The Project Gutenberg EBook of Amar es vencer, by Madame P. Caro

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Title: Amar es vencer

Author: Madame P. Caro

Release Date: March 27, 2008 [EBook #24925]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA DE LA NACIN

MADAME P. CARO

AMAR ES VENCER

BUENOS AIRES

1909

Imp. y estereotipia de LA NACIN.--Buenos Aires.

       *       *       *       *       *




AMAR ES VENCER




Mximo de Cosmes a Javier de Cosmes.

Pars, 26 de junio de 190...


Celebro en el alma, mi querido Javier, que San Petersburgo te guste y
que guste tambin a Marta, as como que hayis encontrado en la embajada
agradables colegas. Se pondera mucho el encanto y la bondad de la
embajadora y esto facilitar vuestra aclimatacin.

Dame detalles de vuestra instalacin, de vuestras relaciones y hasta del
trabajo que se te ha confiado, sin revelar, por supuesto, los secretos
de Estado, pues para esto bastan los peridicos.

Salgo dentro de poco para un viaje bastante inesperado, pero quiero
participarte sin demora una buena noticia, y es que estoy encargado de
suplir al buen viejo Marignol en su ctedra del Colegio de Francia. El
buen seor no quiere todava soltar su presa enteramente y me ha
escogido para hacer sus veces mediante un poco de dinero y lejanas
esperanzas. Pero estoy encantado, porque, si lo hago bien, y lo
procurar con todas mis fuerzas, estar designado para sucederle un da.

Y vuelvo a mi viaje, que te va a hacer mucha gracia. Figrate que esta
maana una esquela de Lacante me llama a su lado. Corro a verlo y lo
encuentro luchando con un violento ataque de gota. Con su bata de grueso
muletn obscuro y anchas mangas, en las que ocultaba sus doloridas y
temblorosas manos, y con aquel crneo calvo, que reluca sobre una
estrecha corona de cabello, pareca un fraile viejo.

A la primera ojeada vi una profunda turbacin en aquella cara redonda y
afeitada, tan maliciosa y jovial de ordinario.

--Querido mo--me dijo sin prembulos,--me ocurre una contrariedad
considerable: he perdido a mi ta.

--Qu ta?

--No tena ms que una, la seorita de Boivic, y aun sta no lo era ms
que por benevolencia y especial eleccin. Era, en efecto, hermana del
segundo marido de mi madre, de modo que no me una con ella ningn lazo
real de parentesco... Sin embargo...

--Siempre es triste--dije al ver que vacilaba para continuar--perder a
los, que...

--No diga usted vulgaridades, mi buen amigo--me interrumpi con un gesto
de impaciencia.--Apenas conoca a esa seora, a la que puede que no haya
visto seis veces en mi vida. La muerte de esa respetable persona no me
causara, pues, ningn pesar particular... Preciso es que todo acabe,
verdad? Era muy vieja, casi octogenaria, y su muerte est en el orden,
evidentemente... Por desgracia, no le conozco ningn pariente prximo, y
tengo que ejercer derechos como heredero a una parte, al menos, de sus
bienes. Su fortuna es la que el seor de Boivic leg a mi madre...
comprende usted? Esta situacin me impone tambin deberes, el primero
de los cuales sera hacer los honores fnebres a la difunta y
acompaarla decentemente al cementerio... Ahora bien, mire usted, hijo
mo, estas piernas llenas de cataplasmas... Bonita facha de heredero
para escoltar hasta la ltima morada a aquella noble seorita! No puedo,
sin embargo, dejarla ir sola, bajo la presidencia de una criada... Esto
es lo que espero de usted, amigo mo; va usted a hacer la maleta y a
tomar esta noche el tren para Quimper.

--Diablo!--dije un poco contrariado.

--S, amigo mo, Quimper, Quimper, Corentin, nada menos... Es usted mi
pupilo, mi amigo, y esto equivale a un parentesco... Y har usted mejor
figura que yo al frente del cortejo...

--Estoy a las rdenes de usted.

--Otra cosa. La de Boivic era muy devota, y no me extraara que hubiera
dispuesto de su fortuna, bastante modesta por otra parte, en favor de
la gente de iglesia... Tendr usted que cuidar de que no haya usurpado
la parte que me corresponde.

--Pero, querido maestro, con qu derecho habr de intervenir?

--Le enviar a usted un poder en regla. Usted ha estudiado Derecho y es,
justamente, el hombre que necesito... Observe usted que no me opondr en
modo alguno a ciertos legados, ya a un hospital, ya a alguna obra
piadosa... hasta a la Iglesia. Quiero respetar la voluntad de la difunta
en todo lo que sea razonable, pero no consiento expoliacin real o
disfrazada, ni astutas intrigas... Comprende usted?

--Perfectamente.

--No conozco el valor de la herencia ni me importa en lo que a m se
refiere. Gano bastante dinero con mi pluma, sin contar mi pequesimo
patrimonio...

--Naturalmente; es por un espritu de justicia, de estricta equidad, por
lo que...

Lacante me miraba y sus ojillos vivos y movibles tenan una singular
expresin, que cort mi frase en suspenso.

--Querido amigo--continu despus de un instante,--es para cumplir un
deber... un deber de conciencia en inters de la nia...

--Qu nia? Cmo! Acaso aquella noble dama tena?...

Lacante no me dej acabar.

--Qu diablos va usted a pensar, amigo querido? La nia, y esto es lo
que me preocupa, la nia es hija ma.

Como comprenders, no pude contener un grito de sorpresa, y t, con toda
tu diplomacia, vas a hacer lo mismo al leerlo.

Lacante sigui diciendo con sonrisa, mitad confusa, mitad placentera:

--Bah! querido, yo he sido joven, y lo he sido demasiado tiempo... Hay
all una flor tarda, que me pertenece, brotada en un tronco viejo y
arruinado.

--Es joven?

--Una chicuela.

Reflexion un instante y dijo:

--Apenas quince aos. Su madre ha muerto. Es una triste historia, mi
querido amigo... La pobre mujer estaba ya muy enferma cuando me cas con
ella en Quimper...

--Ha sido usted casado!--exclam en el colmo del asombro.

--Muy poco tiempo!... Y como no tena por qu jactarme de una alianza
que, lo confieso, no haba premeditado y que contraje por un sentimiento
de lstima, el incidente pas inadvertido para el mayor nmero y fue
pronto olvidado por los pocos que lo supieron. Ya lo he dicho... la
pobre criatura estaba sentenciada y la muerte la arrebat al nacer
Elena, es el nombre de la nia, a la que mi madre se encarg de
educar... Despus se la leg a mi ta Boivic, su cuada, que acaba de
morir... Qu voy a hacer con esa muchacha, amigo mo? Es para perder
la cabeza.

Y se cogi la frente entre las manos con expresin desesperada.

Yo no saba qu decir.

--Tenerla con usted es difcil--me aventur a decir tmidamente.

--Imposible!... Completamente imposible. Polidora tiene preciosas
cualidades y es un ama de gobierno agradable para un soltern... pero
eso de dirigir y acompaar a una seorita, no creo que sea su negocio...

--No, por cierto--dije con conviccin.

Lacante continu:

--Mi casa no est hecha para criar palomas... Mis costumbres... mis
amigos... las conversaciones... yo mismo... No me hago ilusiones; no
tengo nada de lo que hara falta.

--Qu va usted a decidir?

--No tengo dnde elegir, amigo mo; voy a meterla en un convento.

--En un convento!... l! No poda creer lo que estaba oyendo.

--La va usted a hacer una mojigata? Usted?...

--S, hijo mo, hasta que pueda casarla. No veo qu otro partido pueda
tomar.

--Hay colegios laicos, institutos de nias, en los que la instruccin
est ciertamente ms desarrollada y fundada en un espritu ms ancho,
ms cientfico...

--Es posible... no digo que no... Pero no conozco esas casas ni s qu
pasa en ellas, mientras que es de tradicin que en los conventos las
nias son bien tratadas y se encuentran a gusto... No soy un padre muy
tierno... tengo de eso lo menos posible, lo confieso... Los nios me han
parecido siempre un estorbo lamentable y tirnico... Sin embargo, no
quisiera que esa muchacha fuera desgraciada... En cuanto a la
instruccin, ya la desarrollar ella ms adelante, si quiere... Su
marido la ayudar.

He soado que, al decir esto, me miraba de reojo? Ah! no, eso no.
Consiento en prestarle todos los servicios que pueda, porque le quiero
mucho. Es el ser de este mundo a quien t y yo debemos ms, pues ha
sido, ms que un tutor, un padre para nosotros. Le soy enteramente
adicto, pero no hasta el punto de casarme con su mojigata. Adems, y
aprovecho la ocasin para decrtelo, mi corazn ha elegido ya... Te
contar esto otro da.

Lacante me explic entretanto que la nia estara menos fuera de su
centro en un convento que en otra parte, pues all encontrara su
atmsfera acostumbrada, los olores de incienso y de sacrista, las
devociones meticulosas... Despus de todo, todo eso me es igual... En
cuanto a casarme, esos son otros cantares... No cuente usted con tal
cosa, mi buen Lacante...

Adis, me marcho... Por fortuna, tengo tiempo de aqu a diciembre para
preparar mi curso del Colegio de Francia.




Mximo de Cosmes a su hermano.

30 de junio.


Continuacin de mi aventura. Estoy hace tres das en Quimper y no s
todava cundo podr marcharme.

He atravesado la Bretaa de un tirn y me gusta su aspecto spero y
recogido. Algn da volver para conocerla ms ntimamente.

Llegu a Quimper anteayer, a la cada de la tarde, y despus de haberme
hecho llevar al mejor hotel de la ciudad, lo que no quiere decir que sea
bueno, me he dirigido a la casa de la seorita de Boivic, un edificio
situado en las cercanas de la Catedral y de aspecto austero y triste,
que hace menos sorprendente el encontrar en ella muertos que vivos, una
criada en traje rstico y cofia bretona me introdujo en un vasto saln
hermticamente cerrado y dbilmente alumbrado. All me esperaba la duea
de la casa en su atad clavado y entre cuatro cirios. Cerca de ella
haba una religiosa pasando las cuentas de un rosario. La religiosa me
entreg una rama de boj mojada en agua bendita, y yo sacud gravemente
unas cuantas gotas, en seal de bienvenida, sobre el atad forrado de
lana blanca.

Un desagradable olor de moho, mezclado con el de la cera quemada, se me
agarr a la garganta, mientras la luz de los cuatro cirios temblaba en
la vasta obscuridad como al soplo de invisibles fantasmas.

No s qu fnebre impresin se apoder de m... Y como, por otra parte,
no tena nada que decir a la muerta, me apresur a marcharme.

Era muy tarde para ir a casa del notario y me fui a dar un paseo
solitario por la ciudad, que no es muy grande. Atravisala un riachuelo
encajonado entre dos muelles de granito, por los que me pase un buen
rato, y, para terminar con las curiosidades de la localidad, entr en la
Catedral, cuyo bside, por un capricho del arquitecto, segn dicen, est
un poco inclinado a la derecha. La piedad de la gente del pas quiere
ver en esto la imagen de la cabeza inclinada de Cristo agonizante.
Estamos aqu en el pas de las leyendas y de las candideces msticas.

Era ya tarde y la iglesia estaba obscura. La lmpara del santuario haca
ms sensibles las tinieblas en que se perda su vacilante claridad. A la
puerta de la sacrista, un farolillo encendido proyectaba vagos
resplandores en una de las naves. El resto del edificio estaba sumido en
la obscuridad, y apenas caa de las altas vidrieras la claridad
suficiente para impedirme tropezar en los anchos pilares. Encontraba yo
una especie de voluptuosidad severa en errar por aquel gran santuario
vaco, repleto de los llantos, de los gemidos y de las plegarias de las
generaciones muertas, y all me estaba apoyado en un pilar, con los ojos
vagos y la mente ms vaga todava, saboreando impresiones de una potica
melancola, cuando un rayo de luna, surgiendo de uno de los rosetones
del crucero, atraves el espesor de las tinieblas y traz en ellas un
surco de luz plida y temblorosa que hizo aparecer la sublime altura de
la bveda y destacarse las esbeltas columnas de pesados capiteles
esculpidos... Fue un efecto de incomparable belleza.

Pero cre ser juguete de una aparicin fantstica cuando, al bajar los
ojos, vi destacarse sobre la obscuridad, iluminado por el rayo de luna,
un perfil puro y divino; as me lo pareci al menos en aquella
fosforescente claridad, una cara inmvil hasta el punto de hacerme dudar
si era la estatua de alguna tumba: tan obstinadamente fijos en lo alto
estaban sus ojos, como absortos en ardiente contemplacin.

No me atreva a moverme por miedo de que se desvaneciese la aparicin,
pero un ruido de llaves, del lado de la sacrista, deshizo el encanto.
En un instante, la figura desapareci, tan de prisa, que no pude
percibir ninguno de sus movimientos. Pareci que las tinieblas se haban
abierto y vultose a cerrar detrs de ella.

Me apresur a salir al prtico para verla; pero se me haba adelantado y
por la calle, mal alumbrada, vi una figura negra e indistinta que
pareca correr, hasta tal punto era rpida su marcha. La segu, y, sin
gran sorpresa, pues un presentimiento me lo haba advertido, la vi
entrar en casa de la seorita de Boivic.

Era la hija de Lacante, a la que acababa de sorprender en sus devociones
de la tarde.

Como estaba muy cansado, me fui al hotel y tuve exquisitos sueos de una
pureza de arcngel, hasta el punto de hacerme sentir el tener que
levantarme de mi mala cama de posada cuando por la maana tuve que
hacerlo para asistir al entierro. Saba que el notario haba llenado
todas las formalidades y que mi papel en la ceremonia consista en ir a
la cabeza del cortejo y en dar las gracias a los asistentes en nombre de
la familia.

Me vest, pues, de negro, como lo requeran las circunstancias y me fui
a la casa mortuoria en unas disposiciones muy poco fnebres, mal que
pesara a la pobre solterona. Convendrs en que no estaba yo obligado a
un duelo muy profundo. Todo mi cuidado consista en desempear
dignamente un papel nuevo para m y en no escandalizar a aquella buena
gente de Quimper con alguna involuntaria irreverencia.

Tambin tena, como comprenders, una viva curiosidad por ver de cerca y
a buena luz a mi fugitiva aparicin de la Catedral.

La maana estaba hermosa y serena. Los pjaros revoloteaban con alegres
gorjeos y, detrs de una tapia orlada de yedra, oanse voces de nios
que rean y disputaban entre confusos pataleos y llamadas guerreras. Las
mujeres pasaban con su cesto de provisiones al brazo. Un carpintero,
delante de su banco, cepillaba unas tablas, cuyas olorosas virutas se
rizaban alrededor. En la esquina de la calle unos albailes estaban
aserrando piedras con estridente ruido. Todo viva y se agitaba en sus
necesidades o sus placeres acostumbrados como si la seorita de Boivic
no estuviese, all cerca, clavada entre cuatro tablas bajo el inmaculado
sudario de las vrgenes.

Las campanas de la Catedral doblaban pesadamente con ecos plaideros y
entrecortados de silencios, como suspiros de agona. Pero slo las
campanas lloraban en aquella maana llena de sol y vida. Escuchbalas yo
sin emocin alguna y me daban ganas de decirles: S, s; ha muerto...
Todo muere, y ha hecho como los dems, lo ms tarde que ha podido, la
venerable dama. Pero no es esta una razn para lamentarnos y perder el
tiempo de ser felices. Cada cual a su vez; la nuestra es de vivir.

Sin embargo, cuando pas el umbral de aquel gran saln hermticamente
cerrado, en el que ardan los cirios haca dos das, y respir el olor
fro de las altas vigas saturadas de vejez, sent un malestar de
tristeza y como repugnancia por una vida que conduce a la infalible
muerte.

Empezaron a llegar amigos y parientes que yo no conoca y a quienes
expliqu la ausencia de Lacante. Pero, a todo esto, no vea a la hija, y
sal a informarme de lo que haba sido de ella.

--Pregunta usted por la seorita Elena?... No s si podr bajar. Ha
llorado tanto, la pobre!... Casi tiene fiebre.

--Pobre joven! Quera mucho a su ta?

--Ya ve usted... No tena a nadie ms que a ella para querer... puesto
que a su padre no lo conoce y su madre y su abuela han muerto.

--Estoy encargado de llevar a la seorita Elena al lado de su
padre--dije prontamente para destruir en el nimo de aquella mujer la
mala idea que tena de Lacante.

--S, eso la consolar acaso, si su padre es un poco bueno para ella.
No ha sido muy mimada, la infeliz!

La llegada de nuevos invitados me oblig a volver al saln.

En seguida llegaron los sepultureros.

Cuando el convoy iba a ponerse en marcha, vi aparecer por una puerta
lateral, entre un rumor de sollozos, a la hija de Lacante, con un
inmenso sombrero de crespn y un denso velo que la aplastaba y le haca
parecer tan pequea como si tuviese apenas doce aos.

Escapndose de entre las manos de una criada que se esforzaba por
retenerla, se ech de rodillas al lado del atad y lo estrech en sus
brazos en un movimiento apasionado, como si la muerta pudiera sentir
todava su presin, y ocult la llorosa cara entre los pliegues del pao
mortuorio.

Su rasgo fue tan espontneo, su dolor tan verdadero, tan profundo su
olvido de todo lo que la rodeaba, que mi corazn se oprimi de dolor y
los ojos de algunos se llenaron de lgrimas.

La criada y los amigos se esforzaban por levantarla y llevrsela; pero
ella se agarraba al atad con sus manitas crispadas, y el tiempo urga.

Me aproxim, y en el tono ms dulce y compasivo que me fue posible, pero
con firmeza, le rogu que no interrumpiera la ceremonia, por respeto
hacia aquella a quien lloraba.

Al sonido extrao de mi voz levant la cabeza, y, a travs del espeso
velo negro hmedo y arrugado, vi una cara hinchada y enrojecida por las
lgrimas, indescriptible de puro descompuesta, y dos grandes ojos negros
que parecan preguntarme: Quin es usted?... Cmo se atreve?...

--En nombre de su padre, ruego a usted que domine su dolor.

La joven baj la cabeza, se levant lentamente y, apoyada en el brazo de
una seora que pareca de su intimidad, sigui el cortejo y asisti con
valor a toda la ceremonia, hasta la inhumacin en el panten de familia.

No la volv a ver. Me dijeron que estaba enferma y que haba tenido que
acostarse.

He recibido cita, para la apertura del testamento, del notario y de las
personas designadas por la muerta como ejecutores testamentarios. La
reunin se verificar maana.




Mximo de Cosmes a su hermano.


Excepto unas mandas a los pobres, a ciertas obras de beneficencia y a
los criados, la seorita de Boivic deja toda su fortuna, unos cuarenta
mil pesos, a su sobrina Elena Lacante.

As, pues, todo est bien. Nada de discusiones ni pleitos. Por esta vez
no utilizar los retazos de conocimientos variados que he sacado de los
manuales de Derecho.

El testamento ha sido ledo por el notario en presencia de Elena, como
ayer velada y encapuchada con su gran sombrero y tan menuda y pequeita
con sus ropas de viuda, que inspiraba profunda piedad.

Pero no queda nada de la ideal aparicin de la primera tarde en la
Catedral bajo el fantstico rayo de luna. Su figura no es ya la de una
santa o una madona potica y extasiada. No hay delante de m ms que una
pobre nia temerosa, desolada y casi agreste. Me evita cuanto puede,
huye en cuanto me ve y retarda todo lo posible la conversacin que le he
pedido. Preciso es que convenga con ella lo concerniente a su partida.
No puedo estarme eternamente en Quimper, y he hecho rogar a Elena que me
reciba en seguida; a las cuatro.




El mismo da a las siete de la tarde.


Por fin la he visto de cerca.

Me estaba esperando en el gran saln en que ayer reposaba su ta. Se
haban quitado las colgaduras fnebres y abierto de par en par las
ventanas, pero aquel saln conservaba, sin embargo, un aspecto
singularmente glacial y solemne, con sus ensambladuras sucias y
desnudas, sus sillas y butacas metdicamente alineadas junto a las
paredes y su mesa redonda con tabla de mrmol, que, en el vaco de la
vasta pieza, pareca un velador de nio, olvidado all por descuido.

En el extremo del saln y acurrucada en un gran silln de terciopelo de
Utrecht de un amarillo ajado, estaba Elena Lacante.

Esper para levantarse a que estuviese yo muy cerca de ella, y se estuvo
tiesa delante de m, sin ofrecerme la mano y mirndome furtivamente a
travs de las largas pestaas negras de sus prpados medio cerrados.

La salud con mi expresin ms amable y le pregunt si estaba muy
cansada por las emociones que haba sufrido.

--Cansada?... No, no lo estoy... Soy muy desgraciada.

Acentu estas palabras con voz baja y apasionada y labios temblorosos.
Sus manos, finas y un poco flacas, que la joven frotaba una con otra en
un ademn de cortedad infantil, temblaban tambin. Y a las pocas
palabras de simpata que le dirig, respondi con la misma voz sorda y
ahogada.

--Todo lo he perdido... No tengo ya a nadie.

--No le queda a usted su padre?

Levant los prpados y, olvidando su timidez, me mir de frente.

--Mi padre... Est enfermo, no es verdad?

Qu ojos! Unos ojos gris claro, inmensos, cndidos y dulces, con
reflejos cambiantes a la espesa sombra de unas pestaas muy negras... Es
encantadora, amigo mo, esta hija de Lacante. Cmo diablos se las habr
compuesto para dotar al mundo de esa flor de poesa? Preciso es que la
madre haya puesto mucho de su parte, porque la verdad es que no
encuentro en esta muchacha nada que le recuerde con su cabezota redonda,
sus ojillos chispeantes, sus delgados labios contrados por maliciosa
sonrisa y su ancha y corta barbilla. Elena no es alta, muy menudita, con
ademanes tmidos de pjaro dispuesto a volar. Su cara es ovalada, con
espesos rizos separados como los de la Virgen sobre una frente muy
blanca. Estaba plida, acaso de emocin y de fatiga.

--No est usted de pie--le dije,--y permtame sentarme a su lado.
Tenemos que hablar.

La muchacha se dej deslizar entre los almohadones del silln, que casi
la ocultaban, y me sent a su lado. Le expliqu que el estado de su
padre no tena nada de alarmante, puesto que sus crisis dolorosas le
privaban de movimiento sin poner en peligro su vida. Aad que tena el
encargo de llevarla a su lado y que deba preparar su viaje lo ms
pronto que le fuese posible.

La joven me escuchaba inmvil, sin responder ni manifestar aprobacin o
disgusto.

--Le causa a usted pena lo que le digo?--pregunt por fin.

La muchacha hizo un gesto de incertidumbre y murmur en voz baja y
quebrantada que era mucho su dolor para que nada le produjera placer ni
pena.

--Pero... su padre de usted... No est usted contenta porque va a su
lado?

Elena tard en responder:

--No lo conozco... y l no me quiere.

--Quin le ha dicho a usted eso?--exclam vivamente.

--Lo s... no me ha querido nunca; no es verdad?

A mi vez tard en responder.

Qu poda decirle de aquel padre que no haba tratado de verla en doce
aos? Protest, sin embargo, lo mejor que pude.

--Juro a usted que, al saber la muerte de la seorita de Boivic, la
mayor preocupacin de su padre de usted ha sido el no poder hacerla
feliz.

La joven me miraba ardientemente y sus labios se estremecieron; pero no
dijo nada.

--No me cree usted?--aad con insistencia.

Elena hizo con la cabeza un gesto indeciso y triste.

--Ser posible--exclam,--que alguien haya cometido la imprudente
crueldad de hablar a usted mal de su padre? Qu se han atrevido a decir
a usted?

--Nada... pero me han enseado a temerlo. Cuando no era buena, me
amenazaban con enviarme a su lado.

--Quin? La seorita de Boivic?

--S... y tambin Marivette.

Convertido Lacante en el coco, con qu alegra debe considerar esta
nia la perspectiva de ir a vivir con l?

--Le han dado a usted de l una idea muy falsa...

Trat de hacerle comprender la vida de estudio y de trabajo que hace
Lacante, sus relaciones con escritores y sabios, su casa sin mujer y lo
difcil que le hubiera sido tener a su lado y educar a una nia. Le
pint adems sus ataques de gota que le entregan a los cuidados
mercenarios de una criada.

La muchacha se conmovi.

--Yo sera de buena gana su sirviente--exclam con pasin.--Lo cuidar
si quiere... y le querr si me lo permite...

Creo que posee un alma ardiente y tierna.

Al preguntarle qu senta ms dejar en Quimper, me respondi:

--Todo! Todo!

Y rompi a llorar con la cara entre las manos.

--No hay una piedra de este pas, ni una flor, ni una mata, ni una cara
a que no est unido mi corazn.

Y sigui sollozando mucho tiempo.

Su niez, sin embargo, no ha sido muy dichosa. Su antigua criada,
Marivette, me ha contado que la Boivic era muy seca y hasta dura para su
sobrina, que nunca ha conocido caricias ni indulgencia. La muchacha, sin
embargo, tiene tan buen corazn, que siente a su ta como si nunca
hubiera tenido que sufrir su mal humor.

Nos vamos dentro de dos das.

Haba yo pensado llevarme a Marivette como doncella de Elena, pero
parece que no puede ser. Esta mujer est casada y tiene hijos. Su marido
y ella quedan encargados, hasta nueva orden, de guardar la casa.

Y yo me llevo a Elena bajo mi nica responsabilidad. No encuentras que
esto parece un rapto?

Tengo hecha la maleta, pagada mi cuenta en la fonda y espero, no sin
impaciencia, el momento de reunirme con mi compaera de viaje. Estoy
harto de Quimper, cuyas bellezas he saboreado hasta la saciedad, y tengo
prisa por recobrar mi cuarto, mi trabajo, mis libros y a la que quiero
ms que todo, a la elegida de mi corazn.

Esta maana, despus de una entrevista con el notario a quien he
encargado que arregle todos estos asuntos, paseaba yo mis ocios por las
calles prximas a la Catedral, cuando vi a Elena, a la que conoc
fcilmente por su ridculo traje, compuesto de trapos viejos de su ta,
exhumados de un armario, y que la muchacha lleva con estoica
indiferencia. La segu, rindome a pesar mo del extrao aspecto que la
daban aquel chal tan largo que arrastraba por el suelo y el enorme
sombrero de calesn, en el que desapareca su delicada carita. La pobre
muchacha resultaba irresistiblemente cmica.

Entr detrs de ella en la iglesia, con cuidado para que no me viera.
Empezaba una misa en el altar de la Virgen, y Elena la oy con un
recogimiento inaudito, sin levantar los ojos hasta el momento en que se
aproxim a comulgar. No puedes figurarte, amigo mo, el celestial candor
de aquella cara extasiada y transfigurada. Veala de perfil; el horrible
sombrero y todas las grotescas fealdades haban desaparecido. No vea
ms que la aparicin del primer da y su puro y radiante perfil. Lejos
de ser un mstico, soy un descredo... Pues bien, amigo mo; por un
momento, deplor no tener la sencillez y la fe de aquella nia para
conocer la sagrada embriaguez cuyo reflejo vea en aquella frente pura.
Como en un relmpago, sent el roce de lo divino, como en uno de esos
golpes de sorpresa que ponen en conmocin nuestro sistema nervioso y le
levantan un instante, para caer despus, ms que nunca, en la seca
realidad.

Acabada la misa, vuelto el sacerdote a la sacrista, apagados los cirios
y dispersos los asistentes, Elena se levant y dio la vuelta a la
iglesia detenindose en cada altar pare una oracin o una reverencia.
Hasta la vi enviar piadosos besos a sus santos favoritos. Llegada a la
puerta, moj los dedos en la pila de agua bendita, y como si no pudiera
resolverse a un adis definitivo, volvi a arrodillarse en la nave para
rezar de nuevo. Por fin, dej aquel sombro santuario, patria de su
alma, y cuando la vi marcharse sola con aquella gran pena en su juvenil
corazn, tan pequea, tan dbil, no tena ya gana de rerme de su traje.
Pobre nia! Sea la que quiera la buena voluntad de Lacante, temo que no
tenga para ella entraas de padre. Es un estorbo en su existencia, una
carga de la que se ha librado todo el tiempo que ha podido y que le va a
resultar incmoda hasta lo ridculo. Imagina el efecto de esa hija que
le cae de improviso como una revelacin que va a divertir, y casi a
escandalizar, a sus respetables colegas de la Academia... Cmo va a
salir de la aventura? Es verdad que existe el convento... hasta que se
case, dice l... Quin sabe? Quiz hasta la muerte... Si la mete all,
all se quedar.




Mximo a su hermano.

2 de julio de 190...


...Quieres saber lo que ha sido de mi amiguita Elena Lacante?...
Celebro haber logrado interesarte por esta nia singular; una florecilla
silvestre trasplantada de aquella landa bretona, que cubre con su gran
sombra el alto campanario calado, a este hormiguero parisiense, agitado,
turbulento, escptico, burln y malsano, en el que los intereses, los
placeres, los teatros, los museos, todas las invenciones de la ciencia y
de la civilizacin, dejan tan poco espacio al recogimiento de las almas
pensativas. La florecilla silvestre por poco se muere aqu de asfixia
fsica y moral.

Nuestro viaje fue bueno y vel por ella con cuidados de nodriza. Reame
para mis adentros y, sin embargo, me senta asaltado por mil temores
quimricos. Me pareca que aquella joven cabeza, confiada a mi guarda,
estaba amenazada de inauditas catstrofes y que el tren, que corra con
su velocidad montona y prevista, iba a conducirnos a los abismos.
Comprend entonces y excus las ms locas alarmas de ciertas madres, que
me haban exasperado en otro tiempo. El proteger a un ser dbil,
desarmado, ignorante del peligro y que se fa de nosotros, es misin de
una terrorfica dulzura. En aquella noche de viaje comprend los
transportes y las angustias del amor, todo ternura y todo temor; lo
comprend viendo dormir a aquella nia casi desconocida de la que una
irona de la suerte me haca en aquel momento nico protector. Estaba
triste, despus de los primeros asombros del viaje, y, al orla suspirar
debajo de su gran velo echado y murmurar palabras ahogadas que parecan
quejas o plegarias, la compadeca con todo mi corazn. Hubiera querido
mecerla en mis rodillas y consolarla con palabras acariciadoras como a
un nio a quien se duerme para que no sufra. Es tanta la ignorancia de
la vida y tan cndida su timidez, que dara gana de permitirse con ella
una familiaridad de hermano mayor, sin sus ojos, aquellos ojazos de
profunda gravedad, superior a sus aos, que desconciertan e infunden
respeto. En el fondo de aquellos ojos de larga mirada se ve vivir un
alma, una razn ya firme y ejercitada en velar sobre s misma; una
inteligencia que reflexiona y observa, un corazn ya dispuesto para la
ternura y el sufrimiento inocente, silencioso y solitario. Puedes, pues,
suponer que no la sent en mis rodillas y que la dej suspirar a sus
anchas hasta que el cansancio le hizo dormirse. Slo entonces, y con mil
precauciones para no despertarla, extend sobre ella mi manta de viaje,
pues la noche estaba fresca.

Un seor de edad y su mujer, que viajaban con nosotros, se interesaban
mucho por la juventud de Elena, por su tristeza y por su luto riguroso.
Una vez les o murmurar en voz baja:

--Debe ser la viuda de algn marino.

--Es demasiado joven. Ms bien ser una hurfana con su hermano.

--No, porque l no est de luto.

--Entonces ser su novio.

Aquellas suposiciones me hacan gracia. Aquellos seores bajaron en
Versalles y Elena y yo nos quedamos solos hasta Pars. Iba despierta, y
como observ que me miraba de reojo a travs de su velo, le dirig
algunas palabras animadas con una sonrisa.

--S, he dormido--me respondi,--y usted ha debido de pasar fro. Es
usted demasiado bueno para m.

--Por qu demasiado? No quiere usted que seamos amigos?

--Soy tan poca cosa!

--No es esa la opinin de todo el mundo. Sabe usted lo que pensaban
esos seores que han viajado con nosotros esta noche? Que era usted una
viuda o mi novia.

Elena se ech a rer y, por primera vez, o su risa franca y joven, que
me la revel como capaz de alegra y de divertirse un poco.

--Viuda! Novia!... Tengo un aspecto tan majestuoso?

--No le gustara a usted estar ya prometida?

--Oh! no--exclam;--sera ridculo.

Y aadi con un candor deplorable:

--Mejor podra usted ser mi padre, verdad?

--No lo veo as enteramente, Elena. Qu edad cree usted que tengo?

--No s...

Y aadi vacilando:

--Es muy viejo mi padre?

--Tiene sesenta y dos aos...

--- Oh! Tanto como eso!

--Y yo tengo veintinueve.

--Ah!

--Confiese usted que me encuentra muy viejo.

--No, muy joven.

Creo que esta muchacha no encuentra gran diferencia entre mis
veintinueve aos y los sesenta y dos de Lacante... Es tan grande la
distancia entre ella y yo! Esta muchacha me ha puesto en la categora de
los caractersticos de teatro. Creer que apenas se ha empezado a vivir y
echar de ver que para los dems se ha pasado ya de la juventud, es un
descubrimiento que le pone a uno melanclico.

Elena miraba pasar por la ventanilla las estaciones y los pueblos con
una emocin que pareca sufrimiento.

--Llegamos pronto a Pars?--preguntaba ansiosa.

--Todava no; yo la advertir a usted.

--Ah est Pars!--exclam al ver la inmensa extensin de casas y
monumentos que surga en el horizonte.

Y se puso muy plida.

En la estacin tom un coche con mi compaera, que temblaba hasta el
punto de tener que sostenerla. Y, con voz ahogada, me preguntaba cada
dos pasos:

--Es aqu?

Ni siquiera observaba el ruido de las calles, el cruzamiento de coches,
ni la agitacin de la multitud, absorbida por la idea de su padre, al
que no conoca.

En la calle de Tournon la ayud a apearse y a subir el nico tramo que
conduce a casa de Lacante.

Nuestro amigo es un madrugador, como sabes, y estaba ya levantado e
instalado en su mesa de escribir.

La seora Polidora, digna y tiesa, nos introdujo, y al ver el
extravagante traje de Elena, colgada de mi brazo, murmur entre dientes
con impertinencia:

--Dios mo! Qu es esto?

No fue mejor la impresin que hizo a Lacante la vista de Elena, que
estaba de pie delante de m, cortada y confusa, esperando una palabra
de bienvenida mientras la examinaban los penetrantes ojillos de aquel
buen seor gordo y calvo, cuyos labios sinuosos se torcan en una risita
nerviosa.

--Es Elena--le dije presentndosela.

Lacante le ofreci la mano.

--Acrcate, hija ma, acrcate... Yo no puedo salir a recibirte.

Tena la pierna extendida y el pie rodeado de franela.

--...Pero mi corazn va a tu encuentro; s, mi corazn va a tu
encuentro.

Lacante dijo esto dos veces, como para convencerse bien a s mismo.

La muchacha se arrodill al lado de su butaca y le bes la mano, en la
que cayeron unas lgrimas.

--Qu tiene? Qu es lo que tiene?--me pregunt Lacante agitado.

--Un poco de cansancio y mucha emocin.

--S, s... ciertamente... cansancio, emocin... Es muy natural...
Pobre nia! Eso pasar cuando nos hayamos conocido mejor.

Le dio unos golpecitos en el hombro y mand a la seora Polidora que la
llevase al cuarto que le haba hecho preparar y que es la pieza contigua
al despacho, atestada de libros, entre los cuales se ha logrado
introducir una camita de campaa y un lavabo.

A todo esto, me estaba yo ocupando de hacer entrar los equipajes, que
acababan de llegar. Cuando volv al cuarto de Lacante me le encontr
hundido en su silln, con las cejas fruncidas y aspecto de preocupacin.

--Es un paquete, mi querido amigo, un verdadero paquete--me dijo
moviendo la cabeza con aire consternado.

Protest dicindole que Elena era encantadora y que la haba visto mal.

--Cmo haba de verla debajo de aquellos trapos grotescos y a travs de
sus lgrimas? Detesto a las mujeres que lloran.

--Elena no est siempre llorando, y hasta tiene una risa fresca como un
manantial de agua pura. Si yo tuviera una hija deseara que fuera como
ella.

--Y devota, no es verdad?

--Eso s, lo es bastante...

--Vamos all! Todo eso est muy bien, muy bien. Era lo que haca falta
en mi casa.

Hablaba con seca irona, dando golpecitos impacientes con las manos en
los brazos del silln.

Yo le respond con algo de aspereza:

--No hay que hacerle reproches; ha sido educada as.

--S, sin duda... sin duda... La Boivic la ha educado a su imagen; pero
lo malo es que ha muerto a la mitad de su obra... En fin, a lo hecho,
pecho. Despus de todo esas mojigateras no duran. No hay como Pars
para limar lo que hay de sobra de ese gnero en un cerebro joven.

--Pero si tiene usted la intencin de meterla en un convento...

--Hasta en el convento, amigo mo... El aire ambiente penetra por las
rejas y por los claustros. Dentro de un ao se quedar usted asombrado
del camino que habr hecho... y acaso llegue usted hasta a asustarse...

Lacante se diriga a m como para prevenir mis objeciones. Palabra de
honor; cree que me voy a casar con su hija... Y Luciana, entonces, mi
Luciana adorada, que no es devota, sino que tiene una alma alta y
generosa y una inteligencia hermana de la ma?

Mi amigo me ha hecho quedarme a almorzar, y mientras tanto hemos hablado
de Elena. Me ha rogado que me informe de diversas casas religiosas, y
despus me ha dictado unas cuantas esquelas advirtiendo a nuestros
amigos que no fuesen aquella noche, que era, como jueves, la de su
recepcin, con el pretexto de que le atormentaba la gota. La verdad era
que le embarazaba la presencia de Elena en aquella casa tan pequea,
cuyas cuatro piezas estn siempre abiertas. Veo que quisiera retardar la
divulgacin de aquella parte secreta de su vida, de aquel matrimonio no
confesado, y acaso inconfesable, contrado segn creo con una mujer de
condicin inferior, y del nacimiento de aquella hija, a la que haba
pensado establecer en Bretaa. Ahora va a tratar de confinarla en un
convento hasta que se case, si es que no toma all el velo. Por muy
escptico que sea, estoy seguro de que aceptara con gusto esa solucin,
la ms cmoda y la ms secreta de todas.

Sirvironnos el almuerzo en una mesita volante, al lado del silln del
enfermo, y aquello pareci una comidita de nios.

Elena entr, libre ya de su horrible casco y muy linda, a pesar de su
timidez, con aquel puro perfil virginal entre los pesados rizos de
cabello castao obscuro.

Su padre se puso contento al verla as, y varias veces me hizo guios de
satisfaccin.

Pero hete aqu que, al sentarse a la mesa, la muchacha se santigua con
gravedad y recogimiento. La seora Polidora se echa a rer encogindose
de hombros. Lacante sonre, mira a Elena con curiosidad y, poniendo los
dedos sobre la mano de su hija, le dice:

--Veo, hija ma, que eres piadosa y te felicito por ello; la piedad es
una fuente de goces ntimos para los que la poseen... Aqu, en Pars, no
se usa el hacer a cada paso manifestaciones de religin. Hay iglesias, a
las que se va a rezar pblicamente, y cada cual tiene su conciencia, que
es una especie de capilla privada en la que se puede adorar a Dios en
espritu y en verdad, como dice la Sagrada Escritura, sin poner a nadie
en la confidencia. No hagas ms seales exteriores de fe y contntate
con llamar en secreto la bendicin de Dios sobre tus actos del da.
Comprendes?

La muchacha se puso encarnada y escuch inmvil, con los ojos bajos,
pero respondi sin vacilar y con voz firme:

--S, pap.

Al siguiente da otro incidente.

Era viernes, y Elena no coma. Interrogada por su padre, respondi que
tena costumbre de ayunar.

--Pues bien, querida nia--le respondi Lacante,--tienes que perder esa
costumbre y conformarte con las mas, esto es lo justo. La obediencia es
una virtud que har las veces de la austeridad. Estoy seguro de que no
me dars el disgusto de resistirte.

Elena sonri y present el plato sin decir palabra. Lacante se puso muy
contento por aquella sumisin sin echarlas de vctima ni sombra de
enfado. Cuando llegu, lo encontr radiante.

--Es buena muchacha la tal Elenita, querido. Nada gazmoa ni rebelde.

Y me cont el episodio del da.

--Cuando yo deca que es una joven deliciosa!--exclam.

Lacante arrug la nariz y movi maliciosamente la cabeza.

--S, s--dijo,--deliciosa y dcil... Se ha comido animosamente su
chuleta... pero... no ha tomado postre. Qu dice usted de esto?... No
he querido contrariarla y he hecho como que no lo observaba... Pero lo
he visto y comprendido perfectamente.

--Ha sido un medio ingenioso--dije--de conciliar la obediencia con el
precepto de la mortificacin cristiana.

--Sin duda, amigo mo. As nos las devuelve la Iglesia cuando ha sido su
nodriza: de una dulzura flexible en la superficie, pero firmes en el
fondo... Firmes?... Esto es lo que habra que ver despus de
todo--aadi con expresin pensativa.

--Qu importa que quede el fondo, siempre que no haya al exterior ni
mal humor ni exigencias? Bueno es, por el contrario, que las muchachas
tengan principios; as es ms probable que sean mujeres honradas.

Lacante estaba reflexionando.

--Sera interesante saber--dijo como hablando consigo mismo,--quin
podra ms, si las influencias hereditarias y atvicas o las que se
ejercen en la ms tierna edad por una mente extraa. Sera curioso. No
puedo yo jactarme de haberle infundido el germen de todas las virtudes,
y en cuanto a su madre, pobre criatura muy mal educada por unos padres
que no le dieron ms que golpes y malos ejemplos, no s qu pudo
transmitirle de bueno, fuera de la belleza... Esa nia tiene, sin
embargo, una expresin de rectitud y de inocencia que debe de proceder
de la educacin que ha recibido...

--No s por qu, querido maestro, se rehusa usted a s mismo la
satisfaccin de haber transmitido a su hija, con la vida, las cualidades
que hacen de usted un hombre honrado. En el maravilloso alambique de la
Naturaleza, las cualidades especiales de nuestro sexo se transforman en
las que convienen a la mujer. El sentimiento que nosotros tenemos del
honor, por ejemplo, es en ellas el pudor y la fidelidad a la fe jurada.

--Puede ser, amigo mo, puede ser... Pero esa transformacin gana,
acaso, cuando es fortificada por lo que llamamos las antiguas
supersticiones, muy bien apropiadas, en suma, para la imaginacin viva y
sensible de las mujeres. Para los que creen en ella con sinceridad, la
religin debe de ser punto de apoyo slido en la lucha contra las
pasiones. Falta saber si el contraveneno sera suficiente para una
naturaleza combatida por instintos ms o menos desordenados y, lo
repito, el experimento sera interesante.

--Si no se tratara de su hija de usted. Supongo que no tendr usted la
intencin de experimentar...

Lacante tom una expresin de clera.

--Quin habla de eso?--exclam golpeando en la mesa con la regla.--He
dicho yo semejante cosa?... Mi hija ir al convento, que es el sitio ms
propio para mantenerla en las ideas que se le han inculcado... Y no ser
yo el que trate... No diga usted tonteras, amigo.

Gru todava un rato, y despus, volvindose hacia Polidora, que entr
a darle unos peridicos, la interpel en tono de buen humor:

--Y bien, Polidora, qu dice usted de mi hija?

La mujer se regode con aire de suficiencia y dijo no sin desdn:

--Es una joven sencilla y sin malicia, seguramente... Pero no sabe
llevar un vestido ni servirse de sus ojos...

--Alto ah, Polidora! Agradecer a usted mucho que no la ensee esas
artes de adorno... No necesita saber ms, hasta nueva orden... Entiende
usted?

--Perfectamente, seor, y basta... Si el seor encuentra bien as a la
seorita... Lo que yo deca era por su bien. Me pondr guantes para
hablarla, si eso agrada al seor.

--S; me agrada, Polidora; y como usted es inteligente, quedo tranquilo.




Mximo a su hermano.

10 de julio.


He corrido una porcin de conventos. Nunca haba visto tantas monjas,
mujeres amables, en resumidas cuentas, con una dignidad sencilla y una
urbanidad pdica que tienen gran encanto.

Despus de muchas comparaciones y reflexiones, creo que vamos a
decidirnos a meterla en la Casa de Sin, que es la que parece ms
propia para ella. Los estudios no son all malos y la admisin de
pensionistas se hace con menos pretensiones aristocrticas que en el
Sagrado Corazn, por ejemplo.

Elena, por otra parte, est delicada desde ayer, y el mdico ha
aconsejado que se le haga guardar cama. Es, sin duda, la consecuencia
del cambio de aire y de vida.

Su existencia no es alegre, siempre sola con Polidora... y el diablo
sabe qu es lo que Polidora podr decirle en aquel cuarto lbrego de un
entresuelo, cuya ventana da a un patio, rodeado por todas partes de
casas de cinco pisos.

He propuesto que se le haga pasear por Pars, antes de enjaularla entre
las rejas de Sin; pero hay que esperar que est vestida decentemente y
libertada para siempre de aquellas galas enmohecidas en un armario, y
que llevaba, sin duda, la seorita de Boivic hace treinta aos.




Mximo de Cosmes a su hermano.

15 de julio.


Tena que suceder; deba de ocurrrsete esa idea. Enamorado de Elena
Lacante!... La cosa estaba en el aire y dentro de las verosimilitudes
romnticas, y tu superior perspicacia no ha vacilado en desgarrar los
velos del porvenir ni en profetizar. Pues bien, no; nada de vaticinios.
Nadie es profeta en su familia.

Elena es agradable y las circunstancias singulares en que se me apareci
fueron conmovedoras y de una fnebre poesa. Pero, ya te lo he dicho, mi
eleccin est hecha. Crees t que tengo un corazn con cajones
numerados en el que colecciono las ternuras?

Dices que desconfas de las aventuras novelescas y galantes y de los
amores que hieren como un rayo. Pero no sabes, amigo, que no se trata de
aventuras galantes ni de amores a la ligera. Nada de rayos. La que amo
es Luciana Grevillois, a la que conozco hace mucho tiempo; desde antes
de la muerte de su padre, que falleci de repente, hace tres aos, en el
Observatorio, cuando estaba estudiando con su telescopio un eclipse de
luna. Todos los peridicos hablaron de esto. Era un astrnomo
distinguido, miembro de la Academia y de varias sociedades cientficas.
Privado de fortuna, dej, al morir, a su mujer y a su hija en la
situacin ms precaria, con una modesta viudedad a la que la
munificencia del Gobierno aadi un estanco, que Lacante les consigui.
Las dos pobres mujeres han tenido que ingeniarse para suplir la
insuficiencia de sus recursos y se han puesto animosamente a trabajar.
La madre hace muestrarios de bordados para los almacenes, y la hija, que
tiene talento, pinta miniaturas. No son stos antecedentes ni
procedimientos de aventureras y creo que no puede haber nada ms
honroso.

Las he visto con frecuencia en casa de la Marquesa de Oreve, la gran
amiga de Lacante, que tiene un saln artstico y literario en el que
nuestro tutor es rey y pontfice, bajo los auspicios del mismo Marqus
de Oreve, un papamoscas de alto coturno. Toda esta gente debe ser
desconocida para ti, que la habrs olvidado despus del tiempo que
llevas corriendo por el mundo, lejos del _boulevard_.

Las seoras de Grevillois no asisten a los jueves de Lacante, pero
forman parte del crculo habitual de la Marquesa Leontina de Oreve. All
se ve tambin a miss Carolina Godwin, poetisa lrica muy apreciada en
Inglaterra, no muy joven y nada linda, aunque gusta a algunos por sus
monadas de pjaro asustado y por una especie de gorjeo de que se sirve
para expresar sentimientos supraterrestres e ideas de una elevacin que
causa vrtigos. Tambin va Sofa Jansien, una gorda subida de color y de
potentes atractivos, cuya historia te contar un da. Luciana brilla
entre aquellas seoras, puedes creerlo, con un fulgor que deslumbra, con
su cabellera de oro y su talle de diosa.

Admirbala yo de lejos, sin haber jams pensado en hacerle la corte
(sabes que soy, por naturaleza, poco galante), ni siquiera en hablar con
ella de un modo particular. Hermosa y admirada como era, me pareca de
una especie diferente de la ma y, por instinto, sin intencin
deliberada, me mantena a distancia, dichoso solamente con su presencia,
como se es dichoso con un rayo de sol.

Duraba esto haca unos aos, cuando, en una tarde del ltimo octubre,
Luciana vino a sentarse a mi lado. Me levant al acercrseme, dispuesto
a cederle el sitio y sin pensar que se hubiese molestado por m. Pero
ella, con un gracioso ademn, me hizo sea de que me volviera a sentar.

--Confiese usted, caballero, que no es usted curioso--me dijo sonriendo.

--A qu se refiere la observacin?

--Hace meses y an aos que nos encontramos casi todas las semanas en
este crculo, tan reducido que es imposible que seamos completamente
extraos el uno al otro, y nunca ha tenido usted la tentacin, ni aun la
ms frvola y pasajera, de hablar conmigo y tratar de saber si hay en mi
alma ms que una mueca...

Y al ver que, estupefacto por aquel brusco ataque, no responda, sigui
diciendo:

--Yo deseo hace mucho tiempo conocer el color ntimo de su mente de
usted, no de la que se muestra en plena luz en conversaciones hechas
para la galera, sino de la que se calla, de la que se reserva, de la
que slo se entrega cuando est segura de encontrar una simpata.

Estaba yo literalmente aturdido. Sabes que no soy inclinado a hacerme
valer. Si tengo cierta estima por mi inteligencia, prescindo por
completo de mis prendas fsicas, y la atencin de que era objeto por
parte de aquella radiante belleza hacame dudar si estaba despierto o
sumido en las perfidias de un sueo.

Como convena, me mostr conmovido por su benevolencia y hablamos
largamente. Me qued maravillado de la razn de aquella joven, de la
madurez de su pensamiento, de la penetracin, un poco desengaada, de su
inteligencia. Se ve en ella un corazn que ha sufrido y que, si no se ha
agriado, se ha empapado en las amargas aguas de la adversidad y est ms
dispuesto a la lucha que a una pasiva resignacin. Es una valiente, esta
Luciana, y he amado a esta valiente. Por mi parte, he credo conocer que
le haba agradado.

Tomamos la costumbre de crearnos, en todos nuestros encuentros, unos
instantes de conversacin ntima, y echamos de ver que estbamos
maravillosamente de acuerdo en una multitud de cuestiones de arte, de
sentimiento de la Naturaleza, de preferencias literarias, aspectos
generales de la vida, en todo, en fin. Es verdad que hay en ella
aspiraciones religiosas en las que yo no puedo seguirla; pero nada
estrecho, nada de devociones infantiles como las de nuestra amiguita
Elena Lacante. La religin es en Luciana un vuelo del alma hacia las
alturas.

Unas semanas despus, me dijo, un da en que habamos hablado con
singular confianza:

--Confiese usted que tuve razn al arriesgarme a los primeros pasos y
que estbamos hechos para entendernos. Por qu se separaba usted
sistemticamente de m?

--Es usted demasiado hermosa y no me atreva a aproximarme.

--De veras me encuentra usted hermosa?... Yo lo aprecio a usted mucho.
Cul de los dos da ms al otro?

--Una sola mirada de usted vale ms que todo lo que hay en m y que todo
lo que pudiera ofrecerle en cambio.

--Ofrezca usted, con todo--djome ella sonriendo,--y me contentar con
lo que sea.

Si en aquel momento me hubiera dicho que abriese el balcn y me arrojase
de cabeza a la calle, creo que no hubiera vacilado, hasta tal punto
estaba mi corazn fanatizado de amor por ella en aquel momento.

--Haga usted de m lo que quiera--dije muy conmovido.

Luciana respondi:

--Lo que yo quiero es un amigo. Quiere usted serlo?

--No es bastante.

Se qued un momento silenciosa, mirndome al fondo de los ojos, y dijo
en seguida:

--Piensa usted en lo que pide?

--Ciertamente que pienso.

--No se apresure usted, porque acaso despus le pesara. A m me basta
con la amistad.

--Y yo la quiero a usted toda--exclam con ardor.

Si hubiramos estado solos, la hubiera estrechado contra mi corazn;
pero nos rodeaban diez personas, y aunque las costumbres del saln
autorizan ciertos modales familiares y una amistad ntima, debemos por
eso mismo observar una circunspeccin y una reserva exterior
irreprochables.

Obtuve de ella en aquella tarde permiso para considerarla como mi
prometida y le expuse lealmente mi situacin, que no es brillante. Tena
ya en aquel momento esperanza de que Marignol me escogiese para suplirlo
en la ctedra del Colegio de Francia; pero no era ms que una esperanza,
y, por otra parte, las condiciones leoninas que me impone ese avaro de
Marignol mejoran muy poco mi situacin.

Luciana pareci sorprendida de que mis trabajos de crtica sean tan mal
pagados. Lo cierto es que con lo que yo gano y con lo poco que a la
pobre muchacha le producen sus miniaturas no podramos sostener una
casa.

--Veo--me dijo con un ligero suspiro--que durante largo tiempo tendremos
que armarnos de paciencia, a no ser que alguna hada benfica...

--Las hadas--respond suspirando--olvidaron el darme, al nacer, entre
otros dones, el de la riqueza... y nunca lo he lamentado como hoy.
Tendremos, pues, que no contar ms que con nosotros mismos y con nuestro
esfuerzo.

--Soy valiente--me dijo.

Pero conoc, sin embargo, que aquella larga perspectiva de cuidados, de
trabajos y de lucha encarnizada contra la mala fortuna, la entristeca,
como era muy natural.

Al despedirme de ella, la estrech la mano y le dije con energa:

--Siento que su cario de usted me traer la dicha y espero encontrarme
pronto en estado de poder asegurar a usted la dignidad de vida y la
tranquilidad de espritu a que tiene derecho.

Luciana respondi a la presin de mi mano:

--Eso es; esperemos con paciencia el momento favorable para realizar
nuestros proyectos.

--No retira usted nada de lo que me ha prometido?

--No, por cierto; guardemos nuestras queridas esperanzas y tengmoslas
secretas, verdad?

Hubiera yo deseado hacer mis confidencias al Cielo y a la tierra, pero
Luciana me hizo observar que la situacin de una novia a largo plazo y
sin poca determinada era embarazosa y algo ridcula.

Consent, pues, en guardar para m solo la felicidad que me tena y me
tiene an deslumbrado, y hasta he concebido por ello cierto nuevo grado
de consideracin para m mismo. Hay, adems, dulces e incomparables
delicias en el misterio de este amor velado a las miradas profanas y que
es para nosotros un cielo de goces.

Aqu tienes, amigo mo, toda mi novela, perfectamente legtima y
honrosa. Nada hay en las de Grevillois que huela a aventuras, y como
Luciana es la belleza misma, ser con ella el ms feliz de los hombres.

Perdname que no te haya contado desde el principio todos los detalles,
pero me lo impeda mi promesa de discrecin absoluta. Con un hermano,
sin embargo, se puede hacer una excepcin, y no quiero que imagines
alguna aventura dudosa emprendida a la ligera. Pero no nos vendas. Y,
sobre todo, no vayas a figurarte que estoy enamorado de Elena. Si
supieras cmo se borra hasta desaparecer la pobre chica cuando la
comparo con Luciana... He tenido una prueba muy clara al volver de
Bretaa. Fui a ver a esas seoras, y en cuanto se present mi hermosa
prometida, sent una impresin de luz como el que sale en pleno da de
una cueva, o de un lugar de tinieblas.

La pobre Elena, enfermiza e infeliz, me caus una especie de
enternecimiento al que contribuyeron el aparato fnebre y la decoracin
mstica que rodeaban su juventud.

Pero en el entresuelo de la calle de Tournon el prestigio potico se
atena y se descolora y veo a esta joven tal como es: una criaturita
inofensiva y graciosa, que sera acaso linda si fuese feliz, pero que
tiene las facciones envueltas en un velo de melancola y de temor que
empaan su brillo.




Mximo de Cosmes a su hermano.

15 de julio.


Elena est decididamente enferma. El mdico dice que tiene una fiebre
mucosa. Lamentable contratiempo para Lacante, pues es imposible llevarla
al convento, donde no la recibiran en tal estado. Hay que tenerla en la
casa y puedes figurarte qu trastorno interior. El pobre Lacante, que
contaba con seguir ejerciendo de incgnito su paternidad y haba
suspendido dos semanas seguidas, con diversos pretextos sus reuniones de
los jueves, se va a ver obligado a confesar. No se puede guardar en la
casa una muchacha enferma sin que se note algo.

El doctor, Carlos Muret, est ya en el secreto, y el desgraciado Lacante
se arranca los ltimos cabellos.

A pesar de mi cario, no puedo menos de encontrar cmico el apuro de
Lacante, y l, que lo ha observado, me ha tirado su gorro a la cara. El
estado de Elena no es grave hasta ahora, y puede uno rerse sin
remordimiento del gracioso embrollo en que este buen seor est metido.
l mismo ha acabado por rer, sin cesar en sus anatemas lricos contra
el demonio de los tardos e intempestivos amores que lo han impulsado a
proporcionarse una familia a la edad en que, de ordinario, se descansa
despus de la obra realizada. En su lugar, hubiera yo contado en seguida
mi historia, ahorrndome el embarazo de una situacin falsa que se hace
insostenible al prolongarse. Lo que le detiene no es tanto la confesin
del pasado como el partido que hay que tomar para el porvenir. Teme las
interpretaciones, las crticas y los consejos sobre la conducta que debe
seguir para con esta nia a la que tan poco conoce y a la que tanto debe
en compensacin de su largo descuido. Lucha entre el sentimiento que
tiene de su deber y el egosmo de sus costumbres independientes, y
quisiera estar libre de toda influencia y de toda intervencin extraa
para cerrar este debate.

Pero, a pesar de sus anatemas y de su aire regan y contrariado, se le
escapan palabras que denuncian una sensibilidad ms excitada de lo que
l quiere confesar. La juventud, unida al sufrimiento, tiene gracias a
que no es posible resistir.




Mximo de Cosmes a su hermano.

18 de julio.


La revelacin pblica se hizo de improviso, ayer tarde. Unos amigos
haban entrado forzando la consigna y estaba yo esforzndome por
explicarles la ausencia prolongada de Lacante, mientras ste
conferenciaba con el mdico; cuando lo vi entrar plido y descompuesto.
Todos lo observaron y le hicieron preguntas sobre su salud.

Lacante entonces se decidi:

--Amigos mos, estoy bueno; pero aqu, en el cuarto contiguo, hay una
enferma, y esa enferma es... mi hija.

En seguida, vindolos a todos estupefactos, aadi:

--S, mi hija, una pobre nia que vino al mundo hace quince aos, sin
grandes ceremonias y en un lecho mortuorio... He sido casado, amigos
mos, y si algunos de vosotros no lo han sabido, es porque me han
quedado de aquella corta unin impresiones tan dolorosas, que trato de
olvidarlas. De los dos amigos que me asistieron en aquellas
circunstancias, el uno ha muerto, y el otro no ha salido nunca de
Bretaa. Y ahora que la venerable persona que ha educado a mi hija acaba
tambin de morir, pido vuestra benevolencia para esta nia, si no es
que...

No pudo acabar y su emocin me conmovi.

--Tan mal est?--le dije.

--Est muy grave!

Un gran silencio se cerni sobre la estupefaccin de todos. Creo que
hubiera sido curioso observar las fisonomas, pero yo no tuve la
serenidad necesaria. Se murmuraba en voz baja palabras de asombro y de
vaga simpata, pero nadie tena gana de rer. La muerte, muy prxima,
acurrucada sobre aquella joven vctima, quitaba a la aventura lo que, de
otro modo, hubiera tenido de irresistiblemente jovial, y la emocin que
lo dominaba salv del ridculo a aquel padre recalcitrante.

Por muy tarde que se hubiesen conmovido sus entraas por aquel pobre ser
nacido de l, haba sentido, sin embargo, en su corazn la llamada de la
Naturaleza. Bien fuese por lstima, bien por remordimiento, l sufra y
no podamos menos de compadecerlo. Encorvado hacia el suelo y con las
manos en las rodillas, pareca agobiado por un gran peso invisible, y
sus facciones, tan expresivas y gesticulantes, en las que cada gesto
subraya una malicia propia para provocar la risa, tenan en aquel
momento una expresin trgica, por lo mismo que no era la acostumbrada.

Le preguntamos la opinin del mdico. El doctor teme una meningitis y he
pedido consulta. Hemos arrancado estas noticias a Lacante y todos se han
despedido. Se vea que deseaba estar solo.

Me ofrec a quedarme toda la noche a su disposicin, pero l no acept y
me estrech calurosamente la mano.

--Mi querido amigo--me dijo con voz alterada,--_era_ encantadora y creo
que me hubiera querido... me quera ya...

--Y le querr a usted todava. Por qu desesperar?

Lacante movi la cabeza sin responder.

No sera un extrao desquite de la nia abandonada el haber venido a
casa de su padre para morir en ella, dejndole un eterno pesar?

Encontr en la calle a mis amigos, que me estaban esperando para
asaltarme con sus preguntas. Tuve que contarles mi viaje a Quimper y
hacerles la descripcin de Elena. Cuntas curiosidades va a tener que
satisfacer, si vive, la pobre inocente! Como era natural, los amigos se
desquitaron un poco de la violencia que se haban impuesto en casa de
Lacante y se permitieron algunos epigramas jocosos, sin gran malicia,
para decir la verdad.

Como era temprano me fui a acabar la velada en casa de las de
Grevillois, que daban un t en su minsculo cuartito del piso quinto.
Puedes pensar si tendra yo prisa por ir. Me acompa Gerardo Lautrec.
Te he hablado de l? Y cuando llegamos estaba la reunin en todo su
esplendor. Unas quince personas llenaban literalmente la estrecha salita
y refluan hasta el comedor, en el que haba unos platos con pastas y
_sandwichs_, escoltados por unos vasos de agua de naranja y una tetera
de metal blanco. Una lmpara colgada y unas cuantas bujas iluminaban
toda la casa.

Una seora estaba cantando en la sala, bastante mal por cierto: no poda
verla; pero estaba tranquilo, porque Luciana no canta ni sabe ms msica
que la necesaria para tocar un rigodn. Esper con paciencia que aquella
dama hubiera exhalado el ltimo grito, que me pareci estridente y de un
timbre infernal; as fue que el descanso result magnfico y la
suprimida tortura se tradujo en un aplauso unnime. Me precipit
entonces a la sala, empujando a unos cuantos jovenzuelos, so color de un
entusiasmo irresistible, y me encontr con la cantante, que, roja, sin
aliento y con el pecho al aire, estaba recibiendo los cumplidos con un
gusto exento de toda modestia.

Era Sofa Jansien, de quien ya te he hablado. Hija de un plantador de la
Jamaica se enamor del intendente de su padre y se cas con l. Llevaron
una existencia miserable durante unos aos; pero, habiendo muerto el
padre de una cada del caballo sin haber tomado la precaucin de
desheredar a la fugitiva, se encontr Sofa en posesin de una bonita
fortuna, de la que disfruta con su esposo, quien la aprovecha para
emborracharse concienzudamente una vez al da por lo menos.

Gracias a su dinero y a algunos altos parentescos, Sofa es admitida en
sociedad, pero no lleva a su Jansien, que se encuentra ms a sus anchas,
para satisfacer sus gustos, en el recogimiento del hogar conyugal. Se
dice que se llevan bien. Ella no murmura sobre el nmero de botellas que
el hombre se bebe todos los das, y l la deja, sin mal humor, ir adnde
le acomoda y hacer lo que se le antoja.

Esta historia, que todo el mundo conoce, la audacia un poco cnica de su
lenguaje y la extravagancia de sus modales, hacen que no la vea yo con
mucho gusto en casa de Luciana; pero s que la pobre muchacha tiene que
conservar en ella una cliente preciosa. Esa exuberante amiga de las
artes, que pinta como canta, ha escogido a Luciana para retocar
clandestinamente sus obras maestras, y paga liberalmente su talento, y,
sobre todo, su discrecin.

La felicit con un bravo un poco seco, salud a la de Grevillois, muy
ocupada en cumplimentarla para hacer caso de m, y trat de descubrir a
Luciana. Estaba sentada en una silla baja, entre un torrente espumoso de
gasas y tules blancos y rosa, y en cuanto me vio se levant vivamente.

--Y Lacante? Dnde est el seor Lacante?

Comprendi en seguida, en la expresin de mi cara, que Lacante no me
haba acompaado, y sus hermosas facciones se ensombrecieron.

--Cmo! No ha venido? Me haba usted prometido traerlo... Es
fastidioso!... Querida Condesa, me va usted a guardar rencor por esta
decepcin, pero no es ma la culpa.

El desagrado de la Condesa Vannier era visible a pesar de sus protestas
de urbanidad. La especialidad de esta Condesa consiste en conocer y
recibir en su casa a todas las celebridades, no slo de Pars, sino del
mundo entero, cualquiera que sea su clase de celebridad. Creo que
tendra orgullo en recibir en su saln a un licenciado de presidio, con
tal que su crimen hubiese sido un poco ruidoso. Le falta Lacante en su
coleccin, y Luciana le haba prometido procurrselo valindose de m.

Me esforc por excusar a Lacante con vagas razones, pero Lautrec cort
mi intil retrica.

--Si Mximo no trae a Lacante--dijo,--trae en cambio una novela indita.

--Una novela! Veamos, veamos... Seor Cosmes, no puede usted negarse.

Tuve que contar de nuevo la historia de Elena, que interes y divirti
mucho al auditorio.

Las mujeres se enternecieron por la enfermedad de la inocente y vieron
en ella un castigo por la insensibilidad de Lacante.

Los hombres decan:

--Es acaso un desenlace y una buena solucin.

Sofa Jansien resumi todas las opiniones con su voz de clarn:

--Si ha de perder a su hija, ms vale que no la haya educado l mismo,
pues as se consolar ms fcilmente. Si vive, tendr tiempo para hacer
que olvide el pasado y para hacerla feliz... Seoras, no nos
enternezcamos por Lacante... Ha amado y esto basta; su misin est
cumplida. El gran negocio en esta vida es el amor.

Luciana pregunt:

--Es bonita esa joven? No nos lo ha dicho usted.

--Lindsima!

Procur, con algo de malicia, acentuar mi respuesta, pues nada molesta a
las mujeres como la belleza de las dems.

--Tan bonita es?

--Deliciosa!

--El viaje, entonces, no le habr a usted parecido largo...

--Oh! Mximo no se ha aburrido--dijo Lautrec riendo.

Me pareci leer un poco de despecho en los ojos de Luciana; y como todo
lo que atestigua el amor gusta al que ama, aquel despecho me result
agradable.

La Condesa Vannier crey que deba defenderme y habl de misin de
confianza, de joven doncella sin protector, de lealtad, de delicadeza,
de honor y otros lugares comunes, que todo el mundo tena en la mente
antes de que ella los dijese.

Pero la de Grevillois intervino oportunamente, rogando a Lautrec que nos
recitara alguna de sus poesas.

Lautrec se excus diciendo, con un acento de irona ms picante que
todas las frases, que la paternidad de Lacante le tena fuera de su
estado normal; pero unas palabras de Luciana, acompaadas de una de sus
irresistibles miradas, lo decidieron, y nos recit un soneto de corte
romntico, segn el cual la crisis fatal de la vida humana no es el da
en que se ama ni el en que se muere, sino aquel en que se sufre el
primer desengao de amor...

--Hay tambin el da en que se paga al casero--dijo una voz.

Hubo risas, pero el xito de esta melanclica reflexin se perdi en el
ruidoso triunfo de Gerardo Lautrec. Leyendo los versos no es posible
formarse idea del efecto que produjeron dichos por l, con su voz clida
y envolvente, pattico sin esfuerzo y con matices de infinita ternura o
de varonil altivez. Cmo tena atentas y palpitantes a todas las
mujeres! Y cunta era mi irritacin al ver a Luciana suspendida de sus
labios! Es el tal casi hermoso, alto y rubio como un ingls y con su
flema y su tiesura un poco altanera. Joven, rico y con bastante talento
para deslumbrar, tiene con las mujeres todos los xitos que puede desear
y hasta algunos ms. Luciana, que tena los ojos brillantes de
entusiasmo, le dio las gracias con efusin y se lo llev despus al
comedor con el pretexto de darle un refresco.

Lautrec, sin embargo, no tard en despedirse, y yo me ofrec el pobre
desquite de hacer rabiar un poco a Luciana.

--Cmo!--la dije,--ya se ha marchado el poeta, a pesar de los encantos
de usted?

--Ay de m!--exclam riendo;--olvidemos lo que es triste y hablemos un
poco de esa joven tan deliciosa... de la hija de Lacante.

--Tampoco eso es alegre; la pobre nia est acaso a estas horas en el
duro trance de la muerte.

--Entonces hablemos de otra cosa--dijo secamente; y me dej casi en
seguida.

No me he engaado sobre aquella sequedad aparente ni sobre aquel
movimiento de mal humor: todo ese despecho viene de que he ponderado la
belleza de Elena, de que est celosa, y sus celos prueban que me ama.
Qu ms puedo desear?

Pronto la vi rer con unos cuantos hombres agrupados a su alrededor. Me
mantuve a distancia, y mientras la de Jansien me confiaba a voz en
cuello sus ideas soldadescas sobre el grande y nico negocio de la vida,
que es el amor, yo me embriagaba, de lejos, con la belleza de Luciana,
con su ingenio, con su gracia, con los incomparables encantos de su
talle y de sus movimientos, y pensaba que aquellos tesoros eran mos.
Comprendes que haya yo podido agradarla? Es increble.




Mximo de Cosmes a su hermano.

30 de julio.


La enfermedad de Elena se prolonga sin dejar de ser grave. Los mdicos
esperan el veintin da para pronosticar, entonces deber producirse
una crisis que ser decisiva. La vi la otra maana, muy blanca, en su
camita de campaa instalada en la biblioteca para dos o tres noches y
que ser, acaso, el lecho de su eterno reposo. Su cara, tan plida como
las sbanas, se destacaba sobre la obscura encuadernacin de los libros
y sus ojos hundidos brillaban en la penumbra.

Me vio en la rendija de la puerta, donde estaba yo medio escondido, y me
hizo una seal con la mano. Sus labios se movieron al mismo tiempo, pero
su dbil voz no pudo llegar hasta m.

--Qu quiere?--pregunt a Polidora que estaba all.

--Dice que no entre usted, porque se le puede pegar su enfermedad.

Pobre nia! Aquel cuidado por los dems, en medio de su fiebre, era
conmovedor.

Polidora la cuida con un celo que la rehabilita a mis ojos. Despus de
todo, es posible que no le haya faltado ms que la ocasin de tener
virtudes.

He recibido esta maana una deliciosa carta de Luciana. No la he visto
desde la reunin de la otra noche y crea, no s por qu, que estaba
enfadado. La he tranquilizado en seguida con unas palabras dirigidas a
la lista del correo, como est convenido entre nosotros. Nada ms
legtimo, puesto que somos prometidos. Sera duro a nuestra edad someter
nuestra correspondencia a la buena seora de Grevillois, y acaso ms
duro todava el excluirla de ella. Hemos pensado que lo mejor era
ahorrarle ese disgusto.

Adoro las cartas de Luciana, porque se muestra en ellas ms libre y ms
tierna que hablando. En los raros instantes en que podemos hablar solos
est reservada y casi fra y me hace feliz esta reserva, hija de su
pudor y de su dignidad. El lazo que nos une, aun siendo un poco mstico,
no deja de ser fuerte.




Mximo de Cosmes a su hermano.

6 de agosto.


Sabes que estoy celoso del inters que tomas por todo lo que se refiere
a Elena Lacante?

La pobre nia es interesante, pero yo tambin, qu diablo... Y t no
parece que te das cuenta de ello.

Voy, pues, a decirte el estado de Elena. La crisis que se esperaba ha
trado un alivio de la fiebre y la muchacha empieza a revivir, a mirar
a su alrededor y a darse cuenta de las cosas. Hay todava, sin embargo,
alteraciones y lagunas en su memoria.

Lacante es extraordinario. Aunque el mdico ha recomendado el reposo y
el aislamiento a la enferma, Lacante entra diez veces al da en el
cuarto de su hija, ya con el pretexto de buscar un libro, ya con el de
cerciorarse de la buena temperatura. La fibra paternal hasta ahora
inerte y muda, ha vibrado por fin al contacto de esta dbil criatura,
tan dulce en sus sufrimientos y tan linda en su doliente palidez. Ah,
querido! La belleza es una maga poderosa.

Adems, a Lacante le parece deliciosa la novedad del sentimiento que
experimenta a una edad en que todo se ha probado y agotado hasta las
heces. En la pureza inmaculada de tales sentimientos qu irresistible
fuerza la de esas sensaciones todava no gustadas! Lacante saborea su
encanto con una alegra temblorosa por miedo de ver agotarse ante sus
ojos ese manantial en el que suea con apagar la sed de su vejez.

Creo que no podra ya separarse de su hija. El otro da le o encargar
una institutriz inglesa o alemana para acompaar a Elena durante su
convalecencia... Piensa, con razn, que Polidora, con toda su buena
voluntad, no ser una compaa conveniente para su hija. Tambin me ha
hablado de un cuartito que se alquila en el mismo piso que el suyo y que
podra completar su casa. Creo que las cosas se arreglarn de ese modo,
y, realmente, puesto que la existencia de Elena no es ya un secreto para
nadie, no veo por qu se ha de privar de la alegra de su presencia.
Esto le obligar acaso a sacrificar algunas intimidades y a moderar el
tono de las conversaciones. El buen gusto no perder nada con ello.




Mximo de Cosmes a su hermano

8 de agosto.


Hoy ha sido gran fiesta para Lacante y sus amigos: Elena se ha
presentado un momento en la sala. Hace quince das que han vuelto a
verificarse las veladas de los jueves y esta noche el dueo de la casa,
aunque algo atacado de la gota, nos haba parecido de muy buen humor. A
eso de las diez nos ha dejado sin decir palabra, y, casi en seguida, ha
vuelto a entrar con Elena de la mano.

Qu aparicin, querido mo, la de aquella nia olvidada, demacrada,
vestida con una bata blanca, flexible y sedosa, que le daba un aspecto
de figura antigua! Con sus cabellos obscuros separados en la frente y
unidos por detrs en una gruesa trenza, y con el tmido asombro de sus
ojazos, un poco hundidos, pareca un ser celestial. Su padre, radiante,
se la present a la Marquesa de Oreve, que all estaba y que la acogi
con miradas, fijamente investigadoras y palabras de bienvenida un poco
arrulladoras y afectadas. Me gustara saber lo que ha pensado la
muchacha de aquella cara redonda, coronada por un complicado edificio de
trenzas y rizos y que se paseaba de un hombro a otro con lentitud
presuntuosa. Nunca me haba chocado tanto como entonces, por el
contraste con la cndida sencillez de Elena, la ridiculez de aquellas
maneras y de aquellos adornos.

Lacante hizo que su hija se sentase y le present, uno por uno, sus
invitados, aadiendo al nombre de cada cual una nota caracterstica
destinada a fijar sus recuerdos. Cuando lleg a m, Elena dijo con
presteza:

--A este caballero lo conozco. Es el amigo de Quimper, que tan bueno ha
sido conmigo.

Y me ofreci su manita demacrada.

En este momento entr el doctor Muret y se indign al encontrarla
todava de pie siendo ms de las diez. Hubo que ver a Lacante, confuso
como un colegial cogido en falta, dndose prisa para llevarse a Elena, a
pesar de su pie gotoso, y volviendo la espalda a la clera del mdico.
Pareca rejuvenecido con la belleza de su hija.

Cuando volvi, fue unnime y calurosamente felicitado. Gerardo Lautrec
improvis, en honor de Elena, un soneto de rimas sonoras y raras, en el
que la comparaba con las vrgenes de las Propilias y rimaba nfora con
canfora, lo que es rico, nuevo... y no hace dao a nadie.




Mximo de Cosmes a su hermano.

20 de agosto.


Acabo de recibir tu carta y quiero responder sin tardanza a tu afectuosa
reprimenda.

Me regaas por mi eleccin porque hubiera podido hacer un matrimonio
mejor. D, si quieres, que hubiera podido hacerlo ms rico, pero no con
tan bella prometida. El matrimonio, para m, no debe ser un buen
negocio, cmodo y fructuoso; el buen matrimonio es aquel en que los
corazones se unen, las inteligencias se comprenden y los gustos se
adaptan, y esto es lo que sucede con Luciana y conmigo.

Lo que t piensas sin atreverte a decirlo; lo que yo veo a travs de tus
precauciones oratorias, es que he debido de dejarme engaar por una
ambiciosa coqueta y pobre, que ha credo hacer una excelente presa y que
finge el amor para asegurarse una posicin. No lo niegues; adivino tu
pensamiento a pesar de los velos que le disfrazan... Pero ten en cuenta
que conoce la insuficiente mediana de mis recursos actuales y lo
incierto de mis lejanas esperanzas, que se reducen a una ctedra en el
Colegio de Francia cuando Marignol tenga a bien dejarme la suya.

Crees realmente que con su belleza, su juventud, tiene veintitrs aos,
el nombre honrado de su padre, su ingenio y su talento, necesita
representar la comedia del amor para procurarse un marido?

La sospecha es injuriosa y poco agradable para m. No soy fatuo ni me
creo en condiciones de hacer perder la cabeza a las mujeres que
encuentro al paso. Pero qu diablo! no soy tampoco un monstruo y no me
parece enteramente imposible que una muchacha de talento y de corazn se
enamore de un mozo que no es tonto, aunque no tenga la belleza de Apolo
ni las gracias perversas de don Juan.

Y, adems amigo mo, aun cuando se me probase que Luciana ha querido
ante todo asegurarse una posicin y un marido de buena voluntad, y que
haba usado de astucia para pescarme en el anzuelo de su belleza, sera
ya tarde para desdecirme, pues he dado mi palabra. Pero tranquilzate;
me ama y me prefiere a todos los que la asedian con sus adulaciones. De
otro modo, por qu me haba de escoger?

Ayer, en casa de la Marquesa de Oreve, donde nos reunimos a festejar la
convalecencia de Elena, Luciana deslumbraba. Las dems mujeres parecan
comparsas destinadas a hacerla valer y resultaba entre ellas una
estrella refulgente. La misma Elena, muy linda, sin embargo, bajo el
velo de timidez y de modesto silencio en que se envuelve, se eclipsaba y
desapareca. Nadie puede compararse con Luciana.

Puesto que te divierten mis crnicas, voy a contarte aquella comida en
casa de la Marquesa.

La de Oreve tena a su derecha a Lacante, por supuesto, y a su izquierda
a Kisseler, el escultor.

Enfrente de ella, su augusto esposo.

Lo conoces? No creo. Un hombre alto y delgado, barba escasa y una
cabellera bermeja, muy indisciplinada a pesar de los emplastos de
cosmtico que tratan de civilizarla. Fuera de esta malignidad de unos
pelos rebeldes, el Marqus es feliz. Tiene la nariz aguilea y larga;
lo que es eminentemente aristocrtico y le llena de satisfaccin. Es
aficionado a la historia y se pasa la vida rebuscando las antiguas
crnicas. Sabe al dedillo las alianzas, buenas y malas, de todas las
grandes familias y las juzga soberanamente, para hacer olvidar, sin
duda, que l se cas con Leontina Marsh, hija de un fabricante de
drogas. Con la cabeza un poco echada hacia atrs y con los ojos
ahuevados y vagos, pasea su pensamiento por un pasado tan lejano y ve
tan alto en las jerarquas de Prncipes, que no puede ver lo que pasa
delante de sus narices. Y deben de haber sucedido unas cosas!...

El Marqus tena a sus dos lados a la de Grevillois y a Sofa Jansien,
y, mientras nos sentbamos, le o decir:

--En 1590, una seorita La Fert-Jonchre se cas con un caballero de
Grevaulx-Loys, de donde debe de haber salido, despus de varias
alteraciones de lenguaje, la familia de usted: Grevaulx-Loys...
Greville-Loys... Grevillois... Comprende usted?

Lo abandon a su disertacin para ir a sentarme en el extremo de la mesa
con la juventud, pues mi escasa importancia social me permite asociarme
a ese batalln ligero. No me atrev a sentarme al lado de Luciana, que
me haba dicho por lo bajo, siempre prudente en su tctica: No llamemos
la atencin.

Gerardo Lautrec tena el honor de ser su vecino y yo estaba enfrente,
sin perder ni un movimiento, ni una expresin, ni un matiz siquiera de
sus fisonomas. Acaso me hubieran molestado las solicitudes de Gerardo
si Luciana, con una sea y una imperceptible sonrisa, no me hubiera
probado que estbamos secretamente unidos.

La conversacin vers al principio sobre la literatura y las novelas
nuevas. Desde que Lacante es de la Academia, la Marquesa se ha vuelto de
una intolerancia feroz para los otros escritores, y su celosa amistad no
reconoce el mrito de ninguno. Ni siquiera Loti encuentra gracia con
este adorable Bamountcho. Los extranjeros le parecen de una rivalidad
menos prxima y son tratados menos severamente. D'Annunzio no sale mal
librado. Lacante sonre con bondad ante esos holocaustos en su honor y
defiende a las vctimas con buenas razones un poco flojas. Su equidad
natural se deja adormecer por el rumor de esas adulaciones abundantes y
locuaces, que no le permiten siquiera desarrollar su opinin. Se resigna
e inclina la cabeza bajo el peso de las indiscretas razones que le
asesta la inagotable elocuencia de la duea de la casa, a no ser que el
Marqus, molestado por el ruido, no la detenga con un ademn de su larga
mano incolora:

--Querida amiga, nos gusta or hablar a Lacante; permtenos escucharlo.

La primera parte de la comida se consagr a la literatura. Hacia el
asado, sin embargo, la conversacin se extravi, y dejando los
laberintos literarios, hicimos una excursin atrevida hasta las ms
altas cimas del arte, bajo la direccin de Kisseler. Despus, como
cediendo a la atraccin del vaco, dimos un inmenso chapuzn en el
obscuro abismo en que lucha la metafsica contra las religiones, que la
desdean, y contra la ciencia que la desprecia.

Te hago gracia de los largos rodeos por donde llegamos, de digresin en
digresin, al concepto de la divinidad. Kisseler fue tambin quien
inici el asunto con una audaz apologa de la belleza plstica que fue
como divinizar la forma: la belleza era para l el primer atributo de un
dios; y el culto de la belleza, el primer dogma de una religin: la
Grecia antigua fue la cuna de la verdadera religin, nica digna de
conmover a la conciencia humana y de unirla en un culto comn, la
adoracin de la belleza. Gerardo Lautrec trat de espiritualizar la idea
mostrndonos en la belleza de la forma la imagen y el smbolo de la
belleza moral, nica representacin de la divinidad. Al or esto Sofa
Jansien, roja como la grana bajo sus ricillos de un negro azabache,
pregunt con indignado desprecio cmo era posible que se perdiese el
tiempo en definir lo que no existe.

--Nosotros--dijo,--somos nuestros propios dioses, puesto que siempre
dotamos a la divinidad de nuestros propios atributos, incluyendo
nuestros vicios, como lo prueba la mitologa de los griegos.

La Marquesa interpel a Lacante, que se haba limitado hasta entonces a
aprobar sucesivamente todas las teoras con la benevolencia ligeramente
irnica y con la sonriente indiferencia que opone generalmente a las
opiniones ajenas en todo, lo que se refiere a las cuestiones de
metafsica religiosa. Es este un terreno en el que se cree maestro y en
el que no soporta incursiones extraas ms que con sonriente piedad.
Hubiera l preferido no verse obligado a responder, y sali del paso con
su habilidad acostumbrada para no herir a nadie.

Desarroll primero la idea de que para los que consideran el Universo
como una fuerza independiente que saca de s misma todo lo que existe,
no es necesaria la hiptesis Dios; y la cuestin de saber si Dios es
bueno o justo, bueno o malo, no significa nada.

--Es verdad--aadi--que si no se puede demostrar racionalmente la
existencia de Dios, no es absolutamente imposible que exista. Lo
prudente es, pues, obrar como si su existencia estuviese demostrada y
reconocerlo como fuente de todo el bien que hay en nosotros.

--Para qu?--exclam la impetuosa Sofa, contrariada por aquella hbil
balanza entre las diversas opiniones.--Para qu ese engao impuesto a
nuestra credulidad? Lo que subleva en las religiones es que hablen en
nombre de un Dios que no pueden definir.

Gerardo replic que la palabra dios expresa justamente lo inexpresable;
y yo hice observar que la ciencia usa el mismo procedimiento al emplear
ciertas palabras para expresar hiptesis, como el ter y el tomo, lo
que facilita la explicacin de los fenmenos.

Muy bajo, por deber de conciencia, sin duda, la de Grevillois afirm que
la virtud no existira sin la creencia en Dios, y esto proporcion a
Kisseler la ocasin de dar una carga furiosa contra las virtudes
asalariadas, letras de cambio giradas contra el Padre Eterno.

Y entonces (he querido traerte aqu por este largo rodeo) Luciana, que
haba guardado hasta entonces un prudente silencio, levant la linda
cabeza y dijo con emocin:

--No es recompensas lo que pedimos a Dios, sino que sea nuestro testigo
en el spero camino de la vida. Necesitamos saber que est presente,
invisible y eterno, viendo las injusticias del destino, las violencias
que nos imponemos por su gloria, las fatalidades que nos oprimen,
nuestras miserias y nuestras virtudes, muchas veces ignoradas de todo el
mundo.

Su voz vibraba, brillaban sus ojos, y Lacante la saludaba con gestos
amables, ms por su asombrosa belleza que por su elocuencia.

--Luciana nos hace ver maravillosamente--dijo con galantera
Lacante--una ley fatal de nuestra pobre humanidad, que la conduce a
concebir la existencia de Dios como un dogma necesario, mientras es
incapaz de establecer racionalmente ese dogma. Este callejn sin
salida--aadi rindose--es el gran infortunio de los filsofos.

Despus, dirigindose a Elena, que estaba escuchando con profunda
atencin, le pregunt:

--Qu comprendes t de todo esto, hija ma?

Bajo la transparencia de su piel corri la llama de rubor. La muchacha
baj los ojos sin responder; pero su cortedad diverta a Lacante, que
insisti:

--Vamos a ver, dinos lo que piensas. Una devota como t debe estar muy
enterada de estas cosas. Qu te representa mejor a Dios, la bondad o la
belleza?

Elena respondi con gran dulzura:

--El amor!

Y tal palabra tuvo un encanto exquisito en aquellos labios inocentes.

Sofa nos ech a perder aquel delicado placer gritando a voz en cuello:

--Bravo! Bravo! Esa es la verdad; la verdadera religin es la del
amor.

--El amor, hijo de Venus--murmur el Marqus, a quien aburran estas
cuestiones y buscaba un refugio, habitual para l, en la genealoga.

La Marquesa crey que deba explicar el pensamiento de Elena.

--Esta nia, seores, slo ha querido hablar del amor divino y no conoce
otro; verdad, querida? En el convento de Bretaa no ensearon a usted
ms que a amar a Dios...

--A Dios y a los hombres, seora--respondi Elena con cndida intrepidez
y sin echar de ver las sonrisas de todos.

--Diablo!--exclam Kisseler con su brutalidad de siempre;--pido que se
agregue a las seoras...

Elena no lo oy, aturdida por la risa estrepitosa de Sofa, a quien
estas bromas gustan extraordinariamente.

Nos levantamos de la mesa al ruido de aquellas carcajadas, y pasamos al
saln.




Elena Lacante al Padre Jalavieux.

Agosto.


Seor cura:

Me siento muy culpable y muy ingrata para con usted. Le haba prometido
darle noticias de mi viaje, de mi llegada a casa de mi padre y de lo que
fuera de m. Han pasado cerca de dos meses y no he cumplido, mi promesa;
y aunque pudiera excusarme por haber estado mala, muy mala, segn
dicen, prefiero acusarme y pedir a usted perdn, para or en mi corazn
aquellas palabras tan dulces que pronunciaba usted despus de la
confesin de mis faltas: Vyase en paz!

Cunta necesidad tendra de sus consejos en esta existencia tan nueva!
Y no tengo nadie a quien dirigirme, porque nadie me conoce bastante para
interesarse por m. Mi padre es muy bueno, pero necesitara consejos
para agradarle y no me atrevo a pedrselos. Me intimida hasta el
extremo, a pesar de su bondad, que excede a todo lo que poda esperar.
Me demuestra hasta ternura, y esto es un verdadero prodigio, pues nada
he hecho hasta ahora para que me quiera. Creo que se ha aficionado a m,
por los cuidados que me ha prodigado durante mi enfermedad, y que me
agradece que viva, como si tuviese yo en ello algn mrito. Si por eso
es feliz no debe dar gracias ms que a Dios. Por desgracia (y este es un
gran secreto que confo a usted) no creo que piense en tal cosa y esto
me produce una pena extremada. Segn lo que mi ignorancia me permite
juzgar, me parece que Dios es para l un asunto de estudios, un problema
interesante e insoluble, y no ese Padre lleno de justicia y de amor al
que usted me ha enseado a amar y a temer. Y esta diferencia en el modo
de concebir a Dios, la vida eterna, nuestra alma misma, pues todas estas
creencias se encadenan, es acaso lo que me hace ser tan tmida al lado
de mi padre. Hay entre nosotros una equivocacin, ms todava, una
dificultad para entendernos, que me hace encontrarme como en pas
extranjero entre esta sociedad tan inteligente, tan ingeniosa y, segn
creo, tan sabia. Mis sentimientos no encuentran eco. Todo lo que digo
asombra y hace sonrer.

Todo esto viene acaso de mi ignorancia y de que no s el sentido exacto
de las palabras; pero lo que s veo claramente es que las prcticas
religiosas no se usan en Pars y que el domingo se diferencia poco de
los dems das de la semana. Mi padre, sin embargo, es tan bueno, que me
permite obrar segn mi conciencia, con tal que no le moleste en sus
costumbres, lo que es, despus de todo, muy natural. Lo creer usted,
seor cura? Lo poco que hago por Dios, discretamente y en silencio, lo
hago con ms fervor y me proporciona ms dulzura por lo mismo que tengo
que superar ms dificultades. Deseo mucho complacer a mi padre y que me
quiera. Piense usted que es el nico ser en el mundo a quien puedo
consagrar mi vida: qu iba yo a hacer de mi corazn si nadie se cuidase
de l?... Lo escandalizo a usted, seor cura? Usted piensa que Dios nos
pide ese corazn y esa vida, y que esto es bastante para llenarlos.
Pero, se lo ruego a usted, no piense eso. Dios es demasiado grande y yo
demasiado pequea, y necesito intermediarios para elevarme hasta l,
como los peldaos de una escala de amor; pero si mi inteligencia va
derecha hacia l, y no pide ms luz; si la fe me basta para creer; mi
corazn no podra subir tan alto de un solo vuelo. Siento mi corazn
como vaco, y pesado por estar vaco... Es acaso absurdo lo que estoy
escribiendo, pero me resiento todava de esta larga enfermedad, tengo la
cabeza dbil y no s cmo van mis pensamientos. Es preciso, pues,
perdonarme si digo alguna tontera.

Adis; escribir a usted otro da ms en detalle mis impresiones sobre
la gente que rodea a mi padre. Hasta este momento las mujeres me gustan
menos que los hombres... Quiero decir que me desorientan ms, porque son
realmente de otra especie que las mujeres de Quimper, al menos que las
que conoc en casa de mi pobre ta. Aqu, por mucho que las miro, me es
imposible saber si son jvenes o viejas, guapas o feas, buenas o malas,
pues tienen un aspecto, que desconcierta, de serlo todo a la vez. En el
mismo momento se presentan bajo aspectos enteramente contrarios y la
incertidumbre que producen es causa de cierto malestar. He visto, sin
embargo, una seorita muy linda a la que deseara querer mucho, pero...
Seor cura, borro el "pero" hasta que la conozca mejor.

Adis, mi bueno y venerado padre, usted me permite, verdad? continuar
dndole ese nombre. No olvide usted en sus oraciones a su hija
respetuosa,

ELENA LACANTE.




Mximo a su hermano.

25 de agosto.


Hace unos das llegu a casa de Lacante, como casi siempre, a llevarle
algunas notas que me haba pedido. Lacante haba ido a una reunin del
_Diario de los Sabios_, y no encontr en su despacho ms que a Elena,
muy ocupada en acabar una carta.

--A quin escribe usted con tanta aplicacin?--le pregunt sentndome
enfrente de ella.

Elena me ense el sobre.

--Al padre Jalavieux.

Parece que es el sacerdote que le dio la primera comunin.

--Y qu le dice usted que tan largo es? Los pecados mortales?

--No, por cierto. Podan equivocarse de camino y... figrese usted. Las
cartas se pierden algunas veces.

--Enseme usted la carta, quiere usted?

--No.

--Tan graves secretos escribe usted a ese padre Jalavieux?

Elena titube.

--No son precisamente secretos...

--Qu son, entonces?

--Cosas de poca importancia, pero dichas en confianza.

--No tiene usted bastante confianza en m para decrmelas?

La muchacha baj la cabeza sin responder.

Estaba tan linda con aquel aspecto de confusin juvenil y sincera, que
quise divertirme en continuar la broma.

--No sabe usted que me intereso mucho por su persona, por sus ideas,
por sus sentimientos?...

--S que es usted muy bueno y que quiere mucho a mi padre. A causa de
esto, bien puede usted interesarse por m.

--A causa de eso y otras muchas razones adems, Elena. La quiero a usted
ya... como a una hermanita.

--Oh! mejor--exclam la muchacha con cndida alegra.

--En ese caso enseme usted su carta como lo hara si tuviese yo la
suerte de ser su hermano.

Elena movi la cabeza y se puso grave.

--No... no puedo. Me parece que sera faltar a las consideraciones
debidas al seor Jalavieux el admitir un tercero entre los dos sin que
l lo sepa.

--He ah un escrpulo sutil... Por otra parte, ese seor no lo sabr.

--Qu importa? La ofensa existira aunque fuese ignorada... Puede que
est yo en un error, pero lo siento as.

Mientras hablaba estaba doblando la carta para meterla en el sobre, y yo
me inclin rpidamente y se la quit.

--Ahora--dije ponindola lejos para que no pudiera cogrmela,--soy dueo
de sus secretos de usted, seorita Elena.

Echme a rer al ver la indignacin que haba en su mirada por mi audaz
atentado, y mientras me rea, mis ojos se fijaron casualmente en esta
frase: He visto una seorita muy linda a la que deseara querer mucho,
pero... Esta ltima palabra, aunque muy legible todava, haba sido
tachada con un rasgo de pluma, y tal circunstancia tom para m una
singular importancia.

--Es a la seorita de Grevillois a la que encuentra usted tan
linda?--le dije ensendole el prrafo de lejos.

--No quiero responder a usted.

Elena pareca enfadada y volva la cabeza para no verme.

--Si me responde usted, le devolver la carta.

--S, es esa seorita.

Cogi la carta, que le devolv, y se apresur a meterla en el sobre.

--Qu quera decir ese pero que ha borrado usted?

--Eso no tiene importancia, puesto que lo he borrado.

--Quisiera saber qu tiene usted que reprochar a esa amable persona.

Elena me mir con fijeza.

--Le interesa a usted mucho esa amable persona?

--Lo que me interesa, Elena, es la manera que usted tiene de juzgar las
personas... Me gustara penetrar en su alma, tan secreta y prudente, y
aprovecho para ello todas las ocasiones que se presentan...

Una coqueta no hubiera dejado de hacer con este motivo unas cuantas
monadas; pero Elena, que es demasiado sencilla y natural, reflexion
unos instantes y me dijo con acento de sincero pesar:

--Quisiera responder a usted; pero no debo, en conciencia. Sera injusto
comunicarle una impresin poco favorable, cuando a m misma me ha
parecido bastante precipitada y superficial para no querer atenerme a
ella.

Insist yo, secretamente picado y deseoso de saber qu poda reprochar a
mi amada Luciana, pero se neg obstinadamente a responder.

--No, no; estara muy mal. No insista usted, porque perder el tiempo.

Vi que, en efecto, sera intil insistir, pues su cara haba tomado una
expresin de dulce resolucin, contra la cual se vea que no prevaldra
ningn esfuerzo.

Y, como se trataba de Luciana, aquella resistencia me mortific.

--Decididamente, es usted demasiado perfecta, seorita Elena, y su
conciencia se alarma demasiado fcilmente... La caridad cristiana gana
mucho cuando no se la exhibe con cierta pedantera... Aqu estn las
notas que deseaba su padre de usted. Srvase usted entregrselas cuando
vuelva.

Salud y me fui.

Elena hizo un movimiento como para retenerme, pero nada dijo sin
embargo.

Y nos separamos enfadados.




Mximo de Cosmes a su hermano.


...Diversos obstculos me han impedido ir a casa de Lacante durante
varios das. Ayer, jueves, da de la comida semanal, me fui temprano
para poder hablar con l tranquilamente.

Elena estaba sola en la salita, y me sali al encuentro con expresin de
cndida ansiedad.

--Todava enfadado?--me pregunt, y su voz, su mirada, su hermosa
mirada, pues no se puede negar que tiene unos ojos admirables, todo, en
su joven fisonoma y en su actitud, pareca implorar.

Yo no pude fingir un descontento que tena ya olvidado, y respond:

--Nada de eso... Cmo guardar rencor a una nia como usted?

Le d la mano, la tom, y antes de que yo pudiera preverlo ni impedirlo,
me la bes...

Si te crees que el beso de aquellos lindos y frescos labios me produjo
un inmenso placer, te engaas. Ese beso me ocasion sorpresa y
confusin, adems del secreto chasco de sentir bajo su candor un
sentimiento de inconsciente veneracin. Y, qu diablo! si es hermoso el
ser venerable, y honroso el ser venerado, con todo, la cosa es, a mi
edad, un poco desconsoladora.

Lacante, con gran estupefaccin de todos, nos anunci aquella noche que
se va a instalar en el campo. Si lo conocieras como yo, comprenderas lo
que tiene de revolucionaria esa extraa decisin. Hace mucho tiempo que
nos dejaste y que ests corriendo por el mundo de las embajadas, para
darte cuenta de la fijeza proverbial de las costumbres de nuestro amigo.

Piensa que nunca ha viajado para no separarse de sus libros y de su
mesa.

Aquel espritu tan curioso se ha condenado a no conocer nada del vasto
mundo ms que por la lectura y por su maravillosa intuicin de las
cosas. As fue que le hicimos repetir varias veces su declaracin.

Parece ser que es la Marquesa la que ha provocado esta revolucin, que
ella sola aprovechar, pues la casita que Lacante ha alquilado en
Vaucresson est muy cerca de su Villa del Lys. Ha convencido a Lacante
de que el aire puro de los bosques es necesario para el completo
restablecimiento de Elena, y acaso tiene razn, pues la convaleciente
tarda en recobrar sus colores. Este arreglo me agrada desde que he
sabido que Luciana y su madre estn invitadas para fin del verano en la
Villa del Lys. La Marquesa quiere que Luciana le haga su retrato en
miniatura y dar al mismo tiempo a Elena una amiga joven y distinguida
que dispense provisionalmente a Lacante de la necesidad de buscarle una
seora de compaa. Todo est habilidosamente combinado en favor de los
intereses de la Marquesa, que no puede pasarse sin Lacante.

Es asombrosa la influencia que ha tomado esta mujer sobre un hombre de
una inteligencia notable, de una penetracin extremadamente sutil y
dotado de un sentido tan distinguido de lo delicado y de lo raro. Ella
es pesada y ruda, sin conjunto ni elegancia natural. A pesar de los
artificios de la modista y del peluquero, sigue ordinaria, tiesa y
evidentemente salida de los almacenes de productos qumicos de su seor
padre. Y su espritu est en armona con su cuerpo. Tiene inteligencia,
pero vulgar, y sus ideas, que ella quiere presentar como superiores,
son todas prestadas y reflejas, no se apoyan en nada personal y slo
descansan en el vaco. Tiene opiniones generalmente extremas, porque se
figura que pensar fuera del sentido comn es colocarse en la categora
de las almas privilegiadas. Sus juicios son duros e inflexibles, porque
su escasa vista no distingue los matices, pero pronuncia sus sentencias
en voz baja e indiferente, por haber odo decir que es de buen tono no
animarse por nada. Tiene pocos o ningunos principios, y pasa, sin
embargo, por haberse mostrado virtuosa en ms de una circunstancia. Pero
emplea una especie de ostentacin en adornarse con la amistad de
Lacante, cuyo alcance parece que trata de acentuar.

Y es que as conviene a su vanidad. Con cierta instruccin y alguna
memoria, quiere echarlas de ingeniosa, y puedes pensar cunto contribuye
a su reputacin la presencia habitual de Lacante y cunto se la
envidian.

Lo ms asombroso es que a l le guste, pues no es posible que se haga
ilusiones sobre lo que vale la seora. Pero esos demonios de escpticos
y de ironistas no necesitan ilusin y toman de cada cual lo bueno que
tiene, sin ocuparse de lo dems.

Hay varias cosas que le han gustado en la Marquesa de Oreve y alrededor
de ella. En primer lugar, la atmsfera de lujo y de elegancia en que
vive. Sabes tan bien como yo que Lacante es de una familia de las ms
modestas y que ha conocido en su juventud la estrechez y las
vulgaridades de las existencias necesitadas, la fealdad de los mueblajes
de ocasin y el olorcillo de las alcobas demasiado pobladas, en las que
se mezclan las emanaciones de las camas con las de la cocina. Ha comido
en mesas en que un hule haca de mantel y en vajillas desportilladas.
Fuera ya de la familia y durante las languideces de sus largos comienzos
en la repblica de las letras, ha sufrido trabajos y hasta ayunado, ms
vido entonces de libros que de bienestar, aunque llevando en s mismo,
oculto y comprimido, el sentido de las cosas bellas, delicadas y
exquisitas.

El prestigio y la influencia encantadora de tales cosas se apoder de l
al entrar en la existencia ntima de los Oreve y en aquella casa de una
suntuosidad elegante, en la que sus consejos y su innato buen gusto han
introducido refinamientos de arte. Las atenciones de la de Oreve ganaban
a sus ojos con estar adornadas de alhajas, de sedas y de encajes y hasta
su ttulo de Marquesa tena como un perfume de polvos _a la marchale_
que le hacan retroceder un siglo, lo que gustaba a su imaginacin
curiosa del pasado. Puede ser tambin que lo conquistase el culto
entusiasta de la Marquesa y su admiracin fecunda en adulaciones, pues
los ms listos se dejan atrapar por ellas. La vanidad del uno y del
otro, aunque desde puntos de vista diferentes, ha podido ser el lazo de
esa amistad tan desproporcionada en apariencia. La verdad es, s, que
los afectos ms tiernos se cansan algunas veces, la vanidad subsiste
siempre por lo mismo que nunca se harta.

Se sabe jams en qu consiste el atractivo de dos seres, el uno hacia
el otro? Los mismos que le experimentan no se dan cuenta de ello muchas
veces.

Tambin el Marqus ha contribuido a mantener esa rara intimidad. La
solemnidad beatfica con que encubre su nulidad, sus manos cuidadas de
ocioso, sus pretensiones de resolver las cuestiones de etiqueta
diplomtica, porque fue en otro tiempo simple agregado a la legacin de
Berna, y hasta ese pueril conocimiento de las genealogas aristocrticas
que le permite jugar con los grandes nombres como un chicuelo con las
tabas, todo ese conjunto de necedades divierte a Lacante y completa el
decorado.

El Marqus, por su parte, encuentra natural, conveniente y ajustado en
todo a las tradiciones, que un literato coma a su mesa, y sea el amigo
ntimo de su mujer. La satisfaccin que le inspira el espejo cuando
contempla en l la palidez aristocrtica de su cara, a la que sirven de
marco unas patillas escasas pero bien peinadas, su ancha frente y hasta
su cabellera bermeja e indisciplinada, no le permiten sospechar nada
malo por la familiaridad de Lacante en su casa, y acaso, tiene razn. En
todo caso, sera verdaderamente difcil suponer ahora nada incorrecto en
tales relaciones.




Elena al Padre Jalavieux.

Septiembre.


Puesto que usted me lo permite, querido y respetable padre, y hasta me
lo pide con insistencia, voy a continuar, con toda sinceridad y
confianza, el relato de mis impresiones. Debo decirle, ante todo, que
procuro adaptarme a sus consejos no juzgando demasiado de prisa a las
personas que me rodean.

Tiene usted razn al decir que un cambio brusco de localidad puede
producir dos efectos contrarios y casi igualmente peligrosos: o una
especie de entusiasmo por la novedad de las cosas y de las personas, o
una tristeza que exagera la crtica. Con este ltimo sentimiento es con
el que yo tengo que luchar y as lo procuro desde que usted me lo ha
advertido.

Es todo aqu tan diferente de lo que estaba acostumbrada a ver y a
conocer en Quimper!

Y no es que todo fuera all para m gozo y dulzura. Usted, seor cura,
conoca a mi pobre ta, y aunque no quisiera decir nada que pareciese un
reproche a su memoria, sabe, sin embargo, que era severa, y, a veces,
hasta un poco gruona. Detestaba el ruido y el movimiento y me obligaba
a estar inmvil y muda a su lado, cuando tanto hubiera yo querido
moverme y hablar. Deca que hay que saber aburrirse, porque la vida no
es una expedicin de placer.

A pesar de esto, me quera y me cuidaba bien, y como siempre me estaba
recordando que yo no tena madre y que mi padre no se cuidaba de m, la
encontraba muy buena por tenerme a su lado y soportar mis defectos, y
estaba tan acostumbrada a ella, a sus maneras un poco rudas y a sus
manas, que cuando muri, no saba qu hacer de mi vida sin ella.
Tambin estaba muy hecha a aquellas costumbres tan metdicas: a misa por
la maana, el almuerzo a las diez, la comida a las seis, y entre uno y
otra, lo ms delicioso del da, que era la merienda de pan y fruta, que
se me permita comer en el jardn, corriendo, saltando y hasta trepando
a los rboles, lo que no era muy bonito para una joven.

Cmo me gustaba aquel jardn, con sus cuadros de huerta, con sus orlas
de flores rodeadas de boj, con sus musgosos y viejos manzanos, sus
rosales grandes como rboles y la parra y las campanillas azules que
vestan la fachada de la casa! Tambin tena cario a aquel destartalado
casern, en el que corran los ratones por delante del indolente gato,
que les dejaba correr.

Y qu bien me parecan los amigos de mi ta cada uno en su gnero!
Aquel seor de Tintellier y aquella seora de Rech, empaquetada en su
traje de seda granate, y su hermana Malvina, tan sentimental, de cuyos
largos arrepentimientos se burlaba usted, seor cura, con un poco de
malicia, que tambin me gustaba.

Despus haba all la Catedral. Qu a mis anchas me encontraba en su
gran nave obscura, tan sonora, por la que corran ruidos que no se
pueden expresar, bajo aquella bveda alta y misteriosa y entre aquellos
severos pilares por los que pareca que circulaban los ngeles! Y los
sonidos del rgano que suban, suban, entre nubes de incienso, y
pareca que me arrebataban con ellos... Cunto me agradaba todo
aquello! Slo el recordarlo me conmueve y me ocupo en hablar a usted de
esto en vez de describirle mi nueva vida.

Aqu todo ha cambiado, y cada variacin que echo de ver es como un muro
de olvido que se levanta y me separa de aquellas cosas del tranquilo
pasado. No slo han cambiado el cuadro exterior y las personas, sino
tambin, y sobre todo, la atmsfera en que se agita la gente a mi
alrededor y en la que me siento como aturdida de perfumes desconocidos y
embriagadores, tan diferentes de los sanos olores de mi ciudad natal,
como las esencias en que aqu se impregnan las seoras son distintas del
aroma de las violetas y de las rosas. Todo me parece artificial y
contrahecho, las figuras, las fisonomas, las actitudes, las
conversaciones, los sentimientos... Parece que, aqu, todo el mundo
desconfa de la Naturaleza y trabaja para alejarse de ella; y todos
viven con tal soltura en estas sutiles complicaciones, que estoy al
verlos estupefacta, sin aliento y anonadada. Me cuesta trabajo
comprender y no soy comprendida. Tomo en serio simples chistes, y cuando
digo con sinceridad lo que me viene en mientes, todos se asombran o se
ren. Hay veces en que parece que me encuentran ingenio, siendo as que,
sencillamente, no han comprendido lo que yo quera decir. Este perpetuo
error me cansa. He rogado a mi padre que me preste unos cuantos libros
de literatura y de historia; cuando est acostumbrada a los asuntos que
son el objeto habitual de la conversacin, acaso mi inteligencia ser
ms flexible y ms despierta y parecer menos tonta. Lo malo es aqu (se
va usted a rer, seor cura, y, sin embargo, es la verdad), que yo no
soy bastante joven. Todas las personas que me rodean saben rer y
bromear y como yo no s, debo de parecer terriblemente fastidiosa. Esto
me da pena, porque tengo mucho amor propio, y lo siento adems por mi
padre. Tambin l, se lo aseguro a usted, es demasiado joven para m.
Fsicamente tiene el aspecto bastante aviejado; es grueso, algo cargado
de espalda, muy calvo y tiene un cerquillo de cabello blanco que le hace
parecer un fraile, mucho ms, con una especie de solideo redondo que
usa por casa y que completa el parecido. Con sus piernas gotosas, no
parece ciertamente un muchacho; pero su sonrisa, la movilidad de su
cara, su vivacidad, su calor de vida interior y una llama de pensamiento
que le corre de pies a cabeza, le hacen vivir en un instante, ms de lo
que se vive en Quimper en diez aos. No diga usted esto a nadie, seor
cura, pero en el primer momento encontr a mi padre ms bien feo; ahora,
me gusta su cara de tal modo, que creo que no habra otra alguna que me
gustase ms. Es todo el mundo tan insignificante a su lado!...
Ciertamente, tiene el aspecto menos... cmo lo dir? menos padre de
familia que el seor Ravenaz, por ejemplo, el mayordomo de cofrada que
cantaba tan fuerte en la misa mayor y haca cantar con l a sus cuatro
hijas y siete hijos, todos dciles a una seal de sus ojos; o que el
seor Tintellier, que slo tiene un hijo, pero que es tan escptico y no
re nunca ms que con un lado de la boca, de modo que su alegra se
parece al esfuerzo de tragar algo amargo y ms da lstima que envidia.
Mi padre re de tan buena gana, no a carcajadas, pero con tal fe e
intencin, que se toma parte en su alegra aun sin saber por qu. Sus
ojos ren al mismo tiempo que sus labios y las mejillas, la barba y
hasta las orejas parece que se divierten a la vez con lo que le hace
rer, que es, a veces, un pensamiento que ni siquiera ha dicho. Yo no
puedo separar de l la mirada, tanto me interesa y me encanta.

Tiene algunos amigos bastante agradables. Primero, don Mximo de Cosmes,
al que vio usted en Quimper y que es el favorito de mi padre. Tiene
hermosos ojos (no s si usted lo reparara), bonitos dientes que se ven
mucho, aunque l no trata de ensearlos, y un carcter que creo en
armona con su cara franca y simptica. Hay otro tambin que me gusta
bastante, porque defiende generalmente ideas que se aproximan a las
mas. Mis ideas, seor cura, puede usted figurarse que no son inventadas
por m, pues son las del catecismo y el Evangelio. Las de don Gerardo
Lautrec no son tan lmpidas, pero son hermosas, sin embargo, y l las
sostiene con formas elegantes, con palabras lindas y musicales y con una
especie de emocin entusiasta, sin decir nunca nada que me mortifique,
mientras que noto en los dems una indiferencia hostil y hasta aversin
y desprecio declarados contra todo lo que es ms sagrado para m... Y
todava se contienen por mi causa... He visto a don Mximo hacerles
seas y contener en sus labios palabras que iban a decir. Lo ms
sorprendente es que las mujeres, muchas al menos, hablan exactamente
igual que los hombres, con el mismo atrevimiento respecto de todos los
asuntos, y acaso, con ms violencia todava.

Con toda esta charla, seor cura, no le he dicho a usted que, hace una
semana, estamos instalados en el campo, a unas leguas de Pars y en un
sitio delicioso, rodeado de bosques y praderas. Ms bonito sera, sin
embargo, si no hubiera tantas casas, pues las hay por todas partes y eso
desfigura el paisaje. Ms parece esto un arrabal que el campo.

Muy cerca de nosotros, la Marquesa de Oreve, de la que ya he hablado a
usted, tiene una hermosa casa, a la que llaman la Villa del Lys. Aqu
se llama as a cualquier casa por pequea que sea. La nuestra es la
Villa Sol, nombre retumbante y pomposo para tan modesta casita. La
verdad es, sin embargo, que est baada de sol de la maana a la tarde,
lo que parece que es muy bueno para mi salud.

Estoy tan dbil todava, que me cansa el escribir y aqu hago punto, a
pesar de todo lo que tengo todava que decir a usted. Otra vez ser.

Bendiga usted a esta su hija, mi buen seor cura, y desele prudencia y
salud.

ELENA LACANTE.




Mximo a Su hermano.

5 de septiembre.


La de Grevillois y su hija se han instalado en la Villa del Lys, y
Luciana ha bosquejado ya el retrato de la patrona, como llamamos a la
Marquesa. Creo que est muy parecido, demasiado casi, y preveo que a
Luciana le costar trabajo contentar a su modelo. La Marquesa ha
manifestado ya cierta discreta indignacin ante el boceto.

Sobre todo, hija ma, cuide usted de no engordarme exageradamente...
Sin criticar a usted, creo que me da las proporciones de una nodriza...
Creo tambin (y usted me dispensar, verdad? esta pequea coquetera)
que me hace usted la cara demasiado ancha y demasiado corta... Adems,
los ojos no estn parecidos... Siempre me han dicho que son lo mejor que
tengo... Pero usted corregir todo esto cuando revise maana su obra...
Hace falta tiempo para acostumbrarse al modelo y slo se ve exactamente
a la larga...

Luciana estaba un poco nerviosa y trat de calmarla como pude durante un
corto paseo que hicimos solos para ir a la Villa Sol. El tiempo estaba
hermoso y de una suavidad encantadora. Vagos y finos perfumes
embalsamaban el aire, penetraban en los sentidos y ablandaban el
corazn, que pareca fundirse en el pecho con una sensacin de
desvanecerse y de evaporarse en el ter... Era aquello delicioso y
hubiera yo querido que Luciana participase de mi encanto, pero segua
nerviosa y despechada.

--Es estpido--deca--el ser pobre y depender de la primer tonta que se
presente... Porque tiene dinero y lo paga, cree tener derecho para
decrselo a una todo, a no ahorrarle humillaciones ni crticas, a
exasperarla con sus consejos de idiota y a aplastarla bajo la enorme y
pesada superioridad de su fortuna... Juventud, ingenio, talento,
belleza, todo, absolutamente todo, es juzgado, medido y pesado
desdeosamente por cualquier imbcil encaramado en sus sacos de pesos,
desde donde dominan a la despreciada multitud de los pobres diablos de
uno y otro sexo...

Mi pobre Luciana tena los hermosos ojos llenos de lgrimas de clera
mientras lanzaba sus imprecaciones con risa nerviosa y un calor de
despecho que denunciaba su humillacin.

Yo sufra por ella y tanto como ella, pero le contest con dulzura y
logr hacerle comprender que su resentimiento era excesivo y hasta
injusto, pues, al fin, la vanidad de la Marquesa de Oreve no hace dao a
nadie ms que a ella misma y en modo alguno al artista que la pinta como
es. La superioridad del dinero no existe realmente ms que para aquellos
que la reconocen, e indignarse por ella es un modo de reconocerla.
Seamos, pues, orgullosos y permanezcamos libres de todo sentimiento de
envidia, de adulacin y de clera, le dije besando sus bonitas manos.

Luciana sonri dbilmente.

--Habla usted como un sabio--me dijo,--pero la cordura es difcil, se lo
juro, cuando hay que habrselas con la suficiencia presuntuosa. Quisiera
tener esa hermosa filosofa; pero carezco de fuerza de alma, lo
confieso, y tengo rencor a la Marquesa por ser rica, nica cualidad que
es indiscutible. Todo puede ser puesto en duda, la belleza, el mrito,
hasta la juventud, puesto que no se tiene en el mundo ms que la edad
que se representa y los sabios artificios de una mujer de cuarenta aos
hcenla asemejarse a otra de veinticinco. Solamente la fortuna se pesa y
se mide y slo las cifras tienen una realidad inflexible.

--Lo que se cuenta, se mide o se pesa--contest;--no vale nada al lado
de una sola gota de infinito...

Luciana dej ver su bella y seductora sonrisa y respondi:

--Lo veo a usted venir: el amor es infinito, verdad?

--Lo es el mo, ciertamente.

--Diga usted el nuestro, Mximo.

Mi amada recobr su alegra y su gracia seductora, bamos lentamente por
los frondosos senderos del bosque y habamos olvidado el objeto de
nuestro paseo, cuando vimos venir a nuestro encuentro, muy lejos an, a
Elena con Polidora, que no nos haban visto y se detenan de vez en
cuando para cortar flores.

--Ah tiene usted al retoo de Lacante en su elemento--dijo Luciana con
un dejo de desdn.

--No le gusta a usted, Elena?

--Qu quiere usted que le diga? Apenas la conozco... No es ms que una
chiquilla...

--Si usted quisiera ocuparse de ella con un poco de indulgencia, la
sociedad de usted podra serle muy provechosa.

Luciana hizo un gesto que no fue de entusiasmo.

--No sabra qu decirle... Es imposible encontrar dos naturalezas ms
opuestas que la de la hija de Lacante y la ma. No sabe nada de lo que a
m me interesa... No sabe nada de nada, por otra parte... Me extraa
mucho que pueda usted hablar con ella ms de diez minutos.

--Pues yo la encuentro encantadora... y rara.

--Rara, ciertamente, pues ese tipo no se encuentra ms que en las selvas
vrgenes o en las estepas de Bretaa. Que es encantadora... me lo ha
dicho usted varias veces...

--Aseguro a usted que me complacera mucho procurando trabar amistad con
ella... Ya sabe usted lo que es Lacante para m.

--Hacerme amiga suya!--exclam.--Enseme usted entonces por dnde hay
que tomarla.

Estbamos ya muy cerca de Elena, quien nos conoci y nos salud con un
gran ramo que traa en la mano.

--De dnde viene usted?--le pregunt.--De una santa peregrinacin, de
una iglesia, de una capilla?

--No acierta usted... He pasado el tiempo de un modo ms profano... Vea
usted mi cosecha.

Y nos ense el ramo.

Polidora, tomando un aspecto de importancia, empez a decir con algn
retintn:

--Venimos de...

Elena se volvi vivamente hacia ella.

--No diga usted nada, Polidora; se lo ruego... Hay que ensear a don
Mximo a no ser curioso.

--Tendr que contar, ciertamente, su fechora de usted a su seor
padre--respondi el ama de gobierno.--Nada me impedir cumplir con mi
deber.

Elena respondi con dulzura:

--Har usted bien.

Y dirigindose a Luciana, le pregunt si le gustaban las flores e hzole
admirar las que formaban su ramo...

Mientras tanto hice hablar a Polidora, que muy engallada y con gesto
desdeoso, iba detrs como para separar sistemticamente su causa de la
de Elena. Era evidente que haba discordia entre ellas, y como la vieja
estaba deseando charlar, no esper a que yo la preguntase.

--Dios mo! No es que esta muchacha sea mala, oh! no; pero es
imprudente. Ha sido criada como una salvaje en un pas donde no hay
civilizacin... Habla a todo el mundo y hace conocimiento con el primero
que se presenta.

--Cmo!--exclam.--Pues parece ms bien tmida y ms inclinada a
callarse que a hablar.

--S, aqu, en la buena sociedad... porque conoce que no est en su
centro ni a la altura necesaria. Pero en los caminos, no pasa un mendigo
ni una paleta sin que arme conversacin con ellos. No tiene malicia, ni
desconfianza, ni sentimiento alguno de las conveniencias... Por ms que
le digo: Eso no se hace! ya est hecho cuando yo hablo... El otro da
iba un pobre hombre tirando, con su perro, de una carretilla cargada de
chirimbolos, y con la lengua fuera al subir un repecho. Vuelvo la cabeza
y qu es lo que veo? La seorita, que iba empujando por detrs con
todas sus fuerzas y que sigui as hasta lo alto de la cuesta, por ms
que le dije. Adems le dio todo el dinero que llevaba... No es por el
dinero, pues me gusta que las jvenes tengan la mano abierta, pero las
conveniencias...

--Y hoy... ha empujado algn otro carro?

--Mucho peor!... Figrese usted que ayer vinieron dos chicos a mendigar
a la puerta, y la seorita les dio pan y unos centavos y les hizo
hablar. No dije nada, porque su padre estaba all y lo permita... Pero
hete aqu que esta maana pide ir a paseo, y en cuanto estamos fuera me
dice muy amablemente: Querida doa Polidora, quisiera ir hacia la
Celle-Saint-Cloud, a ver la madre de los dos nios que vinieron ayer;
est enferma, tiene muchos hijos, carece de recursos, y qu s yo
cuntas cosas ms. Pareca al oira, que no haba otras miserias en la
tierra... Cmo se llama? le dije. La Briffarde; vive en el campo
Quemado... Vamos all, verdad? Quiere usted, mi querida doa
Polidora? Porque es mimosa como ninguna, la chiquilla. En fin, le dije:
Vamos, no queriendo contrariarla. Echamos a andar preguntando el
camino de vez en cuando, y por ltimo llegamos a la Celle. El campo
Quemado, me dijo un segador, est all, en lo bajo del camino. Qu va
usted buscando en el campo Quemado? No hay por all nada bueno.
Buscamos a una familia de pobres que vive all. Entonces all la
encontrarn ustedes. La mala semilla se encuentra en todas partes. El
tono en que me dijo esto me dio qu pensar. Veo a dos pasos unas mujeres
trabajando junto a una puerta, me acerco y pregunto: Vive por aqu la
Briffarde? No tard mucho en or ms de lo que quera: una perdida, una
arrastrada, con toda clase de vicios y miserias. Intento entonces
marcharme ms que a paso y llevarme a la seorita; pero, que si quieres;
ya se haba echado a correr sin volver la cabeza y estaba en la
perrera, porque no merece otro nombre el agujero en que vive esa mujer
con sus cras. Naturalmente, tuve que seguirla y an tengo levantado el
estmago del hedor y de la podredumbre en que se revolcaban aquellos
chiquillos y de los guiapos infectos que servan de cama a la madre.

--Pero estaba verdaderamente enferma? No haban mentido los nios?

--Lo estaba y mucho, segn creo. Haban dicho la verdad. Los chicos se
echaron como lobos sobre las provisiones que llevbamos. Buen da
tuvieron, los desgraciados! La madre trat de comer; pero no pudo... Lo
que es esa no tiene para mucho tiempo. Pero cree usted, caballero, que
es el sitio de la seorita Elena la casa de una mujer as?... Ya s, ya
s; la caridad... Pero tambin existen las conveniencias...

Y la tal Polidora se llenaba la boca con esto de las conveniencias.

Pens, sin embargo, como ella, que no sera prudente dejar que Elena
volviese a aquel antro, donde poda tener malos encuentros para su
inocencia.

Hablar de esto con Lacante, pues no me atrevera a iniciar con ella la
cuestin. Un alma inocente es como las alas de una mariposa, a las que
no se osa tocar por miedo de hacer caer el fino polvillo de oro y azul
que nada puede reemplazar despus. La pureza de un alma virgen realiza
la idea que yo me formo de lo divino, es decir, de algo primordial,
superior a todo conocimiento, antagnico con la ciencia misma, en una
palabra, sublime. Da tristeza el pensar que un da se atentar contra la
divina ignorancia. Querra uno colocar para siempre a la joven inocente
en un altar, como esas celestiales vrgenes de los Primitivos cuyo
colorido deslumbrador y cuya cndida gracia llegan intactos hasta
nosotros desde el fondo de los siglos cristianos. Elena tiene el sereno
candor de aquellas vrgenes. No te gusta, como a m, esa valenta y esa
misericordia para con la pecadora?

En la Villa Sol encontramos a Lacante esperndonos sentado a la sombra
del nico tilo, y Polidora le cont sin tomar aliento la aventura de la
Briffarde y le rog que prohibiese a Elena volver a casa de aquella
mujer de mala vida.

Elena estaba extraordinariamente desolada.

--Pero, y los hijos, pap, qu mal han hecho? Si los hubieseis visto
devorar el pan y la carne! Tienen hambre y estn hechos jirones... Y la
madre est tan enferma! No creo que tenga cura.

--Seguramente que no--exclam Polidora.--Todo lo que se haga por ella
ser como no hacer nada.

--Pap, te lo ruego; permteme al menos que les enve algn socorro.

--Pero t quieres arruinarme--dijo Lacante sonriendo y acariciando el
cabello de su hija, que estaba arrodillada a su lado en la hierba.

--Quieres, verdad?--le dijo Elena besndole la mano.--Estoy segura de
que doa Polidora consentir en volver al campo Quemado.

Pero Polidora, muy ofendida y roja de indignacin, declar secamente que
lo que no estaba bien para la seorita no lo estaba para ella y que, por
otra parte, no tena aficin ninguna a visitar perdidas.

Comprendes a la joven y dulce virtud de Polidora temblando por su
pureza?

Elena, muy confusa por haber ocasionado tal algarada, me ech una mirada
cuya angustia comprend en seguida, y me propuse ser el mensajero de su
caridad.

Lacante dijo entonces que permita a Elena volver, acompaada por m...

--Y por m!--se apresur a decir Luciana.

Se convino en que iramos los tres el domingo prximo, y Elena,
radiante, nos dio las gracias a Luciana y a m como si le hubiramos
hecho un rico regalo.




Elena al Padre Jalavieux.

Septiembre.


Me pregunta usted, seor cura, si tengo amigas y cmo son... Todava no
he encontrado ninguna a mi gusto.

Tengo, sin embargo, por vecina a una joven muy guapa, inteligente y
artista. La veo con frecuencia, casi todos los das, desde que vivimos
en la Villa Sol. Viene a buscarme, sola o acompaada, para que demos
un paseo por los bosques, y creo que la aburro, mientras que ella me
intimida, lo que hace que apenas cambiemos palabras y menos an
pensamientos. Encuentra que soy ignorante, lo que es mucha verdad, y que
tengo un entendimiento estrecho y limitado, lo que podr ser cierto sin
que yo me d cuenta de ello. Naturalmente, no me lo dice as en mi cara,
porque es muy fina; pero en varias ocasiones en que no se trataba
directamente de m, le he odo expresarse duramente contra las personas
demasiado devotas y cuyas prcticas diarias empequeecen la religin.
Sabe usted, sin embargo, seor cura, con cunta facilidad se cae en la
indiferencia cuando se descuida el rezar todos los das. Dios se vuelve
entonces como extrao, no se oye ya su voz en el fondo de la conciencia,
no se sabe lo que nos manda ni lo que nos prohbe y, en ese silencio de
la voz interior, se flota al azar del humor y de las circunstancias.

Hace un momento, Luciana, as se llama, me ha preguntado de repente,
despus de andar juntas un gran rato sin decir palabra, si no senta a
Dios presente en el aire puro y libre de los campos, en las frescas
enramadas del bosque, en el brillo chispeante del sol y hasta en la
delicada pequeez de los musgos y de las flores lo mismo que en la
iglesia.

Le respond que, en efecto, nada me hace ms sensible la presencia de
Dios que las inocentes bellezas de la Naturaleza.

--Entonces, por qu le gusta a usted tanto ir a las iglesias?

--Porque all es donde se realizan los misterios.

Me mir con una especie de asombro y no insisti.

Luciana es creyente, tiene el alma religiosa y habla noblemente de Dios
y de las cosas divinas, que ella saborea como artista, ms sensible,
acaso, al sentimiento un poco vago de lo divino que a una fe precisa y
determinada. Piensa que los dogmas estorban al impulso del alma hacia
Dios, cuando, por el contrario, son para ella un punto de apoyo slido
que nos impide extraviarnos del camino recto; y porque as se lo digo me
encuentra el entendimiento estrecho y limitado. Siento cernerse su
desdn sobre mi cabeza y esto me produce una timidez que me cuesta
trabajo dominar.

Su madre, la seora Grevillois, es una persona dulce, siempre cansada y
sin aliento. Es muy piadosa, pero no del mismo modo que su hija, a la
que slo el respeto impide juzgar a su madre como a m. Esta excelente
persona pasa los das enteros sentada en una butaca junto a la ventana,
con un bastidor de tapicera en las rodillas, y, casi sin levantar los
ojos, clava la aguja en el caamazo con una regularidad apacible y
mecnica que da sueo. Es viuda, no tiene fortuna y creo que trabaja
para ganar dinero. De todas las mujeres que me rodean, ella es la que me
inspira ms simpata. Es la nica que no se re con los chistes del
seor Kisseler, un escultor amigo de mi padre, cuyo ingenio hace gracia
a todo el mundo. Este seor me disgusta y me parece grosero, acaso
porque no le comprendo, pues da a las palabras ms sencillas, en
apariencia, un sentido particular que hace rer a los hombres y
ruborizarse a las seoras, sin perjuicio de rerse tambin. La de
Grevillois permanece seria y con una expresin de placidez, como si no
oyera lo que se dice. A la Marquesa de Oreve, por el contrario, le
divierten extraordinariamente las ocurrencias del seor Kisseler y, si
est callado, lo que es raro, no deja de incitarlo: Kisseler est
triste esta noche... Se conoce que no le inspiramos.

Y esto basta para inflamar la plvora. Mi padre dice muchas veces a la
de Oreve:

--No lo provoque usted, seora, porque tenemos aqu muchachas esta
noche.

Pero ella responde tranquilamente:

--No se apure usted; hay gracias de estado para las jvenes y no
entienden ms que lo que deben entender. Verdad, seoritas? Todo es
puro para los puros.

Y el seor Kisseler se dispara.

La otra noche tuvo la ocurrencia de parodiar las ceremonias de la
Iglesia, el modo de andar, las actitudes y genuflexiones del sacerdote
en el altar. Al mismo tiempo murmuraba slabas raras e incomprensibles,
con inflexiones de voz cmicas, resoplidos grotescos y contorsiones
extticas y devotas. Estaba tan gracioso que, a pesar de la repugnancia
que me inspiraba aquella farsa burlesca que era una profanacin, no
poda guardar mi seriedad ante aquella cara mofletuda, aquella nariz
arremangada y aquellas muecas de compuncin. La risa me retozaba en los
labios, y puedo asegurar a usted, seor cura, que contra mi voluntad.

Por la noche, antes de volverse a Pars en el ltimo tren, esos seores
quisieron acompaarnos, a mi padre y a mi, a la Villa Sol. Mi padre,
un poco molestado de la gota, iba apoyado en el brazo de don Mximo. El
seor Kisseler revoloteaba y mosconeaba alrededor de nosotros como un
gran saltamontes aturdido, y don Gerardo Lautrec iba a mi lado,
explicndome como poeta, las bellezas del claro-obscuro, mientras se
levantaba en el horizonte una fina luna nueva. Este seor Lautrec es una
persona muy agradable, alto, esbelto y rubio. Tiene unos ojos muy
brillantes y muy rpidos, con los que parece que recorre el horizonte
entero de una ojeada, y creo que su ingenio tiene la misma prontitud que
su mirada.

Iba yo muy entretenida con lo que me deca, pero escuchndolo sin
responder, intimidada por sus brillantes ojos, que se posaban a veces en
m como un relmpago, y avergonzada por la necedad de mi silencio,
cuando el seor Kisseler vino involuntariamente en ayuda de mi torpeza.
En una de sus piruetas, puso el pie en falso sobre una piedra, tropez y
se qued bonitamente sentado en el camino, con el sombrero por un lado y
el bastn por el otro. Sin turbarse absolutamente nada, sac
tranquilamente el pauelo y se puso a enjugarse la frente con expresin
satisfecha, como si el sueo de su vida se hubiera realizado al
encontrarse all gozando de un reposo definitivo. La carcajada fue
general, pues la flema del seor Kisseler en tal aventura result
irremisiblemente cmica. Fueron necesarias las instancias de sus amigos,
que teman perder el tren, para decidirlo a levantarse del polvo donde
estaba sentado y que le cubra la ropa. No fue floja tarea la de
sacudrsela para ponerlo presentable.




Mximo a su Hermano.

14 de septiembre.


Ayer, domingo, fui a almorzar a la Villa Sol y a ponerme a la
disposicin de Elena para la visita proyectada a la Briffarde. Lautrec
almorz tambin en casa de Lacante y se ofreci a acompaarnos al campo
Quemado. Luciana, fiel a su promesa, lleg en el momento en que bamos a
ponernos en marcha. Salimos, pues, los cuatro, dando escolta alegremente
a un voluminoso cesto lleno de provisiones, con el que cargbamos
alternativamente Lautrec y yo.

El tiempo estaba radiante y el calor nos hubiera parecido insoportable
si hubiramos tenido que ir a descubierto por una carretera. Pero
atravesamos, por el contrario, un ancho trozo de bosque lleno de quintas
con sus jardines floridos, sobre los que notaba el tibio perfume de las
resedas, de los heliotropos y de las rosas.

El paseo era delicioso, a pesar del peso del cesto, que nos aserraba el
brazo a Gerardo y a m, torpes para llevarlo a causa de nuestra
inexperiencia. Yo propuse aligerarlo haciendo una meriendilla a expensas
del contenido, pero esta idea prctica fue acogida con una explosin de
indignado desprecio, y las jvenes, exaltadas, se apoderaron
valerosamente del cesto y lo llevaron durante unos cien pasos, despus
de lo cual volvieron hacia nosotros miradas suplicantes y se dejaron
convencer de que deban desistir de su hazaa.

Por fin llegamos.

He aqu el campo Quemado y la miserable cueva en cuyo umbral dos nios
llenos de harapos se revuelcan en el polvo como perrillos alegres.

Entramos. Un olor ftido y sofocante se nos coge a la garganta y me
basta una mirada para convencerme de que a la enferma le quedan pocas
horas de vida.

La imaginacin no puede concebir un marco ms siniestro para el drama de
la muerte: un camastro en una choza; ni eso siquiera, un montn de
trapos srdidos en una cabaa abandonada, podrida y agrietada, en la
que, por lstima, se ha dejado instalarse a aquella desgraciada con sus
cras, abortos demacrados, medio desnudos, sucios, enmaraados y
rabiosos como animales hambrientos que se disputan un hueso. Por fuera,
el dulce sol de septiembre, un aroma de hojas maduras, que una ligera
brisa trae del bosque, y el puro incienso que exhalan los campos hacia
un cielo azul plido... Dentro, un aliento pestilente de fiebre, un
hedor de roa inveterada, exhalaciones rancias, y, en una cama
indescriptible, entre trapos sucios que apenas lo cubren, un esqueleto
lvido, de arrecido sudor y en el que slo brillan dos ojos ardientes,
feroces, atrevidos, desesperados, dos ojos en cuyo fondo se leen todos
los terrores de la muerte y todas las ambiciones de la vida.

Es la Briffarde.

La moribunda pasea por nosotros la espantada interrogacin de sus ojos y
los fija despus en Elena, a la que mira un rato sin decir palabra, ya
porque al pronto no la ha conocido, ya porque necesitase reunir sus
fuerzas para hablar.

--Ya est usted ah--dijo en voz baja y bronca.--Cre que no vendra
usted.

--Lo haba prometido.

--Se dicen esas cosas... y despus... si te vi no me acuerdo.

Su voz se debilit y murmur, con clera, slabas incomprensibles. En
seguida exclam con aliento ahogado:

--Los pequeos... tienen hambre... No hay qu comer... Yo no puedo
trabajar.

--No, pobre mujer, est usted todava muy dbil--dijo Elena con
dulzura.--He trado para ellos pan y carne, y para usted caldo y vino.

Al mismo tiempo sac las provisiones del cesto.

--Y aqu tiene usted un poco de dinero--aadi abriendo el portamonedas.

--Venga, venga el dinero!--exclam la enferma, abriendo con ademn de
fiera las largas y huesudas manos sacudidas por un calofro...--El
dinero! El dinero!

No se calm hasta que sinti en la mano dos monedas de plata, sobre las
cuales se crisparon sus dedos; y, como si el esfuerzo la hubiese
aniquilado, sus prpados se cerraron y su aliento anheloso se suspendi
un instante.

A todo esto, la hija mayor de la Briffarde, plida muchachona de unos
doce aos, estaba repartiendo entre sus hermanos el pan, la carne y unos
cuantos coscorrones destinados a reprimir la indiscreta avidez de su
apetito, todo esto en medio de un ruido infernal de gritos y llantos.

--Salgamos--me dijo Luciana, sofocada por el hedor de aquella cueva y
estremecida de repugnancia. Yo hice sea a Elena de que se acercase.

--Esta mujer se est muriendo--le dije muy bajo.

Elena me mir con espanto y palideci.

--Todava no, verdad? Todava no...

Y su voz me suplicaba como si hubiera dependido de m el prolongar
aquella vida expirante.

--Estoy seguro de que le quedan pocos instantes de vida. Si quiere usted
evitar el cruel espectculo de su agona, no se est usted aqu.

--Oh! no, no es eso lo que temo...

Se aproxim a la moribunda, le cogi la mano, aquella mano a la que una
avaricia suprema tena fuertemente apretada sobre las dos monedas, y la
acarici dulcemente.

--Pobre mujer! La encuentro a usted hoy muy dbil... Los nios deben de
fatigarla...

--Oh! s, los arrastrados... Siempre gritando, disputando y
pegndose... No puedo con ellos... Mejor estara en el hospital... pero
dejarlos solos...

La voz de Elena continu con gran dulzura:

--Podramos colocarlos en alguna parte mientras est usted enferma...
Dnde quiere usted que los metamos? Dgame lo que desea.

La mujer se qued un rato sin responder, con los ojos fijos y el odo en
tensin, como si tratase de penetrar el sentido de las palabras de
Elena.

--Colocarlos? Los chicos?... Ah! s, s quiero... Las nias con las
monjas... de la Celle... Debe de costar caro... Los dos pequeos al
Asilo, o en casa del padre Boussel, en Auteuil... Sabe usted?

Elena prometi ocuparse de todo aquello, y yo admir la ingeniosa gracia
de aquel corazn de quince aos tratando de arrancar a una madre, sin
que ella lo sospechase, su ltima voluntad sobre los que iba a dejar
hurfanos.

Me estaba ahogando en aquel aire pestilente y sal a reunirme con
Luciana y Gerardo. Como ellos, aspir con delicia el poco de aire puro
que caa de las alturas del bosque al campo Quemado.

Elena, mientras tanto, segua inclinada sobre aquel semicadver, cuyo
pecho huesudo estaba sacudido por un hipo siniestro. Haba echado un
poco de vino en una taza desportillada, y con el brazo alrededor del
cuerpo de la Briffarde, estaba humedeciendo sus secos labios.

La mujer aceptaba aquellos cuidados como haba aceptado las limosnas,
sin dar las gracias y como cosa debida.

Los nios se haban diseminado por el campo, adonde los haba enviado
Luciana a cortar amapolas.

No quedaba en la choza ms que la hija mayor, sentada en una piedra que
serva de mesa y de banco. Sus ojos, plidos y sin expresin, nos
miraban obstinadamente a travs de los mechones de cabello y detallaban
de pies a cabeza el traje de Luciana, indiferentes, al parecer, al
gemido casi continuo de la moribunda.

En el silencio de la choza, llegaba hasta nosotros la voz de Elena:

--Vienen alguna vez a visitarla a usted las hermanas de la Celle?

--Cuando tienen tiempo... muy de tarde en tarde...

--Y el seor cura, viene alguna vez?

La mujer exclam duramente:

--El cura?... No, por cierto... A ese ni lo conozco.

--Estoy segura de que vendra si usted quisiera verlo.

--Para qu?--Hizo un movimiento brusco de protesta y cay pesadamente,
sin poder incorporarse.--Qu iba a hacer aqu el cura?... No quiero
sotanas ni hombres negros a mi alrededor.

Elena respondi con voz temblorosa:

--Pues le dira a usted cosas consoladoras y palabras dulces y buenas.

--Palabras!... De qu sirven las palabras y las frases?... Lo que yo
necesito es que me curen... y el cura no puede hacerlo... El cura no es
Dios...

--No es Dios, pero se dirige a l y le reza...

--Oraciones!... Simplezas... Eso es lo que saben hacer... Hay quien los
quiere; pero no... Si hay un Dios, tendr otra cosa que hacer que
ocuparse de m, segn parece... Puede jactarse de haberme hecho dura la
vida, el tal Dios... Por qu hay pobres como yo y ricos que no carecen
de nada? Cuando oigo a los chicos aullar de hambre, cree usted que
tengo ganas de dar las gracias a ese Dios?

La moribunda se incorpor entonces, desgreada, medio desnuda, con los
hombros de esqueleto descubiertos, y sus ojos despedan llamas mientras
sus labios, contrados, se retorcan en una mueca espantosa. Elena
retrocedi instintivamente.

--Dgale usted que deje a esa mujer agonizar en paz--murmur Luciana a
mi odo.--Hace mal en atormentarla as.

Yo tambin pensaba que Elena haca mal. Sus esfuerzos por despertar la
conciencia de la moribunda, por conmover su corazn e inspirarle mejores
sentimientos, me parecan a la vez crueles y patticos. Para qu
perturbar a aquella miserable bestia humana en su lucha suprema contra
la disgregacin? Para qu exponerse a hacerla ver el negro abismo en el
que estaba ya medio cada?

Me aproxim a Elena y trat de llevrmela.

--Venga usted--le dije,--y deje a esta mujer agonizar en paz. Vmonos.

La muchacha hizo un movimiento para seguirme; pero una fuerza, mayor que
toda repugnancia y que todo consejo, la aproxim al camastro y triunf
de la repugnancia y del horror que, por un instante, la haba dominado.

Puso otra vez la mano en la de la moribunda, humedecida por un sudor
glacial, y le dijo tiernamente:

--Cunto sufre usted! Quisiera, antes de marcharme, que rogsemos
juntas a Dios, pues yo creo en l y lo amo.

La mujer dej ver una risa sarcstica, y aquella risa, cortada por el
hipo de la muerte, result horrible.

--Usted lo ama porque tiene razones para ello... Yo, no!

--Siempre tenemos razones para amar a nuestro padre, y Dios lo es para
los que le ruegan, para los que tienen confianza en l, y le piden
perdn por sus faltas... Quin ser el que no lo haya ofendido mil
veces? Una sola palabra de arrepentimiento puede obtenernos su perdn...
Usted lo sabe, verdad? pues se lo han enseado en el catecismo...

--All, en tiempos... s, como a los dems.

--Entonces crea usted en Dios...

--Es posible... Cuando una es joven cree todo lo que le cuentan... pero
despus todo vara... Ya no creo en nada... Esas son historias para
divertir a los pobres.

Volvi los ojos irritados hacia la puerta, en la que estbamos apoyados
Gerardo y yo, y dijo:

--Oiga usted; pregunte a esos seores si van a misa.

--Yo s voy!--dijo Gerardo.

--Y a confesarse?... Bah! Eso es bueno para los desgraciados... para
cerrarles la boca cuando la miseria les hace gritar demasiado fuerte...
Dios, los curas y los ricos, se entienden muy bien... Yo no quiero
cura... no quiero... He jurado que ninguno se acercara a m... y quiero
cumplir mi promesa...

--A quin ha hecho usted tal promesa, pobre mujer?

--A quin?...

Estvose un buen rato sin responder y dijo despus bruscamente:

--El que me hizo jurar eso fue el padre de mi hijo ms pequeo.

--Y dnde est el padre?--pregunt cndidamente Elena.

--- Dnde est?... Qu s yo!... Se march hace muchos meses... Desde
entonces estoy enferma...

Su palabra, entrecortada por las sofocaciones, se iba haciendo
incomprensible.

--No guarda usted rencor al padre de ese nio? Dgame que le perdona.

--Hay veces que si lo atrapara por mi cuenta, al miserable...

Intent un gesto de amenaza, pero no pudo levantar la mano, que se
crisp bajo los harapos que la cubran en parte.

Despus sigui diciendo con voz vacilante:

--Otras veces... otras veces...

Y pareca buscar penosamente los jirones de su pensamiento fugitivo.

--Otras veces--dijo dulcemente Elena, inclinada hacia los ftidos
harapos,--recuerda usted el tiempo en que se le enseaba esta hermosa
oracin: Dios mo, perdnanos, como nosotros perdonamos a los que nos
han ofendido.

La Briffarde volvi hacia ella aquellos ojos que se apagaban, y sus
facciones contradas tomaron una expresin de paz. Sus labios resecos se
entreabrieron, y, como un soplo, dejaron pasar la palabra: Perdn...
Desde las profundidades del pecho subi a la garganta un estertor que se
detuvo de repente. En aquellos ojos, ya fijos, aparecieron dos lgrimas
sin rebosar de los prpados y se reabsorbieron lentamente, como el agua
en una tierra rida.

Me aproxim a Elena y la as la mano.

--Se acab!--dije.--Ahora venga usted.

--Hay que cerrarle los ojos--respondi Gerardo, que estaba a mi lado y
cumpli ese piadoso deber.

Elena se levant sin resistencia y me sigui.

En el campo se oa rer a los nios pequeos, que estaban jugando al
escondite, mientras el mayor se pegaba con otro chico de su edad.

--Vmonos pronto!--exclam Luciana estremecindose.--Es horrible la
muerte!...

Elena me miraba indecisa.

--Los nios... Qu hacemos? Dejarlos solos con su madre muerta?

--Voy a avisar a los vecinos. Espreme usted.

Luciana, impaciente por dejar aquel fnebre lugar, vino conmigo hasta la
casa ms prxima, donde haba dos mujeres trabajando junto a una ventana
abierta.

--Por fin se ha muerto--dijo una de ellas cuando le notici la muerte de
la Briffarde.

--No se ha perdido mucho--respondi la otra; una morenilla bastante
fresca.

--Con todo, caballero, la muerte es siempre alguna cosa, no es verdad?

Cre que deba apoyar ese sencillo sentimiento y aad que aquella
muerte era triste a causa de los nios.

--Bah! Para el socorro y los buenos consejos que les daba--respondi
la morena,--puede que sea mejor que est donde est.

--No se les puede dejar solos con el cadver--indiqu yo.

--Claro est que no... All voy... T, Aniceta, corre a la Celle y
advierte a la hermana y al cura, para el entierro. Bueno es que esos
chicos vean a su madre pasar por la iglesia antes de irse a la tierra.

La buena mujer puso en orden las calcetas que estaba zurciendo, me
sigui y no dej de hablarme de las fechoras de la pobre Briffarde.

--No tena nada de buena... Sin los chiquillos, que pedan limosna por
los caminos, todos se hubieran muerto de hambre, porque usted comprende
que la caridad de los vecinos no basta para tapar tantas bocas...
Adems, la tal Briffarde no tena nada de cmoda... Una salvaje,
caballero, una leona... Las monjas de la Celle casi no podan con
ella...

Y yo iba pensando en el cndido apostolado de Elena y en su paciente
dulzura, que haba triunfado al fin de la rudeza de aquella miserable
criatura y de su desesperada impenitencia. Una palabra de misericordia y
de ruego haba encontrado el camino de su corazn, enternecido su ltimo
suspiro y desarmado un poco su spero y furioso rencor.

No era, acaso, el arrepentimiento lo que se haba despertado en su alma,
sino una turbacin precursora; y la miserable pecadora no habra
comparecido con la blasfemia en los labios y la ira en el corazn ante
el Juez infalible en quien Elena tiene fe.

Fuera de la fnebre choza, y sentados juntos en un haz de lea verde,
recogido por los chicos en el bosque, estaban Elena y Gerardo hablando
en voz baja.

En el campo haban cesado los gritos y los juegos y remaba un trgico
silencio.

En el interior, los muchachos, agrupados en un rincn, estaban llorando
con llamadas montonas y, en cierto modo, mecnicas: Mam... mam...
entrecortadas por sollozos en los que la conmocin nerviosa, el asombro
y el terror tenan tanta parte como el desconsuelo. La mayor habase
sentado de nuevo en la piedra y tena en la falda al ms pequeo, al que
daba golpes intermitentes para hacerle estarse quieto. Un nio de tres o
cuatro aos haba cogido el resto del pan blanco llevado por Elena y lo
estaba babeando concienzudamente al tratar de morderlo sin partir; pero
el mayor lo vio e interrumpi su cantinela llorosa para quitrselo, y
reforz vigorosamente este acto de justicia con un coscorrn en la
cabeza del delincuente, despus de lo cual sec el zoquete con un jirn
que le colgaba de la manga.

En esto entr la amable vecina, ech una ojeada al descarnado esqueleto
cuyas angulosas formas dejaban adivinar los trapos que la cubran. La
cara pareca como fundida y achicada, pues la nariz afilada y las sienes
hundidas dibujaban duramente sus lneas, y los prpados cerrados le
daban una expresin de augusta calma y revelaban una belleza
desaparecida haca mucho tiempo.

--Esta mujer no tena treinta y cinco aos, caballero!... Vea usted lo
que queda de ella!... Vamos! A callar--exclam volvindose hacia los
chicos;--no se debe hacer ruido al lado de los muertos... Y adems, por
mucho que la llamis, no ha de volver... Arregladme todos esos
trapajos... Y t, Eudosia, que eres la mayor, lava la cara a tus
hermanos, para que no estn asquerosos cuando venga el cura.

Luciana me suplic que nos fusemos, alterada de nerviosa impaciencia
por escaparse de aquella atmsfera de muerte.

--Es tarde, y su padre de usted estar inquieto--dije a Elena, que se
levant en seguida.

La ltima mirada a la difunta, unas cuantas palabras dulces a los nios,
con promesa de volver a verlos, y htenos en marcha por la creciente
sombra que invade el camino.

Gerardo iba al lado de Elena e inclinaba graciosamente la cabeza hacia
atrs, como para verla andar.

Y Luciana, cuya alegra iba renaciendo a medida que nos alejbamos del
campo Quemado, le pregunt riendo:

--Qu busca usted en la espalda de Elena?

--Quiero ver si le brotan las alas.

Elena, muy absorta en sus pensamientos, no oy nada de esto.

Y Luciana sigui diciendo a media voz:

--Me parece un poco formalista, este ngel... Su implacable caridad me
ha dado calofros... Le gustara a usted, cuando estuviera luchando con
una enfermedad, que vinieran a decirle con la mejor intencin del
mundo?: Hermano, hay que morir; ha llegado la hora... Le gustara a
usted que le presentasen, ante los ojos alucinados por la fiebre, el
espectro espantoso de la muerte en el fondo de un negro agujero?

--Por qu no, si la voz que me adverta era dulce y el corazn tierno?

--Pues yo pido que me dejen morir con la ilusin de la vida.

--Y yo--exclam--pido que deje usted a un lado esos crespones fnebres y
esos trgicos deseos para gozar en paz de su juventud y de la fiesta de
esta hermosa noche que nos ofrece la benvola Naturaleza...

Qu bonita estaba Luciana y qu resplandeciente de vida, en la
radiacin oblicua del sol al esconderse detrs de la movible cortina de
los bosques! Haba como un nimbo de oro en torno de su frente. Los
pjaros revoloteaban cantando su cancin de la tarde, y poco a poco se
iban desvaneciendo las impresiones siniestras que traamos del campo
Quemado. Como entrbamos en lo ms espeso del bosque y el sendero era
all estrecho, dej a Gerardo que se adelantase con Elena y retuve
detrs a Luciana. Fue aquella visin de la muerte lo que haba rozado
nuestras vidas? Fue la dulzura embriagadora de la resplandeciente
Naturaleza lo que dio un impulso ms fuerte a la avidez de vivir y de
ser feliz que yace en nosotros? Lo cierto es que sent un extremado
enternecimiento al ver a mi lado a aquella hermosa criatura en todo el
esplendor de la juventud, de la gracia y de la fuerza, y que deba ser
ma. Rode con el brazo su talle, y, tenindola muy cerca, le dije
bajito:

--Me ama usted?... Yo la adoro!...

No s qu la preocupaba e ignoro si me oy, pues no se dign
responderme... Despus de largo rato de distraccin, acab por decir:

--Me ha hablado usted?... Qu me deca?

El encanto estaba roto. Retir el brazo, me separ de ella y respond:

--Yo? nada... Usted suea... Qu puedo tener que decirle?

--Me pareci... Vaya! Ya est usted enfadado!

--Nada de eso... Usted es linda, el tiempo hermoso y el bosque est
perfumado, qu ms puedo yo pedir?

Mirbala yo de reojo, de vez en cuando, y la vea andar, tiesa y
orgullosa, sin volver ni una vez la cabeza hacia m, y con los ojos
fijos en la joven pareja que iba delante de nosotros y que pareca
hablar con animacin. Pens entonces que, al verlos tan interesados el
uno por el otro, comparaba tristemente su entusiasmo con nuestro
silencio de enfado, y este pensamiento me conmovi.

--Querida Luciana... he debido comprender que esta expedicin la ha
puesto a usted nerviosa y que su rigor no era ms que un efecto del
cansancio... No he debido guardarle a usted rencor...

--Luego, quiere usted decir que me lo guardaba usted--respondi en tono
ms dulce, pero con cierta expresin de aburrimiento.--La verdad es que
este paseo me ha hecho dao y que no me falta nada para llorar.

Y su voz temblaba, en efecto, lo que acab de enternecerme.

--Luciana ma--exclam,--si la he disgustado a usted, le pido perdn...
Y, sobre todo, no llore, pues no podra resistir sus lgrimas, y no s
qu me impedira colgarme de la rama ms alta de ese roble.

--Excelente medio de arreglar de una vez nuestras querellas--dijo
Luciana riendo.

Despus se adelant hasta alcanzar a Elena y a Gerardo, y aadi en voz
alta:

--Seor Lautrec, usted, que es alto, quiere alcanzarme esa rama de
madreselva?

Gerardo se volvi al or su nombre y se apresur a cortar y ofrecer a
Luciana la rama de madreselva que estaba enredada en el mismo rbol en
que haba yo dicho que podra ahorcarme.

--Es para darme un disgusto para lo que ha recurrido usted a Gerardo a
fin de que le diese esa flor?--pregunt a Luciana.

--Ha sido para ofrecrsela a usted, caballero--respondi ponindomela en
el ojal.

Su mal humor pareca disipado y Luciana sonrea embriagndome con su
mirada y con el ligero aliento de sus labios. Bes aquellos finos dedos
que me condecoraban con tanta gracia, y se firm la paz.

Sin embargo, me ha quedado de aquel da un vago e inquieto malestar.
Qu hay en Luciana que no puedo definir?... De los rincones
inexplorados de su alma surgen, a veces, como relmpagos, unos rayos
fugitivos que me dejan vislumbrar su misterio, y se apagan despus sin
que se haya determinado nada preciso. De esos resplandores furtivos en
el alma impenetrable de mi amada me queda un temor lleno de atractivo y
como un deslumbramiento doloroso.




Elena al Padre Jalavieux.

Septiembre.


Otra vez ya, mi buen seor cura. Debe usted de pensar que me doy
demasiada importancia y que invado un poco su descanso. Pero es ma
toda la culpa? No me anima mucho la bondad de usted?

Hoy le escribo teniendo en el corazn un gran peso de cuidados y de
emociones.

Mi padre acaba de estar muy enfermo, seor cura. La otra maana se puso
de repente muy plido, su vista se qued fija y turbia y perdi el
conocimiento. Durante unos minutos, que me parecieron siglos, estuvo
como muerto, cado en su butaca, inerte e insensible a nuestros cuidados
y a los gritos de doa Polidora... En esos instantes han pasado por mi
mente horribles pensamientos...

Cuando por fin abri los ojos y me vio toda temblorosa a su lado, sus
pobres labios azulados se esforzaron por sonrer, y sus primeras
palabras fueron para darme una broma, lo que prueba que su espritu no
se haba extraviado muy lejos de nosotros y que haba vuelto, con el
primer aliento, a entrar en sus moradas de costumbre: Me creas ya
muerto, juzgado y condenado, mi querida devota?... Ea, no te
entristezcas; otra vez ser.

Esperaba tranquilizarme con ese tono jocoso, pero en su cara, plida y
un poco contrada era tan doloroso el esfuerzo para sonrer, que no pude
contener las lgrimas.

Mi padre me alarg la mano, torpe y pesada, y me dijo con una especie de
melanclico asombro:

--Pero, entonces, me quieres?...

Lo dudaba, despus de las bondades que tiene para m continuamente!

Cubr de besos aquella mano que estrechaba la ma con una presin
todava muy dbil, y le respond desde el fondo de mi corazn:

--A quin he de querer en este mundo sino a ti?

Cre leer en sus facciones el paso fugitivo de un ligero
enternecimiento; pero despus, y a medida que se disipaban rpidamente
las nubes del sncope, se volva a encender la malicia de la mirada en
sus pupilas todava turbias, y me dijo en su tono ordinario:

--Que a quin habis de querer?... Vaya, vaya! seorita Elena, es
usted sincera?... Cre que ese corazoncito era ms pronto en
conmoverse... y esperaba...

--Qu, pap?

Su viva y penetrante mirada me traspas, en cierto modo, de parte a
parte, y escudri todos los repliegues de mi alma antes de responder:

--Si esos ojos mintieren, habra que desistir de la verdad... Ya
hablaremos de esto otro da, hijita. En este momento, lo mejor que puedo
hacer es descansar... Sobre todo, no te agites; la muerte es poca cosa,
sabes? Un sncope como ste, un poco ms largo, y ya estaba... No hay
que formarse espantajos...

Ay!... Yo tambin pensaba lo mismo: un sncope un poco ms largo sera
la muerte, y temblaba de espanto pensando en el despertar, en el temible
despertar en la otra vida...

Y no me atrev a decir nada.

Me falt el valor y me call cobardemente.

Por qu no est usted a mi lado, querido seor cura, para acallar mi
remordimiento y aconsejar a mi buena aunque incierta voluntad, tan
fcilmente extraviada en mis pensamientos?

Me siento tan dbil, tan desarmada ante un hombre como mi padre, que ha
vivido, estudiado y reflexionado tanto...

Creo que el lenguaje humano no tiene palabras para demostrar los
misterios, y el pensamiento de poner mi ignorancia enfrente de la
sabidura y la ciencia de mi padre me parece un orgullo insoportable.

Y, sin embargo, es bastante rezar en el secreto de mi corazn? Es
bastante? Dgamelo usted, mi buen seor cura.




Mximo a su hermano.

6 de octubre.


Lacante acaba de pasar una crisis que nos ha asustado un poco. Hace dos
das recib un telegrama de Elena advirtindome que su padre estaba
enfermo y rogndome que llevase un mdico.

Correr a casa de Muret y llevrmelo a la Villa Sol, fue cuestin de
una hora.

Cuando llegamos, la crisis haba terminado y encontramos a Lacante
acostado por orden de su hija y bromeando agradablemente.

El doctor no encontr nada alarmante por el momento y prescribi un
rgimen que Lacante no seguir, por desgracia.

Cuando Muret se march, despus de haber ordenado un reposo absoluto y
elogiando mucho a Elena por su sangre fra y por la prudencia de sus
cuidados, fui a buscarla al jardinito, donde estaba sentada en el
silln habitual de su padre, a la sombra del tilo y en una postura un
poco cada. Sus ojos hundidos y su palidez atestiguaban su emocin. A
pesar de la expresin de tristeza que la envolva por entero, los rayos
del sol que se filtraban por el ramaje, ponan un nimbo de oro en torno
de aquella fisonoma cndida y doliente.

Cort unas violetas y se las di con palabras de nimo, a las que ella
respondi con una dbil sonrisa.

Me sent al lado suyo, penetrado de compasin. La comprenda, la
adivinaba tan bien!... No haba visto, haca poco tiempo, al lado de la
cama de la mendiga, a aquella criatura delicada, tan pronto confundida
por una mirada, tan propensa a turbarse, tan tierna, desplegar una
energa moral y una firmeza que llegaron a parecerme hasta duras, para
arrancar a una pecadora al peligro de una muerte inconsciente, que
hubiera sido para su fe la muerte sin perdn, la muerte eterna? Por muy
extrao que yo fuese a sus creencias, la haba comprendido y haba
admirado su fe robusta y activa y aquel imperioso sentimiento del deber
que poda ms que sus timideces y hasta que su compasin.

Y entonces tambin la adivinaba.

Comprenda su sufrimiento y su espanto al ver a su padre inanimado, y mi
piedad por aquel dbil corazn de nia, estaba impregnada de ternura.
Por qu el aspecto de la muerte predispone el corazn a esos
enternecimientos? Ser que buscamos por instinto un refugio contra el
aniquilamiento final? Ser que las fibras ms profundas del ser se
conmueven a la vez y vibran al unsono al contacto de la formidable
enemiga?

Tena yo un deseo apasionado de decir a Elena:

--Te he comprendido, alma piadosa y tierna. Por descredo que yo sea a
los ojos de tu fe, he sentido y comprendo tu divina caridad. Nuestras
inteligencias son diferentes y las influencias que han presidido a
nuestro desarrollo han sido opuestas; hay, sin embargo, un punto en el
que nos entenderemos siempre, y es el amor a la pobre humanidad,
condenada al dolor y a la muerte.

Mientras yo me diriga este monlogo, Elena mordisqueaba las violetas
que yo le haba dado y nuestros pensamientos se encontraban.

--Usted no cree?--me pregunt tristemente.

--Creo, por el contrario, en muchas cosas hermosas... en la bondad... en
la ciencia... en la...

Elena me interrumpi:

--Hay un nombre que lo resume todo, y no lo dice usted?

--Es que quisiera comprender...

--Comprenderlo todo?--me pregunt.--Es eso posible? Cree usted que
todo se puede explicar?

Yo no quera ni afligirla ni discutir.

--No--respond;--las cosas de la fe, no. A esas se llega por el corazn.

--Oh! Cunta razn tiene usted!--exclam con mirada brillante.

--Ya ve usted que no estamos lejos de entendernos--dije sonriendo.--Si
usted quisiera que hablsemos as algunas veces, acabaramos por ser de
la misma opinin.

--S... usted me enseara a pensar...

--Oh! Para eso atngase usted a su catecismo, Elena... He lamentado
muchas veces que est usted aqu expuesta a or discursos que hieren sus
creencias... Si alguna palabra ma lo ha hecho alguna vez, pido a usted
de todo corazn que me perdone. Me acusara siempre de haber cambiado en
algo las ideas que le han hecho a usted ser lo que es.

Record que su padre dijo un da lo mismo delante de m.

Elena sonri y dijo:

--No tema usted; lo que ha entrado una vez en el corazn ya no sale.




Mximo a su hermano.

8 de octubre.


Ayer, da de la comida semanal en casa de Lacante, lleg Kisseler
reventando de gozo. Acababa de saber una fea historia de uno de nuestros
hombres polticos ms visibles, favorito del Ministerio y en condiciones
de ser ministro de un da a otro. Naturalmente, todos se esfuerzan por
echar tierra al escndalo, y lo lograrn: testigos sobornados, supresin
parcial del sumario, jueces bien elegidos, nada se omitir para
conseguir que se evite el proceso. Desde el punto de vista poltico,
pues, las consecuencias sern nulas, por el momento al menos. Pero los
detalles son curiosos e irresistiblemente cmicos para un cnico como
este diablo de Kisseler.

Apenas entr, estando todos ya a la mesa, pues, segn costumbre, llegaba
tarde, empez a contar la cosa con una gracia, con una mmica y con un
lujo de detalles verdaderamente chistosos.

Desde las primeras palabras, Lacante le mostr con una sea a Elena,
sentada enfrente de l, y Kisseler afirm que sera prudente y que
velara su relato. Lo vel, en efecto, pero con un velo tan extraamente
plegado, que no haca ms que aadir un incentivo ms a la brutal
aventura.

Yo no poda menos de mirar a Elena, tan joven, tan inocente, entre todos
aquellos hombres excitados y retorcidos de risa. ramos siete, sin
contar la Marquesa de Oreve.

Luciana y su madre no haban venido, afortunadamente, y Elena pareca
entre nosotros como una hermosa azucena surgiendo de un lodazal. De vez
en cuando diriga a su padre una sea de amistad con un ligero gesto que
quera decir claramente: Qu fastidioso es ver rer a los dems cuando
no se sabe de qu se ren!

Cunto le agradeca yo el que no comprendiese, y cmo me felicitaba por
la ausencia de Luciana, que, ms madura en la atmsfera parisiense,
hubiera ciertamente comprendido! Creo que en este caso hubiera tirado a
Kisseler por la ventana...

Cuando todos se marcharon y Elena se meti en su cuarto, me qued
fumando un cigarro con Lacante para esperar la hora del tren.

Lacante estaba preocupado y tocaba el tambor nerviosamente con los
dedos en la mesa. Por fin dio un suspiro y dijo:

--Tendr que separarme de mis amigos o de mi hija.

Y despus de una pausa aadi:

--Es duro, a mi edad, romper con unas amistades de cuarenta aos.

--Kisseler es incorregible e incomprensible, es verdad... Los dems
tienen ms tacto.

--Cree usted eso?... Hay discusiones de ciencia y de filosofa que
ofrecen iguales o mayores peligros que las enormidades de Kisseler para
un entendimiento joven y cndido como el de Elena. Le parece a usted
que ha comprendido ni una palabra de toda esa grosera historia?... Como
si la hubieran contado en chino. Mientras que la sequedad de la duda que
se introduce en esa tierna naturaleza substituye a la cndida fe que es
su fuerza y su gracia...

Y Lacante levant las manos y las dej caer, como si viese ya
pulverizado todo el edificio de fuerza mstica.

--Admito--dijo,--que Elena no entiende las obscenidades de Kisseler,
pero as como el odo se acostumbra a los sonidos de una lengua
extranjera y acaba por comprender su significacin, no teme usted
que?...

--Que sepa pronto ms de lo necesario? S, sin duda.

--Es verdad--dije no sin malicia,--que le he odo a usted en otro tiempo
expresar la opinin de que no es prudente dejar a las jvenes en la
ignorancia de las necesidades de la vida y que los padres asumen as una
gran responsabilidad cuando llega el momento de elegir su destino.

--Aquellas eran teoras y frases de soltern--dijo moviendo la
cabeza.--Solamente sabe el precio de la pureza el que ha podido penetrar
hasta el fondo el alma de una virgen. Toda iniciacin que no sea la del
amor es un sacrilegio. S, slo el amor tiene derecho a revelar los
misterios...

Reflexion unos instantes y sigui diciendo:

--Habra que casar a Elena. Podra ciertamente sacrificarle Kisseler y
mucho ms; pero soy viejo, amigo mo, y he recibido hace poco una dura
advertencia, y debo asegurar el porvenir de esa pobre nia. Tiene
algunos bienes, a los que se aadirn despus los mos; es bonita y
tiene bastantes cualidades para que no le falten los partidos.

--Es deliciosa--exclam.

Lacante fij en m sus ojillos grises y penetrantes y yo baj la cabeza.

Despus sigui diciendo:

--S, verdad? Ms de uno lo juzga as, y cuando yo declare mis
intenciones ya s quines se pondrn en la fila... Pero solamente Elena
decidir.

Se levant pausadamente (noto que se va entorpeciendo) y se apoy en mi
brazo para entrar en su cuarto.

Al estrecharme la mano, me dijo:

--Esta nia merece ser dichosa.

--Lo ser--respond maquinalmente.

Me dirigi entonces una sea amistosa y me dijo:

--Gracias, hijo mo.

Aplicbase esta frase al apoyo de mi brazo o a mi frase trivial sobre
la dicha de Elena? Me qued en la duda y esta duda me ha turbado.

Durante todo el camino he ido repitindome los trminos empleados por
Lacante en esta conversacin y los de mis respuestas. Deba revelar a
Lacante mis compromisos con Luciana, a pesar de mi promesa de no
decrselo a nadie? Por qu deba hacerlo as?... Por temor de que a
Lacante se le haya puesto en la cabeza darme su hija. Pero, si no piensa
en tal cosa y me he engaado, no sera tan ridculo como impertinente
el tomarle la delantera y hacerle comprender que he adivinado su
intencin y que no debe contar conmigo? Por otra parte, no ha dicho que
solamente Elena elegira?

Este ltimo pensamiento ha calmado considerablemente mis escrpulos,
pues no tengo ningn motivo para creer que Elena decidir nunca en mi
favor, sino todo lo contrario.

Este Lautrec me parece muy solcito para con ella (lo est, eso s, con
todas las mujeres); es joven, elegante, rico, y como tiene pretensiones
literarias que Lacante puede favorecer, bien pudiera ocurrir que por ese
lado hubiera un desenlace muy dichoso...

Pero, es raro, la idea de ver a Lautrec convertido en el hijo de la
casa, en la de Lacante, me oprime el corazn... No puedo, sin embargo,
casarme al mismo tiempo con Luciana y con Elena, la morena y la rubia...
Estoy loco y me voy a la cama.

Buenas noches, querido hermano...




Elena al Padre Jalavieux.

Octubre.


He ledo, reledo y meditado su carta de usted, mi buen seor cura, a
fin de hacer entrar en m el espritu que la ha dictado y que quiero que
sea mi regla de conducta: No discutir jams las cuestiones de fe...
Cmo me agrada esto! La paz, la modestia del silencio... Afirmar
valientemente mi fe cuando se presente la ocasin, sin tratar de
imponrsela a los dems. Tambin esto me gusta extraordinariamente.

Pero, seor cura, hacer amar la fe haciendo amar en m las virtudes que
le debo... Seor! Virtudes! Yo, tan dbil, y que no tengo ms que
instintos ora buenos, ora malos y casi siempre infinitamente medianos...

Eso es mostrarme con el dedo toda mi impotencia. Me conozco bien y s
que cedo al primer movimiento y que no pienso en resistir hasta que el
mal est hecho. Tambin lo sabe usted que me conoce mejor que yo misma,
puesto que es ms imparcial.

Esto me recuerda una de la mayores humillaciones de mi vida, un da en
que mi pobre ta me sorprendi encaramada en una silla delante de la
chimenea del comedor, con la nariz pegada al trem, que tena reflejos
verdes, para verme ms de cerca. Mi ta se indign enormemente y me
llev, toda temblorosa, hasta la sacrista, donde estaba usted
escribiendo en un gran librote. Le cont a usted mi crimen y creo que
habl de propensiones hereditarias, palabras que oa yo por primera vez
y que me dieron un miedo atroz, pues me cre atacada de alguna
enfermedad mortal. Recuerdo qu bueno fue usted, seor cura, y cunto le
quise desde aquel da. Mi querida seora, le dijo usted; hay un
precepto de la Sabidura, que dice: Concete a ti mismo. Elena ha
empezado el inventario por el exterior; despus llegar a lo principal.
Y me dio usted un cachetito en la mejilla. Era yo muy nia, pues tena
seis aos; pero siento an en el carrillo la dulzura de aquel cachetito
consolador.

Mi padre est ahora mejor y ha vuelto a todas sus costumbres de trabajo,
a sus estudios y a sus lecturas.

He ganado en esta crisis, que tanto me atorment, una intimidad ms
estrecha con l; me permite que le lea y encuentra que lo hago bien y
con inteligencia. Observe usted esto, seor cura; mi padre, que sabe lo
que se dice, asegura que leo con inteligencia. En otro tiempo me acusaba
usted de leer a escape y sin enterarme de lo que lea... Pero era que
(ahora puedo decirlo) los libros de edificacin, las meditaciones, los
sermones y las controversias, me aburran cruelmente. No me gustaba nada
ms que la vida de los santos, con tal que no fuesen muy largas ni
atestadas de notas. Me parece que, en esas hermosas historias de almas
enamoradas de lo divino, la precisin pedantesca y el exceso de
documentos son un contrasentido, o en todo caso, una torpe maniobra que
nos sujeta a la tierra cuando quisiramos remontar el vuelo y subir a lo
ms alto. Espero que no se escandalizar usted y que me perdonar la
ligereza y el mal gusto de mi entendimiento.

Mi padre lleva su bondad hasta tomarme por su secretaria, y entonces
escribo al dictado u hojeo los libros necesarios para su trabajo y le
marco o le copio los prrafos que necesita. Y no puede usted figurarse
lo agradable y gloriosa que encuentro as la vida.

Lo mejor de todo es que, ahora, hablamos con ms frecuencia y ms
ntimamente, y que cada da lo quiero ms.




Elena al Padre Jalavieux.


Hace un momento, despus de dos largas horas de trabajo a la sombra del
nico rbol del jardn, entre las matas de rosales, y a pesar del
vientecillo que levantaba las hojas de mi libro, mi padre se ha
recostado en su butaca, despus de sujetar cuidadosamente las cuartillas
cubiertas de su fina letra, y me ha mirado con sonrisa de aprobacin.

--Esto es lo que se llama una hija trabajadora y buena... Capaz seras
de estarte trabajando hasta perder las fuerzas, sin pedir gracia.

Yo no estaba cansada y as se lo dije, y aad que era muy feliz
figurndome que le ayudaba un poco.

--S que me ayudas y que me facilitas la tarea. Me extraa el ver que,
sin confusin ni ruido, te has hecho este trabajo de investigaciones
que no tiene nada de seductor y que exige, despus de todo, sagacidad y
atencin.

Yo estaba contentsima, como usted comprende, seor cura.

Mi padre sigui diciendo:

--Las mujeres son, verdaderamente, criaturas asombrosas, dotadas de una
facultad de asimilacin y de una finura de intuicin que suplen a lo que
ignoran. Ven a darme un beso, pequea encantadora. No te figuras lo que
te admiro a veces sin que lo parezca. Tu vida es muy grave para una
muchacha de tu edad.

Me apresur a ir a besarlo, y despus me sent en la hierba a sus
pies... Mi padre se puso a acariciarme el cabello, un poco pensativo.

Y yo, que nunca he sido acariciada, me senta feliz, en aquella tarde de
sol, entre el perfume de las resedas y de los heliotropos.

--De pronto me dijo:

--A quin haces t tus confidencias?... No siempre es a m...

--Mis confidencias?...

--S, tus ideas... tus reflexiones... tus sentimientos secretos... A
quin se los dices?... Es a doa Polidora?

--Dios mo! no, pap. No comprendo bien lo que t entiendes por...

Mi padre hizo un gesto de impaciencia.

--Vamos a ver... Hace seis meses que vives a mi lado, rodeada de hombres
de talento y de vala... y todos empeados en agradarte. Es imposible
que no haya uno que te guste ms que los dems... S franca...

--Desde luego, el que me gusta menos es el seor Kisseler.

--Procedamos, si quieres, por eliminacin. Qu piensas de Gerardo
Lautrec?

--Lo encuentro fino, ingenioso, amable...

--Es a l a quien prefieres?

--Oh! no...

Me interrump, no sabiendo realmente si deca la verdad.

--Entonces es Mximo... a no ser que el doctor...

--No, no, por cierto.

--Bueno--dijo mi padre radiante,--entonces la palma es de Mximo...

--Te aseguro, querido pap, que no lo s y que nunca me he preguntado
semejante cosa. Mi nico pensamiento, que ha absorbido todos los dems,
ha sido no serte molesta, no disgustarte y tratar de hacerme querer un
poco. Todo lo dems me es igual.

Mi padre me atrajo hacia s y me bes tiernamente.

--Pobre hija ma! Dios sabe, si existe, que lo has logrado bien.

A pesar de la exquisita dulzura de sus palabras, a pesar de sus
caricias, me pareci que una larga y acerada aguja haba penetrado en mi
corazn, y en medio de mi alegra, pas por m un calofro de espanto.
Dios sabe, si existe! No puedo acostumbrarme a esa forma irnica de
la duda, habitual en mi padre. Acaso no es ms que un vicio de su mente,
contrado hace largo tiempo y que se manifiesta mecnicamente.

No quise hacerle ver que me haba entristecido y trat de responderle
con buen humor.

--La prueba de que Dios existe es que t eres bueno...

--Eso crees? Es eso una prueba?... Cmo te arreglas para verlo as?

--Eres bueno y Dios me ha dado un padre como t.

--Ah! Vamos; sales del paso con un madrigal... Pero piensa que lo que
Dios te ha dado, puede quitrtelo.

Me estremec, y l, que lo vio, sigui diciendo con dulzura y
estrechndome contra su pecho:

--La experiencia prueba, hija ma, que todo lo que vive tiene que morir,
y no he de escaparme yo de la ley. Por eso te preguntaba hace un
momento, no por malicia ni por curiosidad, sino porque deseara
vivamente que entre los jvenes, distinguidos por diversos ttulos, que
me rodean, hubiese alguno bastante dichoso para agradarte y al que
pudiera yo confiar el cuidado de tu porvenir.

--Me dices cosas crueles!--exclam.

--Qu tiene de cruel el que desee tener dos hijos en vez de uno?... Tu
matrimonio, tontina, no apresurara mi fin sino todo lo contrario, pues
me dara una tranquilidad de espritu preciosa a mi edad. Hay que ver
las cosas con calma y buen sentido. El matrimonio es la verdadera
vocacin de la mujer, y no veo nada de espantoso en que una guapa
muchacha se case con un buen mozo de su gusto... Qu dice de esto la
seorita?

Al decir esto me estaba pellizcando amistosamente una oreja y movindola
para despertar mi atencin.

--Es que, hasta ahora, no tengo gana de casarme... Soy tan feliz a tu
lado!

--Frase clsica de dama joven. Todas las muchachas, tarde o temprano,
tienen gana de casarse y si t no la tienes todava es que ests un poco
atrasada para tu edad. Diecisiete aos! Ah es nada!... Un monstruo...
de una bonita especie, lo confieso...

--Pues bien, pap, elige t...

--Perfectamente... Elijo a Kisseler...

--Kisseler!

Mi espanto le hizo rer de buena gana.

--Eso le ensear a usted, seorita, a reflexionar antes de hablar.

--Cre que elegiras otro.

--Cul? A quin haras de buen grado el precioso don de tu personilla?

--Ya lo pensar, pap. Veo que contigo no hay que andarse en bromas.
Pero quin me dice que el feliz elegido no ser recalcitrante?

--Eso, pequea, es asunto vuestro. No puedo darte ni garanta ni
consejos. Creo que esas cosas se arreglan de un modo amistoso y que t
ests hecha de un modo que har fciles los arreglos.

--Amor propio de autor!--pens tristemente.

--Ahora--dijo mi padre,--trabajemos una hora ms y te dejar en
libertad.

Estaba yo distrada, mi pensamiento divagaba y tena gana de llorar. Mi
padre ech de ver esta languidez desusada, y me despidi.

Puse en orden los papeles y me levant prestamente.

--Cmo! Hija desnaturalizada, te vas sin darme un beso? Me tienes
rencor?

--S--respond apretndole la cabeza con las manos y besndole en la
calva;--s, porque veo que tienes prisa de desembarazarte de m.

Mi padre dio un golpe en la mesa con mucha furia.

--Faltas a la verdad a sabiendas... Vete de aqu o te tiro mi
Aristteles a la cabeza!

Y blanda el librote con fingida clera.

Ech a correr y me refugi en el bosque vecino, un lindo bosque de
senderos tortuosos y sombros, en los que me intern con gran necesidad
de estar sola.

Aquella prisa por casarme me entristeca.

A pesar de toda la bondad de mi padre, temo que mi vida, bruscamente
incrustada en la suya, sea para l un estorbo y una carga dura de
soportar.

Aquel temor se mezclaba con otro ms cruel, el de que mi padre sintiese
acaso ms comprometida su salud de lo que quera dejar ver.

Cmo! Siempre est presente la muerte; en todas las vueltas del camino,
en las horas ms serenas de la maana como en el ocaso de la vida,
aparece con su misterio y su terrible silencio.

En aquel bosque de vivificantes aromas y de follajes enrojecidos por el
otoo, pas, seor cura, unos momentos crueles.

Despus, la calma fue viniendo poco a poco al recordar las pruebas de
ternura de mi padre y la necesidad cada vez mayor que parece tener de mi
presencia.

Me convenc, porque lo necesitaba mucho, de que las seguridades del
mdico sobre la fuerte constitucin de mi padre eran enteramente
sinceras y de que poda tener confianza.

Y entonces se impuso a mi reflexin la idea del matrimonio en s misma.
Casarme; elegir un ser para entregarme a l y que sea mi dueo; dar de
una vez y para toda la vida el corazn, es cosa grave...

Adems, hay que agradar, hacerse amar... Qu trabajo de Hrcules, Dios
mo! Cmo se arregla una para hacerse amar? Por dnde se empieza? Si
usted cree, seor cura, que estas cuestiones son fciles de resolver!...

Mi padre no parece que las encuentra la menor dificultad, pero es por su
infatuacin paternal.

Y luego, a quin quisiera yo agradar? El seor Lautrec tiene ideas que
se aproximan a las mas, o que, al menos, no las contradicen
violentamente. Es muy agradable y, sin decir jams piropos triviales,
sabe hacer halageas sus atenciones. Pero hay en l algo que se opone a
la idea del matrimonio. Parece que va por la vida como un viajero que
est dando la vuelta al mundo, sin fijarse en parte alguna, sensible a
las bellezas del camino, vibrante, entusiasta, apto para comprenderlo
todo, para deslumbrar, para gozar, para pescar al vuelo y saborear las
ms finas y las ms fuertes sensaciones. Amar debe ser otra cosa. Me
parece que el amor debe tener menos superficies para concentrarse ms.
Debe ser humilde, puesto que implora, y altivo tambin, puesto que es
fuerte. No veo en el seor Lautrec ni esa humilde ternura ni ese robusto
orgullo. Y, en todo caso, no soy yo quien podra inspirrselos. Me
parece muy fascinado por la bellsima Luciana, que es tan a propsito
para gustarle. Hay, ciertamente, entre ellos un atractivo. Borremos,
pues, de la lista, a don Gerardo Lautrec.

Tengo cario y agradecimiento por el doctor Muret, que me cuid con
tanto celo y bondad cuando estuve mala. Mi padre lo estima mucho, y
puede una acostumbrarse a su fealdad que es interesante. Sin embargo, su
aire de solemne importancia me da siempre gana de rerme en sus barbas,
y esta es una mala disposicin para casarse. Adems, tiene siempre en la
mano aquel dichoso libro de apuntes y saca el reloj cada minuto, lo que
es tambin un poco fastidioso.

Kisseler... No quiero pensar siquiera en l, porque lo detesto de pies a
cabeza.

No queda ya ms que Mximo, el candidato de mi padre. Tiene una dulzura
tranquila y fuerte que inspira confianza; su sonrisa es agradable y
benvola; sus maneras, sencillas y naturales. No trata de brillar ni de
forzar la atencin y me gusta su cara pensativa. Da gana de leer en el
secreto de aquel corazn tan bien cerrado. Tiene hermosos ojos, cuya
mirada, a veces, conmueve y penetra. Y, adems, es muy adicto a mi
padre...

Pero yo no puedo, sin embargo, ir a decirle: Por el amor de pap,
csese usted conmigo, caballero. Tendra que ocurrrsele a l solito.




Mximo a su hermano.


Es verdad, soy culpable. Hace siglos que no te escribo y me acuso de
ello todos los das sin tener nunca valor para tomar la pluma.

Y es que, la verdad, no comprendo ya ni a los dems ni a m mismo, y
nada hay que desanime tanto como no poder poner en claro los propios
sentimientos y encontrarlos ilgicos, contradictorios y miserables.

Estoy ms humillado de lo que puedo decir por este lo de conciencia.

T sabes si adoro a Luciana por su belleza soberbia, por su naturaleza
independiente y franca y por su modo de conquistarme, pues fue ella la
que me conquist con la confesin espontnea de una preferencia que yo
no sospechaba.

La amo, y, sin embargo, me siento cambiado para con ella o ms bien, mi
amor ha tomado una forma inquieta y dolorosa. No dudo de ella, pero no
me entrego ya con la misma serena confianza. A pesar mo, la observo, la
analizo, y no encuentro ya sus cualidades tan indiscutibles. Hallo una
discordancia entre la hermosa franqueza que us conmigo el primer da y
la excesiva prudencia que impone a nuestras relaciones en la pequea
sociedad que nos rodea.

Cuando as se lo hago observar amablemente, me responde riendo:

--Est jurado y no hay que hablar ms del asunto.

Y aade en tono de broma:

--Quiere usted que, dentro de diez aos, al vernos todava novios, nos
abrumen a chistes nuestros amigos?

--Diez aos, Luciana!... es imposible...

--Por qu es imposible? El viejo Marignol, como usted le llama, tiene
sesenta y ocho aos; nada le impide llegar a setenta y ocho como muchos
de sus colegas, e interceptarnos todo ese tiempo el camino de la
iglesia.

La discrecin que me impone me es penosa para con Lacante, que es para
m ms que un amigo; pero ella me responde que si Lacante es mi tutor,
la Marquesa de Oreve es su protectora y habra las mismas razones para
hacerle la confidencia.

Y entonces, adis secreto y vienen todos los inconvenientes de una
espera interminable.

Hay otra cosa que me alarma en Luciana. Creo haberte dicho que me ha
escrito algunas veces y me ha autorizado a responderle a la lista del
correo. Esos misterios no son muy de mi gusto, aunque no haya nada ms
inocente, puesto que la seora de Grevillois conoce nuestros compromisos
y los aprueba. A Luciana, por el contrario, le divierte esta novela, y
lo que me preocupa es el tono de esa correspondencia, la ternura
exaltada de las cartas de Luciana y el contraste de esa ternura con la
correccin casi fra de nuestras conversaciones. Ser que, cuando
estamos juntos, una delicadeza pudorosa detiene en sus labios las
expresiones vivas? Quisiera creerlo. Ser que tema mis temeridades?
Har mal. Respeto mucho en ella a la mujer que ser ma para que tenga
nada que temer. Sea como quiera, me produce cierto malestar esa
disparidad entre la palabra y su expresin escrita. Sospecho que est
ms prendada del amor que de su prometido. Me figuro que cede a la
inocente e inconsciente retrica de un alma romntica enamorada de los
bellos perodos y de las frases cadenciosas, y esto me produce una
especie de impaciencia despechada que me hace responder con frialdad y
casi en tono burlesco.

Si crees que la amo menos, te engaas. Su presencia me produce siempre
la misma turbacin deliciosa, y su belleza me encanta. Si supieras la
gracia de aquel talle de divina y esbelta elegancia, el atractivo de
aquellos labios hmedos y rojos y la potencia de aquellos ojos, tan
pronto chispeantes de luz como tenebrosos y obscuros, bajo el misterio
de las largas pestaas... Qu seduccin hasta en sus caprichos, pues
los tiene! Tiene tambin desigualdades de humor, y, de repente, accesos
de un encanto imprevisto y de una humildad encantadora.

Pobre Luciana! Por qu soy tan severo... y tan injusto acaso con ella?

Ayer, cuando llegu a casa de la Marquesa de Oreve, estaba Luciana en el
jardn con un libro abierto en la falda. Gerardo Lautrec, que estaba
sentado a su lado en una silla de tijera, se levant al verme subir la
escalinata. Luciana me ofreci distradamente la mano y continu en
seguida la conversacin interrumpida a mi llegada.

--De modo que querra usted estar ya lejos de Francia?

--Adoro a mi pas, pero francamente, pasarse la vida en oscilar desde el
Luxemburgo al parque Monceau es un poco montono.

--Usted piensa--djele riendo,--que el bosque de Bolonia es insuficiente
como selva virgen.

--Eso puede llevar muy lejos--repuso Luciana.

--Bah! El mundo es tan pequeo... Pronto se le da la vuelta.

--Qu es lo que usted llama pronto?

--Dos o tres aos...

--Y encuentra usted que es poco? Eso prueba que no deja usted detrs
ningn pesar.

--Siempre se dejan pesares... aunque no sea ms que el de los sueos no
realizados.

--Los sueos son humo y no valen un pesar...

--Todo lo contrario... Hay sueos deslumbradores... tan inaccesibles,
por desgracia, como el Himalaya... Eso se los lleva uno consigo...

--Para perderlos por el camino.

Ambos se rean y yo me figur, sabe Dios por qu, que la risa de Luciana
era nerviosa y falsa, y ctame triste para toda la noche. Estoy, pues,
celoso? Ciertamente, Luciana es coqueta y le gusta agradar y ser
alabada. Por qu acusarla? Es bella y lo natural es que goce del xito
de su belleza. Y qu me importa, puesto que su corazn es mo y estoy
seguro de su rectitud y de su ternura? Lo dems es polvo que el viento
disipa.




Elena al Padre Jalavieux.


Estoy asistiendo a una bonita novela que espero terminar por una boda
entre Luciana Grevillois y el seor Lautrec. Es visible lo que se gustan
mutuamente y no me ocurre qu podra impedirles casarse. Luciana no
tiene fortuna, pero creo que l tiene bastante para dos. Lautrec haba
anunciado que iba a hacer un viaje de unos cuantos aos, pero, de
repente, ha dejado de hablar de ello, y el otro da me respondi a una
pregunta que le dirig sobre este asunto:

--Tiempo tengo. Har ciertamente ese viaje, pero la fecha no es segura,
pues depende de circunstancias ajenas a mi voluntad.

Creo que esas circunstancias ajenas a su voluntad son el consentimiento
de Luciana, y lo creo ms al ver que me dej para ir a afilar los
lpices a aquella linda persona, que estaba dibujando, y que los dos se
pusieron a hablar en voz baja de cosas indiferentes, pero en ese tono
confidencial que indicaba claramente que slo esperaban que yo me fuese
para cambiar de asunto. Lo comprend y me march a casa para saladar a
la Marquesa de Oreve.

La seora de Grevillois, que estaba al lado de la ventana trabajando
activamente en su bordado, me interpel al pasar para reprocharme
graciosamente que dejase sola a Luciana. Me previno que la Marquesa
estaba de mal humor y que no haba querido colocarse para su retrato, y
aadi dando un suspiro:

--No s qu va a pasar con la tal pintura; mi pobre hija la ha vuelto a
empezar dos veces sin conseguir dar gusto a la de Oreve... Es
fastidioso. Y ya sabe usted que Luciana tiene poca paciencia... De esto
nacen violencias penosas y temo que resulte un poco de frialdad entre la
Marquesa y nosotras. Vala usted, querida amiga, y trate de disponerla
mejor en favor del retrato... Y si Luciana le habla a usted de sus
dificultades, procure apaciguarla.

--No me hablar, querida seora. Tengo yo muy poca importancia para que
se confe a m.

--No lo crea usted. Puede usted serle muy til. No se sabe el bien que
puede hacer una palabra dicha con oportunidad.

La Marquesa estaba en su saloncillo, echada en un sof y con una bata
rosa que estaba lejos de rejuvenecerla. Sus ricillos, muy lacios, le
caan por un lado, y los postizos, mal arreglados al color del cabello,
tenan un lamentable aspecto de negligencia. Me ofreci una mano
lnguida y me dijo:

--Buenos das, hija ma; sintese un instante y deme noticias de su
padre. Est mejor? Vendr a comer esta tarde? Dgale usted que quiero
absolutamente verlo... Necesito su filosofa para restaurar la ma, que
est muy decada... Tengo contrariedades que me asesinan. Ha visto
usted mi retrato? Ah lo tiene usted, en esa mesa; qutele el papel de
seda y contemple ese horror... Qu dice usted de eso? Yo cre que esa
joven tena talento, o, a falta de talento, ingenio... Pero nada, no
tiene nada... Esto es tan torpe como feo... sin elegancia, sin
expresin, sin poesa...

Contempl la miniatura y la verdad es que no se pareca al modelo.

--Los ojos son hermosos--me atrev a decir.

--Unas puertas cocheras! Ocupan la mitad de la cara... Eso, unos
ojos!... No tienen vida ni llama; son negros y estpidos como bocas de
horno... Yo tengo los ojos grandes, es verdad, pero no desmesurados. Es
preciso que, en una cara, est todo proporcionado. Adems, yo no tengo
esa fisonoma de una legua; mi valo es ms bien un poco corto. Parece
que se ha propuesto desfigurarme.

--Me parece--dije tmidamente--que haba hecho un boceto un poco mejor.

--El primero? No, querida; era igualmente feo en otro gnero. Haba
exagerado en un sentido opuesto... Una cara de luna llena, boca comn y
conjunto de una vulgaridad repugnante. Jams consentir en reconocerme
en los pintarrajos fantsticos de la seorita Grevillois. Renuncio a
ello.

Mientras hablaba, la estaba yo mirando, y compadeca con todo mi corazn
a la pobre Luciana, obligada a hacer un lindo retrato de tal cara.

La Marquesa sigui diciendo:

--No puedo despedir a esas seoras de un momento a otro, como a criadas;
tienen derecho a miramientos y las har estarse aqu hasta final de
verano, como estaba convenido. Pero rogar a Luciana que no se ocupe de
m.

--No teme usted que se ofenda?

--Yo dorar la pldora... e inventar pretextos. Adems, est muy
ocupada con sus coqueteos para pensar en otra cosa... Mire usted all a
Lautrec, a su lado. Se dira que est a sus pies... No s, realmente, lo
que tiene para embrujarlos as.

--Es muy guapa.

--S, no es fea... Hay, sin embargo, otras que valen lo que ella...
Usted misma, querida.

--Oh! seora...

--Vale usted lo mismo, en un gnero ms delicado. Mximo dijo el otro
da que tiene usted un delicioso tipo de virgen. Y Kisseler aadi: Una
virgen que hara condenarse a todos los santos.

No se escandalice usted, querido seor cura; en este pas se habla de
todo as, en broma.

La Marquesa se rea y se extasiaba por el ingenio de Kisseler y por sus
graciosas salidas. Yo estaba encarnada como una puesta de sol, y muy
contenta, lo confieso, al saber que Mximo me encuentra bonita.
Quisiera tanto gustarle!

El mal humor de la Marquesa se ha ido disipando poco a poco y ha acabado
por convenir en que la presencia de Luciana en su casa es un gran
atractivo para los amigos.

--Lautrec no hubiera venido a pedirme de almorzar esta maana si hubiera
estado yo sola--dijo en tono melanclico.

Y, al ver que yo iniciaba un gesto de poltica protesta, continu:

--La juventud atrae a la juventud... No digo yo que, en mis tiempos...
En fin, esos tiempos han pasado, bien lo sabe usted, aunque su buena
educacin le impida decirlo... A la edad de usted, una persona de...
de...--Buscaba un nmero de aos verosmil, y no encontrndolo a su
gusto, acab de este modo:--una mujer de mi edad me pareca un ser
antidiluviano... enteramente intil en este mundo... Despus, las ideas
se ensanchan... Yo hago justicia los encantos de la juventud, aunque
prefiero un poco ms de seriedad y de madurez... No olvide usted decir a
su padre que cuento con l para comer. Usted lo acompaar
necesariamente.

Cuando me retiraba, me volvi a llamar:

--- No tema usted por Luciana; no le dir nada desagradable, aunque
retirar mi cabeza de entre sus manos crueles. Hasta muy pronto, hija
ma.

En el jardn segua el seor Lautrec afilando lpices a Luciana, que ya
no dibujaba.

La de Grevillois, en la ventana, clavaba asiduamente la aguja en el
caamazo.

Las avispas zumbaban en los espliegos y el sol rea en mi corazn; era
feliz y pensaba cmo se aclara el porvenir y cmo se despeja y se allana
ante m la vida, todo esto porque s que no disgusto a Mximo.

No es curioso, seor cura, el ver qu poca cosa nos transforma y
transforma con nosotros todo lo que nos rodea?

Pas por detrs del banco en que estaban hablando Luciana y Gerardo, y
como me ocultaban los arbustos, no sospecharon que estaba yo tan cerca
ni que sus palabras, escasas y lentas, llegaban hasta m.

Luciana deca:

--Yo no tengo confianza.

Y l respondi:

--Sin embargo, pruebe usted...

Las palabras eran insignificantes, pero la entonacin era tan ntima,
tan penetrante y tan dulce, que tem ser indiscreta y me escap de all.

Y en mi precipitacin por poco dejo caer al Marqus de Oreve, que se
estaba paseando con un librote debajo del brazo y aspecto de
preocupacin.

--Figrese usted--me dijo ponindome una mano en el hombro para
contener mi impulso--que no puedo encontrar el vnculo de parentesco
entre los Olmutz y los La Fribourgre...

--Desea usted saberlo?

--Ciertamente... Pero es humillante preguntar a esa gente, porque parece
que ignora uno la gramtica. Los La Fribourgre son nobleza de toga, y
de toga muy corta... Mientras que los Olmutz, diablo! esos son otra
cosa; nobleza de espada. Su casa remonta al siglo XII, tachada solamente
por un matrimonio desigual a mediados del XIV.

Evidentemente--dije con conviccin;--un parentesco as es honroso.

Y despus de excusarme diciendo que mi padre me esperaba, separ
vivamente el hombro de su larga y blanca mano y me ech a correr.

Es tan corta la distancia entre la Villa del Lys y la nuestra, que mi
padre me permite ir y venir sin escolta, y yo no abuso, se lo aseguro a
usted, seor cura.

Aquel da, sin embargo, hubiera querido dar un rodeo para saborear mi
contento, pero esos excesos no estn en el programa e invit a mi
alegra a no salirse del camino recto.

Y sabe usted, seor cura, por qu estaba yo tan alegre?... Porque
Mximo de Cosmes ha dicho que soy bonita... Qu horrible vanidad!

Y por mucho que trato de ruborizarme de vergenza, la verdad es que
estoy contenta.

Impenitencia final!




Elena al Padre Jalavieux.


Tiene usted mucha razn, mi buen seor cura, y su sermn ha venido muy a
propsito para poner un poco de aplomo en mi cabeza y un poco de
prudencia en mi corazn.

No basta ser bonita, me dice usted, para ser amada; los hombres tratan
de encontrar cualidades ms slidas y de un orden ms elevado en la que
ser la madre de sus hijos... Y, despus, nada prueba que el corazn de
don Mximo est libre.

Es verdad; jams me he preguntado si el corazn de Mximo est libre.

Siempre me parece que tambin los dems empiezan su vida, que sus ojos
se han abierto al mismo tiempo que los mos y que en ellos, como en m,
todo el pasado es una pgina en blanco.

Mximo, sin embargo, no es joven. Veintinueve aos; casi treinta! Es
ms que probable que no haya esperado a conocerme para fijar su
corazn.

Y aqu me tiene usted desazonada de mis ilusiones. Era muy dulce el
pensamiento de pasar mi vida entre mi padre y l. Son tan buenos los
dos y se entienden tan bien para mimarme!... Casi no hay da en que
Mximo no me enve o me traiga algunas pruebas de su recuerdo: un libro,
un dibujo de bordado, un ramo de violetas... pequeeces, pero
afectuosamente ofrecidas.

No tengo experiencia, pero dudo que un novio pudiera ser ms amable.

Sus maneras conmigo son tan graves y tan dulces, y me agradan tanto!...
Hay, sin embargo, una especie de violencia, casi de frialdad, que se
interpone a veces entre l y yo y parece helar en sus labios las
palabras cariosas. Y ya esto, aun antes de la advertencia de usted,
seor cura, me haba dado qu pensar.

Hace unos das, me dola la cabeza despus de un largo paseo al sol, y
no quise comer. Mi padre se alarm y dijo que iba a llamar al mdico,
pero le supliqu que no lo hiciese, segura de que aquella simple jaqueca
no resistira a una noche de sueo. As estaba convenido cuando lleg
Mximo. En cuanto me vio echada en el sof de la sala, su cara se alter
y, en voz conmovida, reprob a mi padre el haber cedido a mi capricho no
llamando a Muret. Quise protestar, y me dijo bruscamente: No crea usted
que vamos a consultar sus antojos cuando se trata de su vida... Dio
media vuelta y, sin querer fiarse de nadie, corri l mismo a
telegrafiar al doctor, que no tard en venir y se ri de nosotros.

--Mi padre y Mximo tienen la culpa de que se haya usted molestado--le
dije.--De este modo, cuando otra vez le llamen a usted, no vendr.

--Vendr lo mismo; pero me tomar tiempo para comer.

Mi padre se lo llev en seguida e hizo que le sirvieran una cena.

Me qued sola, cerr los ojos para que descansase mi dolorida cabeza, y
me qued dormida. Cuando despert era de noche, y por la ventana abierta
oa la voz de mi padre en el jardn y el ruido de sus pasos algo pesados
sobre la arena. No s qu ligero ruido, un suspiro acaso, me hizo volver
la cabeza, y, en la obscuridad, adivin, ms que vi, a Mximo a mi lado.

Cuando vio que estaba despierta, me apoy dulcemente la mano en la
frente y me dijo:

--Le duele a usted an?

--Casi nada; pero por qu est usted ah en la obscuridad, en vez de
pasearse con mi padre y el mdico?

--La contraro a usted?

--Siento que no goce usted de esta hermosa noche.

--El tiempo me ha resultado agradable de este modo.

--Ha dormido usted tambin?

--No... He estado repasando mis recuerdos. Me acordaba de nuestro viaje;
cuando la traje a usted de Quimper a Pars. Estaba usted dormida y
gruesas lgrimas permanecan inmviles en sus mejillas, mientras grandes
suspiros espasmdicos la agitaban de vez en cuando, como los de una nia
castigada. Era usted tan dbil y tan pequea! Y yo senta que no lo
fuera usted ms... un nene al que hubiera podido acunar en mis rodillas
para consolarlo.

--Y me cubri usted con su manta; no lo he olvidado... Qu bueno fue
usted! Es verdad que lo es usted siempre...

En seguida cambi de tono y me dijo con una especie de dureza:

--Todo aquello pas. Ha crecido usted, se ha hecho una guapa joven y ya
no siento deseo alguno de hacer de nodriza.

Se levant y cerr la ventana, por creer que la noche estaba fresca.

Y se march.

Pienso algunas veces si estar enamorado de Luciana, tan bella y tan
inteligente. Sin embargo, ms bien parece que se evitan.

Pero queda lo desconocido, tan tenebroso, tan inmenso, tan lleno de
misterios...




Mximo a su hermano.

20 de octubre.


Tambin esta vez tengo que excusarme por mi lentitud en escribirte; pero
tena una repugnancia inconcebible a la pluma, al papel, a mis ideas, a
mis sentimientos, a todo, hasta a Luciana... S, Luciana, mi Luciana me
resultaba una carga, un dolor, un despecho constante.

Estaba celoso, y la he ofendido gravemente, como un estpido. Ella se
irrit y hemos estado enfadados una semana entera, con motivo de ese
Gerardo, que la corteja sin ocultarse. Encontraba yo que ella aceptaba y
hasta buscaba imprudentemente sus galanteos y que se comprometa.

Hcele la observacin y ella la tom con altanera e impaciencia. La
acus de ser una coqueta y de hacer doble juego, y ella se indign, por
lo que cambiamos palabras crueles.

--Sospechas, reproches, escenas violentas; es as como comprende usted
el amor?--me pregunt.--Si piensa usted ser un marido escamn y
tirnico, es tiempo an de decirlo.

--Y si usted ha de ser una mujer inconsiderada y ligera, que da lo mejor
de s misma al primero que se presenta...

Luciana me interrumpi con violencia:

--Qu he dado yo al seor Lautrec ms que atencin trivial y poltica
que tiene toda mujer para el hombre que se ocupa de ella? Qu me
reprocha usted, fuera de una inofensiva charla? Tendr que volverme
imbcil y huraa para complacerlo a usted? Si as es, no soy la mujer
que le conviene.

--Mucho lo temo.

--Quiere usted un rompimiento?--exclam detenindose de repente y
mirndome a la cara, pues bamos juntos por los paseos del bosque,
delante del grupo de nuestros amigos, que no podan ornos.

Mi corazn flaque y no pude soportar el desafo de su mirada ni el
brillo de su belleza.

--Un rompimiento!--dije con emocin.--Cmo ha podido tal palabra
encontrar el camino de esos labios?... Demasiado sabe usted que la amo.

--Empiezo a dudarlo.

Luciana volvi a echar a andar a mi lado, pero sus miradas siguieron
irritadas y duras.

--No--respond,--no lo duda usted. Conoce usted su poder y abusa de
l... Sabe muy bien que no puedo luchar y que nunca la he amado ms que
hoy.

Tena yo una singular necesidad de afirmar mi amor, tanto para m mismo
como para ella. Era aquello como una especie de exorcismo contra los
malos pensamientos, las cleras y los rencores que me torturaban haca
algn tiempo.

Luciana me escuchaba muy grave y como ensimismada en sus pensamientos,
dudando si creer en mis protestas, o acaso interrogndose a s misma, no
lo s.

Por fin dijo en tono ms dulce:

--Si duda usted de m, confiselo francamente, Mximo. La lealtad es el
primer deber del amor.

--Tiene usted razn. Y si, de igual modo, siente usted alguna vez el
habrseme prometido, tenga la sinceridad de decrmelo. Se puede perdonar
todo, menos el ser engaado.

--Le prometo a usted ser sincera. Y, ahora, no nos querellemos ms. Hay
que perdonarme que me gusten los elogios y que sea sensible a las dulces
palabras. Es un defecto comn a todas las mujeres.

Habamos llegado al sitio habitual de separarnos y me fui con Lacante y
con su hija.

A pesar de haber hecho las paces con Luciana, no estaba contento. La
haba encontrado dura en su defensa y fra en sus promesas. Ella, por su
parte, conservaba un secreto descontento. Y este estado de lucha sorda
ha durado una semana, durante la cual no ha cambiado su actitud con
Gerardo.

Lautrec no habla ya de viajar o parece aplazar, para una poca
indeterminada, su expedicin al Asia Central.

Haba yo credo observar que Luciana le escuchaba por una especie de
bravata, y yo, por orgullo, finga indiferencia y trataba de parecer
alegre y satisfecho. Tomaba parte con animacin en la conversacin
general e iba de cuando en cuando a buscar un poco de reposo al lado de
Elena, que es verdaderamente una deliciosa criatura, sencilla y tierna.
Si sta da alguna vez su corazn, no ser mujer de quitarlo.

Esta alma tranquila me ha salvado de la desesperacin durante la semana
maldita, en la que Luciana pareca desprenderse de m y durante la cual
me sent profundamente sepultado en la fra sombra de los amores
difuntos. La influencia pacificadora de Elena produca en m, ms cada
da, su benfico efecto.

A la violencia sublevada de mis ilusiones suceda una especie de triste
resignacin que embotaba y como insensibilizaba mi sufrimiento. Algunas
veces, mientras tanto haba visto pesar sobre m la mirada de Luciana
sin que expresase ni despecho ni pena, y s, solamente, una especie de
extraeza. Mi falso contento no la conmova; sonrea de buena gana si
alguna frase ma le daba ocasin y me observaba con una especie de
irona cuando yo permaneca mucho tiempo al lado de Elena.

Y aquella indiferencia me pareca una prueba de la disminucin de su
amor.

Mi asombro, pues, fue grande cuando ayer, en el momento en que me
dispona a acompaar a Lacante y a su hija, la vi acercarse a m y
decirme muy bajo, ponindome la mano en el brazo:

--Djelos usted marcharse solos, una vez, por casualidad. No he de
tener yo nunca el favor de una conversacin ntima? Reclamo mi parte del
ingenio y de la amabilidad de usted. Sentmonos en este banco, si le
parece.

--Qu va a ser de Lautrec?--pregunt amargamente.

--Se consolar con la Marquesa, como la nia de Lacante con su padre.

Y me seal a la Marquesa y a Lautrec engolfados en una conversacin muy
animada, mientras el Marqus de Oreve se paseaba por el terrado con
Kisseler.

Ech una mirada de pesar a Elena, que se alejaba, despus de haber
vuelto la cabeza dos o tres veces para ver si yo la segua. No s si
Luciana lo ech de ver.

--No es pedir a usted mucho--me dijo.--Sintese... a mi lado... unos
minutos.

--Al lado de usted!--exclam con una admiracin irnica.--En verdad, me
colma usted de bondades... Qu pasa, pues?

Pero haba ya cedido a la atraccin de sus hermosos ojos y sentdome a
su lado.

Durante un rato estuvimos callados.

--Hable usted--me dijo por fin.--Cunteme sus malos pensamientos contra
esta pobre Luciana.

--Para qu? Le importan a usted tan poco...

--Si me importaran poco no estara aqu ahora esperando la inevitable
reprimenda. Tqueme usted la mano... est temblando.

Tena la mano helada y la guard en la ma, aunque sin tierna presin.

--Por qu toma usted a juego el torturarme--le pregunt,--sabiendo que
su complacencia en tolerar la actitud comprometedora de Lautrec es
injuriosa y cruel para m?

--Sea usted justo--exclam.--Lautrec hace a mi lado lo mismo que usted
con la nia de Lacante... Mi coquetera no es ms criminal que la de
usted.

--No hay nada entre Elena y yo; nada que no sea natural y legtimo entre
un hermano mayor y su hermana.

--S, naturalmente; una amistad fraternal... As empiezan siempre esas
cosas... Es verdad que yo no puedo invocar la misma excusa. Soy
demasiado sincera para no confesar que hay en Lautrec algo ms que una
amistad de hermano... y en m algo menos.

--Reconozca usted que est enamorado.

--Por qu no?

--Y usted lo ha animado y hasta excitado... Le ha hecho usted perder la
cabeza.

--Nada de eso. Puedo afirmar que es enteramente dueo de s mismo.

--Luciana--exclam,--jreme usted que no hay nada entre ustedes.

--De buena gana, amigo mo... Pero, qu llama usted nada? Me ha hecho
el amor, no lo niego.

--Pero usted, qu ha respondido?

--Palabras sin significacin... y nada ms.

Y con voz incisiva, casi dura, sigui diciendo:

--Se figura usted que soy bastante tonta para creer en un sentimiento
serio en el seor Lautrec? Cree usted que no he descubierto en seguida
la sequedad egosta de aquella alma sin profundidad, sin nobleza,
sin?...

--Cuidado!--exclam.--Habla usted de l con amargura. Qu le ha hecho
a usted?

Luciana se ech a rer.

--No quiere usted que lo juzgue severamente? Hay que ser consecuente,
mi pobre amigo. Agrdeme o no, usted no puede hacerme un reproche igual.
Pero dejemos esta vana disputa y estas nieras crueles que nos hacen
tanto dao. Yo no pido ms que convenir en mis culpas: sus celos de
usted me hirieron y tuve a orgullo el hacerle frente... Usted, para
castigarme, no ha dejado un momento a Elena Lacante, y ha logrado
tambin lo que se propona, que, a mi vez, me he vuelto celosa. Esta es
nuestra historia.

--Usted celosa, Luciana!... Se estima usted muy superior a las dems
para que eso sea posible.

--Pero el amor me vuelve modesta, Mximo, y yo lo amo a usted... bien lo
sabe.

Ah, la hechicera! Todo lo olvid. Haba vuelto a tomar su timbre de voz
encantador, un poco velado, ms conmovedor que todas las palabras, y la
sonrisa de misteriosas promesas que la hacen irresistible cuando ella
quiere serlo. Todo mi rencor se haba disipado y slo vinieron a mis
labios palabras de excusa y de amor.

Escuchbame ella pensativa. Su animacin y su ardor para defenderse
haban desaparecido. Los prpados cados me ocultaban sus ojos y una
expresin de indecible tristeza ensombreca su linda cara. La languidez
de toda su persona, de su talle inclinado, de sus manos abandonadas,
hacala infinitamente interesante.

Tom una de aquellas manos, inertes en la falda, y la oprim contra mis
labios. Hizo al punto un movimiento para retirarla, pero despus me la
abandon, volvi la cabeza y me mir con expresin incierta. Sus ojos
estaban hmedos.

Por fin, dio un gran suspiro y dijo, respondiendo, sin duda, a sus
largos pensamientos:

--Entonces, cundo nos casamos?

--Cuando usted quiera--respond sorprendido por aquella brusca pregunta.

--Y si quisiera ahora mismo?

--Sera el ms feliz de los hombres.

--A pesar de mi coquetera y de... mis defectos?

--A pesar de todo, pertenezco a usted, Luciana... Mi corazn, mi vida,
todo lo que poseo es de usted... Por desgracia, lo que poseo es muy poca
cosa.

--Marignol sigue viviendo?

--Ciertamente... y no puedo matarlo, al miserable.

Nos echamos a rer y ella me dijo cariosamente:

--En fin, usted me ama, y esto es lo importante...

--S, la amo a usted, porque la creo sincera y leal... Una sola cosa
podra separarme de usted; la falsedad y la mentira... Y eso no lo
espero... Creo en usted como en...

Buscaba un punto de comparacin, pero ella no me dio tiempo para
encontrarlo.

--Gracias--dijo levantndose y estrechndome la mano.--Yo tambin tengo
confianza, y puesto que Marignol se obstina en no morirse y en cortarnos
los vveres, habr que tener paciencia y seguir amndonos en el
misterio...

--Por qu no hemos de aclararlo un poco?

Luciana dijo con la cabeza que no.

--Si pudiramos fijar una fecha, aunque fuese lejana, yo sera la
primera en gloriarme de su eleccin de usted, amigo mo... Pero piense
en el ridculo de esta novia sempiterna suspirando por el casamiento...
El ridculo es lo que ms temo en el mundo...

--Yo no veo el ridculo...

Luciana hizo un gesto nervioso.

--Las mujeres lo vemos as--dijo.

--A qu ha venido, entonces, esa pregunta sobre la fecha de nuestro
matrimonio?

--Un trabajo de sonda--dijo rindose.--La pobre opinin que tengo de m
misma me hace dudar de usted, sobre todo cuando le veo ejercer sus
privilegios de hermano mayor con Elena Lacante. Temo algunas veces que
se engae usted sobre sus sentimientos, como se engaa ella...

--Elena!...

Me pareci que una aguda punta entraba hasta lo ms profundo de mi
corazn.

--Imposible!--exclam.--Elena no puede engaarse... Jams una palabra
ma ha podido causarle la ilusin del amor.

--Mejor para ella en ese caso--dijo Luciana con indiferencia.

He conservado una impresin penosa de esta conversacin.

Me siento ms estrechamente unido que nunca con Luciana. Nos hemos
explicado, perdonado y reconciliado. Me ha renovado la seguridad de su
amor y de su voluntad de ser ma. Debera ser dichoso y no lo soy.

Cuanto ms la conozco, ms echo de ver que los sentimientos de Luciana
no tienen aquella sencillez franca y luminosa que me conquist al
principio. Su alma es complicada, y lo que ignoro de ella me turba y me
alarma. Cuando la tengo al lado sufro su encanto, me seduce y quedo
vencido. Ausente, trato de comprenderla, la analizo y pierdo la paz de
mi corazn... Por qu, pues, es tan triste la dicha!




Mximo a su hermano.

25 de octubre.


Te envo, puesto que lo deseas, la fotografa de Luciana, y aado la de
Elena, a la que te alegrars de conocer. Una y otra son de un parecido
perfecto y podrs, si esto te divierte, sacar tus horscopos
psicolgicos como si las estuvieses viendo a ellas mismas. Lo que la
fotografa no puede reproducir es el brillo deslumbrador de la tez, del
cabello, de los ojos de Luciana. Es hermosa, maravillosamente hermosa...

Ah! querido; el hombre es un animal estpido. Hace unos das cre que
el corazn de Luciana se apartaba de m, y ca en el marasmo de la
desesperacin. El horrible pensamiento de un rompimiento me persegua, y
viva en las angustias de los ms negros celos. Hoy todo est
apaciguado. Luciana es dulce, cuidadosa de no disgustarme... y no estoy
tranquilo.

Me atormento y la torturo con mil quimeras y quejas inmotivadas...
Algunas veces me pregunto si no es mi libertad la que echo de menos. Me
parezco a esos nios que lloran y patalean por tener un tambor, y en
cuanto lo tienen, les falta tiempo para reventarlo para ver lo que hay
dentro. Lo cierto es que mi dicha no da ya el alegre sonido que yo
esperaba.

Estoy perdiendo el tiempo en gemir en vez de hacer mi maleta, pues salgo
de viaje dentro de un momento. He prometido dar una conferencia en el
Crculo Artstico de Amberes y aprovechar la ocasin para pasear mi
elocuencia por Gante, Bruselas y Malinas, donde estoy invitado. Es un
viaje de ocho das que me distraer y traer unos cuantos pesos a mi
bolsa hospitalaria.

Todo el mundo se va; adems, Lautrec ha fijado su partida para la semana
prxima, lo que me tranquiliza. Deploro dar al asunto la menor
importancia, y, sin embargo, prefiero saber que est lejos.

Luciana tambin sale dentro de unos das, con su madre, para Run, donde
hay una exposicin de pinturas. Supongo que procurar volver a Pars al
mismo tiempo que yo.

Tengo abajo el coche.

Te contar mi viaje en la prxima carta. Adis.




Elena al Padre Jalavieux.

30 de octubre.


Hemos vuelto a Pars, mi buen seor cura. Unas cuantas borrascas de
lluvia y de viento nos han hecho temer por la salud de mi padre, y hemos
dejado la Villa Sol a la que el sol no visitaba ya casi nunca.

He tenido la sorpresa de encontrar en el mismo piso de nuestra casa un
encantador cuartito decorado para m de un modo precioso. Mximo ha sido
el encargado de arreglarlo y quien lo ha escogido todo, y no puede usted
figurarse qu fresco, qu lindo y de qu buen gusto es. Mi cuarto tiene
dos ventanas a un jardinillo rodeado de altas tapias, cuya fealdad est
cubierta por un tapiz de hiedra.

Estoy muy contenta de no tener ya como nico punto de vista el sombro
patio en que crece la hierba entre las losas. Sobre el jardinillo hay
un gran cuadro de cielo, en el que se present la luna a festejarme el
da de nuestra llegada. Al lado de la alcoba hay una piececita con un
estante de libros y un piano; aquel es mi saln, y un poco ms lejos
otra pieza ms grande en la que duerme doa Polidora. Le respondo a
usted de que estoy bien guardada, pues la buena seora no me mima,
furiosa como est por el ascendiente que voy tomando en la casa.

Trabajo mucho con mi padre, y adems, me hace tomar lecciones de msica
y de ingls; no ser culpa suya si no llego a ser una mujer como es
debido.

Sera completamente feliz si la salud de mi querido padre fuese ms
slida; pero padece mucho de la gota y hay momentos en que me desespera
el no poder aliviarlo.

Todas nuestras costumbres de verano han sido cambiadas. La Marquesa de
Oreve est todava en Vaucresson por unos das; Mximo se ha marchado
ayer a Blgica para dar unas conferencias, y el seor Lautrec se va muy
pronto a no s qu lejanas regiones, en las que parece que se estar dos
o tres aos. Lo echaremos de menos, porque es amable y alegre. La de
Grevillois y su hija han vuelto a su cuartito de la calle de Verneuil.

Hace un momento ha llegado el seor Kisseler a darnos la bienvenida y
nos ha hecho saber la grave enfermedad de un sabio, el seor Marignol,
profesor del Colegio de Francia y del que Mximo es suplente. No quiero
mal a ese seor, al que no conozco; pero es viejo, y si su salud lo
obligase a jubilarse, se asegurara el porvenir de Mximo y nos
alegraramos por l.




Mximo a su hermano.

Gante, 3 de noviembre.


Mis dos primeras conferencias han salido muy bien; he recogido no pocos
aplausos y, lo que es mejor, he tenido un auditorio numeroso y
entusiasta. Ser una debilidad, pero lo cierto es que los aplausos, no
slo cosquillean agradablemente el amor propio del orador, sino le dan
ingenio, animacin y elocuencia; son como un trampoln desde el que se
lanza uno con un aumento de vigor.

Esta maana, al abrir un peridico de Francia, he ledo la muerte casi
repentina de Marignol. Pobre hombre! No puedo decir que lo siento, y me
engaara a m mismo si me apiadase mucho por su defuncin. Era viejo,
ms viejo que su edad, y su misin estaba cumplida. No haba estado
tierno conmigo y me interceptaba el camino con una arrogancia que lo
haca poco amable. Por otra parte, hay que acabar murindose; es un
accidente que nos est reservado a todos, y no son acaso los que ya lo
han sufrido los ms dignos de compasin. Sin embargo, ese accidente de
la muerte es tan definitivo e irreparable, que el placer de ver mi
porvenir asegurado ha sido menos vivo de lo que yo esperaba, y he
sentido una especie de remordimiento por haber deseado tanto esa plaza,
aunque hubiera preferido, seguramente, obtenerla por el abandono
voluntario del que la posea.

Al fin han desaparecido los obstculos entre Luciana y yo. El camino
est allanado, pues no veo a nadie en lnea para disputarme el puesto.

Cuando yo vuelva fijaremos la fecha de la boda y la anunciaremos a
nuestros amigos, a Lacante ante todo, y esto enturbia un poco mi
alegra. Se va a quedar sorprendido y su sorpresa ser para m una
acusacin, pues le deba ms confianza. Por qu no le he hecho
vislumbrar, al menos, mis proyectos? Me habr quitado el valor de
hablar su deseo, vagamente indicado, de darme a Elena en matrimonio?
Eso, precisamente, hubiera debido obligarme.

La verdad es que nunca se ha expresado claramente sobre este asunto y
que es ridculo hasta la impertinencia renunciar un honor que nadie le
ofrece a uno. Me digo esto para justificarme y no lo logro. Lo cierto
es que he retrocedido cobardemente ante lo que me era penoso decir, he
contado con la casualidad para salir del paso, y me encuentro ahora en
un apuro cruel. Y si fuera cierto lo que supone Luciana; si Elena
hubiera podido equivocarse sobre los sentimientos que me inspira, habra
yo cometido una mala accin... Por fortuna no lo creo, y esto me
tranquiliza.

Mientras paseaba hace poco este caso de conciencia bajo las bvedas de
la gran Catedral de Amberes, al caer la tarde, me pareca ver a Elena
tal como se me apareci en Quimper, en un rayo de luna, como una
criatura fantstica, como un ser de pura espiritualidad. Cuando estoy
lejos de ella, as es como la veo y as habr atravesado mi vida.

Y no puedo impedirme una tristeza de clera y de indignacin al pensar
que nunca ser nada para ella y que otro se apoderar un da de aquella
inocencia y de aquella dulzura. Es insensato, egosta e ingrato, tener
tal pensamiento y no poder arrojarlo de mi mente. Empiezo a creer que no
estoy criado para el matrimonio y que soy una especie de anfibio hecho
como ellos para flotar entre dos aguas sin hacer pie jams en tierra
firme.

Me maldigo y me injurio de despecho por ser como soy y no poder ser de
otra manera.

No vala la pena que se muriese Marignol, puesto que no me produce
ningn contento.




Elena al Padre Jalavieux.


Me ocurre una gran aventura, en la que me he comprometido un poco a la
ligera y sin saber cmo saldr. He aqu la historia, seor cura.

Ayer noche comimos en casa de la Marquesa de Oreve con las seoras de
Grevillois, la de Jansien y unos cuantos hombres, entre los cuales
estaba Gerardo Lautrec. Tratbase, justamente, de una comida de
despedida antes de su gran expedicin a travs del mundo.

Se hablaba de Oriente, de las razas asiticas, de costumbres, de trajes
y de otras cosas relacionadas con el viaje de don Gerardo, cuando, de
pronto, la de Jansien da un ruidoso suspiro y exclama:

--Dnde estar usted maana a esta hora?... Muy lejos ya.

Lautrec se ech a rer y respondi:

--No tan lejos como usted cree. Retardo mi viaje veinticuatro horas para
estrechar la mano a Mximo de Cosmes, que llega maana con todos los
laureles de Blgica.

--Tanta amistad!... Confiese usted que es un pretexto.

--Nada de eso, seora. Soy muy amigo de Mximo, y adems, tengo que
pedirle un servicio... Quiero poner en sus manos un depsito que, para
m, tiene importancia, pues son mis papeles ms preciosos.

--A l?--exclam Luciana.--Por qu a l?

Haba algo tan raro en el sonido de su voz, que no pude menos de
mirarla. Sus ojos brillaban con un extrao fulgor, pero, en un momento
la llama que los iluminaba se apag y Luciana volvi a caer en la
inmovilidad un poco triste y altanera que haba guardado hasta entonces.

Lautrec respondi:

--Confo esos papeles a Mximo, porque es mi amigo y el ms caballero
que conozco. Si muero, estoy seguro de que ejecutar escrupulosamente
mis voluntades, ya para publicar lo que le parezca digno de ello, ya
para quemar lo que no deba ser ledo.

Al decir esto miraba a Luciana, que le haba preguntado; pero ella
pareca pensar en otra cosa y segua indiferente y pensativa.

Mi padre dijo, aprobando a Lautrec:

--Mximo es la lealtad misma, y adems, discreto como una tumba. Se le
pueden confiar los encargos ms importantes con la certeza de que sern
ejecutados en conciencia.

--Yo--dijo Sofa Jansien en tono ruidoso y duro--no conozco ms que un
confidente discreto, el fuego. Ja, ja, ja!

Esta seora tiene un modo de rer que rompe los vidrios.

Lautrec continu:

--S, cuando uno muere, lo que posee ms secreto debe ser entregado al
fuego. Mientras se conserva un soplo de vida se quieren conservar los
frgiles vestigios de los das dichosos, de los goces que se han
disfrutado y aquellos a que no se ha renunciado todava... Nadie quiere
sacrificar el pasado ni el porvenir.

Sus rpidas miradas, que siempre solicitan la aprobacin de los
presentes, se detuvieron en Luciana, pero sta no levant los ojos y
Gerardo no pudo leer en el mrmol impasible de aquellas lindas
facciones, fijas en una inmovilidad absoluta y altanera.

Aquella actitud contrastaba de tal modo con su habitual solicitud para
mirarle, responderle y sonrerle, que no poda menos de notarse la
diferencia. Supuse que se refugiaba en aquella insensibilidad aparente
por orgullo y para no denunciar su pena por la partida de Lautrec.

En el momento un poco tumultuoso de las despedidas, al separarnos
despus de la velada, mi padre invit a todos a venir esta noche a casa
a festejar el regreso de Mximo. Todos aceptaron menos la seora
Jansien, que estaba ya comprometida, y las de Grevillois, que tienen que
estar en Run maana por la tarde y no vuelven hasta dentro de dos
das.

Luciana, envuelta en un abrigo obscuro cuyo capuchn le velaba en parte
la cara, estaba hablando, en un rincn del recibimiento, con Lautrec, en
voz baja y animada. Su madre, pronta a salir, la llam, y le o decir:

--Oh! eso, seor Lautrec, nunca... nunca ms.

Y se separ de l.

--Adis, entonces... por mucho tiempo.

Dile Lautrec la mano, y Luciana dej caer en ella la suya como a su
pesar.

Al salir, pas a mi lado y me dijo precipitadamente:

--Vaya usted a verme maana temprano, se lo ruego... Me har usted un
gran servicio... Ya sabe usted que salimos a las nueve.

Vacil, extraada, pero ella me tom la mano, me la apret con fuerza y
me dijo:

--Si usted supiera!... Vaya usted; se lo suplico.

Su madre la estaba llamando en la escalera, y Luciana aadi, mirndome
ardientemente:

--Ir usted? Hgalo por m, Elena.

Se lo promet, y esta maana obtuve de mi padre permiso para ir a
despedirme de ella. Estaba escribiendo y consinti sin hacerme
preguntas.

Sal, pues, con la seora Schwartz, una seora que viene todas las
maanas para acompaarme a la iglesia y a mis clases y que, al mismo
tiempo, me ensea el alemn.

Seran apenas las ocho cuando llegu a la calle de Verneuil. Me abri
la puerta la seora de Grevillois y pareci muy sorprendida al verme.

--Luciana?--me dijo titubeando.--No s si podr recibirla a usted, hija
ma, nos vamos ahora mismo.

Antes de que yo respondiera que vena a ruego de Luciana, apareci sta.

--Entre usted--me dijo vivamente;--me alegro mucho de verla.

Y dirigindose a su madre para prevenir toda objecin, aadi:

--Estoy absolutamente lista y ya he tomado el t. Mientras lo tomas t y
acabas de vestirte, puedo hablar un momento con Elena. Tengo que
ensearle unas pinturas que no conoce.

La de Grevillois hizo entrar a la seora Schwartz en el comedor y yo
segu a Luciana a su cuarto, un cuartito muy modesto con ventana a un
patio estrecho que parece un pozo. Por fortuna, como viven en el ltimo
piso, reciben la luz por encima de los tejados prximos.

Me ofreci la nica silla, muy usada y no muy slida, y se sent ella en
la cama, sin cortinas y cubierta con una colcha de flores azules muy
descoloridas.

Estos detalles se fijaron en mi mente por el contraste entre aquellas
cosas miserables y la esplndida belleza y el brillo de juventud de
aquella a quien servan de marco.

Luciana estaba muy plida y sus ojos irritados indicaban un largo
insomnio.

Me tom la mano, la conserv en la suya, cuyo calor me quemaba a travs
de mi guante, y me dijo:

--Gracias por haber venido... Es usted buena, Elena, y se puede fiar en
usted, no es verdad?

Sus ojos me miraban como si buscasen mi alma en el fondo de los mos.

--Si pido a usted un servicio... un gran servicio que slo usted puede
prestarme, querr usted?

--Ciertamente, si puedo hacerlo... y...

--Y qu?...

--Y si no hace falta para ello faltar a ningn deber.

Por sus labios pas y se desvaneci la sombra de una sonrisa no exenta
de lstima.

--Si fuera preciso--dijo--faltar a algn deber, no se lo pedira a
usted... Me dirijo a usted precisamente porque la tengo en particular
estima, porque s que es usted leal y piadosa y porque usted cree en la
santidad de un juramento... Oh! no tenga usted miedo--aadi adivinando
que la solemnidad de la palabra juramento me haba alarmado;--slo se
trata de m, de m sola, de una cosa de la que depende mi porvenir...

--Un matrimonio?

--Casi...

Vacil y dijo penosamente:

--Un matrimonio fracasado...

--Y que usted siente--respond, conmovida por su palidez y empozando a
presentir una parte de la verdad.

--S, lo siento... No se puede menos de tomar cario...

Se interrumpi y dijo despus:

--Me guardar usted el secreto, verdad? Lo promete usted? Esas cosas
son penosas... como usted comprende.

--Comprendo...

--Me promete usted el secreto?...

--Se lo prometo...

--Un secreto inviolable... un secreto de confesin...

--Excepto para mi confesor--dije pensando en usted, mi bueno y piadoso
consejero.

Luciana reflexion un instante.

--Excepto para ese, si usted juzga til hablarle de ello.

--Tiene usted mi promesa; pero si tan penoso le es confiarse a m, para
qu decirme ms?

--Es preciso... No le he dicho que tengo que pedirle un gran servicio?

Luciana se pona encarnada y plida alternativamente.

--Ha reparado usted--me dijo al fin--que el seor Lautrec me haca el
amor?

--Era difcil no repararlo.

--Ha pensado usted que podra casarse conmigo?

--Me ha ocurrido esa idea, pero no con gran seguridad. El seor Lautrec,
no s por qu, no me pareca maduro para el matrimonio...

--Tena usted razn y le juzgaba con ms acierto que yo... Yo me dej
enredar por sus palabras halageas, por su ternura superficial y por
sus vanas y vagas protestas... Me haba gustado... Cmo lo encuentra
usted?

--Muy agradable.

--Su persona, sus gustos, su ingenio, su posicin... su fortuna, hermosa
sin ser colosal, sus relaciones, todo l me agradaba... y tuve la
debilidad de escribirle...

--Es lamentable... pero l es un hombre honrado y no abusar de esa
confianza.

--As lo creo... estoy cierta... Mis imprudentes cartas estn seguras en
sus manos... Pero se marcha y l mismo no se disimula los peligros que
lo esperan.

Se estremeci y su voz se volvi dbil.

--Si no volviese, qu sera de esas cartas?

--Ya oy usted ayer que confa sus papeles a Mximo; esas cartas estn,
sin duda, comprendidas en ellos.

--El seor Cosmes conoce mi letra...

--Pero las cartas deben de estar metidas en un sobre...

--Qu s yo? Adems un sobre puede abrirse, romperse... Basta una
casualidad que ocurre siempre en estos casos.

--Aunque as fuese, Mximo no abusara del secreto que descubriese.

--Ah! No comprende usted--exclam con desesperacin.--Y la
humillacin, y la vergenza? No es eso nada para usted? Cmo pensar
en eso sin morir? Tal idea me da fiebre...

Temblaba y estaba agitada por grandes calofros.

--Es preciso absolutamente que yo tenga esas cartas.

--Se las ha pedido usted al seor Lautrec?

--S, sin duda; y se ha negado a drmelas.

--Es abominable, odioso...

--No, no crea usted en ninguna brutalidad de su parte... Al contrario;
protest de su cario, de su abnegacin... Quiere conservar mis cartas
por ternura, y acaso porque sabe vivir... Ayer todava se atrevi a
pedirme que continusemos esa correspondencia.

--Est usted segura--dije vacilando,--de que no piensa en el
matrimonio?

--Jams se ha pronunciado esa palabra entre nosotros... Haba yo credo,
loca de m, que el amor... los sentimientos de admiracin apasionada y
de entusiasta simpata que l expresaba, lo conduciran a eso... Me
escribi... y le respond... Esta es la imprudencia que hoy expo con
crueles agonas... ms crueles de lo que usted puede pensar.

Pareci dudar si me dira una cosa, que por fin no se atrevi a
confiarme.

--Elena, he contado con usted para recobrar esas cartas.

--Conmigo! Qu puedo yo hacer?... Creo que si usted hubiera
insistido...

--He insistido--respondi nerviosamente.--He hecho ms... he ido a su
casa a pedrselas.

--Oh! Luciana...

--S, una maana d ese paso insensato e intil, sin saberlo mi madre.
No estaba en su casa y me compromet en vano. No pude hacer ms que
escribirle dos palabras, que le dej bajo sobre en la antesala. Le
suplicaba que llevase anoche a casa de la Marquesa esa prueba de mi
locura, y que la depositase en un rincn de la biblioteca, donde la
hubiera yo sacado sin que nadie lo notase.

La fatalidad ha querido que su criado no le diese mi esquela.

--No puede envirselas a usted... por el mismo procedimiento que
empleaba para escribirle?

--Podra, pero asegura que no puede pasarse sin una amistad tan querida
y excepcional; me suplica que confe en su prudencia y en su honor, y,
sin comprometerse a nada, habla del porvenir con palabras tiernas... y
vagas. Lo conozco bien... y no me fo de l ni de nadie... excepto de
usted, Elena... La he visto a usted dulce, compasiva y valerosa, al lado
de una miserable pecadora, la Briffarde... y he credo que tendra usted
piedad de mi angustia.

--Qu puedo hacer?--dije tristemente.

--Esta noche va usted a ver a Gerardo, Elena, y le pedir, le exigir
que le entregue esas cartas... Aqu tiene usted dos letras para l, que
he preparado y que autorizan su intervencin. Con usted, no podr salir
del paso con frases de novela. La credulidad, la confianza que le he
mostrado, me impiden hablarle alto... No puedo, a pesar de todo, pedirle
que se case conmigo si l no lo desea o si no encuentra que soy un buen
partido para su ambicin.

--Luciana--le dije turbada en extremo.--Temo no poder cumplir una misin
tan delicada; no sabe usted lo tmida que soy.

--Su bondad de usted la inspirar.

Me asi apasionadamente ambas manos, pues la de Grevillois acababa de
abrir la puerta para recordar a su hija que era hora de salir.

--Probar--dije muy bajo a Luciana cuando vino a abrazarme.

La de Grevillois y la seora Schwartz estaban de pie esperando que
acabase nuestra despedida.

Las miradas de Luciana me imploraban y me daban las gracias al mismo
tiempo, mientras lea yo en ellas no s qu sombro y trgico que me
espantaba.

--Qu me oculta?--me pregunt.

Tena el presentimiento de que no me lo haba dicho todo.

La buena seora de Grevillois, entretanto, me colmaba de cumplidos y de
excusas por verse obligada a despedirme.

Ya con la puerta abierta, Luciana afirm la voz y me dijo:

--Hasta muy pronto... Si ve usted esta noche al seor Lautrec, dgale
que le deseo buen viaje... Y no olvide usted decir a Mximo que mi madre
y yo sentimos mucho no estar con ustedes para darle la bienvenida. Pero
Run no nos ha consultado para la apertura de su exposicin.

--No olvidar nada...

Me atrajo hacia ella, me bes y me dijo al odo:

--Gracias... el secreto, verdad?

--Eso, s, puedo prometerlo.

--Deme usted tambin un beso, hija ma--exclam la de Grevillois.

Y lo hice de corazn.

Compadezco tanto a esta madre tan llena de ternura y de abnegacin, y
que no tiene la confianza de su hija!

Ahora, seor cura, estoy sola en mi cuartito, mientras mi padre ha ido a
la Academia. Y sin dejar de cuidarme de los preparativos de la comida,
me estremezco al pensar lo que tengo que decir esta noche al seor
Lautrec.




El mismo da, 12 de la noche.


He vencido, mi buen seor cura, y estoy muy contenta por Luciana sin
estar muy orgullosa por mi diplomacia, pues la verdad es que no he
tenido mucho mrito. Voy a contarle a usted cmo ha pasado.

Djeme usted decirle ante todo que, hace un momento, cuando acababa yo
de escribir, ha llegado Mximo. Qu placer el volverlo a ver! Me ha
dado las dos manos con efusin, y despus, vuelto ya mi padre, se ha
dirigido exclusivamente a l para contarle el xito de sus conferencias
y todos los detalles del viaje.

Mi padre le ha dicho que haba visto al ministro y que su nombramiento
para el Colegio de Francia est firmado y prximo a aparecer en el
_Diario Oficial_.

Mximo ha dado las gracias con calor a mi padre; pero no ha parecido tan
encantado como yo esperaba. As somos, verdad? Cuando obtenemos las
cosas deseadas, no nos causan todo el placer que esperbamos de ellas;
el deseo, sin duda, las ha descontado de antemano.

A todo esto no se me iban de la cabeza las recomendaciones de Luciana y
he debido de aderezar con ellas el _pudding_ que he confeccionado con
mis propias manos.

Al primer campanillazo mi corazn se puso a latir tan fuerte, que me
qued como petrificada en la silla. Eran los Marqueses de Oreve, que
notaron en seguida mi turbacin.

--Est usted mala?--me preguntaron al mismo tiempo.

--Elena?--pregunt mi padre.--Ha estado alegre todo el da como un
pjaro de primavera.

Nuevo campanillazo y nuevo ahogo.

Decididamente, no he venido al mundo para las negociaciones delicadas.

Esta vez era Kisseler, y detrs de l, Lautrec.

No s con qu expresin lo he recibido, pero s que fue bastante
singular para que, en varias ocasiones, me mirase sonriendo. No pude
menos de hacer la observacin en voz alta:

--Qu tengo hoy de extraordinario?

Lautrec respondi:

--Estoy observndolo.

--Ay, seor cura! No puede usted imaginar qu fastidioso es tener una
cara en la que se lee todo, y sobre todo lo que se quiere ocultar. Yo
estaba como en ascuas.

Cmo llamar aparte a Lautrec sin llamar la atencin? Cmo hacerle tan
grave revelacin delante de todo el mundo? Por fortuna, Mximo y el
doctor no haban venido y me acord, como una idea luminosa, de un viaje
a las Indias, ilustrado con bonitos grabados, que haba hojeado haca
unos das. Me acerqu al seor Lautrec, le habl con entusiasmo de los
maravillosos palacios y de las ruinas gigantescas, que me haban
chocado, y le inspir el deseo de ver el libro.

Me sigui a la biblioteca, pero tambin al Marqus de Oreve se le antoj
ver las estampas... Mi combinacin iba a fallar, cuando quiso el Cielo
que la Marquesa se enredase en la genealoga de los Coburgo. El Marqus
volvi en seguida pies atrs, y Lautrec y yo nos quedamos solos en la
biblioteca, cuya puerta abierta nos dejaba expuestos a todas las
invasiones. No haba, pues, tiempo que perder.

--He inventado un pretexto para traerlo a usted aqu--dije
valientemente, y entregu a Lautrec la esquela de Luciana. l le ech
una ojeada y se puso encarnado.

--Cmo! Usted su confidente? Es inverosmil e inaudito.

--Esa reclamacin me parece natural y justa--dije sin responder a su
asombro.

--Entonces, es serio? Quiere sus cartas?

--Lo dudaba usted?

--S, lo confieso. Cre que se trataba de una pequea habilidad de
coquetera para saber el precio que yo atribua a sus cartas, que son,
en efecto, encantadoras.

--Me las entregar usted, verdad?

--Ha manifestado Luciana alguna duda sobre mi lealtad?--pregunt con
voz alterada.

--Ninguna... Pero se marcha usted para mucho tiempo... va usted lejos...
y es permitida la inquietud...

--Qu locura!... Adems, no tengo ya esas cartas... estn con otros
papeles en una maleta cerrada que he confiado a Mximo...

--Recbrelas usted y dmelas.

--Dnde? Cundo? Cmo? Me marcho a las seis de la maana.

Reflexion un instante y dije:

--Mximo vive cerca de aqu, en la calle de Conde... Puede usted ir y
volver en menos de media hora.

--Ser preciso entonces que prevenga a Mximo, porque tiene la llave de
la maleta y no s dnde la ha puesto.

--Hgalo usted, se lo ruego, sin denunciar a Luciana.

--Naturalmente... Por quin me toma usted? Pondr un pretexto... Unos
papeles que he metido all por error... Es fastidioso! Siempre se
tienen molestias con las mujeres atacadas por el furor de escribir...

Estaba violento y nervioso.

--Cmo podr drselas a usted esta noche?

--Es voluminoso?

--No mucho; unas veinte hojas en un sobre.

--Entonces busque usted un momento favorable para poner el sobre en este
libro, y hgame una sea para que yo lo busque en seguida y no caiga en
otras manos...

Estaba yo ruborizada y temblorosa por tener que recurrir a semejantes
astucias, y casi me despreciaba al ver que se me ocurran como si el
alma invisible de Luciana me las inspirase.

Nuestro coloquio, por otra parte, no haba pasado inadvertido, pues se
trataba de ir a comer y mi padre me interpelaba:

--Pero qu es esto, Elena? Una duea de casa que olvida sus deberes
para charlar...

--Es ese zalamero de Lautrec, que hace de las suyas--dijo irnicamente
Kisseler, que no pierde ocasin de decir despropsitos.

Acept ms que de prisa el brazo que el Marqus de Oreve me presentaba,
arqueado en forma de guirnalda.

Cuando pas al lado de Mximo, que acababa de llegar, me ech una mirada
severa que me intimid. Pero como tena conciencia de no haber hecho
nada malo, no quise atormentarme.

Despus de comer, Lautrec se llev a Mximo a un rincn para concertarse
con l y en seguida cogi un cigarro y sali. Su ausencia no fue larga.

Cuando volvi, le dijo Mximo:

--Lo ha encontrado usted?

--S, tengo lo que necesito.

Y aadi:

--He vuelto a poner la llave en su sitio.

Despus se puso a hablar con un grupo de amigos que haban venido en su
ausencia.

Yo no le perda de vista. En un momento dado entr en la biblioteca,
estuvo all unos segundos y sali echndome una mirada que quera decir:
ya est. Estaba yo entonces en gran conversacin con la Marquesa de
Oreve, que me estaba confiando sus sentimientos ntimos, y aquella
psicologa tena trazas de durar mucho tiempo, porque pareca gustarle.
No poda yo interrumpirla ni dejarla y tena la frente baada en un
sudor de impaciencia al pensar que cualquiera poda entrar en la
biblioteca, hojear el libro y dar con el sobre misterioso, cuya
presencia sera difcil de explicar. Dudo que mis respuestas a la
Marquesa le dieran una alta idea de mi inteligencia.

La llegada del t me arranc de aquel suplicio.

Cuando todo el mundo estuvo servido, me escurr hacia la biblioteca, me
fui derecha al librote, ligeramente entreabierto por el espesor del
paquete, tom el sobre lacrado y, dando un suspiro de alivio, me le met
en el bolsillo con grandes precauciones para no romper algn sello de
lacre.

Levant la cabeza y me encontr con Mximo, que me estaba mirando en
silencio. En la especie de asombro indignado que expresaba su cara,
comprend que me haba visto perfectamente meterme el sobre en el
bolsillo.

--Qu preciosos papeles son esos, Elena, que guarda con tanto misterio?

Estaba yo como la grana y trat de responder riendo:

--La curiosidad es un pecado de mujer; los sabios lo han dicho.

--Es una carta?

--Aunque as fuese...

--Una carta para usted?

--No--respond con voz un poco vacilante.

Mximo me mir fijamente como reflexionando. Despus dijo de pronto:

--Son cartas de usted que se le devuelven?

Esta vez respond con resolucin:

--Menos todava.

Mximo me cortaba el paso con insistencia y yo tema que, a fuerza de
preguntas, me hiciese hablar ms de lo que deba.

--No me pregunte usted, porque no sabr nada.

Trat de tomar un tono de broma, pero me senta, torpe, intimidada y mis
carrillos ardan. Mximo me miraba con una expresin severa que me daba
mucha pena y que poco a poco fue tomando un tinte de tristeza.

--Secretos, Elena?

--Por qu no?

Y, dando un golpe de ciego, aad:

--No tiene usted ninguno para m, Mximo?

Sin responderme, dio media vuelta.

--Est bien; cada cual tiene los suyos y yo no tengo ningn derecho para
preguntar los de usted.

Se volvi a la sala y no me dirigi la palabra en toda la noche. Cuando
se march le ofrec la mano, pero fingi no verlo y se content con
saludarme framente.

Y vea usted cmo he vencido a mi costa, seor cura, y cmo, por hacer un
servicio, me encuentro regaada con el hombre a quien ms quiero en el
mundo, despus que a mi padre.

Con tal de que Mximo no vaya a contrselo!... Si mi padre me pregunta,
qu le voy a responder? He prometido a Luciana un secreto inviolable...

Ahora es cuando veo mi imprudencia y el mal que de ella puede resultar.
Por qu el bien que he querido hacer se vuelve contra m como un
castigo? Consuleme usted, mi buen seor cura, y aconsjeme. Su pobre
hija espiritual est agobiada de temores y de penas y perseguida de
negros presentimientos.




Mximo a su hermano.

16 de noviembre.


Los sucesos han marchado desde mi ltima carta, querido hermano; mi boda
est fijada para el 31 de diciembre. Mi vida de soltero acabar con el
ao. Lo siento acaso? No me lo pregunto, ocupado como estoy por las
emociones del presente.

Habrs visto en los peridicos mi nombramiento oficial para el Colegio
de Francia. He aqu una etapa recorrida con facilidad y presteza,
gracias al apoyo del buen Lacante, a quien debo la poca notoriedad que
me ha valido este favor.

Como recompensa por su constante afecto y por los servicios que me ha
prestado, he ido a darle parte de mi casamiento, y no puedes figurarte
con qu flaqueza de valor y de alma he cumplido ese ingrato deber. Me
pareca que iba a cometer un parricidio.

A mis primeras palabras, su cara risuea y cordial se contrajo y tom
una expresin que nunca olvidar, en la que se lean la sorpresa, la
pena y muchos reproches.

Me escuch en silencio, dejndome enredarme en mis frases y sin ayudarme
con una palabra en mi penoso discurso. Le cont, lo mejor que pude y con
entera sinceridad, mi historia, desde el primer paso de Luciana y
nuestros compromisos recprocos, que datan de un ao, es decir (y as lo
ha comprendido), anteriores a la aparicin de Elena entre nosotros.

Su expresin rgida, tan poco adecuada a su fisonoma fina y sonriente,
se fue dulcificando poco a poco. Suspir profundamente y me dijo con un
poco de tristeza:

--Me crea muy amigo de usted para que me tuviera tanto tiempo privado
de sus confidencias.

Balbuc unas excusas sobre la incertidumbre de mi porvenir y sobre los
obstculos que hubieran podido eternizar mi noviazgo. Lacante movi la
cabeza sin replicar, y sigui diciendo:

--Deseo de todo corazn que ese matrimonio le haga a usted feliz. Acaso
hubiera deseado para usted una esposa cuyos gustos estuviesen ms en
relacin con su fortuna. Sin embargo, si, como espero, Luciana es una
mujer de corazn, sabr sacrificar sus gustos en la medida necesaria.

En seguida me pregunt qu asunto iba yo a elegir para mi curso de este
ao, marcando as que la cuestin de mi matrimonio le pareca agotada.

Iba a exponerle mis ideas sobre este asunto y a pedirle consejos, cuando
entr Elena muy sonriente y ms bonita que nunca.

--Aqu tenemos a mi hijita,--dijo Lacante atrayndola hacia l y con una
inflexin de ternura que me conmovi. Pareca que quera preservarla de
algn peligro. La misma Elena lo not y le mir con un poco de alarma.

--Ests malo, pap?

--Malo?... No, por cierto; estoy muy bien... Deca usted, Mximo?...

Haba yo perdido el hilo de mis ideas y se lo confes cndidamente.

Lacante suspir, y dirigindose a Elena, que se haba sentado a su lado
en una silla baja, le dijo:

--No te extrae la turbacin de Mximo, pues tiene la mente muy lejos
del Colegio de Francia... Viene a participarnos su casamiento con
Luciana Grevillois.

--Luciana!...

Elena dijo ese nombre como un grito. Nunca he visto ms profunda
alteracin de un semblante; la sangre abandon sus mejillas y sus
labios temblaron. Me mir fijamente con ojos dilatados y replic:

--Es con Luciana con quien se casa usted?

--Cuando la conozca usted mejor, espero que querr hacerla partcipe de
la benvola afeccin que siempre me ha mostrado.

--Oh! La conozco ya bien... mejor de lo que usted cree...

Dijo esto Elena con fra aspereza y volviendo la cara, para ocultarme,
sin duda, sentimientos que la ruborizaban.

La emocin contenida de Lacante me haba dado pena, pero la de Elena me
dej indiferente. Cualquiera que fuese la causa, saba yo que su corazn
no entraba en ella para nada. Un singular incidente, ha cambiado en
aversin decidida la atraccin casi irresistible que me llevaba hacia
ella y con la que luchaba en el secreto de mi conciencia. Durante mis
querellas con Luciana haba yo llegado a preguntarme si la sencillez de
Elena, su modestia, su seriedad y hasta el fervor de su cndida
devocin, convendran mejor a mi vida laboriosa que la belleza brillante
de Luciana. S, en vanas ocasiones, ahora puedo confesarlo, ha flotado
entre Luciana y yo una sombra de pesar que me indispona con ella. Ahora
s a qu tenerme y soy justo con mi prometida.

He descubierto que Elena, la inocente, la cndida, no es ms que una
mentirosilla muy inconsecuente, y que sus grandes ojos de tan recta y
pura mirada y su puro perfil de inmaculada virgen, son una excelente
mscara para ocultar las intrigas de una muchacha mal educada.

Figrate que, una noche, la sorprend guardndose en el bolsillo unas
cartas que haba depositado Lautrec en un escondite convenido. No pudo
negar, pues el delito era flagrante, y sali del paso con audacia y
bromeando sin explicar nada.

Esta intriga no me extraa y apenas me indigna por parte de Lautrec.
Pero ella, Elena, por qu recurre a esas maniobras clandestinas, engaa
la confianza de su padre y se compromete con un hombre a quien apenas
conoce, cuando podra escogerle en pleno da si l ha sabido agradarla?
La cosa es fea, vil e instintivamente perversa.

Fese usted de los msticos xtasis en el fondo de las viejas
catedrales!

He tenido un instante la intencin de denunciarla a su padre; pero he
renunciado a esta misin eminentemente ingrata. Lacante hubiera podido
decirme: A usted qu le importa? Y, en efecto, qu me importa,
despus de todo? Lacante es un poco responsable de lo que ocurre, porque
no vigila a su hija, deja a su lado a esa Polidora de escasa moralidad y
tiene a esta nia inexperta en un crculo corruptor y corrompido. Lo
asombroso hubiera sido que hubiese continuado inocente.

Desde aquella fatal noche mis relaciones con Elena han cambiado por
completo. La evito y le muestro una gran frialdad; y ella lo conoce y
sabe que no me engaa y que la juzgo como merece. Por eso su estupor al
saber mi matrimonio, su palidez y el visible temblor de sus labios me
extraaron, pero me dejaron fro. Hasta afect mirarla con indiferencia
agresiva que deca claramente: Si creas endosarme algn da tus
inconsecuencias, te engaabas, bonita nia. No soy hombre de hacerme el
restaurador de las virtudes desportilladas.

De quin fiarse, Seor!...




Elena al Padre Jalavieux.


Tengo una gran pena, mi buen seor cura. Mximo de Cosmes se casa con
Luciana Grevillois! l mismo se lo ha dicho a mi padre, cuyos proyectos
han sido as reducidos a polvo.

Y yo he echado de ver, al saber la noticia, que quiero a Mximo ms de
lo que pensaba. Me parece que la vida se ha derrumbado a mi alrededor y
que ando por el vaco, hirindome en los escombros.

Lo ms cruel es que, desde el momento en que me vio coger las cartas de
Lautrec, me juzga severamente, me cree culpable, y no puedo
desengaarlo...

Qu imprudente he sido al encargarme del secreto de otra! Cmo me
arrepiento de esta fatal condescendencia y del movimiento de lstima que
me impuls a ello!

Mi padre est un poco triste y preocupado, aunque se esfuerza por no
dejarlo ver. Estaba acostumbrado a la idea de que Mximo sera su hijo,
l mismo me lo ha confesado. Cuando Mximo nos dej despus de
anunciarnos su casamiento, nos quedamos los dos unos instantes sin
hablar. Despus, mi padre me puso la mano en la cabeza y me pregunt si
me sorprenda aquel matrimonio.

--Un poco--dije en el tono ms tranquilo que pude.

--A m tambin me ha sorprendido. Me haba figurado que, dentro de algn
tiempo, sera dichoso convirtindose en mi hijo... Le hubiera confiado
sin temor a mi Elena... porque es un hermoso corazn y lo estimo mucho.
Qu piensas de su eleccin?

--No s si Luciana lo har muy feliz--dije fluctuando entre la violenta
antipata que senta en aquel momento por Luciana y el miedo de dejarla
adivinar.

Mi padre me cont que el compromiso de Mximo con Luciana data de un
ao, e insisti con bondad en ese punto, dndome a entender que, en
aquel momento, Mximo no me conoca. Pobre padre! Le cuesta trabajo
comprender que se pueda preferir a Luciana, y acaso crea que mi amor
propio sufra ms que el suyo.

Y se engaaba, porque no es eso lo que me hace sufrir. Lo que me
preocupaba entonces era el asombro de que Luciana, comprometida con
Mximo, hubiera tratado de casarse con Lautrec. Hay en esto un misterio.
Yo no he soado que ha seguido con l una correspondencia secreta, que
me ha encargado de rescatar, aun a riesgo de comprometerme. No lo
hubiera hecho, sin duda, si hubiera podido sospechar mi cario a Mximo
y presentir lo que yo sentira ser mal juzgada por l por su causa.
Tampoco poda saber que yo me dejara caer en el garlito. Evidentemente,
no tiene ella la culpa de todo esto. Y, sin embargo, me hace dao verla;
su presencia es para m un suplicio.

En cuanto volvi se apresur a venir a casa, impaciente por conocer el
resultado de mi diplomacia. Pero justamente aquel da una sucesin de
visitas se interpuso entre nosotras y no pude hablarle en secreto, ni,
mucho menos, entregarle sus cartas. La segunda intentona no fue ms
dichosa, pues haba yo salido. Hasta ayer no pude llevrmela a mi
cuarto, mientras su madre se quedaba con mi padre, y, confieso mi
debilidad, seor cura, no pude reprimir un movimiento de repulsin
cuando me dio la mano.

--De modo que ha vencido usted?--me dijo en seguida.--Tiene usted mis
cartas?

--Aqu estn.

Abr mi cajn y le entregu el sobre cuidadosamente lacrado y en el que
estaban escritas estas palabras: Para quemarlo. Luciana le abri,
cont los pliegos, y dijo:

--Estn todas... Qu amable ha sido usted!... Le cost trabajo
obtenerlas?

--Ninguno... La dificultad estuvo en entregrmelas aquella misma noche
sin que nadie lo notase.

--Y lo logr?

--No por completo... Mximo lo vio.

--Mximo!...

Luciana pronunci este nombre con voz alterada.

--Tranquilcese usted--dije un poco amargamente,--todo su desprecio cay
sobre m. Crey que las cartas me pertenecan.

Luciana no pudo contener un suspiro de alivio.

--Pobre Elena!--dijo con embarazo.--Estoy desolada por la contrariedad
que le causo a usted.

--Es algo ms que una contrariedad--respond un poco secamente.

Ella me mir, como para penetrar el fondo de mi pensamiento, y replic:

--Estoy desolada... pero perdneme usted mi abominable egosmo. Es una
dicha que sus sospechas hayan recado en otra, porque yo me voy a casar
con Mximo.

--Lo s.

Me temblaban las manos y los labios, y mis nervios, en intolerable
tensin, me dejaban apenas fuerza para hablar.

Luciana continu:

--S... me he decidido... Hace mucho tiempo que Mximo haba pedido mi
mano... y yo vacilaba... La abominable conducta de Lautrec me ha hecho
ver el valor de cada uno.

--Cuento con usted--dije con voz ahogada,--para justificarme con Mximo.
Quiero tener su estima.

Luciana pareci apurada y balbuci:

--S... sin duda... lo har... Buscar una ocasin y lo explicar todo
de un modo verosmil... Confe usted en m y guarde el secreto... Me lo
ha jurado usted.

--No lo olvido.

Necesitaba todas mis fuerzas para contenerme y para contener los
movimientos de aversin que me sacudan los nervios.

S que haca mal, pues no debo odiar ni despreciar a nadie... Pero
sufra mucho para ser buena.

Luciana volvi a darme las gracias y a besarme, pero sus caricias me
eran odiosas.

Oh! seor cura, regeme usted, si quiere; mustreme mi deber; pero,
sobre todo, consuleme. Usted, que sabe el bien y el mal de mi vida y de
mi alma, deme valor y un poco de su piedad.




Mximo a su hermano.


Dices que no comprendes cmo esa Elena, que te haba pintado tan piadosa
y cndida, se ha dejado arrastrar a una intriga ms o menos galante. No
te falta nada para decir que la calumnio. Como si las apariencias no
fuesen con frecuencia engaadoras! Como si el corazn de las mujeres no
fuese desde la cuna un abismo de misteriosa perversidad y de instintiva
perfidia!

Y el alma de las devotas, sbelo, es la peor de todas, porque unen a la
perversidad de sus instintos, y hasta el desorden de su conducta, la
hipocresa de una virtud con que se engaan a s mismas... Tienen tan
altas aspiraciones, que se creen todava llevadas por los ngeles cuando
arrastran ya los pies por el fango de los caminos.

No hablemos ms de Elena. Ha matado en m la fe en la inocencia y en
todo lo que es puro y verdadero. Esa nia, con sus ojos de madona y su
sonrisa infantil, ha cometido un asesinato moral.

No quiero pensar ms que en Luciana, que, dentro de seis semanas, ser
mi mujer. Est muy alegre y su humor es igual, dulce y tierno desde que
todo est decidido, y yo le agradezco que sea dichosa, porque eso alivia
no s qu malestar que arrastro conmigo hace ya mucho tiempo, como el
que no est dentro de su vocacin. Creo que la ma hubiera sido hacerme
cartujo y pasarme la vida entre cuatro paredes descifrando manuscritos,
pues la verdad es que detesto la vida que hago, las relaciones, las
vanidades, la vanagloria del xito, el placer, y, sobre todo, a las
mujeres, desde la primera a la ltima; no excepto ms que a Luciana...
con mil trabajos. Hay momentos en que, aun a su lado, me ocurren
pensamientos malos, desconfianzas y duros sarcasmos.

Y la culpa es de Elena. Haba imaginado en ella tal ideal de adorable
bondad, de ingenua ternura, de sencillez y de rectitud, que, despojado
de ese ideal, me encuentro como aplastado en el suelo, como cado de un
campanario, aturdido, quebrantado, incapaz de remontar el vuelo hacia
las alturas y condenado a arrastrar mis miembros dislocados y mi
espinazo roto por el polvo nauseabundo de la vida vulgar.

Termino con esta hermosa imagen para irme a cumplir mis deberes de novio
feliz. Qu comedia es la vida!




Mximo a su hermano.


As, pues, se vuelve usted irnico, seor hermano, y me hace observar
con malicia que mi ltima carta est llena de imprecaciones contra
Elena, mientras que Luciana ocupa en ella muy poco lugar...

Qu quieres deducir de ello? La verdad es que la clera, la indignacin
y todos los sentimientos dolorosos, favorecen la elocuencia ms que la
dicha. Desde cundo se narra la felicidad? Puedo describirte al
detalle las perfecciones de mi prometida, la riqueza de su talle, la
nobleza de su hermosura, ni el encanto atrayente de aquella boca, que
parece llamar al beso que rehusa la altivez de la mirada? Te dir
cuntas veces he besado sus largos dedos de uas duras y brillantes? Te
contar nuestras querellas (existen y tengo que confesar que vienen de
m) seguidas de una paz frgil? Me estoy volviendo grun y saltarn
como una cabra, y temo que nuestro matrimonio no sea un modelo de
armona.

En otro tiempo, te acuerdas? era yo bueno, tena compasin de todo lo
que vive y sufre y hubiera sido incapaz de causar la ms ligera pena a
una criatura humana. Pero me han enseado que hay que defenderse y estar
en guardia, y que lo seguro en este mundo es dar los primeros golpes.
Siento que me estoy volviendo todo lo malo que es necesario.

Despus de muchos das de no ver a Elena, ayer la encontr en casa de la
Marquesa de Oreve. Cuando me acerqu a ella para saludarla, me dio la
mano con una mirada de tan suplicante dulzura y con una sonrisa tan
triste, que todos mis malos sentimientos vacilaron. Qu poder hubiera
podido ejercer sobre m si hubiera sido tal como yo la imaginaba, si me
hubiera amado y las circunstancias nos hubieran unido a tiempo!

Haba a su lado una silla vaca y me sent en ella, obedeciendo a una
fuerza ms poderosa que mi voluntad; pero como no tenamos nada que
decirnos, no atrevindonos a iniciar ningn asunto ntimo y personal, no
hicimos ms que cambiar reflexiones tontas sobre los que nos rodeaban,
sobre el tiempo y sobre las revistas de la quincena, todo ello
interrumpido por torpes silencios. No me atreva a levantarme; una
indulgencia repentina y tierna me tena clavado en aquella silla al lado
de la suya, y slo tema que el fastidio de aquella estpida
conversacin o un detalle imprevisto le hicieran levantarse a ella. A
pesar de mis secretos resentimientos, haba vuelto a ceder al encanto
de su dulzura, de la cndida gracia que emana de ella como un perfume y
de la alegra un poco melanclica de reanudar nuestra fraternal amistad.

Luciana estaba impaciente al verme tanto tiempo al lado de Elena, y
varias veces haba sorprendido sus miradas fijas en nosotros como si
quisiera adivinar lo que decamos.

Por fin se aproxim, acerc una silla y nos pidi con expresin
sonriente permiso para terciar en la conversacin.

--Bah! Para lo que decamos... Elena no est inspirada, y yo he dado
prueba de buena voluntad sin resultado.

--No sin resultado... No puede usted figurarse el placer que me ha
producido...

Elena dijo aquello con una triste gravedad que quitaba toda trivialidad
al cumplido.

Luciana pregunt:

--De qu hablaban ustedes?

--Decamos que el verde ser el color de moda de este invierno... Si lo
duda usted, mire a la de Jansien.

Luciana se ech a rer.

--Es verdad; parece una pradera.

Y Kisseler que se haba acercado, aadi:

--No le falta nada; ni la campanilla al cuello.

--Le falta el pastor--replic Luciana.

Elena estaba distrada y me pareci que acoga, con frialdad las frases
cariosas de Luciana, que estuvo, contra su costumbre, prdiga de
ellas.

Sera la ausencia de Lautrec lo que la tena tan preocupada? As lo
pens y sent renacer todas mis prevenciones.

Lacante, que estaba algo delicado y andaba con dificultad, se retir
temprano con su hija. Y disponame yo a seguir su ejemplo, cuando Sofa
Jansien sali al paso.

--No tiene usted la menor atencin para las antiguas amigas--me dijo
haciendo monadas.--Apenas me ha saludado usted esta noche, y su bella
Luciana lo guarda tan severamente, que no se le ve a usted por ninguna
parte... Ni siquiera me ha anunciado usted su boda.

Le record que haba intentado en vano encontrarla en su casa y que la
haba escrito para participarle el casamiento.

--S, la estricta urbanidad y nada ms. Pero yo hubiera querido otra
cosa...

--Qu, seora?

--Un poco ms de inters en hablarme de sus proyectos... antes de que
fuesen definitivos... Le hubiera a usted dicho, acaso, cosas...
interesantes.

--Siempre es tiempo de decirlas.

--No, no... ya no es tiempo... No hay ms que inclinarse ante las
declaraciones oficiales... Pero hace usted mal en tratarme como a una
cantidad despreciable, se lo aseguro.

--Nada ms lejos de mi pensamiento. Qu me hubiera usted dicho,
seora, antes de las declaraciones oficiales?

--Le hubiera dado a usted acaso algunas indicaciones tiles... con
arreglo a ciertas observaciones... Quin sabe? Puede que hubiera podido
hacerle a usted su horscopo y el de Luciana...

--No saba que era usted nigromntica; de otro modo, hubiera recurrido
ciertamente a sus luces sobrenaturales...

--Ah! Ah! Es usted irnico... se burla usted... Yo no soy, sin
embargo, una visionaria, amigo mo, y lo que veo lo veo bien.

--Y qu ve usted?

--Una guapa muchacha y un buen mozo. Nada ms, por el momento.

--Sin embargo... parece que... Dgnese usted decirme qu significan sus
ingeniosas insinuaciones.

--Nada absolutamente, amigo mo; no tengo nada que decir a usted ya...
Siento solamente que no me haya usted hablado antes de sus proyectos. Me
ha tenido usted muy olvidada estos ltimos tiempos.

La inst intilmente y no pude sacar nada ms.

Estoy cierto, sin embargo, de que tena en la mente alguna maldad contra
m o contra Luciana... probablemente contra Luciana, que es demasiado
hermosa para no suscitar muchas envidias.

Creo que no hay para qu atormentarse por los dichos de esa aturdida de
Sofa Jansien; y, con todo, aquella conversacin me ha preocupado.




Elena al Padre Jalavieux.


Doa Polidora ha venido esta maana a decirme que mi padre me llamaba, y
he corrido alegremente a su despacho, pues los momentos ms felices del
da son los que paso a su lado.

Mximo estaba con l y los dos tenan un aspecto grave. En seguida me
ech a temblar sin saber por qu, por instinto, solamente porque tengo
el corazn como aplastado por el secreto que llevo en l y por mis
culpas para con mi padre. Me sent en un taburete al lado de su butaca y
esper interrogndole con la mirada.

--Es muy joven--dijo mi padre dirigindose a Mximo,--es una nia.

Haba en sus palabras una tierna piedad que pareca abogar por mi.

Mximo respondi:

--Es joven en aos, pero la creo muy adelantada para su edad.

Su voz dura me hiri tanto como la mordaz irona de sus palabras, cuyo
sentido yo slo comprenda.

Pensaba en las fatales cartas que me haba visto ocultar. Oh! Con qu
ganas le hubiera arrojado al rostro la verdad! Cmo le hubiera dicho
que guardase sus desprecios para la que los merece! Pero la traicin es
cosa vil y baja. Ms vale callar y sufrir. Mi padre se haba sonredo,
sin sospechar la crueldad de Mximo.

--Querida--me dijo alegremente,--se trata de un matrimonio. No tomes ese
aspecto horrorizado, puesto que nada habr de hacerse contra tu
voluntad. El partido que se presenta, sin ser excepcionalmente
brillante, es muy conveniente y ofrece serias garantas. Un muchacho
bien educado, inteligente, de conducta irreprochable... Mximo, que lo
conoce bien...

No pude contener una exclamacin y observ a Mximo, que me estaba
mirando con expresin provocadora.

--S--continu mi padre,--Mximo ha consentido en encargarse de
presentar la demanda de su compaero de colegio, Gastn de Givors, y de
hacer valer sus ventajas, que no son de desdear.

--Veamos las ventajas--dije framente, dirigindome a Mximo.

--Hay que saber ante todo si Gastn de Givors no la disgusta a usted.

--No lo conozco.

--Dispense usted, Elena, pero debe conocerlo, porque ha venido aqu
varias veces y hasta han hablado ustedes.

--Es posible, pero no he reparado en l. Viene aqu mucha gente y el
seor de Givors se ha perdido en la multitud.

Mi padre intervino:

--Si haces un esfuerzo, vers cmo te acuerdas... Un oficial de la
Escuela de Guerra, pequeo, moreno...

Y al ver que yo deca que no con la cabeza, pues no tena recuerdo
alguno ni empeo en tenerlo, Mximo dijo con maldad:

--Creo que Elena prefiere los rubios...--por alusin a Lautrec que es
rubio y alto.

Aquel ataque me irrit.

--Tiene usted razn--dije,--prefiero los rubios. Puede usted decrselo a
su candidato.

--Vamos! Elena--exclam mi padre,--eres demasiado razonable para que te
fijes, tratndose de tal cuestin, en el pelo de la bestia.

Nos echamos a rer y esto hizo menos violenta la situacin.

--La cosa es seria, querida, y ya que Mximo sostiene tan mal la causa
de su amigo, voy a encargarme yo de hacerlo.

Mi padre empez entonces la enumeracin de las cualidades del seor de
Givors, de sus ventajas de familia, de su posicin y sus esperanzas.

Yo lo escuch dcilmente, pero sin disimular mi indiferencia.

Mi padre lo ech de ver y me dijo:

--No parece que te interesa gran cosa lo que te estoy contando... Se
trata de ti, sin embargo... Di lo que piensas.

Mximo dijo a su vez:

--Mi pobre amigo Givors, enamorado de usted, se pone a sus pies, en mi
persona, para solicitar una respuesta favorable... Qu debo decirle?

--Empiece usted por felicitarlo por la eleccin de su
embajador--respond con una amargura que me era imposible contener.--Si
me decido a ese matrimonio, ser ciertamente por la intervencin de
usted, Mximo...

--Pensara usted acaso rehusar?--dijo un poco conmovido.

Mi padre no me dej responder.

--Espera un poco, hija ma. Mi deber me obliga a insistir en la demanda
del seor de Givors, que merece gran consideracin... Si as no fuera,
Mximo no se hubiera encargado de esta misin... que tan mal temple,
dicho sea de paso... Pero piensa que haba para ti en esa misin grandes
probabilidades de dicha...

Me volv hacia Mximo y le pregunt:

--Es verdad?

l me respondi en tono poco seguro:

--Puede usted dudarlo?

--Entonces, me aconseja usted que acepte?

--No!... es decir... no puedo aceptar tal responsabilidad. Someto a
usted el deseo de un amigo y afirmo que no s nada de l que no sea
honroso... Pero quin se ha de atrever a garantizar la perfecta armona
de las naturalezas, de los caracteres, de las almas?...

--Tiene usted miedo por l, verdad?

Nuestras miradas se cruzaron y cre leer en el fondo de la suya menos
desprecio que pena.

--Qu respondo a Givors?--dijo por fin.

Mi padre vino en mi ayuda:

--No se puede, realmente, exigir de Elena una respuesta inmediata.
Dejmosle tiempo para reflexionar...

As estn las cosas, pero yo no reflexiono, seor cura, pues estoy
decidida a no casarme en este momento. Hay en mi corazn demasiadas
tempestades y no se debe comprometer la vida bajo la influencia de una
borrasca.

Hace poco tiempo que vivo con mi padre y quiero gozar de su presencia y
de su ternura.

As se lo he dicho, y aunque ha tratado de combatir mis argumentos, he
visto que mi decisin no lo contrariaba y que, acaso, tendra un pesar
al ver disolverse ya nuestra dulce vida comn.




Mximo a su hermano.


Me ocurre una cosa infinitamente desagradable.

Esta maana encontr en mi mesa, entre otras cartas, una sin firma y de
letra visiblemente desfigurada, concebida en estos trminos:

Va usted a adornar su casa con una obra de hermosa apariencia, pero que
ha sido ya leda y estropeada por otro. Spalo.

Hace un momento me han entregado otra en caracteres de imprenta, que se
expresa con ms claridad:

Un amigo, que se interesa por usted, se cree en el deber de advertirle
que est usted burlado por una coqueta. Al buen entendedor...

La denuncia es tan formal como cobarde. Esos bajos ataques no merecen
ms que desprecios y he echado al fuego los dos papeles infames...

Sin embargo, relacionndolos con las insinuaciones de esa mala peste de
Sofa Jansien, tienen algo de alarmante. Por lo menos prueban la
existencia, alrededor de mi pobre Luciana, de enemistades que no
retroceden ante nada. Pero s por dnde buscar esclarecimientos. Preciso
ser que la Jansien me explique sus frases ambiguas y sus reticencias.

Estoy indignado, me siento infeliz, y justamente, voy, dentro de un
momento, a presentarme ante el pblico en el Colegio de Francia.

Bonita preparacin para una leccin de apertura! Me arde la cabeza.




El mismo da, 6 de la tarde.


No quiero cerrar esta carta sin decirte que mi leccin ha salido muy
bien a pesar de mis disgustos y del cansancio de mi cerebro.

Una vez en mi ctedra, ante cientos de cabezas, de ojos y odos
dirigidos hacia m, el sentimiento del deber profesional, y ms an el
temor de fracasar miserablemente, han triunfado del desorden de mis
ideas. Me he hecho violencia, me he serenado, y he dado la carrera sin
vacilar hasta saltar victoriosamente el ltimo foso.

En cuanto entr en la sala vi, en primera fila, a Luciana con su madre,
y su vista me hizo dao a pesar de la sonrisa afectuosa que me
dirigi... Pobre muchacha! No lejos de ella estaba Sofa Jansien
gesticulando y agitando un alto penacho multicolor. De qu buena gana
los hubiera puesto en la puerta, a ella y su penacho!

Todos nuestros amigos estaban all: los Marqueses de Oreve, Lacante,
Kisseler, hasta el doctor Muret, que haba hecho hueco entre dos
consultas para darme esa prueba de amistad. Antes de hablar los haba
visto a todos, menos a Elena, y ya la acusaba por su indiferencia cuando
la vi detrs de su padre, desde donde me miraba atentamente, creyendo,
sin duda, no ser vista.

Despus de uno o dos minutos, empleados en colocar en la ctedra mis
libros y unas cuantas notas de que me haba provisto prudentemente, y
durante los cuales me esforc por poner en orden mis ideas, empec
bastante penosamente el elogio de mi predecesor, lo que no era materia
fcil tratndose del pobre hombre al que sucedo. Mi triste exordio fue
saludado por unos cuantos aplausos, que ms se dirigan al difunto que a
su panegirista.

Desde este momento desapareci toda cortedad y, libre ya de las
trivialidades de encargo, entr valientemente en el asunto, que se me
present claro en la ilacin lgica de sus deducciones, e hice mi
discurso con esa especie de soltura del que sabe lo que quiere decir y
encuentra la expresin justa para decirlo.

A la salida recib numerosas felicitaciones de todos los amigos y de
muchos desconocidos. Luciana estaba radiante y se una a m, muy
orgullosa, como si ya le perteneciera mi xito, y esa cndida vanidad me
complaca, a pesar del veneno de la vbora annima que senta correr por
mis venas. Acaso no disimul bien, pues me pareci inquieta en el
momento de separarnos.

--Est usted cansado--me dijo,--y esta noche hablaremos mejor. Ir
usted, verdad?

--Tratar de ir.

Su cara se ensombreci.

--Qu puede impedrselo? Una invitacin? Un placer?

--No hay placer para m sin usted, Luciana. Esta noche ir, aunque sea
tarde. Quiero hablar con Lacante, que no ha podido decirme ms que dos
palabras a la salida de la leccin. Tengo necesidad de sus consejos, de
sus observaciones y de su fino espritu crtico...

Y he corrido a casa de Sofa Jansien, a la que haba anunciado mi
visita. Pero haba salido, dejndome una excusa y citndome para maana.

La noche me va a parecer larga. Esa mujer presiente el objeto de mi
visita y retrocede todo lo posible. Preciso ser que hable, sin embargo,
y yo sabr obligarla.




Mximo a su hermano.

26 de noviembre.


La he visto y no ha querido decir nada, valindose de subterfugios y
afirmando que haba querido castigarme por el abandono en que la tena y
que haba hecho mal de tomar en serio unas bromas que no merecan ese
honor.

--Me afirma usted, seora, que no haba en sus palabras ningn doble
sentido ofensivo para m o para mi prometida?

Sofa exclam:

--Su prometida! As estamos ya? Se va a divertir esa joven en la vida
conyugal si ya sospecha usted de ella!... Qu chistosos son los
hombres! No me haga usted responsable de sus chifladuras, querido.

--Dispnseme usted que insista, seora. Hyalo usted querido o no, ha
conseguido alarmarme, y le suplico de nuevo que me diga si realmente no
hizo ninguna alusin desfavorable para m o para...

--A usted? Qu se le puede reprochar? Es usted un amable y buen
muchacho, muy loco y muy cndido.

--No s si soy amable ni, sobre todo, si soy cndido; lo que s es que
se trata de la tranquilidad de toda mi vida. Sea usted buena y franca...
No sabe usted nada que se pueda reprochar a Luciana, verdad?

--Reprochar... reprochar... Siempre se puede reprochar algo... hasta el
ser demasiado perfecto...

--Eso no es responder... Voy a ser ms preciso: lo que se podra
reprochar a una joven seria...

--Bah! Es usted fastidioso--exclam con un gesto de molestia.--Este
interrogatorio me va cansando y agotara la paciencia de un santo... No
tengo nada que decir a usted y nada le dir... Qu quiere usted que yo
sepa de Luciana? Es usted asombroso, palabra de honor! No estar
contento hasta que le diga horrores de la mujer con quien se va a
casar...

--Me importa, seora, conocer esos horrores para desenmascarar a los
calumniadores y hacerles arrepentirse...

No hay calumniadores en esta casa, seor mo. Busque usted otro terreno
para sus hazaas de galante caballero.

La hubiera estrangulado, pues conoca que estaba mintiendo y tratando de
despistarme. Su voz y su risa sonaban a falso, y su salvaje enfado no
haca ms que hundir en mi seno el aguijn de la duda... De qu pueden
acusar a mi pobre Luciana? Qu puede saber, sin decirlo, esta horrible
Sofa?

Despus de unos minutos de silencio, empleados en dominar mi clera, me
levant.

--Puesto que se niega usted a hablar, acaso sabr algo ms preguntando
al seor Jansien.

Sofa me mir con risueo asombro.

--Federico? Mi marido? Es una idea original. Intntelo usted, amigo,
intntelo!...

Tir de la campanilla y dijo al criado:

--Ruegue usted al seor que baje al saln.

Momentos despus me vi entrar un hombre gordo, subido de color, cabello
gris, bigote recio, anchas manos colgando de unos brazos rgidos y
aspecto general de mozo de carga. Era el antiguo mayordomo del
plantador; el feliz esposo de la abominable Sofa, que me present
dicindole que tena que hacerle unas preguntas.

Vi que con tal personaje no hacan falta precauciones oratorias, y le
dije:

--Tengo, caballero, que pedir a usted unos informes confidenciales,
referentes a un matrimonio...

--Un matrimonio?... Bueno... bien...

--Se refieren a personas a quienes la seora de Jansien favorece con su
benevolencia.

--Mi mujer?... La seora de Jansien favorece...

--La seora de Grevillois y su hija Luciana.

El hombre abri los ojos con asombro.

--Grevillois? Luciana? No las conozco...

Yo insist:

--Su seora de usted recibe a esas personas, y cre...

--Pregunte usted a mi mujer... Yo no s nada. Yo tengo mis amigos y ella
los suyos... Cada cual sus gustos... Ella est contenta y yo tambin.

Vi que no sacara nada de aquel zopenco y me march, perseguido por la
risa violenta de Sofa Jansien... Con qu gusto la hubiera
estrangulado!

En el momento en que yo sala, me llam:

--Veo, caballero, que me guarda usted rencor, y hace mal... En casos
como el de usted, slo los amigos estn obligados a responder... y a
ellos hay que dirigirse cuando se quiere saber alguna cosa... Por qu
preguntar a los que no tienen el honor de ser de ese nmero?

Salud sin responder y me fui a mi casa, donde encontr otro annimo
como los anteriores y que los sigui a la chimenea.

Qu enemigos de mi dicha se ocultan as en la sombra? Qu bajas
envidias ha excitado contra ella la pobre Luciana? No puedo sospechar de
Sofa Jansien. Por mucho rencor y antipata que tenga contra ella, no
puedo creerla capaz de acciones tan bajas y despreciables...

Y, por otra parte, no puedo casarme llevando en el corazn una duda
insultante contra la que va a ser mi mujer.




Elena al Padre Jalavieux.


Estoy todava temblando de miedo, mi buen seor cura. Mi pobre padre ha
estado muy enfermo durante dos das y dos noches, y yo he pasado
terribles angustias.

La gota iba subiendo y los mdicos no ocultaban el peligro. Esta maana
se ha puesto algo mejor y hemos vuelto a la esperanza, pero me
estremezco todava al pensar que la muerte ha podido llevarse a mi padre
querido en ese obscuro estado de alma que lo tiene tan lejos de Dios.

Una noche en que lo estaba velando, me puse a rezar y a llorar
arrodillada al lado de la cama, creyndole dormido. Un ligero
movimiento de la mano me indic que despertaba, y me levant prontamente
por miedo de disgustarlo. Fij entonces en m sus ojos penetrantes y me
dijo con una semisonrisa en los pobres labios quemados por la fiebre:

Por qu interrumpes tus oraciones cuando te miro? Me tomas por un
tirano? Ruega a Dios, si eso te consuela, hija ma; pero, entonces, no
llores.

Esta vez me atrev a responder que no llorara si fusemos dos a rezar.

--Ah! Esos son otros cantares...

Se call un rato con los ojos cerrados, y despus, temiendo, sin duda,
haberme afligido, me dijo con dulzura:

--Todos dependemos, hija ma, ms o menos, del medio en que hemos sido
educados y de las enseanzas que hemos recibido. Cuando est mejor, te
contar mi infancia y mi juventud, y vers que si soy un incrdulo no es
enteramente por mi culpa.

Me asi la mano y me la bes varias veces, como para excusarse de ser
como es y no como yo querra que fuese.




Elena al Padre Jalavieux.

28 de noviembre.


Mi padre est mucho mejor, seor cura. Esta maana estaba alegre y se
sent solo en la cama. Despus pidi su gorro negro y se lo puso con
aire triunfante. En seguida habl de este modo:

--Aqu tiene usted, amigo mo...

Olvidaba decir a usted que se diriga a Mximo, que le ha demostrado
durante la enfermedad un cario filial.

--Aqu tiene usted una personita que se tortura porque no pienso como
ella en materia de fe, y que estoy seguro de que me encuentra muy
ingrato porque no conformo mi pensamiento al suyo.

Quise protestar, pero me interrumpi con un gesto y sigui diciendo a
Mximo:

--Quiero que sepa que no pongo en esto ninguna obstinacin mal
intencionada, y que, si dependiese de m, no contristara a tan buena
hija ni vera su cara llorosa y angustiada sin transigir, por lo menos,
con Dios-Padre... al que no niego absolutamente, pero que es para m lo
incognoscible. Conviene que Elena sepa que mis padres no me dieron
religin y que ningn bautismo ha llamado sobre m la gracia divina. Mi
padre, alistado por entusiasmo, a los dieciocho aos, en los ejrcitos
de la Revolucin, perdi all las pocas nociones religiosas que haba
recibido en casa de sus padres. Llegado a sargento, se cas con la hija
de un escribano, llamado Sandoz, educado en las ideas de los
enciclopedistas y libre de todo prejuicio religioso. He vivido muchos
aos, sin conocer a Dios ms que por los escritos de D'Alembert y de
Diderot y, despus, por los de Rousseau y Voltaire. Mi madre se qued
viuda y se volvi a casar con un antiguo emigrado, el seor de Boivic,
que se la llev a Quimper, donde sus ideas se modificaron poco a poco,
pero yo no era ya bastante joven para modificarme a su imagen, y viva,
adems, lejos de ella. A ella, pues, y, despus, a la seorita de
Boivic, debes la educacin que has recibido.

Mi padre se haba vuelto hacia m y se sonrea.

--No era, entonces, mi ta la seorita de Boivic?

--No, pero en Bretaa los parentescos son hospitalarios y la de Boivic
quera considerarte como sobrina.

--Fue muy generosa para m--dije con emocin.

--Ciertamente; le debemos mucho agradecimiento... Ya ves, querida Elena,
que si no soy un buen cristiano, no pongo en ello gran malicia.

Yo estaba afligida al ver el ancho abismo que separa a nuestras almas,
pero me esforc para no dejarlo ver.

--Realmente, pap, no es culpa tuya... pero...

--Qu, hija ma?

--Un da dijiste que si la existencia de Dios no puede ser demostrada,
es bueno, sin embargo, obrar como si lo fuese.

Mi padre se volvi hacia Mximo.

--Miren la chiquilla, que recoge mis palabras para trarmelas a la
cabeza!... Y bien, seorita, no obro yo con arreglo a la ley de Dios?
Me ves hacer mal al prjimo, despojar a la gente o calumniar a la
virtud? No vivo yo como una persona honrada y celosa de su deber?...
Qu tienes que objetar?...

No me atrev a responder, y l sigui diciendo:

--Habla, pardiez, y di lo que piensas... No me gustan las reservas
mentales.

--Querido pap... los deberes para con el prjimo... son la mitad de la
ley.

--S, s, necesitaras oraciones, genuflexiones, que fuese a la
iglesia, que me hiciese bautizar...

Se quit el gorro y se lo encasquet despus de un golpe seco, lo que es
en l seal de la ms violenta agitacin.

--S, Mximo, eso es lo que ella querra, el bautismo... El Padre, el
Hijo y el Espritu Santo... Toda la Trinidad... Es mucho, seorita, es
mucho...

Mximo dijo con dulzura un tanto desdeosa:

--Cuando se toma lo sobrenatural, no hay que disputar por la cantidad.

--Oh! no--exclam;--usted, no quiero que se burle de m. A mi padre le
est todo permitido... pero a usted le ruego que no se ra a mi costa.

--Rer? No tengo ninguna gana.

Y, en verdad, tena una expresin muy melanclica.

Mi padre, que haba recobrado su buen humor, se volvi hacia m:

--No lo maltrates... Lo que dice es verdad, despus de todo; cuando se
entra en lo sobrenatural, se traspasan de un salto los lmites de la
razn pura y la discusin es intil... Vamos, loquilla, no te devanes
los sesos por mi causa... No fue San Pablo quien dijo que la mujer fiel
justifica al marido infiel?... Las hijas deben tener el mismo
privilegio... Anda, puesto que hace buen da, aprovecha la ocasin de
que Mximo quiere hacerme compaa y vete a tomar el aire... Tienes
unas ojeras... que no hacen honor a la casa.

Cuando me marchaba, me llam y me dijo dndome cariosos golpecitos en
el carrillo:

--Crees t que no querra yo creer? Por qu no tengo la fe de un patn
cualquiera!... Muchas veces lo he pensado.




Mximo a su hermano.

28 de noviembre.


Si no es cierto que un disgusto borra el anterior, lo es que nuestra
pobre naturaleza no puede sufrir con igual intensidad dos penas
diferentes. Nuestro buen Lacante, un padre para m, acaba de escapar, no
sin trabajo, a un ataque de gota que por poco lo mata. Y este cuidado ha
puesto en segundo trmino mis irritantes sospechas respecto de Luciana.

Pero en cuanto ha desaparecido el peligro de Lacante, ha vuelto a
empezar el asalto contra mi pobre alma, que no puede ya ms en esta
lucha solitaria con fantasmas.

Cuanto ms pienso en mi conversacin con Sofa Jansien, ms convencido
estoy de que hizo insinuaciones contra Luciana sobre hechos que no
quiere poner en claro. Le basta haberme vertido el veneno y hasta puede
que ya lo lamente. Su ltima frase fue para aconsejarme irnicamente que
consultase a mis amigos. Ser que ellos tambin saben, que todo el
mundo sabe esas cosas que yo slo ignoro? Toda mi sangre se subleva y
hierve al pensarlo. El interrogar a unos y a otros es una investigacin
repugnante y odiosa, para la que, hasta ahora, me haba faltado valor.

Ayer, sin embargo, Lacante, alarmado por esta tristeza que altera mi
salud, me ha obligado cariosamente a abrirle mi corazn y ha tratado de
tranquilizarme. Me ha jurado que jams ha odo poner en duda la perfecta
correccin de Luciana y me ha aconsejado seriamente que desprecie las
denuncias bajas y vagas que no se apoyan en nada, y que no ponga mi
dicha a merced de cualquier miserable.

--Pero Sofa Jansien, sus medias palabras subrayadas con la mirada y con
la sonrisa...

--Bah! Una mujer envidiosa de la belleza de Luciana... y ligera.

Me dio como un desafo, el consejo de preguntar a mis amigos.

--Usted... los de Oreve...

--Pregunte usted a los de Oreve, si eso le tranquiliza... pero yo
afirmo que no s nada. Puede usted creer que soy demasiado amigo suyo
para no ponerle en guardia si creyese indigna a su prometida.

--Usted vive muy por encima de esos chismes y cuentos y no puede, en
efecto, ser confidente de tales calumnias... A lo ms, Elena pudiera
haber odo algo... Entre mujeres...

--Lo dudo. Elena odia la maledicencia; pero, en fin, si usted lo desea,
la interrogar...

En esto estoy, querido hermano... Lacante no sabe nada, lo que es ya
mucho, as como lo es el tener un poco de simpata en el estado de nimo
en que me encuentro.

Hablar a los de Oreve? Me falta valor. Arrastrar a mi pobre Luciana de
puerta en puerta, como sospechosa, como acusada, sin que ella lo sepa
para defenderse, se parece mucho a una traicin. Si le confieso mis
perplejidades, despreciar mi debilidad y se negar a defenderse, la
conozco, ofendida en su orgullo tanto como en su amor. Lo que no me
impedir llevar infiltrado en mi sangre y en mi corazn el veneno de la
duda, que corromper mi existencia y tambin la suya. Quin puede
jactarse de ahogar para siempre la sospecha, ese monstruo de cien
cabezas siempre renacientes? No he visto a todos los hombres a sus
pies? No me inspir sospechas recientemente Gerardo Lautrec? Es verdad
que supe despus a quien se dirigan sus obsequios y con quin sostena
una correspondencia clandestina... Era Elena!...

Decididamente, la mujer ha nacido perversa y engaa desde la cuna por
una necesidad de su naturaleza. Qu bien inspirado est el que se
conserva a distancia del peligro femenino! As era yo, en mi prudente
indiferencia, antes de que la Eva de belleza viniese a tentarme... El
fruto que me ha ofrecido tiene un amargo sabor... Pero, de qu sirve
gemir cuando se est con la cuerda al cuello?




Elena al Padre Jalavieux.


Oh! seor cura, estoy sufriendo una prueba en la que flaquea mi valor.
Ya sabe usted que Mximo, la persona a quien ms quiero despus de mi
padre, est convencido, por un funesto azar, de que he sostenido con
Lautrec una correspondencia sospechosa. Sabe usted tambin que Mximo se
va a casar con aqulla cuyo secreto est en mis manos.

He guardado hasta ahora religiosamente ese secreto y me he prohibido
hasta la pena, por miedo de que detrs de ella se deslizase en mi
corazn una sombra de deseo y de esperanza. Me ha costado gran trabajo,
porque amo a Mximo y s que ningn otro ocupar el lugar de que le
destierro.

Pues bien, hace un momento, me ha dicho mi padre, despus de hablar
conmigo de los pequeos incidentes del da:

--Tambin he visto a Mximo. No le encuentras un aspecto triste y
preocupado?

--Me ha chocado como a ti; no s qu tiene.

--Es desgraciado y le he arrancado la confidencia de sus disgustos.
Figrate que el pobre muchacho est inundado de denuncias annimas
contra Luciana.

No pude contener un estremecimiento y mi padre lo not.

--Lo sabas?

--No... Estoy estupefacta... Qu dicen?

--Nada preciso... Dan a entender que ha amado a otro y que le ha dado
algo ms que esperanzas.

--Yo crea--dije con toda la calma que me permita mi emocin,--que no
se deba dar ninguna importancia a los annimos.

--Nada ms despreciable, en efecto; pero no dejan por eso de surtir su
efecto funesto. Por mucho que se proteste contra la infamia del
procedimiento, la sospecha queda. Mximo es una prueba... Adems, la de
Jansien ha lanzado insinuaciones prfidas, sin querer explicarlas.

--Tambin eso es despreciable.

--Como quieras... pero siempre ser un hecho que la reputacin de esa
joven no est intacta... por una razn cualquiera, grave o ftil,
antigua o reciente... Qu piensas t?

Mi corazn lata tan fuerte, que me costaba trabajo hablar.

--Pienso que la de Jansien est, acaso, celosa por la belleza de Luciana
y que otras pueden estarlo por su matrimonio...

--No has notado nada que pudiera justificar esas, hablillas?

--Nada--respond con voz ahogada,--sino que Luciana atrae a los
homenajes y que acaso no los desprecia.

--Nada ms?

--Nada ms.

--Tu opinin es, entonces, que Mximo no debe dar importancia al
incidente y casarse con su Luciana a ojos cerrados?

Esta vez mi corazn flaque.

--No soy yo quien debe aconsejar a Mximo, pap... Nunca me ha pedido mi
opinin...

Mi padre comprendi esta respuesta en el sentido que yo quera.

--Pobre hija ma!--me dijo tiernamente;--los dos habamos pensado que
hara mejor eleccin... Es preciso, sin embargo, que le d una
respuesta... Cree que las mujeres os observis y os hacis
confidencias... es verdad?

--Las confidencias que nos hacemos no son de gran importancia, y,
adems, la delicadeza obliga a tenerlas secretas.

--Quieres darme a entender?...

--No, no, nada!--exclam vivamente.--Responde a Mximo que no tengo
nada que decir.

--Entonces no sabes nada, absolutamente nada desfavorable a Luciana...
S o no?

Por qu me obligaba as? En un segundo pas por mi mente un huracn de
pensamientos confusos y contrarios de incertidumbre y de infinitos
escrpulos... Mi padre me miraba con fijeza...

Entonces, seor cura, me pareci que una voz interior, la de mi
conciencia, me deca al odo: No cometas una traicin. Y respond con
firmeza:

--No.

--Entonces, puedo tranquilizar a Mximo--dijo mi padre, que acaso
esperaba otra cosa.

Respond con una sea, sin fuerza ya para hablar.

He mentido a mi padre; he mentido a la amistad por cumplir mi juramento.
He hecho mal? Soy culpable? Si es as, espero que Dios me lo
perdonar, pues l sabe lo que me ha costado.




Mximo a su hermano.

3 de diciembre.


Al fin s la despreciable acusacin que pesa sobre Luciana y s de dnde
ha salido.

La Marquesa de Oreve me llam ayer a su casa por una carta urgente y fui
corriendo con el presentimiento de lo que iba a suceder. Estaba yo tan
plido y desencajado, que la Marquesa exclam al verme:

--No se alarme usted, querido amigo... Lo que tengo que decirle exige
ante todo calma y sangre fra...

--Se trata de Luciana, verdad?

--Puesto que lo ha adivinado usted, no tengo que tomar precauciones
oratorias...

--Se lo ruego a usted, seora; de qu se la acusa?

--Clmese usted o no me atrever a continuar... Se trata, creo, de una
ligereza... una imprudencia... Pero las suposiciones malignas van ms
lejos...

Le supliqu que abreviase, pero tuve que sufrir un exordio, preparado de
antemano, sobre los penosos deberes de la amistad y sobre el esfuerzo
que le impona su vivo inters por m... Por fin habl.

Trtase, en efecto, de Lautrec y ha sido la de Jansien la que ha puesto
en circulacin el rumor. Brome sobre eso con Kisseler, el cual fue, muy
indignado segn parece, a contrselo a la Marquesa.

La de Jansien afirma haber visto a Luciana entrar sola una maana en
casa de Lautrec y estar all un rato bastante largo para que Sofa
pudiese subir a casa de su abogado, que vive en el tercero, entregarle
unos papeles y volver a bajar, precisamente en el momento en que Luciana
sala del piso bajo habitado por el joven. Su lacayo tambin la vio,
pues ella le ha odo contar la historia al cochero y rerse... a costa
ma, sin duda... Luciana es orgullosa y hasta un poco altanera con los
criados, y presumo que fue de esas bajas regiones de la servidumbre de
donde salieron los annimos.

Naturalmente, no creo tal historia. Ha habido un error, o bien... Qu
razn ha podido llevar a Luciana a casa de Lautrec?...

La ver, y si la acusacin es falsa, como lo afirmo, la de Jansien
tendr que retractarse en pblico o pedir cuentas al idiota de su
marido.

Maana estar Luciana justificada a los ojos de todo el mundo. Lo juro
por mi amor ofendido.




Mximo a su hermano.

4 de diciembre.


La he visto; todo es verdad... Estoy anonadado.

La encontr en aquella salita tan modesta, tan triste, a la que llega la
luz por encima de los tejados vecinos, en aquella callejuela estrecha y
hmeda. Estaba pintando una miniatura de un nio, cuya fotografa tena
delante. Siempre la ver as, con el pincel en la mano, vestida con una
bata obscura, y coronada por su esplndida cabellera de oro, de la que
un plido sol de diciembre arrancaba reflejos tristes.

Al or abrirse la puerta volvi la cabeza y sonri... Y aquella sonrisa
me traspas el corazn, pensando en lo que tena que decirle.

--Tan de maana?... Buenos das--me dijo alegremente.--Muy mal aviada
estoy para recibir a usted.

Echse por los hombros, para ocultar lo rado del traje, un chal de
brillantes rayas que haba dejado caer, e inclinndose graciosamente, me
dio la mano.

Se la oprim y la oprim contra mis labios tratando de reanimar mi
valor, mientras ella, siempre sonriente, me miraba, esperando la
explicacin de mi visita a aquella hora.

--Luciana--dije muy bajo,--es verdad que ha ido usted sola a buscar a
Lautrec a su casa de la calle de Jena?

Mi prometida se puso tan plida, que hasta los labios resultaron
descoloridos; y al mismo tiempo una horrible sensacin de fro corra
por mis venas, mis dientes crujan y me pareca que el sol acababa de
apagarse.

--Le juro a usted que nunca he visto a Gerardo Lautrec en su casa.

Su voz estaba cambiada y su respiracin era anhelosa.

--Por qu niega usted? La vieron a usted entrar.

--Quin me vio? Quin se atreve a decir eso?

--La de Jansien... Iba a ver a su abogado, Lehoux, que vive en la misma
casa que Lautrec, y ha visto a usted, a usted, Luciana, entrar en casa
de ese hombre, donde era usted, sin duda, esperada, puesto que all se
qued.

--Es un error... Lautrec no estaba en casa... No hice ms que dejarle un
recado...

--Un recado... de quin?

Luciana vacil.

--Tena que pedirle una cosa...

--Y estaba usted obligada a ir sola a pedrsela?

--Hice mal... muy mal... Pero juro a usted por mi salvacin eterna que
Lautrec no estaba en casa y que no lo vi.

--Sin embargo, usted entr... para esperarlo?

--No; para escribir mi peticin en la antesala.

--Qu tena usted que pedirle tan importante?

Luciana hizo un gesto de irritacin y de cansancio.

--Para qu preguntarme?... Si duda usted de m, es intil...

--Por qu no decir la verdad, si es inocente?

--Lo es, pero usted no lo creera.

--Cmo no ve usted que no pido ms que creerla, que tengo sed de su
inocencia y de verla justificada ante todo el mundo como lo est de
antemano para m? Pero, por Dios, Luciana, sea usted franca.

Su cara se contrajo con una expresin de sufrimiento; y despus levant
la cabeza y dijo con resolucin.

--Pues bien, lo ser... y usted ser inexorable; lo conozco... Fui a
casa del seor Lautrec a reclamar unas cartas que haba tenido la
imprudencia de escribirle...

--Muchas imprudencias son esas para una mujer que va a casarse,
Luciana... Qu decan esas cartas? Estaba su madre de usted enterada
de esa correspondencia?

--Si lo hubiera estado no hubiera yo ido en secreto a reclamarlas.
Lautrec se marchaba al da siguiente y no poda resignarme a dejrselas.

--Qu decan esas cartas?

--Frases de novela... esas tonteras sentimentales, sin sinceridad, que
divierten a la frivolidad de las mujeres... Qu castigada estoy por
aquella pueril vanidad!...

--Las tiene Lautrec?

--No... Me las ha devuelto.

--No dice usted que no estaba en su casa?

--As es la verdad... Me las envi por una persona segura.

--Puedo saber el nombre de esa persona?

--Para qu?... Eso importa poco...

--Me importa mucho, al contrario, saber quin ha intervenido en un
episodio tan lamentable para m.

--Pues bien, puede usted preguntarla y sabr que no miento: es Elena
Lacante.

--Elena!

No pude contener un grito. En medio de mi pena, de mi ternura humillada
y del sombro abatimiento en que me suman las confesiones de Luciana,
brot de m un relmpago de alegra.

Elena, al menos, es inocente y pura! Hay, pues, mujeres leales, fieles
y sin artificios y falsedades?

--Su sorpresa de usted me prueba--dijo Luciana,--que Elena ha guardado
el secreto... Quiero hacerle justicia a su vez... Las cartas que usted
vio que Lautrec le entregaba, eran las mas.

--Las tiene usted?

--Las he quemado... as como las respuestas.

--Ah! Naturalmente, l tambin escriba a usted... a la lista del
correo, como me haca usted escribirle... Es lamentable, Luciana, que
haya usted destruido esa interesante correspondencia, que hubiera podido
indicar el grado ms o menos excusable de su ligereza... Por qu las ha
quemado usted?

--No merecan mejor suerte.

--Eran cartas de amor?

--Las suyas, s... yo responda en otro tono.

--Y encuentra usted legtimo y natural, usted la prometida de otro,
sostener con el seor Lautrec un cambio de cartas galantes? Si me
hubiese usted amado, siquiera un poco, le hubiera bastado una palabra
para impedirlo.

--Olvida usted que nuestro compromiso era secreto y que mi libertad
aparente autorizaba a Lautrec para tratar de agradarme.

--Por eso no lo acuso a l, sino a usted... Cmo le ha permitido usted
hablarle de su amor y escribirle, cuando el honor exiga que le hiciera
callar a la primera palabra?

--Es verdad... He hecho mal, y lo siento amargamente... Piense usted,
sin embargo, que nuestro porvenir era incierto y nuestro casamiento una
eventualidad lejana.

--Es decir, que dejaba usted una puerta abierta a su impaciencia y a su
indiferencia seca y cruel... Cree usted, Luciana, que me es fcil
perdonar eso? Ser posible?

Luciana respondi en tono resuelto.

--No!... Aunque me perdonase usted, no podra olvidar... Y yo tampoco
olvidara mi falta ni la dureza de sus reproches. Conservara un
sentimiento indeleble, al mismo tiempo de creerme obligada por su
clemencia. Renuncio a esa doble carga.

--Entonces?--pregunt anhelante de emocin.

Tambin ella estaba conmovida, y en sus ojos brillaban las lgrimas. Su
voz se debilit y me dijo muy bajo:

--Creo que nos hemos engaado... No soy yo la mujer que le conviene a
usted... y acaso no es usted tampoco como yo haba credo...

--Luciana!...

Mi corazn se parta en el momento de perderla, y comprenda, sin
embargo, que deca la verdad.

Y esto era lo ms amargo de todo.

Luciana se levant lentamente.

--Olvide usted que me ha amado. Yo me acordar siempre... y ese recuerdo
ser el ms dulce de mi vida pasada...

Me hizo con la mano una sea de adis, y sali de la sala.

Yo no la retuve...

En el comedor, me encontr al salir con la de Grevillois, que estaba
poniendo su modesta mesa.

--Qu ocurre?--exclam al ver mi cara descompuesta.

--Luciana se lo dir a usted.

Bes con respeto aquella mano laboriosa y arrugada y pas aquel umbral
que no ver ms, dejando detrs de m los sueos febriles de un ao y
las ruinas de mi tarda juventud.

Ya estoy libre... pero solo...




Elena al Padre Jalavieux.


Lo imposible sucede algunas veces, seor cura.

Mi padre me ha llamado hace un momento y en cuanto le he visto, he
conocido que no estaba satisfecho.

--Ven aqu--me dijo,--y dame cuenta de tu conducta. Por qu me has
mentido?

--En qu, pap?

--Me has afirmado que no sabas nada de las fechoras de Luciana, a
pesar de que estabas perfectamente informada, con pruebas, y has dejado
a Mximo, un amigo, caer sin socorro en el lazo que le tenda esa
casquivana.

--Pap, se haba confiado a m y yo le haba jurado el secreto.

--Has hecho mal, muy mal. Una joven que quiere y respeta a su padre no
tiene secretos para l.

--He deplorado amargamente mi imprudencia, pero, una vez cometida la
falta, poda yo hacer traicin a la que se haba entregado a m con
toda confianza?

--Se haba entregado... por inters; por hacerte sacar las castaas del
fuego, tontilla.

--No pens en eso al verla tan desolada, tan infeliz. Y despus no he
credo que deba cometer un perjurio.

Mi padre dijo, ahuecando la voz:

--Oh! Hermosos sentimientos!... Habra que preguntarte, sin embargo,
si la fidelidad a tu palabra deba poder ms que el respeto a la verdad.

--Me lo he preguntado con angustia, pap... Y, en la duda de lo que
deba hacer, he tomado el partido que ms trabajo me costaba. He temido
que el decir la verdad estuviese demasiado conforme con mis... deseos.

No pude continuar y baj la cabeza.

Mi padre se agit en su silln, creyendo que estaba yo llorando, y dijo:

--Ahora lgrimas; el argumento supremo de las mujeres. No llores, voto
va!

Se quit el gorro y lo lanz al otro extremo de la habitacin. Despus
se dulcific.

--Treme el gorro y no tomes ese aire desesperado... Vamos, ven ac...
Algo hay de bueno, despus de todo, en esa cabecita. Dices que temas,
hablando, ceder a algn deseo secreto? Es ese tu pensamiento?
Responde... Es que amas a Mximo?

Yo estaba como una acusada, con la cabeza baja, y no tena valor para
responder.

Mi padre continu:

--Lo sospechaba... lo amas. Dnde est el mal? Hablemos un poco...

--Pero l no me ama a m--murmur tristemente.

--Djame hablar, qu diablo! Si lo amas, sabrs sin pena que su
matrimonio se ha roto.

--Completamente?

--Completamente. La misma Luciana le ha confesado la historia y lo ha
dispensado de sus juramentos.

--Y l ha consentido?

--Sin resistencia, y debe estimarse muy dichoso. Es evidente que esa
joven corra dos liebres a la vez y que lo reservaba como plato de
segunda mesa.

--Sin embargo, estoy segura de que l la ama todava... Es tan hermosa
y tan seductora!

--Bah!... En todo caso, Mximo no piensa como un amigo nuestro, que la
belleza es una virtud que dispensa de las otras... Por el momento, el
pobre parece un gato escapado de la caldera... y tiene un saludable
temor de la mujer... lo que es el principio de la sabidura... Dejemos
hacer al tiempo... Entretanto, lo tendremos ms a nuestro lado, ya que
se ha desembarazado de esa muchacha.

No admira usted, seor cura, cmo me he librado, sin hacer nada para
ello, de ese secreto que tanto me pesaba?




Elena al Padre Jalavieux.


Mi padre lleva muchos das enfermo y con alternativas que nunca le
llevan a la convalecencia. Estoy angustiada.

Hoy, cuando sala de mi cuarto para ir a instalarme al lado de mi padre,
me he encontrado con Mximo. Le d la mano, y l la retuvo en las suyas
y me dijo en tono de reproche:

--Por qu huye usted de m? Hace un mes que no encuentro medio de
hablarla.

--Ya sabe usted que el cuidado de mi padre ocupa todo mi tiempo.

--Est solo en este momento?

--Estn con l los Marqueses de Oreve.

--Entonces no hay sitio para m y debo marcharme, a no ser que usted
tenga la indulgencia de hacerme quedar.

--Qudese, se lo ruego.

Se sent al lado del escritorio, y yo en la sillita baja que siempre
ocupo junto al silln de mi padre.

--Hoy hace un mes, sufr una gran decepcin; ya sabe usted lo que quiero
decir y en qu forma brutal se hizo la luz. Hubiera sido menos cruel
para m el or la verdad de su boca de usted.

--Era imposible!

--No discuto sus razones, Elena; aunque sospecho que fue su indiferencia
de usted lo que les dio tanta fuerza.

Me call y no revel ni por una sea mis verdaderos sentimientos.

--Si hablo de esto--continu,--puede usted creer que no es para que
lamente mi suerte, que es ms bien grotesca.

--Por qu?

--Porque es ridculo ser engaado.

--Cmo no serlo cuando se ama?

Mximo respondi tristemente:

--Quin sabe si no empieza uno por engaarse a s mismo?... Pero no he
querido hablar con usted para disertar sobre psicologa sentimental,
sino para pedirle perdn.

--Ha sospechado usted de m, verdad?--dije sonriendo.--As deba ser,
pues las apariencias estaban contra m.

--Y le importaba a usted poco, confiselo.

--No tan poco, puesto que tuve una gran pena. Pero el ser inocente me
consolaba.

--Es usted, sencillamente, un ngel. Elena, esto es lo que quera
decirle.

No pude menos de echarme a rer.

--Hace usted mal de rerse de un pobre diablo escaso de hiprboles...
Me guarda usted rencor?

--Por ser escaso de hiprboles?

--Por haber sospechado de usted.

--Le haba a usted perdonado antes de estar justificada, y no tengo
mrito ahora mostrndome magnnima... Quiere usted entrar a ver a mi
padre?

Mximo se levant.

--Voy a ahuyentar a los de Oreve...

No los ahuyent, y mi padre estaba muy fatigado por la noche, a causa de
las visitas que haba recibido.

Pero l dice que lo distraen de sus dolores.




Mximo a su hermano.

23 de diciembre.


Lacante est muy en peligro. La gota amenaza subir al corazn y vivimos
en una perpetua alarma.

Ayer me hizo llamar y me dijo:

--No se engae usted, amigo mo, sobre lo que voy a pedirle, pues no es
nada que pueda restringir su libertad ni un modo indirecto de
encadenarlo. Estoy muy malo, lo s, y no me disimulo el rpido desenlace
de mi enfermedad, cuya marcha es demasiado conocida para poder
equivocarse. Tengo, pues, que prever con firmeza mi prxima
desaparicin... No se aflija usted, amigo mo... Harto sabe usted que
este accidente de la muerte es inevitable y que lamentarse por esa ley
de la Naturaleza es tan vano como lo sera el llorar diariamente cuando
viene la noche. He cumplido sesenta y ocho aos, he pasado del trmino
medio de las vidas humanas, y no tengo derecho a quejarme. Si estuviese
solo en el mundo, encontrara muy oportuno el despedirme de l antes de
sufrir una disminucin notable de mis facultades; pero tengo a esta
pobre nia, esta rosa de invierno brotada en un tronco viejo y carcomido
y que ha embalsado mis ltimos das. Muerto yo, se queda sin familia y
muy joven an para vivir sola con un ama de gobierno. Podra confirsela
a la Marquesa de Oreve, que aceptara el legado, pero hay
incompatibilidad de costumbres y de principios entre la Marquesa y
Elena, y yo quiero que mi hija siga siendo lo que es, una alma
excelentemente recta y un corazn puro. Me gusta tambin que sea
religiosa, pues el creer en lo ideal es una gracia en las mujeres, y
Dios es, despus de todo, la concepcin ms alta del ideal. Adems, la
religin es una fuerza y Elena tendr necesidad de ella... He pensado en
un convento; pero, despus de la libertad y la dulzura de la vida de
familia, el convento es un refugio demasiado austero. He aqu, pues, lo
que quiero pedir a usted: Cree usted que su hermano y su amable seora
consentiran en recoger y querer a mi huerfanita, en aconsejarla y
guiarla en la eleccin de un marido y en reemplazar, en fin, a los
padres que ha perdido? Respndame usted con toda franqueza, amigo mo.

A pesar de la emocin que me oprima la garganta, respond sin vacilar
que aceptara esa misin. No me ha ocurrido un solo instante dudar de tu
bondad ni de la de Marta. Sin embargo, para tranquilizar a Lacante,
envame en seguida una aceptacin formal.




Elena al Padre Javalieux.

24 de diciembre.


l mal aumenta, seor cura, y todos nuestros esfuerzos son impotentes.

Hace un momento, Mximo, que no se mueve de aqu, tena a mi padre
incorporado mientras yo le daba el calmante que debe tomar cada hora.

El enfermo querido nos dio tiernamente las gracias al uno y al otro, y
aadi:

--Seris siempre amigos en recuerdo mo, no es verdad?

D silenciosamente la mano a Mximo, que la bes y la conserv en la
suya.

No podamos hablar; las sollozos nos ahogaban.




Mximo a su hermano.

25 de diciembre.


Qu noche!... Qu tortura!

Es horrorosa la agona de un ser todava lleno de vida y de pensamiento,
luchando con un mal inflexible que le tiene en un suplicio, viendo el
abismo abierto y cayendo en l sin flaqueza...

A las diez ha tenido una crisis horrible seguida de una larga postracin
semejante al sueo. Elena, arrodillada al lado de la cama, rezaba
silenciosamente con un amoroso ardor de pena y de fe que la
transfiguraba. Yo la envidiaba muy de veras...

--Elena... hija ma...

La joven se levant y acerc la mejilla a aquellos labios moribundos,
que la besaron.

Despus, el enfermo, dijo con voz dbil:

--Oigo como un ruido de campanas... Ser que sueo?

--Son las campanas de Nochebuena, que tocan a la misa del gallo.

--Triste Nochebuena para ti, pobre hija ma!

Se qued un gran rato silencioso y con la mano de Elena entre la suya.
Por fin, dijo con ms fuerza:

--Desde que ests aqu, Elena, has sido mi alegra, la alegra de la
casa... Quiero decrtelo hoy, como obsequio de Pascua... Es preciso que
sepas que todos los das he bendecido tu presencia...

Su palabra era firme, aunque un poco anhelosa y entrecortada.

Elena se inclinaba ms y ms hacia l, para no perder nada de su
despedida suprema, y sus lgrimas caan en las pobres manos paralizadas
del enfermo, que ya no podan estrechar las suyas.

La voz de Lacante se volvi ms fuerte y ms solemne:

--Hija ma, escucha lo que voy a decirte: tu dolor me ha vencido y ha
triunfado de mis resistencias... No quiero dejarte en el corazn un
dolor del que s que nunca te curaras... Quiero morir en tu misma fe y
en tu misma esperanza...

Elena dio un grito ahogado, indescriptible, y cay de rodillas con las
manos juntas.

Lacante continu:

--Te dejar el gozo sobrenatural de un lazo invisible que nos tendr
unidos en la gran noche prxima...

Despus de unos instantes de silencio, durante los cuales pareci que
recoga sus fuerzas, sigui diciendo:

--No puedo decir que no tengo dudas. Qu sabemos de lo que nadie
conoce?... Mi espritu est a obscuras... Pero quisiera creer... hace ya
mucho tiempo... Este deseo es lo que ofrezco a Dios, si quiere
contentarse con l...

--Pap querido, la Escritura dice: Paz a los hombres de buena
voluntad. La fe la da Dios.

--Bien, hija ma... Puede ser. Pdesela para m, t que tienes puro el
corazn. Maana hars lo necesario; est convenido.

Su cara descompuesta mir a Elena unos instantes.

--Ests contenta de m?

Otra crisis ms aguda me hizo acercarme a la cama.

En este momento est ms tranquilo, pero la postracin es completa y
espantosa.

Elena reza y llora en silencio.

Acabo de separarme de ella para escribirte. No tengo esperanza de que se
salve nuestro amigo.




La misma noche, a la una.


Nuevo ataque, ms terrible y ms corto. Respira con trabajo y cada
aliento parece un gemido.

Nos ha mirado tristemente y ha dicho:

--Qu trabajo cuesta morir y qu duro es separarnos!

A medida que le abandonan las fuerzas est ms propenso al
estremecimiento.

Estbamos cada uno a un lado de la cama. De pronto me inclin hacia este
querido amigo y cogiendo la mano de Elena, le dije:

--Quiere usted drmela, padre mo, si ella consiente despus?

El moribundo respondi:

--Es todo mi deseo.

Elena no se movi ni dijo nada. No sabe ms que llorar.




A las dos.


No llegar al da.

La marca del dedo fatal se ha impreso en sus facciones, siniestramente
modeladas.

La vida se apaga.

Ya no es permitida la duda.

Me he aproximado a Elena y me la he llevado a cierta distancia.

--Elena, est muy malo.

No comprendi al pronto y me pregunt si se haba perdido toda la
esperanza.

--Ay! s... No ver el da que va a venir...

Elena vacil como herida del rayo y tuve que sostenerla un momento...
Despus se irgui, sin lgrimas, y me dijo angustiada:

--Si muere antes del da, no se cumplir su deseo supremo... Usted lo ha
odo; quiere morir en la fe cristiana...

--Lo he odo.

--En nombre del Cielo, Mximo, corra usted a la iglesia ms prxima...

Yo mov la cabeza.

--Apenas le quedan unos momentos de vida... Sea usted valerosa... Dios
lo tendr en cuenta...

Pero, de pronto, tuve una inspiracin:

--Elena, usted misma puede realizar la obra de salvacin. El tiempo
apremia...

--No me atrevo!...

La infeliz temblaba, quebrantada por la emocin, y yo la conduje al lado
del moribundo.

--Padre! Padre querido! Dime otra vez que quieres ser cristiano...

Al or aquella voz, Lacante abri los ojos, la mir largamente, como si
volviera de una regin lejana y quisiera penetrarse del sentido de las
palabras.

Despus, sus labios rgidos pronunciaron con lentitud:

--S, quiero.

Elena se volvi hacia m.

--Ya lo ha odo usted... Hgalo usted cristiano, Mximo!

Yo contest con toda sinceridad:

--No soy digno.

Le present agua en un vaso y ella lo cogi con mano firme. Alz los
ojos al Cielo en una muda invitacin, y verti unas gotas en aquella
frente baada de sudor, pronunciando las palabras litrgicas:

Yo te bautizo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espritu Santo.

............................

No soy mstico, pero te lo juro, sent en aquel momento pasar por mis
venas el calofro de lo divino, y me pareci que se abra el Cielo por
encima de aquella estancia de agona.

Las campanas de Nochebuena estaban tocando a la misa del alba.

Lacante est en letargo. Te estoy escribiendo a su lado. Su respiracin
fatigosa se acorta de minuto en minuto.




A las tres.


Todo acab. Nuestro buen Lacante ha dejado de existir.


FIN





End of the Project Gutenberg EBook of Amar es vencer, by Madame P. Caro

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AMAR ES VENCER ***

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Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
