
diamantes. Brilla un sol de oro all por sobre los rboles y sobre los
pabellones, y es el sol argentino, puesto en lo alto de la cpula,
blanca y azul como la bandera del pas, que entre otras cuatro cpulas
corona, con grupos de estatuas en las esquinas del techo, el palacio de
hierro dorado y cristales de color en que la patria del hombre nuevo de
Amrica convida al mundo lleno de asombro, a ver lo que puede hacer en
pocos aos un pueblo recin nacido que habla espaol, con la pasin por
el trabajo y la libertad con la pasin por el trabajo!: mejor es morir
abrasado por el sol que ir por el mundo, como una piedra viva, con los
brazos cruzados! Una estatua seala a la puerta un mapa donde se ve de
realce la repblica, con el ro por donde entran al pas los vapores
repletos de gente que va a trabajar; con las montaas que cran sus
metales, y las pampas extensas, cubiertas de ganados. De relieve est
all la ciudad modelo de La Plata, que apareci de pronto en el llano
silvestre, con ferrocarriles, y puerto, y cuarenta mil habitantes, y
escuelas como palacios Y cuanto dan la oveja y el buey se ve all, y
todo lo que el hombre atrevido puede hacer de la bestia: mil cueros, mil
lanas, mil tejidos, mil industrias: la carne fresca en la sala de
enfriar: crines, cuernos, capullos, plumas, paos. Cuanto el hombre ha
hecho, el argentino lo intenta hacer. De noche, cuando el gento llama a
la puerta, se encienden a la vez, en sus globos de cristal blanco y
azul, y rojo y verde, las mil luces elctricas del palacio.

Como con un cinto de dioses y de hroes est el templo de acero de
Mxico, con la escalinata solemne que lleva al portn, y en lo alto de
l el sol Tonatiuh, viendo como crece con su calor la diosa Cipactli,
que es la tierra: y los dioses todos de la poesa de los indios, los de
la caza y el campo, los de las artes y el comercio, estn en los dos
muros que tiene la puerta a los lados, como dos alas; y los ltimos
valientes, Cacama, Cuitlhuac y Cuauhtmoc, que murieron en la pelea, o
quemados en las parrillas, defendiendo de los conquistadores la
independencia de su patria: dentro, en las pinturas ricas de las
paredes, se ve como eran los mexicanos de entonces, en sus trabajos y en
sus fiestas, la madre viuda dando su parecer entre los regidores de la
ciudad, los campesinos sacando el aguamiel del tronco del agave, los
reyes hacindose visitas en el lago, en sus canoas adornadas de flores.
Y ese templo de acero lo levantaron, al pie de la torre, dos mexicanos,
como para que no les tocasen su historia, que es como madre de un pas,
los que no la tocaran como hijos!: as se debe querer a la tierra en
que uno nace: con fiereza, con ternura! Las cortinas hermosas, las
vidrieras de caoba en que estn las filigranas de plata, los tejidos de
fibras, las esencias de olor, los platos de esmalte y las jarras de
barniz, los palos, los vinos, los arneses, los azcares; todo tiene por
adorno letras y figuras indias. Vivos parecen, con sus trajes de cuero
de flecos y galones, y sus sombreros anchos con trenzado de plata y oro,
y su zarape al hombro, de seda de color, vivos como si fueran a montar a
caballo, los maniques del estanciero rico, del joven elegante que cuida
de su hacienda, y sabe voltear un toro. A la puerta, a un lado,
troncos colosales de madera fina repulida; y al otro, de color de rosa y
verdemar, la pirmide del mrmol transparente de la tierra, del nix que
parece nube cuajada de la puesta de sol. Del techo cuelga, verde y
blanca y roja, la bandera del guila.

Y juntos como hermanos, estn otros pabellones ms: el de Bolivia, la
hija de Bolvar, con sus cuatro torres graciosas de cpula dorada, lleno
de cuarzos de mineral riqusimo, de restos del hombre salvaje y los
animales como montes que hubo antes en Amrica, y de hojas de coca, que
dan fuerza al cansado para seguir andando: el del Ecuador, que es un
templo inca, con dibujos y adornos como los que los indios de antes
ponan en los templos del Sol, y adentro los metales y cacaos famosos, y
tejidos y bordados de mucha finura, en mostradores de cristal y de oro:
el pabelln de Venezuela, con su fachada como de catedral, y en la sala
espaciosa tanta muestra de caf, y pilones de su panela dulce, y libros
de versos y de ingeniera, y zapatos ligeros y finos: el pabelln de
Nicaragua con su tejado rojo, como los de las casas del pas, y sus
salones de los lados, con los cacaos y vainillas de aroma y aves de
plumas de oro y esmeralda, y piedras de metal con luces de arco iris, y
maderos que dan sangre de olor; y en la sala del centro, el mapa del
canal que van a abrir de un mar a otro de Amrica, entre los restos de
las ruinas. Tiene ventanas anchas como las casas salvadoreas, y un
balcn de madera muy hermoso, el pabelln del Salvador, que es pas
obrero, que inventa y trabaja fino, y en el campo cultiva la caa y el
caf, y hace muebles como los de Pars, y sedas como las de Lyon, y
bordados como los de Burano, y lanas de tinte alegre, tan buenas como
las inglesas, y tallados de mucha gracia en la madera y en el oro. Por
un prtico grandioso se entra, entre sacos de trigo y muestras de
mineral, al palacio de hierro de Chile: all la madera fuerte de los
bosques del indio araucano, los vinos topacios y rojos, las barras de
plata y oro mate, las artes todas de un pueblo que no se quiere quedar
atrs, la sal y el arbusto colorado del desierto: al fondo hay como un
jardn: las paredes estn llenas de cuadros de nmeros.

Y all, al lado de Chile, entraramos ahora al Palacio de los Nios,
donde juegan los chiquitines al caballito y al columpio, y ven hacer
barcos de cristal de Venecia, y las muecas que hace el japons,
envolviendo con el palitroque alrededor de una varita las pastas blandas
de colores diferentes: y hace un daimio con su sable, y un Mikado de
ahora, con su levita a la francesa: oh, el teatro! oh, el hombre que
est haciendo los confites! oh, el perro que sabe multiplicar! oh, el
gimnasta que anda a caballo en una rueda! y el palacio es de juguetes
todo por afuera, desde el quicio hasta los banderines del techo! Pero,
si no tenemos tiempo, cmo hemos de pararnos a jugar, nosotros, nios
de Amrica, si todava hay tanto que ver, si no hemos visto todos los
pabellones de nuestras tierras americanas? Y esta casa de madera tan
franca y tan amiga, que convida a la gente a entrar a ver todo lo que da
la tierra volcnica de su pas, uva y caf, enredaderas y tigres, cocos
y pjaros, y los lleva a su colgadizo con cortinas, a tomar en jcaras
labradas su chocolate de espuma?: es el de Guatemala ese pabelln
generoso. Y ese otro elegante, con tantas maderas, es el de la tierra
donde se saben defender con ramas de rboles de los que vienen de afuera
a quitarles el pas: de Santo Domingo. Ese otro es del Paraguay, ese de
la torre de mirador, con las ventanas y puertas como de nacin de mucho
bosque, que imita en sus casas las grutas y los arcos de los rboles. Y
ese otro suntuoso que tiene torres como lanzas y alegra como de saln;
ese que ha dado una parte de sus salas a dos pueblos de nuestra
familia,--a Colombia, que tiene ahora mucho que hacer, al Per, que est
triste despus de una guerra que tuvo,--se es el pueblo bravo y cordial
de Uruguay, que trabaja con arte y placer, como el de Francia, y pele
nueve aos contra un mal hombre que lo quera gobernar, y tiene un poeta
de Amrica que se llama Magarios: vive de sus ganados el Uruguay, y no
hay pueblo en el mundo que haya inventado tantos modos de conservar la
carne buena, en el tasajo seco, en caldos que parecen vino, en la pasta
negra de Liebig, y en bizcochos sabrosos: y en la torre, que se parece a
una lanza, flota, como llamando a los hombres buenos, la bandera del
sol, de listas blancas y azules.

Y tener que pasar tan de prisa por los palacios de una tierra enana
como Holanda, donde no hay holands que no sea feliz, y viva como en
pueblo grande, por su trabajo de marino, de ingeniero, de impresor, de
tejedor de encajes, de tallador de diamantes; de un pueblo como Blgica,
que sabe tanto de cultivos, y de hacer carruajes, y casas, y armas, y
lozas, y tapices, y ladrillos! No podemos ver el pabelln de Suiza, con
su escuela modelo, sus quesos como ruedas y su taller de relojes; ni el
de Hawai, que es pas donde todos saben leer, y trabaja el hombre de la
isla, al pie del volcn de fuego, la lava y la pluma; ni el de la
Repblica de San Marino--quin sabe dnde est San Marino?--con sus
cristales pintados famosos y sus familias de escultores. Esa de la
puerta tallada de colores es Servia, de cerca de Rusia, donde hacen
tapicera fina y mosaicos, y ese comedor, con su techo de aleros, es de
Rumania, donde el ms pobre viste de paos bordados, y comen la carne
casi cruda con mucha pimienta en platos de madera, y beben leche de
bfalo. Est llena de sedas con recamos de flores y pjaros, llena de
palanquines y colmillos de elefante, esa casa de dos techos de Siam, el
pueblo de la ceremonia y del arroz. Y a China quin no la conoce, con
su pabelln de tres torres, donde no caben las cortinas con rboles y
demonios de oro, ni las cajas de marfil con dibujos de relieve, ni el
tapiz donde estn, con los siete colores de la luz, los pjaros que van
de corte por el aire, cuando llega el mes de mayo, a saludar al rey y la
reina, que son dos ruiseores que fueron al cielo a ver quin se sienta
en las nubes, y se trajeron un nido de rayos de sol? Oh, cunto hay que
ver! Y el palacio hind, de rojo oscuro con los ornamentos blancos,
como los bordados de trencilla en un vestido de mujer, y tan tallado
todo, las ventanas menudas y la torre, como la fuente de mrmol, las
columnas de prfido, los leones de bronce que adornan la sala, colgada
de tapiceras? Y el Japn, que es como la China, con ms gracia y
delicadeza, y unos jardineros viejos que quieren mucho a los nios? Y
Grecia, esa de la puerta baja con un muro a cada lado, con la historia
de antes en uno, antes de que los romanos la vencieran cuando fue
viciosa, y la vida del trabajo de hoy, en antigedades, en mrmoles
rojos, en sedas finas, en vinos olorosos, desde que resucit con la
vuelta a la libertad, y tiene ciudades como Pireo, Siracusa, Corf y
Patras, que valen ya por lo trabajadoras tanto como las cuatro famosas
de la Grecia vieja: Atenas, Esparta, Tebas y Corinto? Y Persia, con su
entrada religiosa de mezquita, de techo de azul vivo, y adentro, entre
colgaduras verdes y amarillas, las cazoletas cinceladas de quemar los
olores, los chales de seda que caben por una sortija, los alfanjes de
puo enjoyado que cortan el hierro, las violetas azucaradas y las
conservas de hojas de rosa? Y el bazar de los marroques, con su
arquera blanca que reluce al sol, y sus moros de turbante y babucha,
bruendo cuchillos, tiendo el cuero blando, trenzando la paja, labrando
a martillazos el cobre, bordando de hilo de oro el terciopelo? Y la
calle del Cairo, que es una calle egipcia como en Egipto, unos comprando
albornoces, otros tejiendo la lana en el telar, unos pregonando sus
confites, y otros trabajando de joyeros, de torneros, de alfareros, de
jugueteros, y por todas partes, alquilando el pollino, los burreros
burlones, y all arriba, envuelta en velos, la mora hermosa, que mira
desde su balcn de persianas caladas?

Oh, no hay tiempo! Tenemos que ir a ver la maravilla mayor, y el
atrevimiento que ablanda al verlo el corazn, y hace sentir como deseo
de abrazar a los hombres y de llamarlos hermanos. Volvamos al jardn.
Entremos por el prtico del Palacio de las Industrias. Pasemos, con los
ojos cerrados, por la galera de las catorce puertas, donde cada palo
exhibe sus trabajos mejores, y cada industria compuso la puerta de su
departamento, la platera con platas y oros y dos columnas de piedra
azul, la locera con porcelana y azulejos, la de muebles con madera
esculpida como hojas de flor, y la de hierro con picos y martillos, y la
de armas con ruedas, cureas, balas y caones, y as todas. Por un
corredor que hace pensar en cosas grandes, se va a la escalera que lleva
al balcn del monumento: se alzan los ojos: y se ve, llena de luz de
sol, una sala de hierro en que podran moverse a la vez dos mil
caballos, en que podran dormir treinta mil hombres. Y toda est
cubierta de mquinas, que dan vueltas, que aplastan, que silban, que
echan luz, que atraviesan el aire calladas, que corren temblando por
debajo de la tierra! En cuatro hileras estn en el centro las mquinas
mayores. De un horno rojo les viene la fuerza. Viene por correas, que no
se ven de lo ligeras que andan. De cuatro filas de postes cuelgan las
ruedas de las correas. Alrededor, unidas, estn todas las mquinas del
mundo, las que hacen polvo de acero, las que afilan las agujas. Unas
mujeres de delantal colorado trabajan el papel holands. Un cilindro,
que parece un elefante que se mueve, est cortando sobres. Un mortero
separa el grano de trigo de la cscara. Un anillo de hierro est en el
aire por la electricidad, sin nada que lo sujete. All se funden los
metales con que se hacen las letras de imprimir, all se hace el papel
de tela o de madera, all la prensa imprime el diario, lo echa del otro
lado, lo devuelve, hmedo. Una mquina echa aire en el pozo de una mina,
para que no se ahoguen los mineros. Otra aplasta la caa, y echa un
chorro de miel. Pues da ganas de llorar, el ver las mquinas desde el
balcn! Rugen, susurran, es como la mar: el sol entra a torrentes. De
noche, un hombre toca un botn, los dos alambres de la luz se juntan, y
por sobre las mquinas, que parecen arrodilladas en la tiniebla, derrama
la claridad, colgado de la bveda, el ciclo elctrico. Lejos, donde
tiene Edison sus invenciones, se encienden de un chispazo veinte mil
luces, como una corona.

Hay panoramas de Pars, y de Npoles con su volcn, y del Mont Blanc,
que da fro verlo, y de la rada de Ro Janeiro. Hay otro que es en el
centro como un puente de un buque, y parece por la pintura que est all
el buque entero, y el cielo y el mar. Hay el palacio de las pinturas
finas de los acuarelistas, y otro, con adornos como de espejo, de los
que pintan al pastel. Hay los dos pabellones de Pars, donde se aprende
a cuidar una ciudad grande. Hay talleres por los arrabales de la
Exposicin, donde se ve, para que el egosta aprenda a ser bueno!, el
trabajo del hombre en las minas de hulla, en el fondo del agua, en los
tanques donde hierve, como fango, el oro. Hay, all lejos, negras y
feas, las hornallas donde echan el carbn para el vapor los hombres
tiznados. Pero adonde todos van es al campo que tiene delante el palacio
donde los soldados mancos y cojos cuidan la sepultura de piedra de
Napolen, rodeada de banderas rotas: y en lo alto del palacio, la
cpula dorada! Todos van, a ver los pueblos extraos, a la Explanada de
los Invlidos. De paso no ms veremos el palacio donde est todo lo de
pelear: el globo que va por el aire a ver por donde viene el enemigo:
las palomas que saben volar con el recado tan arriba que no las alcanzan
las balas: y alguna les suele alcanzar, y la paloma blanca cae llena de
sangre en la tierra! De paso veremos, en el pabelln de la Repblica del
frica del Sur, el diamante imperial, que sacaron all de la tierra, y
es el ms grande del mundo. Aqu estn las tiendas de los soldados, con
los fusiles a la puerta. All estn, graciosas, las casas que los
hombres buenos quieren hacer a los trabajadores, para que vean luz los
domingos, y descansen en su casita limpia, cuando vienen cansados. All,
con su torre como la flor de la magnolia, est la pagoda de Cambodia, la
tierra donde ya no viven, porque murieron por la libertad, aquellos
Kmers que hacan templos ms altos que los montes. All est, con sus
columnas de madera, el palacio de Cochinchina, y en el patio su estanque
de peces dorados, y los marcos de las puertas labrados a punta de
cuchillo, y, en el fondo, en la escalinata, dos dragones, con la boca
abierta, de loza reluciente. Parece chino el palacio de Anam, con sus
maderas pintadas de rojo y azul, y en el patio un dios gigante del
bronce de ellos, que es como cera muy fina de color de avellana, y los
techos y las columnas y las puertas talladas a hilos, como los nidos, o
a hojas menudas, como la copa de los rboles. Y por sobre los templos
hinds, con sus torres de colores y su monte de dioses de bronce a la
puerta, dioses de vientre de oro y de ojos de esmalte, est, lleno de
sedas y marfiles, de paos de plata bordados de zafiros, el Palacio
Central de todas las tierras que tiene Francia en Asia: en una sala, al
levantar una colgadura azul, ofrece una pipa de opio un elefante. All,
entre las palmeras, brilla, blanco y como de encaje, el minarete del
palacio de arqueras de Argel, por donde andan, como reyes presos, los
rabes hermosos y callados. Con sus puertas de clavos y sus azoteas,
lleno de moros tunecinos y hebreos de barba negra, bebiendo vino de oro
en el caf, comprando puales con letras del Corn en la hoja, est,
entre bosques de dtiles, el casero de Tnez, hecho con piedras viejas
y lozas rotas de Cartago. Un anamita solo, sentado en cuclillas, mira,
con los ojos a medio cerrar, la pagoda de Angkor, la de la torre como la
flor de magnolia, con el dios Buda arriba, el Buda de cuatro cabezas.

Y entre los palacios hay pueblos enteros de barro y de paja: el negro
canaco en su choza redonda, el de Futa-Jaln cociendo el hierro en su
horno de tierra, el de Kedug, con su calzn de plumas, en la torre
redonda en que se defiende del blanco: y al lado, de piedra y con
ventanas de pelear, la torre cuadrada en que veintisis franceses
echaron atrs a veinte mil negros, que no podan clavar su lanza de
madera en la piedra dura! En la aldea de Anam, con las casas ligeras de
techo de picos y corredores, se ve al cochinchino, sentado en la estera
leyendo en su libro, que es una hoja larga, enrollada en un palo; y a
otro, un actor, que se pinta la cara de bermelln y de negro; y al bonzo
rezando, con la capucha por la cabeza y las manos en la falda. Los
javaneses, de blusa y calzn ancho, viven felices, con tanto aire y
claridad, en su kampong de casas de bamb: de bamb la cerca del pueblo,
las casas y las sillas, el granero donde guardan el arroz, y el tendido
en que se juntan los viejos a mandar en las cosas de la aldea, y las
msicas con que van a buscar a las bailarinas descalzas, de casco de
plumas y brazaletes de oro. El kabila, con su albornoz blanco, se pasea
a la puerta de su casa de barro, baja y oscura para que el extranjero
atrevido no entre a ver las mujeres de la casa, sentadas en el suelo,
tejiendo en el telar, con la frente pintada de colores. Detrs est la
tienda del kabila, que lleva a los viajes: el pollino se revuelca en el
polvo: el hermano echa en un rincn la silla de cuero bordado de oro
puro: el viejito a la puerta est montando en el camello a su nieto, que
le hala la barba.

Y afuera, al aire libre, es como una locura. Parecen joyas que andan,
aquellas gentes de traje de colores. Unos van al caf moro, a ver a las
moros bailar, con sus velos de gasa y su traje violeta, moviendo
despacio los brazos, como si estuvieran dormidas. Otros van al teatro
del kampong donde estn en hileras unos muecos de cucurucho, viendo con
sus ojos de porcelana a las bayaderas javanesas, que bailan como si no
pisasen, y vienen con los brazos abiertos, como mariposas. En un caf de
mesas coloradas, con letras moras en las paredes, los aissauas, que son
como unos locos de religin, se sacan los ojos y se los dejan colgando,
y mascan cristal, y comen alacranes vivos, porque dicen que su dios les
habla de noche desde el cielo, y se los manda comer. Y en el teatro de
los anamitas, los cmicos vestidos de panteras y de generales, cuentan,
saltando y aullando, tirndose las plumas de la cabeza y dando vueltas,
la historia del prncipe que fue de visita al palacio de un ambicioso, y
bebi una taza de t envenenado. Pero ya es de noche, y hora de irse a
pensar, y los clarines, con su corneta de bronce, tocan a retirada. Los
camellos se echan a correr. El argelino sube al minarete, a llamar a la
oracin. El anamita saluda tres veces, delante de la pagoda. El negro
canaco alza su lanza al cielo. Pasan, comiendo dulces, las bailarinas
moras. Y el cielo, de repente, como en una llamarada, se enciende de
rojo: ya es como la sangre: ya es como cuando el sol se pone: ya es del
color del mar a la hora del amanecer: ya es de un azul como si se
entrara por el pensamiento el cielo: ahora blanco, como plata: ahora
violeta, como un ramo de lilas: ahora, con el amarillo de la luz,
resplandecen las cpulas de los palacios, como coronas de oro: all
abajo, en lo de adentro de las fuentes, estn poniendo cristales de
color entre la luz y el agua, que cae en raudales del color del cristal,
y echa al cielo encendido sus florones de chispas. La torre, en la
claridad, luce en el cielo negro como un encaje rojo, mientras pasan
debajo de sus arcos los pueblos del mundo.




El camarn encantado

_Cuento de magia del francs Laboulaye._


All por un pueblo del mar Bltico, del lado de Rusia, viva el pobre
Loppi, en un casuco viejo, sin ms compaa que su hacha y su mujer. El
hacha bueno!; pero la mujer se llamaba Masicas, que quiere decir fresa
agria. Y era agria Masicas de veras, como la fresa silvestre. Vaya un
nombre: Masicas! Ella nunca se enojaba, por supuesto, cuando le hacan
el gusto, o no la contradecan; pero si se quedaba sin el capricho, era
de irse a los bosques por no orla. Se estaba callada de la maana a la
noche, preparando el regao, mientras Loppi andaba afuera con el hacha,
corta que corta, buscando el pan: y en cuanto entraba Loppi, no paraba
de regaarlo, de la noche a la maana. Porque estaban muy pobres, y
cuando la gente no es buena, la pobreza los pone de mal humor. De veras
que era pobre la casa de Loppi: las araas no hacan telas en sus
rincones porque no haba all moscas que coger, y dos ratones que
entraron extraviados, se murieron de hambre.

Un da estuvo Masicas ms buscapleitos que de costumbre, y el buen
leador sali de la casa suspirando, con el morral vaco al hombro: el
morral de cuero, donde echaba el pico de pan, o la col, o las papas que
le daban de limosna. Era muy de maanita, y al pasar cerca de un charco
vio en la yerba hmeda uno que le pareci animal raro y negruzco, de
muchas bocas, como muerto o dormido. Era grande por cierto: era un
enorme camarn. Al saco el camarn!: con esta cena le vuelve el juicio
a esa hambrona de Masicas; quin sabe lo que dice cuando tiene
hambre?Y ech el camarn en el saco.

Pero qu tiene Loppi, que da un salto atrs, que le tiembla la barba,
que se pone plido? Del fondo del saco sali una voz tristsima: el
camarn le estaba hablando:

--Prate, amigo, prate, y djame ir. Yo soy el ms viejo de los
camarones: ms de un siglo tengo yo: qu vas a hacer con este carapacho
duro? S bueno conmigo, como t quieres que sean buenos contigo.

--Perdname, camaroncito, que yo te dejara ir; pero mi mujer est
esperando su cena, y si le digo que encontr el camarn mayor del mundo,
y que lo dej escapar, esta noche s yo a lo que suena un palo de escoba
cuando se lo rompe su mujer a uno en las costillas.

--Y por qu se lo has de decir a tu mujer?

--Ay, camaroncito!: eso me dices t porque no sabes quin es Masicas.
Masicas es una gran persona, que lo lleva a uno por la nariz, y uno se
deja llevar: Masicas me vuelve del revs, y me saca todo lo que tengo en
el corazn: Masicas sabe mucho.

--Pues mira, leador, que yo no soy camarn como parezco, sino una maga
de mucho poder, y si me oyes, tu mujer se contentar, y si no me oyes,
toda la vida te has de arrepentir.

--T contenta a Masicas, y yo te dejar ir, que por gusto a nadie le
hago dao.

--Dime qu pescado le gusta ms a tu mujer.

--Pues el que haya, camarn, que los pobres no escogen: lo que has de
hacer es que no vuelva yo con el morral vaco.

--Pues ponme en la yerba, mete en el charco tu morral abierto, y di:
Peces, al morral!

Y tantos peces entraron en el morral que casi se le iba Loppi de las
manos. Las manos le bailaban a Loppi del asombro.

--Ya ves, leador--le dijo el camarn,--que no soy desagradecido. Ven
ac todas las maanas, y en cuanto digas: Al morral, peces! tendrs
el morral lleno, de los peces colorados, de los peces de plata, de los
peces amarillos. Y si quieres algo ms, ven y dime as:

/P
       Camaroncito duro,

    _Scame del apuro_:
P/

y yo saldr, y ver lo que puedo hacer por ti. Pero mira, ten juicio, y
no le digas a tu mujer lo que ha sucedido hoy.

--Probar, seora maga, probar--dijo el leador; y puso en la yerba con
mucho cuidado el camarn milagroso, que se meti de un salto en el agua.

Iba como la pluma Loppi, de vuelta a su casa. El morral no le pesaba,
pero lo puso en el suelo antes de llegar a la puerta, porque ya no poda
ms de la curiosidad. Y empezaron los peces a saltar, primero un lucio
como de una vara, luego una carpa, radiante como el oro, luego dos
truchas, y un mundo de meros. Masicas abraz a Loppi, y lo volvi a
abrazar, y le dijo: leadorcito mo!

--Ya ves, ya ves, Loppi, lo que nos sucede por haber odo a tu mujer y
salir temprano a buscar fortuna. Anda a la huerta, anda, y treme unos
ajos y cebollas, y treme unas setas: anda, anda al monte, leadorcito,
que te voy a hacer una sopa que no la come el rey. Y la carpa la
asaremos: ni un regidor va a comer mejor que nosotros.

Y fue muy buena por cierto la comida, porque Masicas no haca sino lo
que quera Loppi, y Loppi estaba pensando en cuando la conoci, que era
como una rosa fina, y no le hablaba del miedo. Pero al otro da no le
hizo Masicas tantas fiestas al morral de pescados. Y al otro, se puso a
hablar sola. Y el sbado, le sac la lengua en cuanto lo vio venir. Y el
domingo, se le fue encima a Loppi, que volva con su morral a cuestas.

--Mal marido, mal hombre, mal compaero! que me vas a matar a pescado!
que de verte el morral me da el alma vueltas!

--Y qu quieres que te traiga, pues?--dijo el pobre Loppi.

--Pues lo que comen todas las mujeres de los leadores honrados: una
sopa buena y un trozo de tocino.

Con tal--pens Loppi--que la maga me quiera hacer este favor.

Y al otro da a la maanita fue al charco, y se puso a dar voces:

/P
     Camaroncito duro,
    Scame del apuro.
P/

y el agua se movi, y sali una boca negra, y luego otra boca, y luego
la cabeza, con dos ojos grandes que resplandecan.

--Qu quiere el leador?

--Para m, nada; nada para m, camaroncito: qu he de querer yo? Pero
ya mi mujer se cans del pescado, y quiere ahora sopa y un trozo de
tocino.

--Pues tendr lo que quiere tu mujer--respondi el camarn.--Al sentarte
esta noche a la mesa, dale tres golpes con el dedo meique, y di a cada
golpe: Sopa, aparece: aparece, tocino!Y vers que aparecen. Pero ten
cuidado, leador, que si tu mujer empieza a pedir, no va a acabar nunca.

--Probar, seora maga, probar--dijo Loppi, suspirando.

Como una ardilla, como una paloma, como un cordero estuvo al otro da en
la mesa Masicas, que comi sopa dos veces, y tocino tres, y luego abraz
a Loppi, y lo llam: Loppi de mi corazn.

Pero a la semana justa, en cuanto vio en la mesa el tocino y la sopa, se
puso colorada de la ira, y le dijo a Loppi con los puos alzados:

--Hasta cundo me has de atormentar, mal marido, mal compaero, mal
hombre? que una mujer como yo ha de vivir con caldo y manteca?

--Pero qu quieres, amor mo, qu quieres?

--Pues quiero una buena comida, mal marido: un ganso asado, y unos
pasteles para postres.

En toda la noche no cerr Loppi los ojos, pensando en el amanecer, y en
los puos alzados de Masicas, que le parecieron un ganso cada uno. Y a
paso de moribundo se fue arrimando al charco a los claros del da. Y las
voces que daba parecan hilos, por lo tristes, por lo delgadas:

/P
     Camaroncito duro,
    Scame del apuro.
P/

--Qu quiere el leador?

--Para m, nada: qu he de querer yo? Pero ya mi mujer se est cansando
del tocino y la sopa. Yo no, yo no me canso, seora maga. Pero mi mujer
se ha cansado, y quiere algo ligero, as como un gansito asado, as como
unos pastelitos.

--Pues vulvete a tu casa, leador, y no tienes que venir cuando tu
mujer quiera cambiar de comida, sino pedrselo a la mesa, que yo le
mandar a la mesa que se lo sirva.

En un salto lleg Loppi a su casa, e iba riendo por el camino, y tirando
por el aire el sombrero. Llena estaba ya la mesa de platos, cuando l
lleg, con cucharas de hierro, y tenedores de tres puntas, y una jarra
de estao: y el ganso con papas, y un pudn de ciruelas. Hasta un frasco
de anisete haba en la mesa, con su forro de paja.

Pero Masicas estaba pensativa. Y a Loppi quin le daba todo aquello?
Ella quera saber: Dmelo, Loppi!Y Loppi se lo dijo, cuando ya no
quedaba del anisete ms que el forro de paja, y estaba Masicas ms dulce
que el ans. Pero ella prometi no decrselo a nadie: no haba una
vecina en doce leguas a la redonda.

A los pocos das, una tarde que Masicas haba estado muy melosa, le
cont a Loppi muchos cuentos y le acab as el discurso:

--Pero, Loppi mo, ya t no piensas en tu mujercita: comer, es verdad,
come mejor que la reina; pero tu mujercita anda en trapos, Loppi, como
la mujer de un pordiosero. Anda, Loppi, anda, que la maga no te tendr a
mal que quieras vestir bien a tu mujercita.

A Loppi le pareci que Masicas tena mucha razn, y que no estaba bien
sentarse a aquella mesa de lujo con el vestido tan pobre. Pero la voz se
le resista cuando a la maanita llam al camarn encantado:

/P
     Camaroncito duro,
    Scame del apuro.
P/

El camarn entero sac el cuerpo del agua.

--Qu quiere el leador?

--Para m, nada; qu puedo yo querer? Pero mi mujer est triste, seora
maga, porque se ve tan mal vestida, y quiere que su seora me d poder
para tenerla con traje de seora.

El camarn se ech a rer, y estuvo riendo un rato, y luego dijo a
Loppi: Vulvete a casa, leador, que tu mujer tendr lo que desea.

--Oh, seor camarn! oh, seora maga! djeme que le bese la patica
izquierda, la que est del lado del corazn! djeme que se la bese!

Y se fue cantando un canto que le haba odo a un pjaro dorado que le
daba vueltas a una rosa: y cuando entr a su casa vio a una bella
seora, y la salud hasta los pies; y la seora se ech a rer, porque
era Masicas, su linda Masicas, que estaba como un sol de la hermosura. Y
se tomaron los dos de la mano, y bailaron en redondo, y se pusieron a
dar brincos.

A los pocos das Masicas estaba plida, como quien no duerme, y con los
ojos colorados, como de mucho llorar. Y dime, Loppi, le deca una
tarde, con un pauelo de encaje en la mano: de qu me sirve tener tan
buen vestido sin un espejo donde mirarme, ni una vecina que me pueda
ver, ni ms casa que este casuco? Loppi, dile a la maga que esto no
puede ser.Y lloraba Masicas, y se secaba los ojos colorados con su
pauelo de encaje: Dile, Loppi, a la maga que me d un castillo
hermoso, y no le pedir nada ms.

--Masicas, t ests loca! Tira de la cuerda y se reventar. Contntate,
mujer, con lo que tienes, que si no, la maga te castigar por ambiciosa.

--Loppi, nunca sers ms que un zascandil! El que habla con miedo se
queda sin lo que desea! Hblale a la maga como un hombre. Hblale, que
yo estoy aqu para lo que suceda.

Y el pobre Loppi volvi al charco, como con piernas postizas. Iba
temblando todo l. Y si el camarn se cansaba de tanto pedirle, y le
quitaba cuanto le dio? Y si Masicas lo dejaba sin pelo si volva sin el
castillo? Llam muy quedito:

/P
     Camaroncito duro,
    Scame del apuro.
P/

--Qu quiere el leador?--dijo el camarn, saliendo del agua poco a
poco.

--Nada para m: qu ms podra yo querer? Pero mi mujer no est
contenta y me tiene en tortura, seora maga, con tantos deseos.

--Y qu quiere la seora, que ya no va a parar de querer?

--Pues una casa, seora maga, un castillito, un castillo. Quiere ser
princesa del castillo, y no volver a pedir nada ms.

--Leador--dijo el camarn, con una voz que Loppi no le conoca:--tu
mujer tendr lo que desea.--Y desapareci en el agua de repente.

A Loppi le cost mucho trabajo llegar a su casa, porque estaba cambiado
todo el pas, y en vez de matorrales haba ganados y siembras hermosas,
y en medio de todo una casa muy rica con un jardn lleno de flores. Una
princesa baj a saludarlo a la puerta del jardn, con un vestido de
plata. Y la princesa le dio la mano. Era Masicas: Ahora s, Loppi, que
soy dichosa. Eres muy bueno, Loppi. La maga es muy buena.Y Loppi se
ech a llorar de alegra.

Viva Masicas con todo el lujo de su seoro. Los barones y las
baronesas se disputaban el honor de visitarla: el gobernador no daba
orden sin saber si le pareca bien: no haba en todo el pas quien
tuviera un castillo ms opulento, ni coches con ms oro, ni caballos ms
finos. Sus vacas eran inglesas, sus perros de San Bernardo, sus gallinas
de Guinea, sus faisanes de Tern, sus cabras eran suizas. Qu le
faltaba a Masicas, que estaba siempre tan llena de pesar? Se lo dijo a
Loppi, apoyando en su hombro la cabeza. Masicas quera algo ms. Quera
ser reina Masicas:No ves que para reina he nacido yo? No ves, Loppi
mo, que t mismo me das siempre la razn, aunque eres ms terco que una
mula? Ya no puedo esperar, Loppi. Dile a la maga que quiero ser reina.

Loppi no quera ser rey. Almorzaba bien, coma mejor; a qu los
trabajos de mandar a los hombres? Pero cuando Masicas deca a querer, no
haba ms remedio que ir al charco. Y al charco fue al salir el sol,
limpindose los sudores, y con la sangre a medio helar. Lleg. Llam.

/P
     Camaroncito duro,
    Scame del apuro.
P/

Vio salir del agua las dos bocas negras. Oy que le decan qu quiere
el leador?pero no tena fuerzas para dar su recado. Al fin dijo
tartamudeando:

--Para m, nada: qu pudiera yo pedir? Pero se ha cansado mi mujer de
ser princesa.

--Y qu quiere ahora ser la mujer del leador?

--Ay, seora maga!: reina quiere ser.

--Reina no ms? Me salvaste la vida, y tu mujer tendr lo que desea.
Salud, marido de la reina!

Y cuando Loppi volvi a su casa, el castillo era un palacio, y Masica
tena puesta la corona. Los lacayos, los pajes, los chambelanes, con sus
medias de seda y sus casaquines, iban detrs de la reina Masicas,
cargndole la cola.

Y Loppi almorz contento, y bebi en copa tallada su anisete ms fino,
seguro de que Masicas tena ya cuanto poda tener. Y dos meses estuvo
almorzando pechugas de faisn con vinos olorosos, y paseando por el
jardn con su capa de armio y su sombrero de plumas, hasta que un da
vino un chambeln de casaca carmes con botones de topacio, a decirle
que la reina lo quera ver, sentada en su trono de oro.

--Estoy cansada de ser reina, Loppi. Estoy cansada de que todos estos
hombres me mientan y me adulen. Quiero gobernar a hombres libres. Ve a
ver a la maga por ltima vez. Ve: dile lo que quiero.

--Pero qu quieres entonces, infeliz? Quieres reinar en el cielo donde
estn los soles y las estrellas, y ser duea del mundo?

--Que vayas te digo, y le digas a la maga que quiero reinar en el cielo,
y ser duea del mundo.

--Que no voy, te digo, a pedirle a la maga semejante locura.

--Soy tu reina, Loppi, y vas a ver a la maga, o mando que te corten la
cabeza.

--Voy, mi reina, voy.--Y se ech al brazo el manto de armio, y sali
corriendo por aquellos jardines, con su sombrero de plumas. Iba como si
le corrieran detrs, alzando los brazos, arrodillndose en el suelo,
golpendose la casaca bordada de colores: Tal vez--pensaba Loppi--tal
vez el camarn tenga piedad de m! Y lo llam desde la orilla, con voz
como un gemido:

/P
     Camaroncito duro,
    Scame del apuro.
P/

Nadie respondi. Ni una hoja se movi. Volvi a llamar, con la voz como
un soplo.

--Qu quiere el leador?--respondi otra voz terrible.

--Para m, nada: qu he de querer para m? Pero la reina, mi mujer,
quiere que le diga a la seora maga su ltimo deseo: el ltimo, seora
maga.

--Qu quiere ahora la mujer del leador?

Loppi, espantado, cay de rodillas.

--Perdn, seora, perdn! Quiere reinar en el cielo, y ser duea del
mundo!

El camarn dio una vuelta en redondo, que le sac al agua espuma, y se
fue sobre Loppi, con las bocas abiertas:

--A tu rincn, imbcil, a tu rincn! los maridos cobardes hacen a las
mujeres locas! abajo el palacio, abajo el castillo, abajo la corona! A
tu casuca con tu mujer, marido cobarde! A tu casuca con el morral
vaco!

Y se hundi en el agua, que silb como cuando mojan un hierro caliente.

Loppi se tendi en la yerba, como herido de un rayo. Cuando se levant,
no tena en la cabeza el sombrero de plumas, ni llevaba al brazo el
manto de armio, ni vesta la casaca bordada de colores. El camino era
oscuro, y matorral, como antes. Membrillos empolvados y pinos enfermos
eran la nica arboleda. El suelo era, como antes, de pozos y pantanos.
Cargaba a la espalda su morral vaco. Iba, sin saber que iba, mirando a
la tierra.

Y de pronto sinti que le apretaban el cuello dos manos feroces.

--Ests aqu, monstruo? Ests aqu, mal marido? Me has arruinado, mal
compaero! Muere a mis manos, mal hombre!

--Masicas, que te lastimas! Oye a tu Loppi, Masicas!

Pero las venas de la garganta de la mujer se hincharon, y reventaron, y
cay muerta, muerta de la furia. Loppi se sent a sus pies, le compuso
los harapos sobre el cuerpo, y le puso de almohada el morral vaco. Por
la maana, cuando sali el sol, Loppi estaba tendido junto a Masicas,
muerto.




El Padre las Casas.


Cuatro siglos es mucho, son cuatrocientos aos. Cuatrocientos aos hace
que vivi el Padre las Casas, y parece que est vivo todava, porque fue
bueno. No se puede ver un lirio sin pensar en el Padre las Casas, porque
con la bondad se le fue poniendo de lirio el color, y dicen que era
hermoso verlo escribir, con su tnica blanca, sentado en su silln de
tachuelas, peleando con la pluma de ave porque no escriba de prisa. Y
otras veces se levantaba del silln, como si le quemase: se apretaba las
sienes con las dos manos, andaba a pasos grandes por la celda, y pareca
como si tuviera un gran dolor. Era que estaba escribiendo, en su libro
famoso de la _Destruccin de las Indias_, los horrores que vio en las
Amricas cuando vino de Espaa la gente a la conquista. Se le encendan
los ojos, y se volva a sentar, de codos en la mesa, con la cara llena
de lgrimas. As pas la vida, defendiendo a los indios.

Aprendi en Espaa a licenciado, que era algo en aquellos tiempos, y
vino con Coln a la isla Espaola en un barco de aquellos de velas
infladas y como cscara de nuez. Hablaba mucho a bordo, y con muchos
latines. Decan los marineros que era grande su saber para un mozo de
veinticuatro aos. El sol, lo vea l siempre salir sobre cubierta. Iba
alegre en el barco, como aquel que va a ver maravillas. Pero desde que
lleg, empez a hablar poco. La tierra, s, era muy hermosa, y se viva
como en una flor: pero aquellos conquistadores asesinos deban de venir
del infierno, no de Espaa! Espaol era l tambin, y su padre, y su
madre; pero l no sala por las islas Lucayas a robarse a los indios
libres: porque en diez aos ya no quedaba indio vivo de los tres
millones, o ms, que hubo en la Espaola!: l no los iba cazando con
perros hambrientos, para matarlos a trabajo en las minas: l no les
quemaba las manos y los pies cuando se sentaban porque no podan andar,
o se les caa el pico porque ya no tenan fuerzas: l no los azotaba,
hasta verlos desmayar, porque no saban decirle a su amo donde haba ms
oro: l no se gozaba con sus amigos, a la hora de comer, porque el indio
de la mesa no pudo con la carga que traa de la mina, y le mand cortar
en castigo las orejas: l no se pona el jubn de lujo, y aquella capa
que llamaban ferreruelo, para ir muy galn a la plaza a las doce, a ver
la quema que mandaba hacer la justicia del gobernador, la quema de los
cinco indios. El los vio quemar, los vio mirar con desprecio desde la
hoguera a sus verdugos; y ya nunca se puso ms que el jubn negro ni
carg caa de oro, como los otros licenciados ricos y regordetes, sino
que se fue a consolar a los indios por el monte, sin ms ayuda que su
bastn de rama de rbol.

Al monte se haban ido, a defenderse, cuantos indios de honor quedaban
en la Espaola. Como amigos haban recibido ellos a los hombres blancos
de las barbas: ellos les haban regalado con su miel y su maz, y el
mismo rey Behecho le dio de mujer a un espaol hermoso su hija
Higuemota, que era como la torcaza y como la palma real: ellos les
haban enseado sus montaas de oro, y sus ros de agua de oro, y sus
adornos, todos de oro fino, y les haban puesto sobre la coraza y
guanteletes de la armadura pulseras de las suyas, y collares de oro: y
aquellos hombres crueles los cargaban de cadenas; les quitaban sus
indias, y sus hijos; los metan en lo hondo de la mina, a halar la carga
de piedra con la frente; se los repartan, y los marcaban con el hierro,
como esclavos!: en la carne viva los marcaban con el hierro. En aquel
pas de pjaros y de frutas los hombres eran bellos y amables; pero no
eran fuertes. Tenan el pensamiento azul como el cielo, y claro como el
arroyo; pero no saban matar, forrados de hierro, con el arcabuz cargado
de plvora. Con huesos de frutas y con gajos de mamey no se puede
atravesar una coraza. Caan, como las plumas y las hojas. Moran de
pena, de furia, de fatiga, de hambre, de mordidas de perros. Lo mejor
era irse al monte, con el valiente Guaroa, y con el nio Guarocuya, a
defenderse con las piedras, a defenderse con el agua, a salvar al
reyecito bravo, a Guairocuya! El saltaba el arroyo, de orilla a orilla;
l clavaba la lanza lejos, como un guerrero; a la hora de andar, a la
cabeza iba l; se le oa la risa de noche, como un canto; lo que l no
quera era que lo llevase nadie en hombros. As iban por el monte,
cuando se les apareci entre los espaoles armados el Padre las Casas,
con sus ojos tristsimos, en su jubn y su ferreruelo. El no les
disparaba el arcabuz: l les abra los brazos. Y le dio un beso a
Guarocuya.

Ya en la isla lo conocan todos, y en Espaa hablaban de l. Era flaco,
y de nariz muy larga, y la ropa se le caa del cuerpo, y no tena ms
poder que el de su corazn; pero de casa en casa andaba echando en cara
a los encomenderos la muerte de los indios de las encomiendas; iba a
palacio, a pedir al gobernador que mandase cumplir las ordenanzas
reales; esperaba en el portal de la audiencia a los oidores, caminando
de prisa, con las manos a la espalda, para decirles que vena lleno de
espanto, que haba visto morir a seis mil nios indios en tres meses. Y
los oidores le decan: Clmese, licenciado, que ya se har justicia:
se echaban el ferreruelo al hombro, y se iban a merendar con los
encomenderos, que eran los ricos del pas, y tenan buen vino y buena
miel de Alcarria. Ni merienda ni sueo haba para las Casas: senta en
sus carnes mismas los dientes de los molosos que los encomenderos tenan
sin comer, para que con el apetito les buscasen mejor a los indios
cimarrones: le pareca que era su mano la que chorreaba sangre, cuando
saba que, porque no pudo con la pala, le haban cortado a un indio la
mano: crea que l era el culpable de toda la crueldad, porque no la
remediaba; sinti como que se iluminaba y creca, y como que eran sus
hijos todos los indios americanos. De abogado no tena autoridad, y lo
dejaban solo: de sacerdote tendra la fuerza de la Iglesia, y volvera a
Espaa, y dara los recados del cielo, y si la corte no acababa con el
asesinato, con el tormento, con la esclavitud, con las minas, hara
temblar a la corte. Y el da en que entr de sacerdote, toda la isla fue
a verlo, con el asombro de que tomara aquella carrera un licenciado de
fortuna: y las indias le echaron al pasar a sus hijitos, a que le
besasen los hbitos.

Entonces empez su medio siglo de pelea, para que los indios no fuesen
esclavos; de pelea en las Amricas; de pelea en Madrid; de pelea con el
rey mismo: contra Espaa toda, l solo, de pelea. Coln fue el primero
que mand a Espaa a los indios en esclavitud, para pagar con ellos las
ropas y comidas que traan a Amrica los barcos espaoles. Y en Amrica
haba habido repartimiento de indios, y cada cual de los que vino de
conquista, tom en servidumbre su parte de la indiada, y la puso a
trabajar para l, a morir para l, a sacar el oro de que estaban llenos
los montes y los ros. La reina, all en Espaa, dicen que era buena, y
mand a un gobernador que sacase a los indios de la esclavitud; pero los
encomenderos le dieron al gobernador buen vino, y muchos regalos, y su
porcin en las ganancias, y fueron ms que nunca los muertos, las manos
cortadas, los siervos de las encomiendas, los que se echaban de cabeza
al fondo de las minas. Yo, he visto traer a centenares maniatadas a
estas amables criaturas, y darles muerte a todas juntas, como a las
ovejas.Fue a Cuba de cura con Diego Velzquez, y volvi de puro horror,
porque antes que para hacer casas, derribaban los rboles para ponerlos
de leas a las quemazones de los tanos. En una isla donde haba
quinientos mil, vio con sus ojoslos indios que quedaban: once. Eran
aquellos conquistadores soldados brbaros, que no saban los
mandamientos de la ley, y tomaban a los indios de esclavos, para
ensearles la doctrina cristiana, a latigazos y a mordidas! De noche,
desvelado de la angustia, hablaba con su amigo Rentera, otro espaol de
oro. Al rey haba que ir a pedir justicia, al rey Fernando de Aragn!
Se embarc en la galera de tres palos, y se fue a ver al rey.

Seis veces fue a Espaa, con la fuerza de su virtud, aquel padre que no
probaba carne. Ni al rey le tena l miedo, ni a la tempestad. Se iba a
cubierta cuando el tiempo era malo; y en la bonanza se estaba el da en
el puente, apuntando sus razones en papel de hilo, y dando a que le
llenaran de tinta el tintero de cuerno, porque la maldad no se cura
sino con decirla, y hay mucha maldad que decir, y la estoy poniendo
donde no me la pueda negar nadie, en latn y en castellano. Si en
Madrid estaba el rey, antes que a la posada a descansar del viaje, iba
al palacio. Si estaba en Viena, cuando el rey Carlos de los espaoles
era emperador de Alemania, se pona un hbito nuevo, y se iba a Viena.
Si era su enemigo Fonseca el que mandaba en la junta de abogados y
clrigos que tena el rey para las cosas de Amrica, a su enemigo se iba
a ver, y a ponerle pleito al Consejo de Indias. Si el cronista Oviedo,
el de la Natural Historia de las Indias, haba escrito de los
americanos las falsedades que los que tenan las encomiendas le mandaban
poner, le deca a Oviedo mentiroso, aunque le estuviera el rey pagando
por escribir las mentiras. Si Seplveda, que era el maestro del rey
Felipe, defenda en sus Conclusionesel derecho de la corona a repartir
como siervos, y a dar muerte a los indios, porque no eran cristianos, a
Seplveda le deca que no tenan culpa de estar sin la cristiandad los
que no saban que hubiera Cristo, ni conocan las lenguas en que de
Cristo se hablaba, ni tenan ms noticia de Cristo que la que les haban
llevado los arcabuces. Y si el rey en persona le arrugaba las cejas,
como para cortarle el discurso, creca unas cuantas pulgadas a la vista
del rey, se le pona ronca y fuerte la voz, le temblaba en el puo el
sombrero, y al rey le deca, cara a cara, que el que manda a los hombres
ha de cuidar de ellos, y si no los sabe cuidar, no los puede mandar, y
que lo haba de or en paz, porque l no vena con manchas de oro en el
vestido blanco, ni traa ms defensa que la cruz.

O hablaba, o escriba, sin descanso. Los frailes dominicanos lo
ayudaban, y en el convento de los frailes se estuvo ocho aos,
escribiendo. Saba religin y leyes, y autores latinos, que era cuanto
en su tiempo se aprenda; pero todo lo usaba hbilmente para defender el
derecho del hombre a la libertad, y el deber de los gobernantes de
respetrselo. Eso era mucho decir, porque por eso quemaban entonces a
los hombres. Llorente, que ha escrito la Vida de Las Casas escribi
tambin la Historia de la Inquisicin que era quien quemaba: el rey
iba de gala a ver la quemazn, con la reina y los caballeros de la
corte: delante de los condenados venan cantando los obispos, con un
estandarte verde: de la hoguera sala un humo negro. Y Fonseca y
Seplveda queran que el clrigolas Casas dijese en sus disputas algn
pecado contra la autoridad de la Iglesia, para que los inquisidores lo
condenaran por hereje. Pero el clrigole deca a Fonseca: Lo que yo
digo es lo que dijo en su testamento la buena reina Isabel; y t me
quieres mal y me calumnias, porque te quito el pan de sangre que comes,
y acuso la encomienda de indios que tienes en Amrica!Y a Seplveda,
que ya era confesor de Felipe II, le deca: T eres disputador famoso,
y te llaman el Livio de Espaa por tus historias; pero yo no tengo miedo
al elocuente que habla contra su corazn, y que defiende la maldad, y te
desafo a que me pruebes en pltica abierta que los indios son
malhechores y demonios, cuando son claros y buenos como la luz del da,
e inofensivos y sencillos como las mariposas.Y dur cinco das la
pltica con Seplveda. Seplveda empez con desdn, y acab turbado. El
clrigo lo oa con la cabeza baja y los labios temblorosos, y se le vea
hincharse la frente. En cuanto Seplveda se sentaba satisfecho, como el
que hinc el alfiler donde quiso, se pona el clrigo en pie, magnfico,
regan, confuso, apresurado. No es verdad que los indios de Mxico
mataran cincuenta mil en sacrificios al ao, sino veinte apenas, que es
menos de lo que mata Espaa en la horca! No es verdad que sean gente
brbara y de pecados horribles, porque no hay pecado suyo que no lo
tengamos ms los europeos; ni somos nosotros quin, con todos nuestros
caones y nuestra avaricia, para comparamos con ellos en tiernos y
amigables; ni es para tratado como a fiera un pueblo que tiene virtudes,
y poetas, y oficios, y gobierno, y artes! No es verdad, sino,
iniquidad, que el modo mejor que tenga el rey para hacerse de sbditos
sea exterminarlos, ni el modo mejor de ensear la religin a un indio
sea echarlo en nombre de la religin a los trabajos de las bestias; y
quitarle los hijos y lo que tiene de comer; y ponerlo a halar de la
carga con la frente como los bueyes!Y citaba versculos de la Biblia,
artculos de la ley, ejemplos de la historia, prrafos de los autores
latinos, todo revuelto y de gran hermosura, como caen las aguas de un
torrente, arrastrando en la espuma las piedras y las alimaas del monte.

Solo estuvo en la pelea; solo cuando Fernando, que a nada se supo
atrever, ni quera descontentar a los de la conquista, que le mandaban a
la corte tan buen oro; solo cuando Carlos V, que de nio lo oy con
veneracin, pero lo engaaba despus, cuando entr en ambiciones que
requeran mucho gastar, y no estaba para ponerse por las cosas del
clrigo en contra de los de Amrica, que le enviaban de tributo los
galeones de oro y joyas; solo cuando Felipe II, que se gast un reino en
procurarse otro, y lo dej todo a su muerte envenenado y fro, como el
agujero en que ha dormido la vbora. Si iba a ver al rey, se encontraba
la antesala llena de amigos de los encomenderos, todos de seda sombreros
de plumas, con collares de oro de los indios americanos: al ministro no
le poda hablar, porque tena encomiendas l, y tena minas, o gozaba
los frutos de las que posea en cabeza de otros. De miedo de perder el
favor de la corte, no le ayudaban los mismos que no tenan en Amrica
inters. Los que ms lo respetaban, por bravo, por justo, por astuto,
por elocuente, no lo queran decir, o lo decan donde no los oyeran:
porque los hombres suelen admirar al virtuoso mientras no los avergenza
con su virtud o les estorba las ganancias; pero en cuanto se les pone en
su camino, bajan los ojos al verlo pasar, o dicen maldades de l, o
dejan que otros las digan, o lo saludan a medio sombrero, y le van
clavando la pualada en la sombra. El hombre virtuoso debe ser fuerte de
nimo, y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los dems le
ayuden, porque estar siempre solo: pero con la alegra de obrar bien,
que se parece al cielo de la maana en la claridad!

Y como l era tan sagaz que no deca cosa que pudiera ofender al rey ni
a la Inquisicin, sino que peda la bondad con los indios para bien del
rey, y para que se hiciesen ms de veras cristianos, no tenan los de la
corte modo de negrsele a las claras, sino que fingan estimarle mucho
el celo, y una vez le daban el ttulo de Protector Universal de los
Indios, con la firma de Fernando, pero sin modo de que le acatasen la
autoridad de proteger; y otra, al cabo de cuarenta aos de razonar, le
dijeron que pusiera en papel las razones por que opinaba que no deban
ser esclavos los indios; y otra le dieron poder para que llevase
trabajadores de Espaa a una colonia de Cuman donde se haba de ver a
los indios con amor, y no hall en toda Espaa sino cincuenta que
quisieran ir a trabajar, los cuales fueron, con un vestido que tena una
cruz al pecho, pero no pudieron poner la colonia, porque el adelantado
haba ido antes que ellos con las armas, y los indios enfurecidos
disparaban sus flechas de punta envenenada contra todo el que llevaba
cruz. Y por fin le encargaron, como por entretenerlo, que pidiese las
leyes que le parecan a l bien para los indios, cuantas leyes
quisiera, pues que por ley ms o menos no hemos de pelear!, y l las
escriba, y las mandaba el rey cumplir, pero en el barco iba la ley, y
el modo de desobedecerla. El rey le daba audiencia, y haca como que le
tomaba consejo; pero luego entraba Seplveda, con sus pies blandos y sus
ojos de zorra, a traer los recados de los que mandaban los galeones, Y
lo que se haca de verdad era lo que deca Seplveda. Las Casas lo
saba, lo saba bien; pero ni baj el tono, ni se cans de acusar, ni de
llamar crimen a lo que era, ni de contar en su Descripcin las
crueldades, para que el rey mandara al menos que no fuesen tantas, por
la vergenza de que las supiera el mundo. El nombre de los malos no lo
deca, porque era noble y les tuvo compasin. Y escriba como hablaba,
con la letra fuerte y desigual, llena de chispazos de tinta, como
caballo que lleva de jinete a quien quiere llegar pronto, y va
levantando el polvo y sacando luces de la piedra.

Fue obispo por fin, pero no de Cusco, que era obispado rico, sino de
Chiapas, donde por lo lejos que estaba el virrey, vivan los indios en
mayor esclavitud. Fue a Chiapas, a llorar con los indios; pero no slo a
llorar, porque con lgrimas y quejas no se vence a los pcaros, sino a
acusarlos sin miedo, a negarles la iglesia a los espaoles que no
cumplan con la ley nueva que mandaba poner libres a los indios, a
hablar en los consejos del ayuntamiento, con discursos que eran a la vez
tiernos y terribles, y dejaban a los encomenderos atrevidos como los
rboles cuando ha pasado el vendabal. Pero los encomenderos podan ms
que l, porque tenan el gobierno de su lado; y le componan cantares en
que le decan traidor y espaol malo; y le daban de noche msicas de
cencerro, y le disparaban arcabuces a la puerta para ponerlo en temor, y
le rodeaban el convento armados,--todos armados, contra un viejo flaco y
solo. Y hasta le salieron al camino de Ciudad Real para que no volviera
a entrar en la poblacin. El vena a pie, con su bastn, y con dos
espaoles buenos, y un negro que lo quera como a padre suyo: porque es
verdad que las Casas por el amor de los indios, aconsej al principio de
la conquista que se siguiese trayendo esclavos negros, que resistan
mejor el calor; pero luego que los vio padecer, se golpeaba el pecho, y
deca: con mi sangre quisiera pagar el pecado de aquel consejo que di
por mi amor a los indios! Con su negro carioso vena, y los dos
espaoles buenos. Vena tal vez de ver cmo salvaba a la pobre india que
se le abraz a las rodillas a la puerta de su templo mexicano, loca de
dolor porque los espaoles le haban matado al marido de su corazn, que
fue de noche a rezarles a los dioses: y vio de pronto las Casas que
eran indios los centinelas que los espaoles le haban echado para que
no entrase! El les daba a los indios su vida, y los indios venan a
atacar a su salvador, porque se lo mandaban los que los azotaban! Y no
se quej, sino que dijo as: Pues por eso, hijos mos, os tengo de
defender ms, porque os tienen tan martirizados que no tenis ya valor
ni para agradecer. Y los indios, llorando, se echaron a sus pies, y le
pidieron perdn. Y, entr en Ciudad Real, donde los encomenderos lo
esperaban, armados de arcabuz y can, como para ir a la guerra. Casi a
escondidas tuvo que embarcarlo para Espaa el virrey, porque los
encomenderos lo queran matar. El se fue a su convento, a pelear, a
defender, a llorar, a escribir. Y muri, sin cansarse, a los noventa y
dos aos.




Los zapaticos de rosa

_A mademoiselle Marie: Jos Mart_


/P

    Hay sol bueno y mar de espuma,
    Y arena fina, y Pilar
    Quiere salir a estrenar
    Su sombrerito de pluma.

    --Vaya la nia divina!
    Dice el padre, y le da un beso:
    Vaya mi pjaro preso
    A buscarme arena fina.

    --Yo voy con mi nia hermosa,
    Le dijo la madre buena:
    No te manches en la arena
    Los zapaticos de rosa!

    Fueron las dos al jardn
    Por la calle del laurel:
    La madre cogi un clavel
    Y Pilar cogi un jazmn.

    Ella va de todo juego,
    Con aro, y balde, y paleta:
    El balde es color violeta:
    El aro es color de fuego.

    Vienen a verlas pasar:
    Nadie quiere verlas ir:
    La madre se echa a rer,
    Y un viejo se echa a llorar.

    El aire fresco despeina
    A Pilar, que viene y va
    Muy oronda:--Di, mam!
    T sabes qu cosa es reina?

    Y por si vuelven de noche
    De la orilla de la mar,
    Para la madre y Pilar
    Manda luego el padre el coche.

    Est la playa muy linda:
    Todo el mundo est en la playa:
    Lleva espejuelos el aya
    De la francesa Florinda.

    Est Alberto, el militar
    Que sali en la procesin
    Con tricornio y con bastn,
    Echando un bote a la mar.

    Y qu mala, Magdalena
    Con tantas cintas y lazos,
    A la mueca sin brazos
    Enterrndola en la arena!

    Conversan all en las sillas,
    Sentadas con los seores,
    Las seoras, como flores,
    Debajo de las sombrillas.

    Pero est con estos modos
    Tan serios, muy triste el mar:
    Lo alegre es all, al doblar,
    En la barranca de todos!

    Dicen que suenan las olas
    Mejor all en la barranca,
    Y que la arena es muy blanca
    Donde estn las nias solas.

    Pilar corre a su mam:
    --Mam, yo voy a ser buena:
    Djame ir sola a la arena:
    All, t me ves, all!

    --Esta nia caprichosa!
    No hay tarde que no me enojes:
    Anda, pero no te mojes
    Los zapaticos de rosa.

    Le llega a los pies la espuma:
    Gritan alegres las dos:
    Y se va, diciendo adis,
    La del sombrero de pluma.

    Se va all, donde muy lejos!
    Las aguas son ms salobres,
    Donde se sientan los pobres,
    Donde se sientan los viejos!

    Se fue la nia a jugar,
    La espuma blanca baj,
    Y pas el tiempo, y pas
    Un guila por el mar,

    Y cuando el sol se pona
    Detrs de un monte dorado,
    Un sombrerito callado
    Por las arenas vena.

    Trabaja mucho, trabaja
    Para andar: qu es lo que tiene
    Pilar que anda as, que viene
    Con la cabecita baja?

    Bien sabe la madre hermosa
    Por qu le cuesta el andar:
    --Y los zapatos, Pilar,
    Los zapaticos de rosa?

    Ah, loca! en dnde estarn?
    Di dnde, Pilar!--Seora,
    Dice una mujer que llora:
    Estn conmigo: aqu estn!

    Yo tengo una nia enferma
    Que llora en el cuarto oscuro
    Y la traigo al aire puro
    A ver el sol, y a que duerma

    Anoche so, so
    Con el cielo, y oy un canto:
    Me dio miedo, me dio espanto,
    Y la traje, y se durmi.

    Con sus dos brazos menudos
    Estaba como abrazando;
    Y yo mirando, mirando
    Sus piececitos desnudos.

    Me lleg al cuerpo la espuma,
    Alc los ojos, y vi
    Esta nia frente a m
    Con su sombrero de pluma.

    --Se parece a los retratos
    Tu nia! dijo: Es de cera?
    Quiere jugar? si quisiera!...
    Y por qu est sin zapatos?

    Mira: la mano le abrasa,
    Y tiene los pies tan fros!
    Oh, toma, toma los mos:
    Yo tengo ms en mi casa!

    No s bien, seora hermosa,
    Lo que sucedi despus:
    Le vi a mi hijita en los pies
    Los zapaticos de rosa!

    Se vio sacar los pauelos
    A una rusa y a una inglesa;
    El aya de la francesa
    Se quit los espejuelos.

    Abri la madre los brazos:
    Se ech Pilar en su pecho,
    Y sac el traje deshecho,
    Sin adornos y sin lazos.

    Todo lo quiere saber
    De la enferma la seora:
    No quiere saber que llora
    De pobreza una mujer!

    --S, Pilar, dselo! y eso
    Tambin! tu manta! tu anillo!
    Y ella le dio su bolsillo,
    Le dio el clavel, le dio un beso.

    Vuelven calladas de noche
    A su casa del jardn:
    Y Pilar va en el cojn
    De la derecha del coche.

    Y dice una mariposa
    Que vio desde su rosal
    Guardados en un cristal
    Los zapaticos de rosa.

P/




La ltima pgina


Este es el nmero de _La Edad de Oro_, donde se ve lo viejo y lo nuevo
del mundo, y se aprende cmo las cosas de guerra y de muerte no son tan
bellas como las de trabajar: a saber si el tiempo del Padre las Casas
era mejor que el de la Exposicin de Pars! Y quin es mejor: Masicas,
o Pilar? Slo que en todo lo de esta vida hay siempre un desventurado. Y
el desventurado de _La Edad de Oro_ es el artculo sobre la _Historia
de la Cuchara_, _el Tenedor y el Cuchillo_, que en cada nmero se
anuncia muy orondo, como si fuera una maravilla, y luego sucede que no
queda lugar para l. Lo que le est muy bien empleado, por pedante, y
por andarse anunciando as. Las cosas buenas se deben hacer sin llamar
al universo para que lo vea a uno pasar. Se es bueno porque s; y porque
all adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha
dicho algo til a los dems. Eso es mejor que ser prncipe: ser til.
Los nios deban echarse a llorar, cuando ha pasado el da sin que
aprendan algo nuevo, sin que sirvan de algo.

Quin sabe si sirve, quin sabe, el artculo de la Exposicin de Pars!
Pero va a suceder como con la Exposicin, que de grande que es no se la
puede ver, toda, y la primera vez se sale de all como con chispas y
joyas en la cabeza, pero luego se ve ms despacio, y cada hermosura va
apareciendo entera y clara entre las otras. Hay que leerlo dos veces: y
leer luego cada prrafo suelto: lo que hay que leer, sobre todo, con
mucho cuidado, es lo de los pabellones de nuestra Amrica. Una pena,
tiene _La Edad de Oro_; y es que no pudo encontrar lmina del pabelln
del Ecuador. Est triste la mesa cuando falta uno de los hermanos!




Un paseo por la tierra de los anamitas


Cuentan un cuento de cuatro hinds ciegos, de all del Indostn de Asia,
que eran ciegos desde el nacer, y queran saber cmo era un elefante.
Vamos, dijo uno, adonde el elefante manso de la casa del raj, que es
prncipe generoso, y nos dejar saber cmo es. Y a citas del prncipe
se fueron, con su turbante blanco y su manto blanco; y oyeron en el
camino rugir a la pantera y graznar al faisn de color de oro, que es
como un pavo con dos plumas muy largas en la cola; y durmieron de noche
en las ruinas de piedra de la famosa Jehanabad, donde hubo antes mucho
comercio y poder; y pasaron por sobre un torrente colgndose mano a mano
de una cuerda, que estaba a los dos lados levantada sobre una horquilla,
como la cuerda floja en que bailan los gimnastas en los circos; y un
carretero de buen corazn les dijo que se subieran en su carreta, porque
su buey giboso de astas cortas era un buey bonazo, que debi ser algo
as como abuelo en otra vida, y no se enojaba porque se le subieran los
hombres encima, sino que miraba a los caminantes como convidndoles a
entrar en el carro. Y as llegaron los cuatro ciegos al palacio del
raj, que era por fuera como un castillo, y por dentro como una caja de
piedras preciosas, lleno todo de cojines y de colgaduras, y el techo
bordado, y las paredes con florones de esmeraldas y zafiros, y las
sillas de marfil, y el trono del raj de marfil y de oro. Venimos,
seor raj, a que nos deje ver con nuestras manos, que son los ojos de
los pobres ciegos, cmo es de figura un elefante manso. Los ciegos son
santos, dijo el raj, los hombres que desean saber son santos: los
hombres deben aprenderlo todo por s mismos, y no creer sin preguntar,
ni hablar sin entender, ni pensar como esclavos lo que les mandan pensar
otros: vayan los cuatro ciegos a ver con sus manos el elefante manso.
Echaron a correr los cuatro, como si les hubiera vuelto de repente la
vista: uno cay de nariz sobre las gradas del trono del raj: otro dio
tan recio contra la pared que se cay sentado, viendo si se le haba ido
en el coscorrn algn retazo de cabeza: los otros dos, con los brazos
abiertos, se quedaron de repente abrazados. El secretario del raj los
llev adonde el elefante manso estaba, comindose su racin de treinta y
nueve tortas de arroz y quince de maz, en una fuente de plata con el
pie de bano; y cada ciego se ech, cuando el secretario dijo ahora!,
encima del elefante, que era de los pequeos y regordetes: uno se le
abraz por una pata: el otro se le prendi a la trompa, y suba en el
aire y bajaba, sin quererla soltar: el otro le sujetaba la cola: otro
tena agarrada un asa de la fuente del arroz y el maz. Ya s deca el
de la pata: el elefante es alto y redondo, como una torre que se
mueve. No es verdad!, deca el de la trompa: el elefante es largo,
y acaba en pico, como un embudo de carne. Falso y muy falso!, deca
el de la cola: el elefante es como un badajo de campana Todos se
equivocan, todos; el elefante es de figura de anillo, y no se mueve,
deca el del asa de la fuente. Y as son los hombres, que cada uno cree
que slo lo que l piensa y ve es la verdad, y dice en verso y en prosa
que no se debe creer sino lo que l cree, lo mismo que los cuatro ciegos
del elefante, cuando lo que se ha de hacer es estudiar con cario lo que
los hombres han pensado y hecho, y eso da un gusto grande, que es ver
que todos los hombres tienen las mismas penas, y la historia igual, y el
mismo amor, y que el mundo es un templo hermoso, donde caben en paz los
hombres todos de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad,
y han escrito en sus libros que es til ser bueno, y han padecido y
peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento.

Tambin, y tanto como los ms bravos, pelearon, y volvern a pelear, los
pobres anamitas, los que viven de pescado y arroz y se visten de seda,
all lejos, en Asia, por la orilla del mar, debajo de China. No nos
parecen de cuerpo hermoso, ni nosotros les parecemos hermosos a ellos:
ellos dicen que es un pecado cortarse el pelo, porque la naturaleza nos
dio pelo largo, y es un presumido el que se crea ms sabio que la
naturaleza, as que llevan el pelo en moo, lo mismo que las mujeres:
ellos dicen que el sombrero es para que d sombra, a no ser que se le
lleve como seal de mando en la casa del gobernador, que entonces puede
ser casquete sin alas: de modo que el sombrero anamita es como un
cucurucho, con el pico arriba, y la boca muy ancha: ellos dicen que en
su tierra caliente se ha de vestir suelto y ligero, de modo que llegue
al cuerpo el aire, y no tener al cuerpo preso entre lanas y casimires,
que se beben los rayos del sol, y sofocan y arden: ellos dicen que el
hombre no necesita ser de espaldas fuertes, porque los cambodios son ms
altos y robustos que los anamitas, pero en la guerra los anamitas han
vencido siempre a sus vecinos los cambodios; y que la mirada no debe ser
azul, porque el azul engaa y abandona, como la nube del cielo y el agua
del mar; y que el color no debe ser blanco, porque la tierra, que da
todas las hermosuras, no es blanca, sino de los colores de bronce de los
anamitas; y que los hombres no deben llevar barba, que es cosa de
fieras: aunque los franceses, que son ahora los amos de Anam, responden
que esto de la barba no es ms que envidia, porque bien que se deja el
anamita el poco bigote que tiene: y en sus teatros, quin hace de rey,
sino el que tiene la barba ms larga? y el mandarn, no sale a las
tablas con bigotes de tigre? y los generales, no llevan barba colorada?
Y para qu necesitamos tener los ojos ms grandes, dicen los
anamitas, ni ms juntos a la nariz?: con estos ojos de almendra que
tenemos, hemos fabricado el Gran Buda de Hanoi, el dios de bronce, con
cara que parece viva, y alto como una torre; hemos levantado la pagoda
de Angkor, en un bosque de palmas, con corredores de a dos leguas, y
lagos en los patios, y una casa en la pagoda para cada dios, y mil
quinientas columnas, y calles de estatuas; hemos hecho en el camino de
Saign a Cholen, la pagoda donde duermen, bajo una corona de torres
caladas, los poetas, que cantaron el patriotismo y el amor, los santos
que vivieron entre los hombres con bondad y pureza, los hroes que
pelearon por libertamos de los cambodios, de los siameses y de los
chinos: y nada se parece tanto, a la luz como los colores de nuestras
tnicas de seda. Usamos moo, y sombrero de pico, y calzones anchos, y
blusn de color, y somos amarillos, chatos, canijos y feos; pero
trabajamos a la vez el bronce y la seda: y cuando los franceses nos han
venido a quitar nuestro Hanoi, nuestro Hue, nuestras ciudades de
palacios de madera, nuestros puertos llenos de casas de bamb y de
barcos de junco, nuestros almacenes de pescado y arroz, todava, con
estos ojos de almendra, hemos sabido morir, miles sobre miles, para
cerrarles el camino. Ahora son nuestros amos; pero maana quin sabe!

Y se pasean callados, a paso igual y triste, sin sorprenderse de nada,
aprendiendo lo que no saben, con las manos en los bolsillos de la blusa:
de la blusa azul, sujeta al cuello con un botn de cristal amarillo: y
por zapato llevan una suela de cordn, atada al tobillo con cintas. Ese
es el traje del pescador; del que fabrica las casas de caa, con el
techo de paja de arroz; del marino ligero, en su barca de dos puntas;
del ebanista, que maneja la herramienta con los pies y las manos, y
embute los adornos de ncar en las camas y sillas de madera preciosa;
del tejedor, que con los hilos de plata y de oro borda pjaros de tres
cabezas, y leones con picos y alas, y cigeas con ojos de hombre, y
dioses de mil brazos: se es el traje del pobre cargador, que se muere
joven del cansancio de halar la _djirincka_, que es el coche de dos
ruedas, de que va halando el anamita pobre: trota, trota como un
caballo: ms que el caballo anda, y ms aprisa: y dentro, sin pena y
sin vergenza, va un hombre sentado!: como los caballos se mueren
despus, del mal de correr, los pobres cargadores. Y de beber clarete y
borgoa, y del mucho comer, se mueren, colorados y gordos, los que se
dejan halar en la _djirincka_, echndose aire con el abanico; los
militares ingleses, los empleados franceses, los comerciantes chinos.

Y ese pueblo de hombres trotones es el que levant las pagodas de tres
pisos, con lagos en los patios, y casas para cada dios, y calles de
estatuas; el que fabric leones de porcelana y gigantes de bronce; el
que teji la seda con tanto color que centellea al sol, como una capa de
brillantes? A eso llegan los pueblos que se cansan de defenderse: a
halar como las bestias del carro de sus amos: y el amo va en el carro,
colorado y gordo. Los anamitas estn ahora cansados. A los pueblos
pequeos les cuesta mucho trabajo vivir. El pueblo anamita se ha estado
siempre defendiendo. Los vecinos fuertes, el chino y el siams, lo han
querido conquistar. Para defenderse del siams, entr en amistades con
el chino, que le dijo muchos amores, y lo recibi con procesiones y
fuegos y fiestas en los ros, y le llam querido hermano. Pero luego
que entr en la tierra de Anam, lo quiso mandar como dueo, hace como
dos mil aos: y dos mil aos hace que los anamitas se estn defendiendo
de los chinos! Y con los franceses les sucedi as tambin, porque con
esos modos de mando que tienen los reyes no llegan nunca los pueblos a
crecer, y ms all, que es como en China, donde dicen que el rey es hijo
del cielo, y creen pecado mirarlo cara a cara, aunque los reyes saben
que son hombres como los dems, y pelean unos contra otros para tener
ms pueblos y riquezas: y los hombres mueren sin saber porqu,
defendiendo a un rey o a otro. En una de esas peleas de reyes andaba por
Anam un obispo francs, que hizo creer al rey vencido que Luis XVI de
Francia le dara con qu pelear contra el que le quit el mando al de
Anam: y el obispo se fue a Francia con el hijo del rey, y luego vino
solo, porque con la revolucin que haba en Pars no lo poda Luis XVI
ayudar; junt a los franceses que haba por la India de Asia: entr en
Anam; quit el poder al rey nuevo; puso al rey de antes a mandar. Pero
quien mandaba de veras eran los franceses, que queran para ellos todo
lo del pas, y quitaban lo de Anam para poner lo suyo, hasta que Anam
vio que aquel amigo de afuera era peligroso, y vala ms estar sin el
amigo, y lo ech de una pelea de la tierra, que todava saba pelear:
slo que los franceses vinieron luego con mucha fuerza, y con
caones en sus barcos de combate, y el anamita no se pudo defender en el
mar con sus barcos de junco, que no tenan caones; ni pudo mantener
sus ciudades, porque con lanzas no se puede pelear contra balas; y por
Saign, que fue por donde entr el francs, hay poca piedra con que
fabricar murallas; ni estaba el anamita acostumbrado a ese otro modo de
pelear, sino a sus guerras de hombre a hombre, con espada y lanza, pecho
a pecho los hombres y los caballos. Pueblo a pueblo se ha estado
defendiendo un siglo entero del francs, huyndole unas veces, otras
cayndole encima, con todo el empuje de los caballos, y despedazndole
el ejrcito: China le mand sus jinetes de pelea, porque tampoco quieren
los chinos al extranjero en su tierra, y echarlo de Anam era como
echarlo de China: pero l francs es de otro mundo, que sabe ms de
guerras y de modos de matar; y pueblo a pueblo, con la sangre a la
cintura, les ha ido quitando el pas a los anamitas.

Los anamitas se pasean, callados, a paso igual y triste, con las manos
en los bolsillos de la blusa azul. Trabajan. Parecen plateros finos en
todo lo que hacen, en la madera, en el ncar, en la armera, en los
tejidos, en las pinturas, en los bordados, en los arados. No aran con
caballo ni con buey, sino con bfalo. La tela de los vestidos la pintan
a mano. Con los cuchillos de tallar labran en la madera dura pueblos
enteros, con la casa al fondo, y los barcos navegando en el ro, y la
gente a miles en los barcos, y rboles, y faroles, y puentes, y botes de
pescadores, todo tan menudo como si lo hubieran hecho con la ua. La
casa es como para enanos, y tan bien hecha que parece casa de juguete,
toda hecha de piezas. Las paredes, las pintan: los techos, que son de
madera, los tallan con mucha labor, como las paredes de afuera: por
todos los rincones hay vasos de porcelana, y los grifos de bronce con
las alas abiertas, y pantallas de seda bordada, con marcos de bamb. No
hay casa sin su atad, que es all un mueble de lujo, con los adornos de
ncar: los hijos buenos le dan al padre como regalo un atad lujoso, y
la muerte es all como una fiesta, con su msica de ruido y sus cantares
de pagoda: no les parece que la vida es propiedad del hombre, sino
prstamo que le hizo la naturaleza, y morir no es ms que volver a la
naturaleza de donde se vino, y en la que todo es como hermano del
hombre; por lo que suele el que muere decir en su testamento que pongan
un brazo o una pierna suya adonde lo puedan picar los pjaros, y
devorarlo las fieras, y deshacerlo los animales invisibles que vuelan en
el viento. Desde que viven en la esclavitud, van mucho los anamitas a
sus pagodas, porque all les hablan los sacerdotes de los santos del
pas, que no son los santos de los franceses: van mucho a los teatros,
donde no les cuentan cosas de rer, sino la historia de sus generales y
de sus reyes: ellos oyen encuclillados, callados, la historia de las
batallas.

Por dentro es la pagoda como una cinceladura, con encajes de madera
pintada de colores alrededor de los altares; y en las columnas sus
mandamientos y sus bendiciones en letras plateadas y doradas; y los
santos de oro, familias enteras de santos, en el altar tallado. Delante
van y vienen los sacerdotes, con sus manteos de tis precioso, o de seda
verde y azul, y el bonete de tejido de oro, uno con la flor del loto,
que es la flor de su dios, por lo hermosa y lo pura, y otro cargndole
el manteo al de la flor, y otros cantando: detrs van los encapuchados,
que son sacerdotes menores, con msicas y banderines, coreando la
oracin: en el altar, con sus mitras brillantes, ven la fiesta los
dioses sentados. Buda es su gran dios, que no fue dios cuando vivi de
veras, sino un prncipe bueno, tan fuerte de cuerpo que mano a mano
echaba por tierra a leones jvenes, y tan hermoso que lo quera como a
su corazn el que lo vea una vez, y de tanto pensamiento que no podan
los doctores discutir con l, porque de nio saba ms que los doctores
ms sabios y viejos. Y luego se cas, y quera mucho a su mujer y a su
hijo; pero una tarde que sali en su carro de perlas y plata a pasear,
vio a un viejo pobre, vestido de harapos, y volvi del paseo triste: y
otra tarde vio a un moribundo, y no quiso pasear ms: y otra tarde vio a
un muerto, y su tristeza fue ya mucha: y otra vio a un monje que peda
limosnas, y el corazn le dijo que no deba andar en carro de plata y de
perlas, sino pensar en la vida, que tena tantas penas, y vivir solo,
donde se pudiera pensar, y pedir limosna para los infelices, como el
monje. Tres veces le dio en su palacio la vuelta a la cama de su mujer y
de su hijo, como si fuera un altar, y solloz: y sinti como que el
corazn se le mora en el pecho. Pero se fue, en lo oscuro de la noche,
al monte, a pensar en la vida, que tena tanta pena, a vivir sin deseos
y sin mancha, a decir sus pensamientos a los que se los queran or, a
pedir limosna para los pobres, como el monje. Y no coma, ms que lo que
un pjaro: y no beba, ms que para no morirse de sed: y no dorma, sino
sobre la tierra de su cabaa: y no andaba, sino con los pies descalzos.
Y cuando el demonio Mara le vena a hablar de la hermosura de su mujer,
y de las gracias de su nio, y de la riqueza de su palacio, y de la
arrogancia de mandar en su pueblo como rey, l llamaba a sus discpulos,
para consagrarse otra vez ante ellos a la virtud: y el demonio Mara hua
espantado. Esas son cosas que los hombres suean, y llaman demonios a
los consejos malos que vienen de lado feo del corazn; slo que como el
hombre se ve con cuerpo y nombre, pone nombre y cuerpo, como si fuesen
personas, a todos los poderes y fuerzas que imagina: y se es poder de
veras, el que viene de lo feo del corazn, y dice al hombre que viva
para sus gustos ms que para sus deberes, cuando la verdad es que no hay
gusto mayor, no hay delicia ms grande, que la vida de un hombre que
cumple con su deber, que est lleno alrededor de espinas!: pero que es
mas bello, ni da ms aromas que una rosa? Del monte volvi Buda, porque
pens, despus de mucho pensar, que con vivir sin comer y beber no se
hacia bien a los hombres, ni con dormir en el suelo, ni con andar
descalzo, sino que estaba la salvacin en conocer las cuatro verdades,
que dicen que la vida es toda de dolor, y que el dolor viene de desear,
y que para vivir sin dolor es necesario vivir sin deseo, y que el dulce
nirvana, que es la hermosura como de luz que le da al alma el
desinters, no se logra viviendo, como loco o glotn, para los gustos de
lo material, y para amontonar a fuerza de odio y humillaciones el mando
y la fortuna, sino entendiendo que no se ha de vivir para la vanidad, ni
se ha de querer lo de otros y guardar rencor, ni se ha de dudar de la
armona del mundo o ignorar nada de l o mortificarse con la ofensa y la
envidia, ni se ha de reposar hasta que el alma sea como una luz de
aurora, que llena de claridad y hermosura al mundo, y llore y padezca
por todo lo triste que hay en l, y se vea como mdico y padre de todos
los que tienen razn de dolor: es como vivir en un azul que no se acaba,
con un gusto tan puro que debe ser lo que se llama gloria, y con los
brazos siempre abiertos. As vivi Buda, con su mujer y con su hijo,
luego que volvi del monte. Despus sus discpulos, que eran muchos,
empezaron a vivir de lo que la gente les daba, porque les hablasen de
las verdades de Buda, y de sus hazaas cuando era prncipe, y de cmo
vivi en el monte; y el rey vio que en el nombre de Buda haba poder,
porque la gente miraba todo lo de Buda como cosa del cielo, tan hermoso
que no poda ser hombre el que vivi y habl as. Mand el rey juntar a
los discpulos, para que pusiesen en libros la historia y los sermones y
los consejos de Buda; y puso a los discpulos a sueldo, para que el
pueblo viese juntos el poder del rey y el del cielo, de donde crea el
pueblo que haba venido al mundo Buda. Hubo unos discpulos que hicieron
lo que el rey quera, y salieron con el ejrcito del rey a quitarles a
los pases de los alrededores la libertad, con el pretexto de que les
iban a ensear las verdades de Buda, que haban venido del cielo. Y hubo
otros que dijeron que eso era engao de los discpulos y robo del rey, y
que la libertad de un pueblo pequeo es ms necesaria al mundo que el
poder de un rey ambicioso, y la mentira de los sacerdotes que sirven al
rey por su dinero, y que si Buda hubiera vivido, habra dicho la verdad,
que l no vino del cielo sino como vienen los hombres todos, que traen
el cielo en s mismos, y lo ven, como se ve el sol, cuando, por el
cario a los hombres y la honradez, llegan a ser como si no fuesen de
carne y de hueso, sino de claridad, y al malo le tienen compasin, como
a un enfermo a quien se ha de curar, y al bueno te dan fuerzas, para que
no se canse de animar y de servir al mundo: se s que es cielo, y
gusto divino! Pero los discpulos que estaban con el rey pudieron ms; y
el rey les mand hacer pagodas de muchas torres, donde ponan a Buda de
dios en el altar, y los discpulos se mandaron hacer tnicas de seda y
mantos con mucho oro y bonetes de picos, y a los discpulos ms famosos
los fueron enterrando en las pagodas, con sus estatuas sobre la
sepultura, y les encendan luces de da y de noche, y la gente iba a
arrodillarse delante de ellos, para que les consolaran las penas que da
el mundo, y les dieran lo que deseaban tener en la tierra, y los
recomendaran a Buda en la hora de morir. Miles de aos han pasado, y hay
miles de pagodas. All van los anamitas tristes, que ya no encuentran en
la tierra ayuda, y la van a pedir a lo desconocido del cielo.

Y al teatro van para que no se les acabe la fuerza del corazn. En el
teatro no hay franceses! En el teatro les cuentan los cmicos las
historias de cuando Anam era pas grande, y de tanta riqueza que los
vecinos lo queran conquistar; pero haba muchos reyes, y cada rey
quera las tierras de los otros, as que en las peleas se gast el pas,
y los de afuera, los chinos, los de Siam, los franceses, se juntaban con
el cado para quitar el mando al vencedor, y luego se quedaban de amos,
y tenan en odio a los partidos de la pelea, para que no se juntasen
contra el de afuera, como se deban juntar, y lo echaran por entrometido
y alevoso, que viene como amigo, vestido de paloma, y en cuanto se ve en
el pas, se quita las plumas, y se le ve como es, tigre ladrn. En Anam
el teatro no es de lo que sucede ahora, sino la historia del pas; y la
guerra que el bravo An-Yang le gan al chino Chau-Tu; y los combates
de las dos mujeres, Cheng Tseh y Cheng Urh, que se vistieron de
guerreras, y montaron a caballo, y fueron de generales de la gente de
Anam, y echaron de sus trincheras a los chinos; y las guerras de los
reyes, cuando el hermano del rey muerto quera mandar en Anam, en lugar
de su sobrino, o vena el rey de lejos a quitarle la tierra al rey Hue.
Los anamitas, encuclillados, oyen la historia, que no cuentan los
cmicos hablando o cantando, como en los dramas o, en las peras, sino
con una msica de mucho ruido que no deja or lo que dicen los cmicos,
que vienen vestidos con tnicas muy ricas, bordadas de flores y pjaros
que nunca se han visto, con cascos de oro muy labrados en la cabeza, y
alas en la cintura, cuando son generales, y dos plumas muy largas en el
casco, si son prncipes: y si son gente as, de mucho poder, no se
sientan en las sillas de siempre, sino en sillas muy altas. Y cuentan, y
pelean, y saludan, y conversan, y hacen que toman t, y entran por la
puerta de la derecha, y salen por la puerta de la izquierda: y la msica
toca sin parar, con sus platillos y su timbaln y su clarn y su
violinete; y es un tocar extrao, que parece de aullidos y de gritos sin
arreglo y sin orden, pero se ve que tiene un tono triste cuando se habla
de muerte, y otro como de ataque cuando viene un rey de ganar una
batalla, y otro como de procesin de mucha alegra cuando se casa la
princesa, y otro como de truenos y de ruido cuando entra, con su barba
blanca, el gran sacerdote y cada tono lo adornan los msicos como les
parece bien, inventando el acompaamiento segn lo van tocando, de modo
que parece que es msica sin regla, aunque si se pone bien el odo se ve
que la regla de ellos es dejarle la idea libre al que toca, para que se
entusiasme de veras con los pensamientos del drama, y ponga en la msica
la alegra, o la pena, o la poesa, o la furia que sienta en el corazn,
sin olvidarse del tono de la msica vieja, que todos los de la orquesta
tienen que saber, para que haya una gua en medio del desorden de su
invencin, que es mucho de veras, porque el que no conoce sus tonos no
oye ms que los tamborazos y la algaraba; y as sucede en los teatros
de Anam que a un europeo le da dolor de cabeza, y le parece odiosa, la
msica que al anamita que est junto a l le hace rer de gusto, o
llorar de la pena, segn estn los msicos contando la historia del
letrado pobre que a fuerza de ingenio se fue burlando de los consejeros
del rey, hasta que el consejero lleg a ser el pobre,--o la otra
historia triste del prncipe que se arrepinti de haber llamado al
extranjero a mandar en su pas, y se dej morir de hambre a los pies de
Buda, cuando no haba remedio ya, y haban entrado a miles en la tierra
cobarde los extranjeros ambiciosos, y mandaban en el oro y las fbricas
de seda, y en el reparto de las tierras, y en el tribunal de la justicia
los extranjeros, y los hijos mismos de la tierra ayudaban al extranjero
a maltratar al que defenda con el corazn la libertad de la tierra: la
msica entonces toca bajo y despacio, y como si llorase, y como si se
escondiese debajo de la tierra: y los actores, como si pasase un
entierro, se cubren con las mangas del traje las caras. Y as es la
msica de sus dramas de historia, y de los de pelea, y de los de
casamiento, mientras los actores gritan y andan delante de los msicos
en el escenario, y los generales se echan por la tierra, para figurar
que estn muertos, o pasan la pierna derecha por sobre la espalda de una
silla, para decir que van a montar a caballo, o entran por entre unas
cortinas el novio y la princesa, para que se sepa que se acaban de
casar. Porque el teatro es un saln abierto, sin las bambalinas ni
bastidores, y sin aparatos ni pinturas: sino que cuando la escena va a
cambiar, sale un regidor de blusa y turbante, y se lo dice al pblico, o
pone una mesa, que quiere decir banquete, o cuelga una lanza al fondo,
que quiere decir batalla, o sopla el alcohol que trae en la boca sobre
una antorcha encendida, lo que quiere decir que hay incendio. Y este de
la blusa, que anda poniendo y quitando, sale y entra entre los que hacen
de prncipes de seda y generales de oro, de mil aos atrs, cuando los
parientes del prncipe Ly-Tieng-Vuong queran darle a beber una taza
de t envenenado. All adentro, en lo que no se ve del teatro, hay como
un mostrador, con cajas de pintarse y espejos en la pared, y un rosario
de barbas, de donde el que hace de loco toma la amarilla, y la colorada
el que hace de fiero, y la negra el que hace de rey hermoso, y el que
hace de viejo toma la barba blanca. Y se pinta la cara el que hace de
gobernador, de colorado y de negro. Por encima de todo, en lo ms alto
de la pared, hay una estatua de Buda. Al salir del teatro, los anamitas
van hablando mucho, como enojados, como si quisieran echar a correr, y
parece que quieren convencer a sus amigos cobardes, y que los amenazan.
De la pagoda salen callados, con la cabeza baja, con las manos en los
bolsillos de la blusa azul. Y si un francs les pregunta algo en el
camino, le dicen en su lengua: No s. Y si un anamita les habla de
algo en secreto, le dicen: Quin sabe!




Historia de la cuchara y el tenedor


Cuentan las cosas con tantas palabras raras, y uno no las puede
entender!: como cuando le dicen ahora a uno en la Exposicin de Pars:
Tome una _djirincka--djirincka!--y_ vea en un momento todo lo de la
Explanada: pero primero le tienen que decir a uno lo que es
_djirincka_! Y por eso no entiende uno las cosas: porque no entiende uno
las palabras en que se las dicen. Y luego, que no se lo han de decir a
uno todo de la primera vez, porque es tanto que no se lo puede entender
todo, como cuando entra uno en una catedral, que de grande que es no ve
uno ms que los pilares y los arcos, y la luz all arriba, que entra
como jugando por los cristales; y luego, cuando uno ha estado muchas
veces, ve claro en la oscuridad, y anda como por una casa conocida. Y no
es que uno no quiere saber; porque la verdad es que da vergenza ver
algo y no entenderlo, y el hombre no ha de descansar baste que no
entienda todo lo que ve. La muerte es lo ms difcil de entender; pero
los viejos que han sido buenos dicen que ellos saben lo que es, y por
eso estn tranquilos, porque es como cuando va a salir el sol, y todo se
pone en el mundo fresco y de unos colores hermosos. Y la vida no es
difcil de entender tampoco. Cuando uno sabe para lo que sirve todo lo
que da la tierra, y sabe lo que han hecho los hombres en el mundo,
siente uno deseos de hacer ms que ellos todava: y eso es la vida.
Porque los que se estn con los brazos cruzados, sin pensar y sin
trabajar, viviendo de lo que otros trabajan, sos comen y beben como los
dems hombres, pero en la verdad de la verdad, sos no estn vivos.

Los que estn vivos de veras son los que nos hacen los cubiertos de
comer, que parecen de plata, y no son de plata pura, sino de una mezcla
de metales pobres, a la que le ponen encima con la electricidad uno como
bao de plata. Esos s que trabajan, y hay taller que hace al da
cuatrocientas docenas de cubiertos, y tiene como ms de mil
trabajadores: y muchos son mujeres, que hacen mejor que el hombre todas
las cosa de finura y elegancia. Nosotros, los hombres, somos como el
len del mundo, y como el caballo de pelear, que no est contento ni se
pone hermoso sino cuando huele batalla, y oye ruido de sables y caones.
La mujer no es como nosotros, sino como una flor, y hay que tratarla
as, con mucho cuidado y cario, porque si la tratan mal, se muere
pronto, lo mismo que las flores. Para lo delicado tienen mujeres en esas
obras de platera, para limar las piezas finas, para bordarlas como
encaje, con una sierra que va cortando la plata en dibujos, como esas
mquinas de labrar relojes y cestos y estantes de madera blanda. Pero
para lo fuerte tienen hombres; para hervir los metales, para hacer
ladrillos de ellos, para ponerlos en la mquina delgados como hoja de
papel, para las mquinas de recortar en la hoja muchas cucharas y
tenedores a la vez, para platearlos en la artesa, donde est la plata
hecha agua, de modo que no se la ve, pero en cuanto pasa por la artesa
la electricidad, se echa toda sobre las cucharas y los tenedores, que
estn dentro colgados en hilera de un madero, como las pas de un peine.

Y ya vamos contando la Historia de la Cuchara y el Tenedor. Antes hacan
de plata pura todo lo de la mesa, y las jarras y fruteras que se hacen
hoy en mquina: no ms que para darle figura de jarra a un redondel de
plata estaba el pobre hombre dndole con el martillo alrededor de una
punta del yunque, hasta que empezaba a tener figura de jarrn, y luego
lo hunda de un lado y lo iba anchando de otro, hasta que quedaba
redondo de abajo y estrecho en la boca, y luego, a fuerza de mano, le
iba bordando de adentro los dibujos y las flores. Ahora se hace con
maquina todo eso, y de un vuelo de la rueda queda el redondel hecho un
jarro hueco, y lo de mano no es ms que lo ltimo, cuando va al dibujo
fino de los cinceladores. De esto se puede hablar aqu, porque donde
hacen los jarros, hacen los cubiertos; y el metal, lo mismo tienen que
hervirlo, y mezclarlo, y enfriarlo, y aplastarlo en lminas para hacer
un jarrn que para hacer una cuchara de t. Es hermoso ver eso, y parece
que est uno en las entraas de la tierra, all donde est el fuego como
el mar, que rebosa a veces y quiere salir, que es cuando hay terremotos,
y cuando echan humo y agua caliente y cenizas y lava los volcanes, como
si se estuviera quemando por adentro el mundo. Eso parece el taller de
platera cuando estn derritiendo el metal. En un horno se cocinan las
piedras, que dan humo y se van desmoronando, y parecen cera que se
derrite, y como un agua turbia. En una caldera hierven juntos el nquel,
el cobre y el zinc, y luego enfran la mezcla de los tres metales, y la
cortan en barras antes que se acabe de enfriar. No se sabe qu es; pero
uno ve con respeto, y como con cario, a aquellos hombres de delantal y
cachucha que sacan con la pala larga de un horno a otro el metal
hirviente; tienen cara de gente buena, aquellos hombres de cachucha: ya
no es piedra el metal, como era cuando lo trajo el carretn, sino que lo
que era piedra se ha hecho barro y ceniza con el calor del horno, y el
metal est en la caldera, hirviendo con un ruido que parece susurro,
como cuando se tiende la espuma por la playa, o sopla un aire de maana
en las hojas del bosque. Sin saber por qu, se calla uno, y se siente
como ms fuerte, en el taller de las calderas.

Y despus, es como un paseo por una calle de mquinas. Todas se estn
moviendo a la vez. El vapor es el que las hace andar, pero no tiene cada
mquina debajo la caldera del agua, que da el vapor: el vapor est all,
en lo hondo de la platera, y de all mueve unas correas anchas, que
hacen dar vueltas a las ruedas de andar, y en cuanto se mueve la rueda
de andar en cada mquina, andan las dems ruedas. La primera mquina se
parece a una prensa de enjugar la ropa, donde la ropa sale exprimida
entre dos cilindros de goma: all los cilindros no son de goma, sino de
acero; y la barra de metal sale hecha una lmina, del grueso de un
cartn: es un cartn de metal. Luego viene la agujereadora, que es una
mquina con uno como mortero que baja y sube, como la enca de arriba
cuando se come; y el mortero tiene muchas cuchillas en figura de
martillo de cabeza larga y estrecha, o de una espumadera de mango fino y
cabeza redonda, y cuando baja el mortero todas las cuchillas cortan la
lmina a la vez, y dejan la lmina agujereada, y el metal de cada
agujero cae a un cesto debajo: y se es la cuchara, se es el tenedor.
Cada uno de esos pedazos de metal recortados y chatos de figura de
martillo es un tenedor; cada uno de los de cabeza redonda, como una
moneda muy grande, es una cuchara, Que cmo se le sacan los dientes al
tenedor? Ah! esos recortes chatos, lo mismo que los de las cucharas,
tienen que calentarse otra vez en el horno, porque si el metal no est
caliente se pone tan duro que no se le puede trabajar, y para darle
forma tiene que estar blando. Con unas tenazas van sacando los recortes
del horno: los ponen en un molde de otra mquina que tiene un mortero de
aplastar, y del golpe del mortero ya salen los recortes con figura, y se
le ve al tenedor la punta larga y estrecha. Otra mquina ms fina lo
recorta mejor. Otra le marca los dientes, pero no sueltos ya, como estn
en el tenedor acabado, sino sujetos todava. Otra mquina le recorta las
uniones, y ya est el tenedor con sus dientes. Luego va a los talleres
del trabajo fino. En uno le ponen el filete al mango. En otro le dan la
curva, porque de las mquinas de los dientes sali chato, como una hoja
de papel. En otra le liman y le redondean las esquinas. En otra lo
cincelan si ha de ir adornado, o le ponen las iniciales, si lo quieren
con letras. En otra lo pulen, que es cosa muy curiosa, parecida a la de
las piedras de amolar, slo que la mquina de pulir anda ms de prisa, y
la rueda es de alambres delgados como cabellos, como un cepillo que da
vueltas, y muchas, como que da dos mil quinientas vueltas en un minuto.
Y de all sale el tenedor o la cuchara a la platera de veras, porque es
donde les ponen el bao de la electricidad, y quedan como vestidos con
traje de plata. Los cubiertos pobres, los que van a costar poco, no
llevan ms que un bao o dos: los buenos llevan tres, para que la plata
les dure, aunque nunca dura tanto como la plata que se trabajaba antes
con el martillo. Como las cucharas, pues: antes, para hacer una cuchara,
no haba mquinas de aplastar el metal, ni de sacarlo en lminas
delgadas como ahora, sino que a martillazo puro tena que irlo
aplastando el platero, hasta que estaba como l lo quera, y recortaba
la cuchara a fuerza de mano, y a mueca viva le daba al mango el doblez,
y para hacerle el hueco le daba golpes muy despacio, cada vez en un
punto diferente, encima de un yunque que pareca de jugar, con la punta
redonda, como un huevo, hasta que quedaba hueca por dentro la cuchara.
Ahora la mquina hace eso. Ponen el recorte de figura de espumadera en
uno como yunque, que por la cabeza, donde cae lo redondo, est vaco: de
arriba baja con fuerza el mortero, que tiene por debajo un huevo de
hierro, y mete lo redondo del recorte en lo hueco del yunque. Ya est la
cuchara. Luego la liman, y la adornan, y la pulen como el tenedor, y la
llevan al bao de plata: porque es un bao verdadero, en que la plata
est en el agua, deshecha, con una mezcla que llaman cianuro de
potasio--los nombres qumicos son todos as!: y entra en el bao la
electricidad, que es un poder que no se sabe lo que es, pero da luz, y
calor, y movimiento, y fuerza, y cambia y descompone en un instante los
metales, y a unos los separa, y a los otros los junta, como en este bao
de platear que, en cuanto la electricidad entra y lo revuelve, echa toda
la plata del agua sobre las cucharas y los tenedores colgados dentro de
l. Los sacan chorreando. Los limpian con sal de potasa. Los tienen al
calor sobre lminas de hierro caliente. Los secan bien en tinas de
aserrn. Los bruen en la mquina de cepillar. Con la badana les sacan
brillo. Y nos los mandan a la casa, blancos como la luz, en su caja de
terciopelo o de seda.




La mueca negra


De puntillas, de puntillas, para no despertar a Piedad, entran en el
cuarto de dormir el padre y la madre. Vienen rindose, como dos
muchachones. Vienen de la mano, como dos muchachos. El padre viene
detrs, como si fuera a tropezar con todo. La madre no tropieza; porque
conoce el camino. Trabaja mucho el padre, para comprar todo lo de la
casa, y no puede ver a su hija cuando quiere! A veces, all en el
trabajo, se re solo, o se pone de repente como triste, o se le ve en la
cara como una luz: y es que est pensando en su hija: se le cae la pluma
de la mano cuando piensa as, pero enseguida empieza a escribir, y
escribe tan de prisa, tan de prisa, que es como si la pluma fuera
volando. Y le hace muchos rasgos a la letra, y las oes le salen grandes
como un sol, y las ges largas como un sable, y las eles estn debajo de
la lnea, como si se fueran a clavar en el papel, y las eses caen al fin
de la palabra, como una hoja de palma; tiene que ver lo que escribe el
padre cuando ha pensado mucho en la nia! El dice que siempre que le
llega por la ventana el olor de las flores del jardn, piensa en ella. O
a veces, cuando est trabajando cosas de nmeros, o poniendo un libro
sueco en espaol, la ve venir, venir despacio, como en una nube, y se le
sienta al lado, le quita la pluma, para que repose un poco, le da un
beso en la frente, le tira de la barba rubia, le esconde el tintero: es
sueo no ms, no ms que sueo, como esos que se tienen sin dormir, en
que ve uno vestidos muy bonitos, o un caballo vivo de cola muy larga, o
un cochecito con cuatro chivos blancos, o una sortija con la piedra
azul: sueo es no ms, pero dice el padre que es como si lo hubiera
visto, y que despus tiene ms fuerza y escribe mejor. Y la nia se va,
se va despacio por el aire, que parece de luz todo: se va como una nube.

Hoy el padre no trabaj mucho, porque tuvo que ir a una tienda: a qu
ira el padre a una tienda?: y dicen que por la puerta de atrs entr
una caja grande: qu vendr en la caja?: a saber lo que vendr!:
maana hace ocho aos que naci Piedad. La criada fue al jardn, y se
pinch el dedo por cierto, por querer coger, para un ramo que hizo, una
flor muy hermosa. La madre a todo dice que s, y se puso el vestido
nuevo, y le abri la jaula al canario. El cocinero est haciendo un
pastel, y recortando en figura de flores los nabos y las zanahorias, y
le devolvi a la lavandera el gorro, porque tena una mancha que no se
vea apenas, pero, hoy, hoy, seora lavandera, el gorro ha de estar
sin mancha! Piedad no saba, no saba. Ella s vio que la casa estaba
como el primer da de sol, cuando se va ya la nieve, y les salen las
hojas a los rboles. Todos sus juguetes se los dieron aquella noche,
todos. Y el padre lleg muy temprano del trabajo, a tiempo de ver a su
hija dormida. La madre lo abraz cuando lo vio entrar: y lo abraz de
veras! Maana cumple Piedad ocho aos.

El cuarto est a media luz, una luz como la de las estrellas, que viene
de la lmpara de velar, con su bombillo de color de palo. Pero se ve,
hundida en la almohada, la cabecita rubia. Por la ventana entra la
brisa, y parece que juegan, las mariposas que no se ven, con el cabello
dorado. Le da en el cabello la luz. Y la madre y el padre vienen
andando, de puntillas. Al suelo, el tocador de jugar! Este padre
ciego, que tropieza con todo! Pero la nia no se ha despertado. La luz
le da en la mano ahora; parece una rosa la mano. A la cama no se puede
llegar; porque estn alrededor todos los juguetes, en mesas y sillas En
una silla est el bal que le mand en pascuas la abuela, lleno de
almendras y de mazapanes: boca abajo est el bal, como si lo hubieran
sacudido, a ver si caa alguna almendra de un rincn, o si andaban
escondidas por la cerradura algunas migajas de mazapn; eso es, de
seguro, que las muecas tenan hambre! En otra silla est la loza, mucha
loza y muy fina, y en cada plato una fruta pintada: un plato tiene una
cereza, y otro un higo, y otro una uva: da en el plato ahora la luz, en
el plato del higo, y se ven como chispas de estrella: cmo habr venido
esta estrella a los platos?: Es azcar! dice el pcaro padre: Eso
es, de seguro!: dice la madre, eso es que estuvieron las muecas
golosas comindose el azcar. El costurero est en otra silla, y muy
abierto, como de quien ha trabajado de verdad; el dedal est machucado
de tanto coser!: cort la modista mucho, porque del calic que le dio
la madre no queda ms que un redondel con el borde de picos, y el suelo
est por all lleno de recortes, que le salieron mal a la modista, y
all est la chambra empezada a coser, con la aguja clavada, junto a una
gota de sangre. Pero la sala, y el gran juego, est en el velador, al
lado de la cama. El rincn, all contra la pared, es el cuarto de dormir
de las muequitas de loza, con su cama de la madre, de colcha de flores,
y al lado una mueca de traje rosado, en una silla roja: el tocador est
entre la cama y la cuna, con su muequita de trapo, tapada hasta la
nariz, y el mosquitero encima: la mesa del tocador es una cajita de
cartn castao, y el espejo es de los buenos, de los que vende la seora
pobre de la dulcera, a dos por un centavo. La sala est en lo de
delante del velador, y tiene en medio una mesa, con el pie hecho de un
carretel de hilo, y lo de arriba de una concha de ncar, con una jarra
mexicana en medio, de las que traen los muecos aguadores de Mxico: y
alrededor unos papelitos doblados, que son los libros. El piano es de
madera, con las teclas pintadas; y no tiene banqueta de tomillo, que eso
es poco lujo, sino una de espaldar, hecha de la caja de una sortija, con
lo de abajo forrado de azul; y la tapa cosida por un lado, para la
espalda, y forrada de rosa; y encima un encaje. Hay visitas, por
supuesto, y son de pelo de veras, con ropones de seda lila de cuartos
blancos, y zapatos dorados: y se sientan sin doblarse, con los pies en
el asiento: y la seora mayor, la que trae gorra color de oro, y est en
el sof, tiene su levantapis, porque del sof se resbala; y el
levantapis es una cajita de paja japonesa, puesta boca abajo: en un
silln blanco estn sentadas juntas, con los brazos muy tiesos, dos
hermanas de loza. Hay un cuadro en la sala, que tiene detrs, para que
no se caiga, un pomo de olor: y es una nia de sombrero colorado, que
trae en los brazos un cordero. En el pilar de la cama, del lado del
velador, est una medalla de bronce, de una fiesta que hubo, con las
cintas francesas: en su gran moa de los tres colores est adornando la
sala el medalln, con el retrato de un francs muy hermoso, que vino de
Francia a pelear porque los hombres fueran libres, y otro retrato del
que invent el pararrayos, con la cara de abuelo que tenla cuando pas
el mar para pedir a los reyes de Europa que lo ayudaran a hacer libre su
tierra: sa es la sala, y el gran juego de Piedad. Y en la almohada,
durmiendo en su brazo, y con la boca desteida de los besos, est su
mueca negra.

Los pjaros del jardn la despertaron por la maanita. Parece que se
saludan los pjaros, y la convidan a volar. Un pjaro llama, y otro
pjaro responde. En la casa hay algo, porque los pjaros se ponen as
cuando el cocinero anda por la cocina saliendo y entrando, con el
delantal volndole por las piernas, y la olla de plata en las dos manos,
oliendo a leche quemada y a vino dulce. En la casa hay algo: porque si
no, para qu est ah, al pie de la cama, su vestidito nuevo, el
vestidito color de perla, y la cinta lila que compraron ayer, y las
medias de encaje? Yo te digo, Leonor, que aqu pasa algo. Dmelo t,
Leonor, t que estuviste ayer en el cuarto de mam, cuando yo fui a
paseo. Mam mala, que no te dej ir conmigo, porque dice que te he
puesto muy fea con tantos besos, y que no tienes pelo, porque te he
peinado mucho! La verdad, Leonor: t no tienes mucho pelo; pero yo te
quiero as, sin pelo, Leonor: tus ojos son los que quiero yo, porque con
los ojos me dices que me quieres: te quiero mucho, porque no te quieren:
a ver! sentada aqu en mis rodillas, que te quiero peinar!: las nias
buenas se peinan en cuanto se levantan: a ver, los zapatos, que ese
lazo no est bien hecho!: y los dientes: djame ver los dientes: las
uas: Leonor, esas uas no estn limpias! Vamos, Leonor, dime la
verdad: oye, oye a los pjaros que parece que tienen baile: dime,
Leonor, qu pasa en esta casa? Y a Piedad se le cay el peine de la
mano, cuando le tena ya una trenza hecha a Leonor; y la otra estaba
toda alborotada. Lo que pasaba, all lo vea ella. Por la puerta vena
la procesin. La primera era la criada, con el delantal de rizos de los
das de fiesta, y la cofia de servir la mesa en los das de visita:
traa el chocolate, el chocolate con crema, lo mismo que el da de ao
nuevo, y los panes dulces en una cesta de plata: luego vena la madre,
con un ramo de flores blancas y azules: ni una flor colorada en el
ramo, ni una flor amarilla!: y luego vena la lavandera, con el gorro
blanco que el cocinero no se quiso poner, y un estandarte que el
cocinero le hizo, con un diario y un bastn: y deca en el estandarte,
debajo de una corona de pensamientos: Hoy cumple Piedad ocho aos! Y
la besaron, y la vistieron con el traje color de perla, y la llevaron,
con el estandarte detrs, a la sala de los libros de su padre, que tena
muy peinada su barba rubia, como si se la hubieran peinado muy despacio,
y redondandole las puntas, y poniendo cada hebra en su lugar. A cada
momento se asomaba a la puerta, a ver si Piedad vena: escriba, y se
pona a silbar: abra un libro, y se quedaba mirando a un retrato, a un
retrato que tena siempre en su mesa, y era como Piedad, una Piedad de
vestido largo. Y cuando oy ruido de pasos, y un vocerrn que vena
tocando msica en un cucurucho de papel, quin sabe lo que sac de una
caja grande?: y se fue a la puerta con una mano en la espalda: y con el
otro brazo carg a su hija. Luego dijo que sinti como que en el pecho
se le abra una flor, y como que se le encenda en la cabeza un palacio,
con colgaduras azules de flecos de oro, y mucha gente con alas: luego
dijo todo eso, pero entonces, nada se le oy decir. Hasta que Piedad dio
un salto en sus brazos, y se le quiso subir por el hombro, porque en un
espejo haba visto lo que llevaba en la otra mano el padre. Es como el
sol el pelo, mam, lo mismo que el sol! ya la vi, ya la vi, tiene el
vestido rosado! dile que me la d, mam: si es de peto verde, de peto
de terciopelo! como las mas son las medias, de encaje como las mas!
Y el padre se sent con ella en el silln, y le puso en los brazos la
mueca de seda y porcelana. Ech a correr Piedad, como si buscase a
alguien. Y yo me quedo hoy en casa por mi nia, le dijo su padre, y
mi nia me deja solo? Ella escondi la cabecita en el pecho de su padre
bueno. Y en mucho, mucho tiempo, no la levant, aunque de veras! le
picaba la barba.

Hubo paseo por el jardn, y almuerzo con un vino de espuma debajo de la
parra, y el padre estaba muy conversador, cogindole a cada momento la
mano a su mam, y la madre estaba como ms alta, y hablaba poco, y era
como msica todo lo que hablaba. Piedad le llev al cocinero una dalia
roja, y se la prendi en el pecho del delantal: y a la lavandera le hizo
una corona de claveles: y a la criada le llen los bolsillos de flores
de naranjo, y le puso en el pelo una flor, con sus dos hojas verdes. Y
luego, con mucho cuidado, hizo un ramo de nomeolvides. Para quin es
ese ramo, Piedad? No s, no s para quin es: quin sabe si es para
alguien! Y lo puso a la orilla de la acequia, donde corra como un
cristal el agua. Un secreto le dijo a su madre, y luego le dijo:
Djame ir! Pero le dijo caprichosa su madre: y tu mueca de seda,
no te gusta? mrale la cara, que es muy linda: y no le has visto los
ojos azules. Piedad s se los haba visto; y la tuvo sentada en la mesa
despus de comer, mirndola sin rerse; y la estuvo enseando a andar en
el jardn. Los ojos era lo que le miraba ella: y le tocaba en el lado
del corazn: Pero, mueca, hblame, hblame! Y la mueca de seda no
le hablaba. Conque no te ha gustado la mueca que te compr, con sus
medias de encaje y su cara de porcelana y su pelo fino? S, mi pap,
s me ha gustado mucho. Vamos, seora mueca, vamos a pasear. Usted
querr coches, y lacayos, y querr dulce de castaas, seora mueca.
Vamos, vamos a pasear. Pero en cuanto estuvo Piedad donde no la vean,
dej a la mueca en un tronco, de cara contra el rbol. Y se sent sola,
a pensar, sin levantar la cabeza, con la cara entre las dos manecitas.
De pronto ech a correr, de miedo de que se hubiese llevado el agua el
ramo de nomeolvides.

--Pero, criada, llvame pronto!--Piedad, qu es eso de criada? T
nunca le dices criada as, como para ofenderla!--No, mam, no: es que
tengo mucho sueo: estoy muerta de sueo. Mira: me parece que es un
monte la barba de pap: y el pastel de la mesa me da vueltas, vueltas
alrededor, y se estn riendo de m las banderitas: y me parece que estn
bailando en el aire las flores de zanahoria: estoy muerta de sueo:
adis, mi madre!: maana me levanto muy tempranito: t, pap, me
despiertas antes de salir: yo te quiero ver siempre antes de que te
vayas a trabajar: oh, las zanahorias! estoy muerta de sueo! Ay,
mam, no me mates el ramo! mira, ya me mataste mi flor!--Conque se
enoja mi hija porque le doy un abrazo?--Pgame, mi mam! pap,
pgame t! es que tengo mucho sueo. Y Piedad sali de la sala de los
libros, con la criada que le llevaba la mueca de seda. Qu de prisa
va la nia, que se va a caer! Quin espera a la nia?--Quin sabe
quien me espera! Y no habl con la criada: no le dijo que le contase el
cuento de la nia jorobadita que se volvi una flor: un juguete no ms
le pidi, y lo puso a los pies de la cama y le acarici a la criada la
mano, y se qued dormida. Encendi la criada la lmpara de velar, con su
bombillo de palo: sali de puntillas: cerr la puerta con mucho
cuidado. Y en cuanto estuvo cerrada la puerta, relucieron dos ojitos en
el borde de la sbana: se alz de repente la cubierta rubia: de rodillas
en la cama, le dio toda la luz a la lmpara de velar: y se ech sobre el
juguete que puso a los pies, sobre la mueca negra. La bes, la abraz,
se la apret contra el corazn: Ven, pobrecita: ven, que esos malos te
dejaron aqu sola: t no ests fea, no, aunque no tengas ms que una
trenza: la fea es sa, la que han trado hoy, la de los ojos que no
hablan: dime, Leonor, dime, t pensaste en m?: mira el ramo que te
traje, un ramo de nomeolvides, de los ms lindos del jardn: as, en el
pecho! sta es mi mueca linda! y no has llorado? te dejaron tan
sola! no me mires as, porque voy a llorar yo! no, t no tienes fro!
aqu conmigo, en mi almohada, vers como te calientas! y me quitaron,
para que no me hiciera dao, el dulce que te traa! as, as, bien
arropadita! a ver, mi beso, antes de dormirte! ahora, la lmpara baja!
y a dormir, abrazadas las dos! te quiero, porque no te quieren!




Cuentos de elefantes


De frica cuentan ahora muchas cosas extraas, porque anda por all la
gente europea descubriendo el pas, y los pueblos de Europa quieren
mandar en aquella tierra rica, donde con el calor del sol crecen plantas
de esencia y alimento, y otras que dan fibras de hacer telas, y hay oro
y diamantes, y elefantes que son una riqueza, porque en todo el mundo se
vende muy caro el marfil de sus colmillos. Cuentan muchas cosas del
valor con que se defienden los negros, y de las guerras en que andan,
como todos los pueblos cuando empiezan a vivir, que pelean por ver quin
es ms fuerte, o por quitar a su vecino lo que quieren tener ellos. En
estas guerras quedan de esclavos los prisioneros que tom en la pelea el
vencedor, que los vende a los moros infames que andan por all buscando
prisioneros que comprar, y luego los venden en las tierras moras. De
Europa van a frica hombres buenos, que no quieren que haya en el mundo
estas ventas de hombres; y otros van por el ansia de saber, y viven aos
entre las tribus bravas, hasta que encuentran una yerba rara, o un
pjaro que nunca se ha visto, o el lago de donde nace un ro: y otros
van de tropa, a sueldo del Khedive que manda en Egipto, a ver como echan
de la tierra a un peleador famoso que llaman el Mahd, y dice que l
debe gobernar, porque l es moro libre y amigo de los pobres, no como el
Khedive, que manda como criado del Sultn turco extranjero, y alquila
peleadores cristianos para pelear contra el moro del pas, y quitar la
tierra a los negros sudaneses. En esas guerras dicen que muri un ingls
muy valiente, aquel Gordon el chino, que no era chino, sino muy blanco
y de ojos muy azules, pero tena el apodo de chino, porque en China hizo
muchas heroicidades, y aquiet a la gente revuelta con el cario ms que
con el poder; que fue lo que hizo en el Sudn, donde viva solo entre
los negros del pas, como su gobernador, y se les pona delante a
regaarlos como a hijos, sin ms armas que sus ojos azules, cuando lo
atacaban con las lanzas y las azagayas, o se echaba a llorar de piedad
por los negros cuando en la soledad de la noche los vea de lejos
hacerse seas, para juntarse en el monte, a ver cmo atacaran a los
hombres blancos. El Mahd pudo ms que l, y dicen que Gordon ha muerto,
o lo tiene preso el Mahd. Mucha gente anda por frica. Hay un Chaillu
que escribi un libro sobre el mono gorila que anda en dos pies, y pelea
a palos con los viajeros que lo quisieren cazar. Livingstone viaj sin
miedo por lo ms salvaje de frica, con su mujer. Stanley est all
ahora, viendo cmo comercia, y salva del Mahd, al gobernador Emn
Pach. Muchos alemanes y franceses andan all explorando, descubriendo
tierras, tratando y cambiando con los negros, y viendo cmo les quitan
el comercio a los moros. Con los colmillos del elefante es con lo que
comercian ms, porque el marfil es raro y fino, y se paga muy caro por
l. Ese de frica es colmillo vivo; pero por Siberia sacan de los hielos
colmillos del mamut, que fue el elefante peludo, grande como una loma,
que ha estado en la nieve, en pie, cincuenta mil aos. Y un ingls,
Logan, dice que no son cincuenta mil, sino que esas capas de hielo se
fueron echando sobre la tierra como un milln de aos hace, y que desde
entonces, desde hace un milln de aos, estn enterrados en la nieve
dura los elefantes peludos.

All se estuvieron en los hielos duros de Siberia, hasta que un da iba
un pescador por la orilla del ro Lena, donde de un lado es de arena la
orilla, y de otro es de capas de hielo, echadas una encima de otra como
las hojas de un pastel, y tan perfectas que parecen cosa de hombre esas
leguas de capas. Y el pescador iba cantando un cantar, en su vestido de
piel, asombrado de la mucha luz, como si estuviese de fiesta en el aire
un sol joven. El aire chispeaba. Se oan estallidos, como en el bosque
nuevo cuando se abre una flor. De las lomas corra, brillante y pura, un
agua nunca vista. Era que se estaban deshaciendo los hielos. Y all,
delante del pobre Shumarkoff, salan del monte helado los colmillos,
gruesos como troncos de rboles, de un animal velludo, enorme, negro.
Como vivo estaba, y en el hielo transparente se le vea el cuerpo
asombroso. Cinco aos tard el hielo en derretirse alrededor de l,
hasta que todo se deshizo, y el elefante cay rodando a la orilla, con
ruido de trueno. Con otros pescadores vino Shumarkoff a llevarse los
colmillos, de tres varas de largo. Y los perros hambrientos le comieron
la carne, que estaba fresca todava, y blanda como carne nueva: de
noche, en la oscuridad, de cien perros a la vez se oa el roer de los
dientes, el gruido de gusto, el ruido de las lenguas. Veinte hombres a
la vez no podan levantar la piel crinuda, en la que era de a vara cada
crin. Y nadie ha de decir que no es verdad, porque en el museo de San
Petersburgo estn todos los huesos, menos uno que se perdi; y un puado
de la lana amarillosa que tena sobre el cuello. De entonces ac, los
pescadores de Siberia han sacado de los hielos como dos mil colmillos de
mamut.

A miles parece que andaban los mamuts, como en pueblos, cuando los
hielos se despearon sobre la tierra salvaje, hace miles de aos; y como
en pueblos andan ahora, defendindose de los tigres y de los cazadores
por los bosques de Asia y de frica; pero ya no son velludos, como los
de Siberia, sino que apenas tienen pelos por los rincones de su piel
blanda y arrugada, que da miedo de veras, por la mucha fealdad, cuando
lo cierto es que con el elefante sucede como con las gentes del mundo,
que porque tienen hermosura de cara y de cuerpo las cree uno de alma
hermosa, sin ver que eso es como los jarrones finos, que no tienen nada
dentro, y una vez pueden tener olores preciosos, y otras peste, y otras
polvo. Con el elefante no hay que jugar, porque en la hora en que se le
enoja la dignidad, o le ofenden la mujer o el hijo, o el viejo, o el
compaero, sacude la trompa como un azote, y de un latigazo echa por
tierra al hombre ms fuerte, o rompe un poste en astillas, o deja un
rbol temblando. Tremendo es el elefante enfurecido, y por manso que sea
en sus prisiones, siempre le llega, cuando calienta el sol mucho en
abril, o cuando se cansa de su cadena, su hora de furor. Pero los que
conocen bien al animal dicen que sabe de arrepentimiento y de ternura,
como un cuento que trae un libro viejo que publicaron, all al
principiar este siglo, los sabios de Francia, donde est lo que hizo un
elefante que mat a su cuidador, que all llaman cornac, porque le haba
lastimado con el arpn la trompa; y cuando la mujer del cornac se le
arrodill desesperada delante con su hijito, y le rog que los matase a
ellos tambin, no los mat, sino que con la trompa le quit el nio a la
madre, y se lo puso sobre el cuello, que es donde los cornacs se
sientan, y nunca permiti que lo montase ms cornac que aqul.

La trompa es lo que ms cuida de todo su cuerpo recio el elefante,
porque con ella come y bebe, y acaricia y respira, y se quita de encima
los animales que le estorban, y se baa. Cuando nada y muy bien que
nadan los elefantes! no se le ve el cuerpo, porque est en el agua todo,
sino la punta de la trompa, con los dos agujeros en que acaban las dos
canales que atraviesan la trompa a lo largo, y llegan por arriba a la
misma nariz, que tiene como dos tapaderas, que abre y cierra segn
quiera recibir el aire, o cerrarle el camino a lo que en las canales
pueda estar. Nadie diga que no es verdad, porque hay quien se ha puesto
a contarlos: como cuarenta mil msculos tiene la trompa del elefante, la
proboscis, como dice la gente de libros: toda es de msculos,
entretejidos como una red: unos estn a la larga, de la nariz a la
punta, y son para mover la trompa adonde el elefante quiere, y
encogerla, enroscarla, subirla, bajarla, tenderla: otros son a lo ancho,
y van de las canales a la piel, como los rayos de una rueda van del eje
a la llanta: sos son para apretar las canales o ensancharlas. Qu no
hace el elefante con su trompa? La yerba ms fina la arranca del suelo.
De la mano de un nio recoge un cacahuete. Se llena la trompa de agua, y
la echa sobre la parte de su cuerpo en que siente calor. Los elefantes
enseados se quitan y se ponen la carga con la trompa. Un hilo levantan
del suelo, y como un hilo levantan a un hombre. No hay ms modo de
acobardar a un elefante enfurecido que herirle de veras en la trompa.
Cuando pelea con el tigre, que casi siempre lo vence, lo echa arriba y
abajo con los colmillos, y hace por atravesarlo; pero la trompa la lleva
en el aire. Del olor del tigre no ms, brama con espanto el elefante:
las ratas le dan miedo: le tiene asco y horror al cochino. A cuanto
cochino ve, trompazo! Lo que lo gusta es el vino bueno, y el arrak, que
es el ron de la India, tanto que los cornacs le conocen el apetito, y
cuando quieren que trabaje ms de lo de costumbre, le ensean una
botella de arrak, que l destapa con la trompa luego, y bebe a sorbo
tendido; slo que el cornac tiene que andar con cuidado, y no hacerle
esperar la botella mucho, porque le puede suceder lo que al pintor
francs que, para pintar a un elefante mejor, le dijo a su criado que se
lo entretuviese con la cabeza alta tirndole frutas a la trompa, pero el
criado se diverta haciendo como que echaba al aire fruta sin tirarla de
veras, hasta que el elefante se enoj, y se le fue encima a trompazos al
pintor, que se levant del suelo medio muerto, y todo lleno de pinturas.
Es bueno el elefante de naturaleza, y se deja domar del hombre, que lo
tiene de bestia de carga, y va sobre l, sentado en un camarn de
colgaduras, a pelear en las guerras de Asia, o a cazar el tigre, como
desde una torre segura. Los prncipes del Indostn van a sus viajes en
elefantes cubiertos de terciopelos de mucho bordado y pedrera, y cuando
viene de Inglaterra otro prncipe, lo pasean por las calles en el
camarn de pao de oro que va mecindose sobre el lomo de los elefantes
dciles, y el pueblo pone en los balcones sus tapices ricos, y llena las
calles de hojas de rosa.

En Siam no es slo cario lo que le tienen al elefante, sino adoracin,
cuando es de piel clara, que all creen divina, porque la religin
siamesa les ensea que Buda vive en todas partes, y en todos los seres,
y unas veces en unos y otras en otros, y como no hay vivo de ms cuerpo
que el elefante, ni color que haga pensar mas en la pureza que lo
blanco, al elefante blanco adoran, como si en l hubiera ms de Buda que
en los dems seres vivos. Le tienen palacio, y sale a la calle entre
hileras de sacerdotes, y le dan las yerbas ms finas y el mejor arrak, y
el palacio se lo tienen pintado como un bosque, para que no sufra tanto
de su prisin, y cuando el rey lo va a ver es fiesta en el pas, porque
creen que el elefante es dios mismo, que va decir al rey el buen modo de
gobernar. Y cuando el rey quiere regalar a un extranjero algo de mucho
valor, manda hacer una caja de oro puro, sin liga de otro metal, con
brillantes alrededor, y dentro pone, como una reliquia, recortes de pelo
del elefante blanco. En frica no los miran los pueblos del pas como
dioses, sino que les ponen trampas en el bosque, y se les echan encima
en cuanto los ven caer, para alimentarse de la carne, que es fina y
jugosa: o los cazan por engao, porque tienen enseadas a las hembras,
que vuelven al corral por el amor de los hijos, y donde saben que andan
una manada de elefantes libres les echan a las hembras a buscarlos, y la
manada viene sin desconfianza detrs de las madres que vuelven adonde
sus hijuelos: y all los cazadores los enlazan, y los van domando con el
cario y la voz, hasta que los tienen ya quietos, y los matan para
llevarse los colmillos.

Partidas enteras de gente europea estn por frica cazando elefantes; y
ahora cuenta los libros de una gran cacera, donde eran muchos los
cazadores. Cuentan que iban sentados a la mujeriega en sus sillas de
montar, hablando de la guerra que hacen en el bosque las serpientes al
len, y de una mosca venenosa que les chupa la piel a los bueyes hasta
que se la seca y los mata, y de lo lejos que saben tirar la azagaya y la
flecha los cazadores africanos; y en eso estaban, y en calcular cundo
llegaran a las tierras de Tippu Tib, que siempre tiene muchos colmillos
que vender, cuando salieron de pronto a un claro de esos que hay en
frica en medio de los bosques, y vieron una manada de elefantes all al
fondo del claro, unos durmiendo de pie, contra los troncos de los
rboles, otros paseando juntos y meciendo el cuerpo de un lado a otro,
otros echados sobre la yerba, con las patas de atrs estiradas. Les
cayeron encima todas las balas de los cazadores. Los echados se
levantaron de un impulso. Se juntaron las parejas. Los dormidos vinieron
trotando donde estaban los dems. Al pasar junto a la poza, se llenaban
de un sorbo la trompa. Gruan y tanteaban el aire con la trompa. Todos
se pusieron alrededor de su jefe. Y la caza fue larga; los negros les
tiraban lanzas y azagayas y flechas: los europeos escondidos en los
yerbales, les disparaban de cerca los fusiles: las hembras huan,
despedazando los caaverales como si fueran yerbas de hilo: los
elefantes huan de espaldas, defendindose con los colmillos cuando les
vena encima un cazador. El ms bravo le vino a un cazador encima, a un
cazador que era casi un nio, y estaba solo atrs, porque cada uno haba
ido siguiendo a su elefante. Muy colmilludo era el bravo, y vena feroz.
El cazador se subi a un rbol, sin que lo viese el elefante, pero l lo
oli enseguida y vino mugiendo, alz la trompa como para sacar de la
rama al hombre, con la trompa rode el tronco, y lo sacudi como si
fuera un rosal: no lo pudo arrancar, y se ech de ancas contra el
tronco. El cazador, que ya estaba al caerse, dispar su fusil, y lo
hiri en la raz de la trompa. Temblaba el aire, dicen, de los mugidos
terribles, y deshaca el elefante el caaveral con las pisadas, y
sacuda los rboles jvenes, hasta que de un impulso vino contra el del
cazador, y lo ech abajo. Abajo el cazador, sin tronco a que sujetarse!
Cay sobre las patas de atrs del elefante, y se le agarr, en el miedo
de la muerte, de una pata de atrs. Sacudrselo no poda el animal
rabioso, porque la coyuntura de la rodilla la tiene el elefante tan
cerca del pie que apenas le sirve para doblarla. Y cmo se salva de
all el cazador? Corre bramando el elefante. Se sacude la pata contra el
tronco ms fuerte, sin que el cazador se le ruede, porque se le corre
adentro y no hace ms que magullarle las manos. Pero se caer por fin,
y de una colmillada va a morir el cazador! Saca su cuchillo, y se lo
clava en la pata. La sangre corre a chorros, y el animal enfurecido,
aplastando el matorral, va al ro, al ro de agua que cura. Y se llena
la trompa muchas veces, y la vaca sobre la herida, la echa con fuerza
que lo aturde, sobre el cazador. Ya va a entrar ms a lo hondo el
elefante. El cazador le dispara las cinco balas de su revlver en el
vientre, y corre, por si se puede salvar, a un rbol cercano, mientras
el elefante, con la trompa colgando, sale a la orilla, y se derrumba.




Los dos ruiseores

_Versin_ _libre de un cuento de Andersen_


En China vive la gente en millones, como si fuera una familia que no
acabase de crecer, y no se gobiernan por s, como hacen los pueblos de
hombres, sino que tienen de gobernante a un emperador, y creen que es
hijo del cielo, porque nunca lo ven sino como si fuera el sol, con mucha
luz por junto a l, y de oro el palanqun en que lo llevan, y los
vestidos de oro. Pero los chinos estn contentos con su emperador, que
es un chino como ellos. Lo triste es que el emperador venga de afuera,
dicen los chinos, y nos coma nuestra comida, y nos mande matar porque
queremos pensar y comer, y nos trate como a sus perros y como a sus
lacayos! Y muy galn que era aquel emperador del cuento, que se meta de
noche la barba larga en una bolsa de seda azul, para que no lo
conocieran, y se iba por las casas de los chinos pobres, repartiendo
sacos de arroz y pescado seco, y hablando con los viejos y los nios, y
leyendo, en aquellos libros que empiezan por la ltima pgina, lo que
Confucio dijo de los perezosos, que eran peor que el veneno de las
culebras, y lo que dijo de los que aprenden de memoria sin preguntar por
qu, que no son leones con alas de paloma, como debe el hombre ser, sino
lechones flacos, con la cola de tirabuzn y las orejas cadas, que van
donde el porquero les dice que vayan, comiendo y gruendo. Y abri
escuelas de pintura, y de bordados, y de tallar la madera; y mand poner
preso al que gastase mucho en sus vestidos, y daba fiesta donde se
entraba sin pagar, a or las historias de las batallas y los cuentos
hermosos de los poetas; y a los viejecitos los saludaba siempre como si
fuesen padres suyos; y cuando los trtaros bravos entraron en China y
quisieron mandar en la tierra, sali montado a caballo de su palacio de
porcelana blanco y azul, y hasta que no ech al ltimo trtaro de su
tierra, no se baj de la silla. Coma a caballo: beba a caballo su vino
de arroz: a caballo dorma. Y mand por los pueblos unos pregoneros con
trompetas muy largas, y detrs unos clrigos vestidos de blanco que iban
diciendo as: Cuando no hay libertad en la tierra, todo el mundo debe
salir a buscarla a caballo! Y por todo eso queran mucho los chinos a
aquel emperador galn, aunque cuentan que eran muchas las golondrinas
que dejaba sin nido, porque le gustaba mucho la sopa de nidos; y que una
vez que otra se pona a conversar con un frasco de vino de arroz: y lo
encontraban tendido en la estera, con la barba revuelta en el suelo, y
el vestido lleno de manchas. Esos das no salan las mujeres a la calle,
y los hombres iban a su quehacer con la cabeza baja, como s les diera
vergenza ver el sol. Pero eso no suceda muchas veces, sino cuando se
pona triste porque los hombres no se queran bien ni hablaban la
verdad: lo de siempre era la alegra, y la msica, y el baile, y los
versos, y el hablar de valor y de las estrellas: y as pasaba la vida
del emperador, en su palacio de porcelana blanco y azul.

Hermossimo era el palacio, y la porcelana hecha de la pasta molida del
mejor polvo kaoln, que da una porcelana que parece luz, y suena como la
msica, y hace pensar en la aurora, y en cuando empieza a caer la tarde.
En los jardines haba naranjos enanos, con ms naranjas que hojas; y
peceras con peces de amarillo y carmn, con cinto de oro; y unos rosales
con rosas rojas y negras, que tenan cada una su campanilla de plata, y
daban a la vez msica y olor. Y all al fondo haba un bosque muy grande
y hermoso, que daba al mar azul, y en un rbol de los del bosque viva
un ruiseor, que les cantaba a los pobres pescadores canciones tan
lindas, que se olvidaban de ir a pescar; y se les vea sonrer del
gusto, o llorar de contento, y abrir los brazos, y tirar besos al aire,
como si estuviesen locos. Es mejor el vino de la cancin que el vino
de arroz! decan los pescadores. Y las mujeres estaban contentas,
porque cuando el ruiseor cantaba, sus maridos y sus hijos no beban
tanto vino de arroz. Y se olvidaban del canto los pescadores cuando no
lo oan; pero en cuanto lo volvan a or, decan, abrazndose como
hermanos: Qu hermoso es el canto del ruiseor!

Venan de afuera muchos viajeros a ver el pas: y luego escriban libros
de muchas hojas, en que contaban la hermosura del palacio y el jardn, y
lo de los naranjos, y lo de los peces, y lo de las rosas rojinegras;
pero todos los libros decan que el ruiseor era lo ms maravilloso: y
los poetas escriban versos al ruiseor que viva en un rbol del
bosque, y cantaba a los pobres pescadores los cantos que les alegraban
el corazn: hasta que el emperador vio los libros, y del contento que
tena le dio con el dedo tres vueltas a la punta de la barba, porque era
mucho lo que celebraban su palacio y su jardn; pero cuando lleg adonde
hablaban del ruiseor: Qu ruiseor es ste, dijo, que yo nunca he
odo hablar de l? Parece que en los libros se aprende algo! Y esta
gente de mi palacio de porcelana, que me dice todos los das que yo no
tengo nada que aprender! Venga ahora mismo el mandarn mayor! Y vino,
saludando hasta el suelo, el mandarn mayor, con su tnica de seda azul
celeste, de florones de oro. Puh! puh! contestaba el mandarn,
hinchando la cabeza, a todos los que le hablaban. Pero al emperador no
le deca ni puh! ni pih!; sino que se echaba a sus pies, con la
frente en la estera, esperando, temblando, hasta que le deca
levntate! el emperador.

--Levntate! Qu pjaro es este de que habla este libro, que dicen que
es lo ms hermoso de todo mi pas?

--Nunca he odo hablar de l, nunca--dijo el mandarn, arrodillndose en
el aire, y con los brazos cruzados:--no ha sido presentado en palacio.

--Pues en palacio ha de estar esta noche! Que el mundo entero sabe
mejor que yo lo que tengo en mi casa?

--Nunca he odo hablar de l, nunca--dijo el mandarn: dio tres vueltas
redondas, con los brazos abiertos, se ech a los pies del emperador, con
la frente en la estera, y sali de espaldas, con los brazos cruzados, y
arrodillndose en el aire.

Y el mandarn empez a preguntar a todo el palacio por el pjaro. Y el
emperador mandaba a cada media hora a buscar al mandarn.

--Si esta noche no est aqu el pjaro, mandarn, sobre las cabezas de
los mandarines he de pasear esta noche.

--Tsing-p! Tsing-p!--sali diciendo el mandarn mayor, que iba
dando vueltas, con los brazos abiertos, escaleras abajo. Y los
mandarines todos se echaron a buscar al pjaro, para que no pasease a la
noche sobre sus cabezas el emperador. Hasta que fueron a la cocina del
palacio, donde estaban guisando pescado en salsa dulce, e inflando
bollos de maz, y pintando letras coloradas en los pasteles de carne: y
all les dijo una cocinerita, de color de aceituna y de ojos de
almendra, que ella conoca el pjaro muy bien, porque de noche iba por
el camino del bosque a llevar las sobras de la mesa a su madre que viva
junto al mar, y cuando se cansaba al volver, debajo del rbol del
ruiseor descansaba, y era como si le conversasen las estrellas cuando
cantaba el ruiseor, y como si su madre le estuviera dando un beso.

--Oh, virgen china!--le dijo el mandarn:--digna y piadosa virgen!: en
la cocina tendrs siempre empleo, y te conceder el privilegio de ver
comer al emperador, si me llevas adonde el ruiseor canta en el rbol,
porque lo tengo que traer a palacio esta noche.

Y detrs de la cocinerita se pusieron a correr los mandarines, con las
tnicas de seda cogidas por delante, y la cola del pelo bailndoles por
la espalda: y se les iban cayendo los sombreros picudos. Bram una vaca,
y dijo un mandarincito joven:--Oh, qu robusta voz! qu pjaro
magnfico!--Es una vaca que brama,--dijo la cocinerita. Grazn una
rana, y dijo el mandarincito:--Oh, qu hermosa cancin, que suena como
las campanillas!--Es una rana que grazna, dijo la cocinerita. Y
entonces rompi a cantar de veras el ruiseor.

--Ese, se es!--dijo la cocinerita, y les ense un pajarito, que
cantaba en una rama.

--Ese!--dijo el mandarn mayor:--nunca cre que fuera una persona tan
diminuta y sencilla: nunca lo cre! O ser, mandarines amigos s, debe
ser! que al verse por primera vez frente a nosotros los mandarines, ha
cambiado de color.

--Lindo ruiseor!--deca la cocinerita:--el emperador desea orte
cantar esta noche.

--Y yo quiero cantar--le contest el ruiseor, soltando al aire un
ramillete de arpegios.

--Suena como las campanillas, como las campanillas de plata!--dijo el
mandarincito.

--Lindo ruiseor! a palacio tienes que venir, porque en palacio es
donde est el emperador.

--A palacio ir, ir--cant el ruiseor, con un canto como un
suspiro:--pero mi canto suena mejor en los rboles del bosque!

El emperador mand poner el palacio de lujo: y resplandecan con la luz
de los faroles de seda y de papel los suelos y las paredes; las rosas
rojinegras estaban en los corredores y los atrios, y resonaban sin
cesar, entre el bullicio del gento, las campanillas: en el centro mismo
de la sala, donde se le vea ms, estaba un paral de oro, para que el
ruiseor cantase en l: y a la cocinerita le dieron permiso para que se
quedase en la puerta. La corte estaba de etiqueta mayor, con siete
tnicas y la cabeza acabada de rapar. Y el ruiseor cant tan dulcemente
que le corran en hilo las lgrimas al emperador: y los mandarines, de
veras, lloraban: y el emperador quiso que le pusieran al ruiseor al
cuello su chinela de oro: pero el ruiseor meti el pico en la pluma del
pecho, y dijo gracias en un trino tan rico y vigoroso, que el
emperador no lo mand matar porque no haba querido colgarse la chinela.
Y en su canto deca el ruiseor: No necesito la chinela de oro, ni el
botn colorado, ni el birrete negro, porque ya tengo el premio ms
grande, que es hacer llorar a un emperador.

Aquella noche, en cuanto llegaron a sus casas, todas las damas tomaron
sorbos de agua, y se pusieron a hacer grgaras y gorgoritos, y ya se
crean muy finos ruiseores. Y la gente de establo y cocina deca que
estaba bien, lo que es mucho decir, porque sa es gente que lo halla mal
todo. Y el ruiseor tena su caja real, con permiso para volar dos veces
al da, y una en la noche. Doce criados de tnica amarilla lo sujetaban
cuando sala a volar, por doce hilos de seda. En la ciudad no se hablaba
ms que del canto, y en cuanto uno deca rui... el otro deca ...seor.
Y llamaban ruiseor a los nios que nacan, pero ninguno cant
nunca una nota.

Un da recibi el emperador un paquete que deca El Ruiseor en la
tapa, y crey que era otro libro sobre el pjaro famoso; pero no era
libro, sino un pjaro de metal que pareca vivo en su caja de oro, y por
plumas tena zafiros, diamantes y rubes, y cantaba como el ruiseor de
verdad en cuanto le daban cuerda, moviendo la cola de oro y plata:
llevaba al cuello una cinta con este letrero: El ruiseor del
emperador de China es un aprendiz, junto al del emperador del Japn!

Hermoso pjaro es! dijo toda la corte, y le pusieron el nombre de
gran pjaro internacional: porque se usan estos nombres en China,
pomposos y largos: pero cuando puso el emperador a cantar juntos al
ruiseor vivo y al artificial, no anduvo el canto bueno, porque el vivo
cantaba como le naca del corazn, sincero y libre, y el artificial
cantaba a comps, y no sala del vals.

--A mi gusto! esto es a mi gusto!--deca el maestro de msica; y cant
solo el pjaro de las piedras, tan bien como el vivo. Y luego, tan
lleno de joyas que relumbraban, lo mismo que los brazaletes, y los
joyeles, y los broches! Treinta y tres veces seguidas cant la misma
tonada sin cansarse, y el maestro de msica y la corte entera lo
hubieran odo con gusto una vez ms, si no hubiese dicho el emperador
que el vivo deba cantar algo. El vivo? Lejos estaba, lejos de la corte
y del maestro de msica. Los vio entretenidos, y se les escap por la
ventana.

--Oh, pjaro desagradecido!--dijo el mandarn mayor, y dio tres vueltas
redondas, y se cruz de brazos.

--Pero mejor mil veces es este pjaro artificial--deca el maestro de
msica:--porque con el pjaro vivo, nunca se sabe cmo va a ser el
canto, y con ste, se est seguro de lo que va a ser: con ste todo est
en orden, y se le puede explicar al pueblo las reglas de la msica.

Y el emperador dio permiso para que el domingo sacase el maestro al
pjaro a cantar delante del pueblo, que pareca muy contento, y alzaba
el dedo y deca que el con la cabeza; pero un pobre pescador dijo que
l haba odo el ruiseor del bosque, y que ste no era como aqul,
porque le faltaba algo de adentro, que l no saba lo que era. El
emperador mand desterrar al ruiseor vivo, y al otro de la caja se lo
pusieron a la cabecera, en un cojn de seda, con muchos presentes de
joyas y de argentera, y lo llamaban por ttulo de corte cantor de
alcoba y pjaro continental, que mueve la cola como el emperador se la
manda mover. Y el maestro de msica se sinti tan feliz que escribi
un libro de veinticinco tomos sobre el ruiseor artificial, con muchos
esdrjulos y palabras de extraa sabidura; y la corte entera dijo que
lo haba ledo y entendido, de miedo de que los tuviesen por gente fofa
y de poca educacin, y de que el emperador se pasease sobre sus cabezas.

Pas un ao, y emperador, corte y pas conocan como cosa de s mismos
cada gorjeo y vuelta del pjaro continental; y como que lo podan
entender, lo declaraban magnfico ruiseor. Cantaban su vals los
cortesanos todos. Y los chicuelos de la calle. Y el emperador lo cantaba
tambin, y lo bailaba, cuando estaba solo con su vino de arroz. Era un
vals el imperio, que andaba a comps, con mucho orden, al gusto del
maestro de msica. Hasta que una noche, cuando estaba el pjaro en lo
mejor del canto, y el emperador lo oa, tendido en su cama de randas y
colgaduras, salt un resorte de la mquina del ruiseor; como huesos que
se caen sonaron las ruedas, y par la msica. Se ech de la cama el
emperador, y mand llamar a un mdico. El mdico no supo qu hacer: y
vino el relojero. El relojero, mal que bien, puso las ruedas locas en su
lugar, pero encarg que usasen del pjaro muy poco, porque estaban
gastados los cilindros, y el ruiseor aquel no poda en verdad cantar
ms de una vez al ao. El maestro de msica le ech encima un discurso
al relojero, y le dijo traidor, y venal, y chino espurio, y espa de los
trtaros, porque deca que el pjaro continental no poda cantar ms que
una vez. En la puerta iba ya el relojero, y todava le estaba diciendo
el maestro de msica malas palabras: traidor! venal! chino espurio!
espa de los trtaros! Porque estos maestros de msica de las cortes
no quieren que la gente honrada diga la verdad desagradable a sus amos.

Cinco aos despus haba mucha tristeza en la China, porque estaba al
morir el pobre emperador, tanto que tenan nombrado ya al nuevo, aunque
el pueblo agradecido no quera or hablar de l, y se apretaba a
preguntar por el enfermo a las puertas del mandarn, que los miraba de
arriba abajo, y deca: Puh! Puh! repeta la pobre gente, y se iba
a su casa llorando.

Plido y fro estaba en su cama de randas y colgaduras el emperador, y
los mandarines todos lo daban por muerto, y se pasaban el da dando las
tres vueltas con los brazos abiertos, delante del que deba subir al
trono. Coman muchas naranjas, y beban t con limn. En los corredores
haban puesto tapices, para que no sonara el paso. No se oa en el
palacio sino un ruido de abejas.

Pero el emperador no estaba muerto todava. Al lado de su cama estaba el
pjaro roto. Por una ventana abierta entraba la luz de la luna sobre el
pjaro roto, y el emperador mudo y lvido. Sinti el emperador un peso
extrao sobre su pecho, y abri los ojos para ver. Vio a la Muerte,
sentada sobre su pecho. Tena en las sienes su corona imperial, y en una
mano su espada de mando y en la otra mano su hermosa bandera. Y por
entre las colgaduras vio asomar muchas cabezas raras, bellas unas y como
con luz, otras feas y de color de fuego. Eran las buenas y las malas
acciones del emperador, que le estaban mirando a la cara. Te
acuerdas? le decan las malas acciones. Te acuerdas? le decan las
buenas acciones. Yo no me acuerdo de nada, de nada! deca el
emperador: msica, msica! triganme la tambora mandarina, la que
hace ms ruido, para no or lo que me dicen mis malas acciones! Pero
las acciones seguan diciendo: Te acuerdas? Te acuerdas? Msica,
msica! gritaba el emperador: oh, hermano pjaro de oro, canta, te
ruego que cantes! yo te he dado regalos ricos de oro! yo te he colgado
al cuello mi chinela de oro! te ruego que cantes! Pero el pjaro no
cantaba. No haba uno que supiera darle cuerda. No daba una sola nota.

Y la Muerte segua mirando al emperador con sus ojos huecos y fros, y
en el cuarto haba una calma espantosa, cuando de pronto entr por la
ventana el son de una dulce msica. Afuera, en la rama de un rbol,
estaba cantando el ruiseor vivo. Le haban dicho que estaba muy enfermo
el emperador, y vena a cantarle de fe y de esperanza. Y segn iba
cantando eran menos negras las sombras, y corra la sangre ms caliente
en las venas del emperador, y revivan sus carnes moribundas. La Muerte
misma escuchaba, y le dijo: Sigue, ruiseor, sigue! Y por un canto,
le dio la Muerte la corona de oro: y por otro, la espada de mando: y por
otro canto ms, le dio la hermosa bandera. Y cuando ya la Muerte no
tena ni la bandera, ni la espada, ni la corona del emperador, cant el
pjaro de la hermosura del camposanto, donde la rosa blanca crece, y da
el laurel sus aromas a la brisa, y dan brillo y salud a la yerba las
lgrimas de los dolientes.

Y tan hermoso vio la Muerte en el canto a su jardn, que lo quiso ir a
ver, y se levant del pecho del emperador, y desapareci como un vapor
por la ventana.

--Gracias, gracias, pjaro celeste!--deca el emperador.--Yo te
desterr de mi reino, y t destierras a la muerte de mi corazn. Cmo
te puedo yo pagar?

--T me pagaste ya, emperador, cuando te hice llorar con mi canto: las
lgrimas que arranca a las almas de los hombres son el nico premio
digno del pjaro cantor. Duerme, emperador, duerme: yo cantar para ti.

Y con sus trinos y arpegios se fue durmiendo el enfermo en un rueo de
salud. Cuando despert, entraba el sol, como oro vivo, por la ventana.
Ni uno solo de sus criados, ni un solo mandarn, haba venido a verlo.
Lo crean muerto todos. El ruiseor no ms estaba junto a su cama: el
ruiseor, cantando.

--Siempre estars junto a m! En el palacio vivirs, y cantars cuando
quieras! Yo romper al pjaro artificial en mil pedazos!

--No lo rompas en mil pedazos, emperador: l te sirvi bien mientras
pudo: yo no puedo vivir en el palacio, ni fabricar entre los cortesanos
mi nido. Yo vendr al rbol que cae a tu ventana, y te cantar en la
noche, para que tengas sueos felices. Te cantar de los malos y de los
buenos, y de los que gozan y de los que sufren. Los pescadores me
esperan, emperador, en sus casas pobres de la orilla del mar. El
ruiseor no puede ser infiel a los pescadores. Yo te vendr a cantar en
la noche si me prometes una cosa.

--Todo te lo prometo!--dijo el emperador, que se haba levantado de su
cama, y tena puesta la tnica imperial, y en la mano su gran espada de
oro.

--No digas que tienes un pjaro amigo que te lo cuenta todo, porque le
envenenarn el aire al pjaro!--Y sali volando el ruiseor, y echando
al aire un ramillete de arpegios.

Los mandarines entraron de repente en el cuarto, detrs del mandarn
mayor, a ver al emperador muerto. Y lo vieron de pie, con su tnica
imperial; con la mano de la espada puesta al corazn. Y se oa, como una
risa, el canto del ruiseor.

--Tsing-p! Tsing-p!--dijo el gran mandarn, y dio dieciocho
vueltas seguidas con los brazos abiertos, y se ech por tierra, con la
frente a los pies del emperador. Y a los mandarines, arrodillados en el
aire, les temblaba en la nuca la cola.




La galera de las mquinas


Los nios han ledo mucho el nmero pasado de _La Edad de Oro_, y son
graciosas las cartas que mandan, preguntando si es verdad todo lo que
dice el artculo de la _Exposicin de Pars_. Por supuesto que es
verdad. A los nios no se les ha de decir ms que la verdad, y nadie
debe decirles lo que no sepa que es como se lo est diciendo, porque
luego los nios viven creyendo lo que les dijo el libro o el profesor, y
trabajan y piensan como si eso fuera verdad, de modo que si sucede que
era falso lo que les decan, ya les sale la vida equivocada, y no pueden
ser felices con ese modo de pensar, ni saben como son las cosas de
veras, ni pueden volver a ser nios, y empezar a aprenderlo todo de
nuevo.

Que si es verdad todo lo de la Exposicin? Una seora buena le arm una
trampa al hombre de _La Edad de Oro_. Iban hablando del artculo, y ella
le dijo: Yo he estado en Paris. Ah, seora, qu vergenza entonces!
qu habr dicho del artculo! No: yo he estado en Pars, porque he
ledo su artculo.Y otro seor bueno, que est en Pars, dice que a l
no lo engaan, que _La Edad de Oro_ estuvo en Pars sin que l la viera,
porque l se pasaba la vida en la Exposicin y todo lo que haba en la
Exposicin que ver est en _La Edad de Oro_.

Pero el seor bueno dice que falt un grabado, para que los nios vieran
bien toda la riqueza de aquellos palacios; y es el grabado de la
Galera de las Mquinas, que era el corredor adonde daban las puertas
diferentes de las industrias del mundo, y all al fondo tena el
edificio ms hermoso, donde estaban en hilera, como elefantes
arrodillados, las mquinas de todo lo que el hombre sabe hacer. Quien ha
visto todo aquello, vuelve diciendo que se siente como ms alto. Y como
_La Edad de Oro_ quiere que los nios sean fuertes, y bravos, y de bueno
estatura aqu est, para que les ayude a crecer el corazn, el grabado
de La Galera de las Mquinas.




La ltima pgina


Los padres se lo quieren dar todo a sus hijos, y si ven un caballo
hermoso, con la cola que le reluce y el pelo como seda, no piensan en
montarse ellos, como seorones, y salir trotando por la alameda, donde
van de paseo por la tarde los coches y los jinetes, sino que piensan en
sus hijos los padres, y se ponen a trabajar todava ms, para comprarle
al hijito el caballo hermoso. Si pasa un nio en un velocpedo, con su
vestido de terciopelo y su cachucha, y tan de prisa que todo el mundo se
para a verlo, el padre no piensa en comprarse un velocpedo l, sino en
que su hijito estar lindo de veras cuando vaya como el nio de
terciopelo y la cachucha, en sus dos ruedas que dan como una luz cuando
andan, y van casi tan de prisa como la luz, que es lo que anda ms
pronto en el mundo. La luz no se ve, y es verdad, como que si se acabase
la luz, se rompera el mundo en pedazos, como se rompen all por el
cielo las estrellas que se enfran. As hay muchas cosas que son verdad
aunque no se las vea. Hay gente loca, por supuesto, y es la que dice que
no es verdad sino lo que se ve con los ojos. Como si alguien viera el
pensamiento, ni el cario, ni lo que, all dentro de su cabeza canosa,
va hablndose el padre, para cuando haya trabajado mucho, y tenga con
qu comprarle caballos como la seda o velocpedos como la luz a su hijo!

El hombre de _La Edad de Oro_ es as, lo mismo que los padres: un
padrazo es el hombre de _La Edad de Oro_: como una estatua que hay del
ro Nilo, donde hace de ro un viejo muy barbn, y encima de l saltan,
y juegan, y dan vueltas de cabeza los muchachos traviesos, lo que no
quiere decir, por supuesto, que el ro Nilo sea un viejo de verdad, ni
que sus cien hijos jugaran as encima de l, sino que el ro Nilo es
como un padre para toda aquella gente de las tierras de Egipto, porque
les humedece los sembrados cada vez que baja de los montes con mucha
agua, y as las siembras les dan mucho fruto: por eso quieren al ro los
egipcios como si fuera persona, y lo pintan tan viejo, porque desde hace
miles de aos ya hablaban del Nilo los libros de entonces, que estaban
escritos en unas tiras largas que hacan de una yerba, y luego las
enrollaban alrededor de una varilla, y las metan en su nicho, como los
que tienen ahora los escritorios para guardar los papeles. Y los
egipcios le rezaban al Nilo, como si fuera un dios, y le componan
versos y cantos; y como que nada les pareca mejor que una joven
hermosa, sacaban de su casa una vez al ao a la egipcia ms linda, y la
echaban al agua, como regalo al ro viejo, para que se contentase para
el ao, con aquella hija que le daban, y bajase del monte con ms agua
que nunca.

As son los padres buenos, que creen que todos los nios son sus hijos,
y andan como el ro Nilo, cargados de hijos que no se ven, y son los
nios del mundo, los nios que no tienen padre, los nios que no tienen
quien les d velocpedos, ni caballo, ni cario, ni un beso. Y as es el
hombre de _La Edad de Oro_, que en cada nmero quisiera poner el mundo
para los nios, a ms de su corazn; pero en la imprenta dicen que el
corazn cabe siempre, y el mundo no, ni el artculo de _La Luz
Elctrica_, que cuenta cmo se hace la luz, y qu cosa es la
electricidad, y cmo se enciende y se apaga, y muchas cosas que parecen
sueo, o cosa de lo ms hondo y hermoso del cielo: porque la luz
elctrica es como la de las estrellas, y hace pensar en que las cosas
tienen alma, como dijo en sus versos latinos un poeta, Lucrecio, que
hubo en Roma, y en que ha de parar el mundo, cuando sean buenos todos
los hombres, en una vida de mucha dicha y claridad, donde no haya odio
ni ruido, ni noche ni da, sino un gusto de vivir, querindose todos
como hermanos, y en el alma una fuerza serena, como la de la luz
elctrica. Con todo eso, no cupo el artculo, y hubo que escribir otro
ms corto, que es ese que habla de la caza del elefante, y el modo con
que venci el nio cazador al elefante fuerte. Nadie diga que el cambio
no fue bueno. Se ha de conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a
trabajar, y hacer que la electricidad que mata en un rayo, alumbre en la
luz. Pero el hombre ha de aprender a defenderse y a inventar, viviendo
al aire libre, y viendo la muerte de cerca, como el cazador del
elefante. La vida de tocador no es para hombres. Hay que ir de vez en
cuando a vivir en lo natural, y a conocer la selva.





End of the Project Gutenberg EBook of La Edad de Oro: publicacin mensual de
recreo e instruccin dedicada a los nios de Amrica., by Jos Mart

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